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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic net A vueltas con la anticoncepción
¿Es correcto pensar que la anticoncepción es un beneficio, como se ha dicho una y mil veces en nuestro mundo moderno?
A vueltas con la anticoncepción
No basta con repetir una frase para que se convierta
en verdad. Como no deja de ser verdad algo que
ha quedado excluido en el mundo de la información.
Muchos creen
que la anticoncepción es un beneficio, una conquista, un instrumento
valioso para defender los “derechos reproductivos”. ¿Es correcta esta idea
repetida una y mil veces en nuestro mundo moderno?
Recordemos que
las técnicas anticonceptivas buscan anular la posible fecundidad en las
relaciones sexuales entre un hombre y una mujer.
Si lo anterior
fuese algo positivo, una conquista, ¿cuál sería el bien que
se obtiene? ¿Qué “ganancia” otorgan las técnicas anticonceptivas? Según sus
defensores, el mayor beneficio consiste en evitar un embarazo no
deseado. Lo cual permite que la relación sexual entre el
hombre y la mujer goce de mayor libertad al no
tener que confrontarse con los posibles deberes y responsabilidades que
surgen cada vez que se produce una concepción.
Podemos entonces preguntarnos:
¿es bueno que una relación sexual no sea fecunda? ¿Es
malo que se produzca un embarazo no deseado?
Sabemos que a
lo largo de la historia se han producido y se
siguen produciendo miles, millones de embarazos no deseados. Pero también
sabemos que miles, millones de esos embarazos no deseados han
terminado en un parto, y que entre nosotros viven miles,
millones de hombres y de mujeres que empezaron a existir
sin ser “queridos”, todo “por culpa” de un embarazo no
deseado.
No es bueno vivir sin ser amados. Por eso lo
mejor es iniciar el camino de la vida desde una
actitud, por parte de la madre y del padre, no
sólo de justicia y de respeto (lo mínimo que podemos
ofrecer a cualquier ser humano), sino desde el amor.
Cada existencia
humana encierra un tesoro de potencialidades y una riqueza profunda
que se fundan en su dignidad intrínseca. No somos valiosos
porque alguien nos ama. Al revés, porque somos valiosos podemos
recibir y “merecer” el ser amados, aunque nadie puede obligar
a otras personas a que nos amen.
Si reconocemos la dignidad
intrínseca de cada vida humana, reconoceremos también que nunca puede
ser vista como mala la llegada de un nuevo hijo
en el mundo de los hombres. Porque cada hijo tiene
un valor inmenso, porque su vida vale por sí misma,
porque tiene unas potencialidades maravillosas.
Si la sexualidad está orientada naturalmente
hacia la fecundidad, hacia la llegada de los hijos, no
puede ser nunca un “mal” ni un “daño” el que
una relación sexual desemboque en un embarazo. Lo que sí
puede ser malo es que tal relación sexual se produzca
sin amor, sin respeto, sin responsabilidad.
Hay que ir más a
fondo en este punto. Si la sexualidad se orienta a
la transmisión de la vida, y si toda vida humana
es siempre digna y nunca debe ser discriminada ni rechazada,
cada relación sexual implica una responsabilidad enorme. El hijo que
puede surgir gracias a la misma merece apoyo, cariño, protección,
y tantas cosas que los buenos padres buscan dar a
sus hijos.
Querer destruir la fecundidad, querer que la relación entre
un hombre y una mujer no produzca un hijo “temido”
y no querido implica alterar, falsear, el sentido genuino de
la sexualidad humana, porque considera una riqueza (la apertura a
la transmisión de la vida) como un obstáculo, un peligro,
incluso como un “mal”.
Ese es uno de los graves errores
de la anticoncepción: manipular el propio cuerpo o la orientación
natural del acto sexual para que no llegue a existir
un hijo, para que no inicie una vida humana.
La actitud
correcta, aquella que lleva a vivir la sexualidad de un
modo distinto al que domina hoy en muchos ambientes, consiste
en verla en el contexto de un amor sincero y
pleno, de una donación seria y responsable, y de una
apertura generosa, a la llegada de un posible hijo.
Que el
amor llegue a esas características es posible en el marco
de una estabilidad y de una entrega tan completas que
sólo se dan así en el compromiso matrimonial vivido en
su sentido más profundo. En otras palabras, sólo dos esposos,
si lo son en plenitud y de modo auténtico, saben
amarse y saben vivir su vida íntima de tal modo
que la relación sexual con la que se dan sin
reservas el uno al otro estará siempre abierta a la
posible y magnífica noticia: ha iniciado a existir en el
mundo un nuevo ser humano, que merece amor y que
espera tanto de quienes son simplemente, para él, sus padres.
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