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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net El embrión, un tesoro a debate
La defensa de los embriones y, consecuentemente, la lucha por erradicar la injusticia del aborto, son un reto para los hombres de buena voluntad.
El embrión, un tesoro a debate
El debate actual sobre la licitud ética del uso de
embriones para la investigación refleja aspectos importantes de la mentalidad
científica.
Los investigadores tienen un deseo insaciable de saber. Cuando conquistan
una frontera, se plantean en seguida cómo llegar a la
siguiente. Cuando curan una enfermedad, buscan en seguida estrategias para
curar otras o para “amortiguar”, si eso fuese posible, el
mismo proceso natural de envejecimiento que afecta irreversiblemente a todos
los seres humanos.
La investigación médica de vanguardia desea encontrar la
solución a muchas enfermedades degenerativas. La investigación con células madre
(llamadas también estaminales) ofrece, en ese sentido, grandes esperanzas. Estas
células madre pueden proceder de embriones (en sus primeros estadios
de desarrollo), o de seres humanos más desarrollados (fetos, niños,
adultos). Normalmente es posible obtener células madre embrionarias a partir
de la muerte o de la destrucción de los embriones
usados en ese tipo de experimentos, a no ser que
se desarrollen técnicas más seguras que eviten cualquier daño al
embrión del que se tomen tales células.
La investigación basada en
células madre de adultos no plantea en sí graves objeciones
éticas. En cambio, se discute ampliamente sobre la licitud ética
de recurrir a células madre embrionarias, porque la obtención de
tales células implica destruir o dañar a los embriones.
Algunos defienden,
sea a nivel divulgativo, sea a nivel científico, el carácter
“subhumano” de esos embriones. Desde 1984 se ha ido difundiendo
el término “preembrión” para denominar al embrión en sus primeras
fases de vida, dando a entender, con ese término, que
estamos ante a una especie de “prehombre”.
La sociedad puede asustarse
si escucha que la investigación destruye seres humanos. La sociedad,
sin embargo, queda más tranquila si se les dice que
están siendo usados (y destruidos) preembriones en los laboratorios. El
estudio publicado a inicios de septiembre de 2007 por la
Autoridad Británica para la Fertilización y la Embriología (cuyas siglas
en inglés son HFEA) muestra claramente que el “uso” de
embriones es aceptado cuando se consigue convencer a la opinión
pública del carácter subhumano de tales embriones antes de que
lleguen a cumplir 14 días de desarrollo.
Otro argumento que se
esgrime a favor de la investigación sobre embriones es que
muchos de ellos están destinados a una muerte inevitable. En
las clínicas de reproducción artificial “sobran” embriones. Muchos de sus
padres no quieren o no pueden ofrecerles una oportunidad de
continuar su existencia como a los demás embriones humanos. ¿Por qué
no aprovecharlos, si su destino es una muerte segura? Para algunos
científicos, son “material biológico” muy interesante: bien usado, servirá para
descubrir y mejorar la medicina moderna. Incluso algunos dicen que
aprovechar esos embriones es dar un sentido a su muerte,
ofrecerles una “dignificación” para que su destrucción inevitable adquiera un
valor humanitario al dar esperanzas a tantos enfermos que esperan
la ayuda de la ciencia.
No faltan, sin embargo, científicos, bioeticistas,
juristas, pensadores y filósofos que defienden abiertamente que todo embrión
es un ser humano desde el momento de la fecundación.
Estos autores consideran, por lo tanto, que el embrión debe
ser protegido: no es justo destruirlo o dañarlo para permitir
el “progreso” científico. Ningún ser humano vale menos que los
otros. Ningún ser humano puede ser destruido para el bien
de otros seres humanos.
Los que desean usar embriones atacan a
estos autores como poco serios. Piensan que los defensores del
embrión usan ideas religiosas o prejuicios anticientíficos. Algunos autores que
quieren experimentar con embriones afirman con decisión que los primeros
estadios de nuestra vida no fuimos más que un cúmulo
desorganizado de células sin ningún valor, y que poco a
poco se fue fraguando una estructura más compleja que permitió
un día (no se ponen de acuerdo en decir exactamente
cuál) el que surgiese un ser humano que empezó entonces
a merecer respeto y protección.
