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La gente se sorprende a veces cuando se entera de
que lo incorrecto de destruir un embrión humano no depende
en última instancia del momento en que ese embrión pueda
convertirse en persona o recibir de Dios el alma.
Muchas personas suponen, frecuentemente, que la Iglesia Católica enseña que
destruir los embriones humanos es inaceptable porque son personas (o
tienen alma). Aunque es cierto que la Iglesia nos
enseña que la destrucción intencional y directa de embriones humanos
es siempre inmoral, sería incorrecto deducir por ello que también
enseña que los cigotos (embriones de una sola célula, es
decir, el óvulo fertilizado), o cualesquiera otros embriones en fases
tempranas, son personas, o que ya tienen almas racionales
inmortales. El magisterio de la Iglesia nunca ha declarado
de manera definitiva cuándo se crea el alma en el
embrión humano. Esto sigue siendo una cuestión abierta.
La Declaración sobre el Aborto Provocado emitido por la Congregación
para la Doctrina de la Fe en 1974 lo expone
de manera muy precisa:
“Esta declaración deja expresamente a un lado
la cuestión del momento de la infusión del alma espiritual.
No hay sobre este punto una tradición unánime, y los
autores están todavía divididos. Para unos, esto sucedería en el
primer instante; para otros, podría ser anterior a la anidación.
No corresponde a la ciencia dilucidarlas, pues la existencia de
un alma inmortal no entra dentro de su campo. Se
trata de una discusión filosófica de la que nuestra razón
moral es independiente…”
A partir de lo anterior, la enseñanza moral
de la Iglesia es que el embrión humano debe ser
tratado como si ya tuviera alma, aun y cuando
pudiera no ser así. Debe ser tratado como si
ya fuera una persona desde el momento de la concepción,
aun y cuando exista la posibilidad teórica de que no
sea así. ¿Por qué esta postura sutil, débil, y
no una declaración firme de que los cigotos tienen alma
y por lo tanto son personas? Primero, porque nunca
ha habido unanimidad en la tradición sobre este tema; segundo,
porque el preciso momento de la creación del alma/la persona
en el embrión humano es irrelevante para la pregunta de
si podemos o no destruir dichos embriones con propósitos de
investigación o cualesquiera otros propósitos.
Es interesante saber que el tema
de la creación del alma se ha estado analizando desde
hace siglos y que la animación tardía fue probablemente la
norma en la mayor parte de la historia cristiana.
La animación inmediata empezó a ganar fuerza a comienzos del
siglo XVII (y en la actualidad es la postura
más ampliamente aceptada). San Agustín, al parecer, estuvo cambiando
de una posición a la otra durante toda su vida.
Santo Tomás, en el siglo XIII, sostenía que la
animación humana no sucedía en el primer instante sino
en un momento independiente del inicio mismo. El argumentaba
que esto posibilitaba el desarrollo material del embrión y lo
hacía “apto” para recibir de Dios el alma inmortal (pasando
por estadios iniciales más simples como almas “vegetales” y “animales”).
Las discusiones continúan todavía el día de hoy en
diversos ámbitos, con nuevos conocimientos en embriología incorporándose al debate
como lo son la gemelización y la quimerización, y
con nuevas preguntas conceptuales surgidas a partir de la complicada
biología que rodea la totipotencialidad y la pluripotencialidad.
Hay que
reconocer que el momento preciso en que el alma es
creada en el embrión es asunto de Dios. No
necesitamos una respuesta a esta fascinante pregunta teológica especulativa, como
aquella antigua discusión sobre cuántos ángeles caben en la punta
de una aguja, para comprender la verdad fundamental de que
los embriones humanos son inviolables y merecen un respeto incondicional
en cada etapa de su existencia. Esta declaración moral
se apega, más bien, a los datos científicos que se
tienen sobre el desarrollo humano inicial y que afirman que
cada una de las personas sobre la faz de la
tierra es, por decirlo así, “un embrión que ha crecido
mucho”. No es necesario, por lo tanto, saber
cuándo Dios crea el alma en el embrión, pues como
en alguna ocasión lo he comentado a manera de broma,
aun y cuando fuera cierto que el embrión no recibe
su alma sino hasta que se gradúa de la escuela
de leyes, eso no significa que antes de su graduación
se le pueden extirpar forzadamente órganos y tejidos y provocarle
la muerte. Los embriones humanos son ya seres que
son humanos (no cebras ni plantas) y, de hecho,
son los más nuevos y más recientes integrantes de la
familia humana. Son seres completos estructurados para madurar a
lo largo de su propia línea de tiempo. Cualquier
acción destructiva contra ellos durante su desplazamiento hacia el desarrollo
total, interrumpe en sí toda la línea de tiempo de
esa persona en particular. En otras palabras, el embrión
existe como un integrante completo y viviente de la especie
humana, y cuando se destruye, ese individuo específico ha perecido.
Todo embrión humano, por lo tanto, es único y
sagrado, y no debe ser canibalizado para extraerle sus células
madre.
Lo que el embrión humano es, aún en su
más temprana fase de desarrollo, lo convierte ya en el
único ser apto para recibir el don de un alma
inmortal de manos de Dios. Ningún otro embrión animal
o vegetal puede recibir este don; de hecho, ningún
otro ente en el universo puede recibirlo. Es por
ello que el embrión humano desde sus inicios nunca será
meramente un tejido biológico, como lo es un grupo de
células hepáticas en una caja de petri; mínimamente, ese
embrión, con todas sus estructuras internas y con la
dirección que sigue, representa el santuario privilegiado de alguien que
ha sido creado para desarrollarse como una persona humana. Algunos
científicos y filósofos intentarán argumentar que si el embrión en
fase inicial no ha recibido aún un alma inmortal de
Dios, entonces está bien destruirlo con propósitos de investigación puesto
que todavía no es una persona. Pero en realidad
sería lo contrario; es decir, sería más inmoral destruir un
embrión que todavía no ha recibido un alma inmortal que
destruir uno que ya la tiene. ¿Por qué?
Porque el alma inmortal es el principio por el cual
esa persona puede llegar a su destino eterno con Dios
en el cielo, de tal manera que cuando alguien destruye
un embrión, si ese fuera el escenario, impediría de manera
absoluta que ese ser humano logre tener un alma inmortal
(o ser una persona) y pueda llegar a Dios.
Esta sería la peor de las maldades pues ese investigador
de células madre embrionarias estropearía, con una acción que en
cierto sentido sería peor que el asesinato, todo el diseño
que Dios tenía para esa persona única e irrepetible.
La persona
humana, por lo tanto, aun en su forma más incipiente
como un ser humano embrionario, debe ser siempre protegida de
manera absoluta e incondicional, y la especulación respecto al momento
en que se convierte en persona no debe alterar esta
verdad fundamental.
El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su doctorado en
neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral
en la Universidad de Harvard. Es Sacerdote para la
Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director
de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en
Philadelphia. The National Catholic Bioethics Center: www.ncbcenter.org Traducción: María Elena
Rodríguez
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