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Autor: Fernando Pascual ¿A quiénes mata el aborto?
El aborto, por lo tanto, nos mata un poco a todos. Sobre todo, al personal sanitario
¿A quiénes mata el aborto?
El aborto mata. En una clínica o en el propio
hogar, a través de pastillas o con instrumentales “médicos”, hay
quienes deciden terminan con vidas diminutas, pequeñas, indefensas, hambrientas de
cari_o.
El aborto mata a miles, millones de embriones y fetos.
Los mata precisamente en el seno materno, en un rincón
maravilloso en el que todos los adultos hemos transcurrido los
primeros meses de nuestra vida humana. Los mata muy cerca
del corazón de sus madres: madres que deciden libremente o
que son obligadas a acabar con la vida de sus
hijos.
El aborto mata, por eso mismo, a multitud de madres.
No con una muerte física, no con heridas corporales. La
mujer sabe, mejor que nadie, que quien vive en su
seno es un hijo. Un hijo pobre y débil, un
hijo necesitado de calor, de alimento, de protecciones, de cariño.
Un hijo que avanzaba, de etapa en etapa, hacia el
día estupendo de un parto magnífico. Un hijo que no
llegará nunca a abrazar a su madre...
Una madre, al abortar,
ve surgir dentro de sí un dolor inmenso que corroe
el alma. Porque tal vez la engañaron al decirle que
el aborto era algo sencillo, que no pasaba nada, que
el embrión no merecía ningún respeto. Porque, a pesar de
tanta mentira, el recuerdo de haber permitido la eliminación del
hijo queda como una marca profunda, imborrable, trágica.
Las mujeres que
han abortado llevan consigo una pena profunda, que es de
ellas y que es, en cierto sentido, de toda la
sociedad. Su dolor implica a las autoridades públicas, a los
profesionales de salud, a la sociedad entera que no sólo
no fue capaz de ayudar a estas madres en un
momento difícil, sino que incluso promovió leyes y abrió clínicas
donde el aborto fuese “fácil” y “seguro”...
El aborto, por lo
tanto, nos mata un poco a todos. Sobre todo, al
personal sanitario. Si hay algo específico de la profesión médica
es precisamente el estar orientada a la protección de la
vida, el compromiso por ofrecer cuidados al enfermo, la acogida
respetuosa de cada ser humano en las distintas etapas de
la vida.
Especialmente los ginecólogos saben lo hermoso y bello que
es acompañar a unos esposos, a una madre, en los
distintos meses de embarazo. Por eso también saben cuánto pueden
hacer para proteger al embrión y al feto, cuánto animan
y apoyan a la madre en los momentos difíciles. Pero
si un ginecólogo queda contagiado por la mentalidad abortista, o
incluso si llega a cometer el crimen del aborto, traiciona
su vocación al aceptar una injusticia asesina: permite que muera
en su propia conciencia el respeto a la justicia y
a la ética médica.
El aborto es uno de los crímenes
más terribles que hiere a la sociedad de nuestro tiempo.
No podemos pensar que un estado sea justo si admite,
si legaliza, si financia la eliminación del hijo no nacido.
No podemos vivir tranquilos si quizá en la propia ciudad,
una o varias veces por semana, un grupo de mujeres
pasan, en silencio, entre lágrimas, ante un equipo médico decidido
a terminar rápido con la vida de hijos indefensos.
Todos estamos
llamados a romper el silencio ante la injusticia que ha
permitido ver como normal uno de los crímenes más terribles.
Sobre todo, estamos llamados a promover familias y sociedades abiertas
al respeto y, sobre todo, al amor. Sólo entonces tendremos
democracias auténticas y justas, sociedades capaces de proteger el
tesoro más hermoso que acoge cada mujer en el camino
de su vida: la llegada de un hijo amado. Un
hijo que, desde el cariño recibido, podrá también un día
devolver amor a quienes se lo ofrecieron en esos magníficos
meses vividos en el seno materno.
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