No es difícil dar una respuesta
a una discusión tan compleja. Hay muchos intereses de por
medio, y quizá este debería ser el primer dato a
considerar.
¿Qué ganan los que defienden la dignidad (el valor) del
embrión? Parece que muy poco. El que nazca un niño,
o el que no se destruya un embrión, no produce
un gran beneficio a un filósofo o a un científico
que defienda a ese embrión.
¿Qué ganan, en cambio, los que
atacan la dignidad de ese embrión? Un laboratorio podrá ganar
mucho, pues así podrá solicitar más fondos para la investigación,
será más cotizado en la bolsa, obtendrá fama, quizá patentará
algunos nuevos fármacos o incluso (donde no esté prohibido) patentará
líneas celulares. Este primer dato es bastante indicativo: el hecho
de que la destrucción de embriones beneficie a unos y
no a otros explica el interés de algunos en negar
el valor de esos embriones y en defender la “licitud”
de su destrucción para sus propios intereses “científicos”.
Pero esto no
basta para probar que el embrión merece ser respetado. Los
que niegan la identidad humana de los embriones acusan, como
ya dijimos, a sus adversarios de no ser científicos, de
no ser serios. Podemos preguntarnos: ¿sólo los científicos tienen el
monopolio de la verdad a la hora de definir qué
significa ser hombre? En un mundo pluralista sería lógico escuchar
a todos. Creemos que también una madre y un padre
que tienen varios embriones congelados pueden decir si son un
simple cúmulo de células o si son sus hijos. Descubrir
la relación que existe entre esos embriones y sus padres
nos abre a un nuevo horizonte de valores, nos hace
entrever que esos embriones son algo más que un “puñado
de células”.
¿Y si los padres han muerto o rechazan a
esos embriones? También hay niños abandonados por sus padres (quizá
fallecidos en circunstancias dramáticas) y que son encontrados por otros
adultos. En estos casos la sociedad interviene en defensa de
los niños abandonados. ¿No podemos sensibilizar a la sociedad para
defender a los embriones rechazados, congelados, sometidos a un tratamiento
gravemente peligroso para sus vidas?
Los defensores de la experimentación con
embriones no se rinden. Dicen, como ya vimos, que no
usar esos embriones provocará un gran retraso para la ciencia,
levantará una barrera oscurantista a la legítima autonomía de la
investigación.
Sabemos, sin embargo, que la ciencia debe aceptar límites éticos
que no puede superar sin deshumanizarse. Hoy día los ecologistas
han logrado que se respete a chimpancés, conejos y ratas
de laboratorio, que no se les haga sufrir, incluso en
detrimento de la investigación científica. ¿Es que son menos valiosos
los seres humanos que los chimpancés? ¿Es que un embrión
humano puede ser destruido mientras que nos parece injusto el
que los laboratorios destruyeran huevos de pájaros en peligro de
extinción?
La humanidad se encuentra ante un debate de enorme importancia.
La defensa de los embriones humanos o su minusvaloración enfrenta
dos modos de ver la vida y la muerte, la
ciencia y la política, los derechos humanos y la protección
que merecen los más débiles. Ya se ha cometido una
enorme injusticia con la difusión del aborto. El desprecio hacia
los embriones se coloca bajo la misma perspectiva de quienes
consideran a algunos seres humanos como menos importantes que otros.
La
defensa de los embriones y, consecuentemente, la lucha por erradicar
la injusticia del aborto, son un reto para los hombres
de buena voluntad. Esto implicará, desde luego, que algunos científicos
no puedan llevar a cabo todos los experimentos que tienen
en agenda. Prohibirles investigaciones que conllevan destruir seres humanos no
es limitar injustamente su libertad. Es, simplemente, indicarles el camino
de una ciencia verdaderamente ética: la que orienta el uso
de su saber y del dinero que reciben de
la sociedad para defender cualquier vida humana, no para destruir
algunas vidas consideradas como “menos humanas”, aunque sea para el
beneficio de otras vidas humanas consideradas como superiores. De este
modo sus descubrimientos se basarán en el respeto a los
más débiles, y podrán construir una ciencia que esté, realmente,
al servicio de todos los hombres, sin exclusiones ni discriminaciones
de ningún tipo.
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