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"¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y
se le extravía una de ellas, ¿acaso no dejará las
noventa y nueve en el monte, para ir en busca
de la extraviada? Y si logra encontrarla, de seguro se
alegrará más por esa oveja que por las noventa y
nueve que no se extraviaron. Así también, el Padre de
ustedes que está en el cielo no quiere que se
pierda ninguno de estos pequeños"(Mat. 18:12-14).
Todos los que nos sentimos
cristianos y estimamos la vida humana, tenemos que luchar con
todas nuestras fuerzas contra esa gran matanza de inocentes que
está teniendo lugar cada día en el mundo, con el
visto bueno de las autoridades y de las leyes en
muchos países, mediante la legalización del aborto.
Pero hoy quiero referirme
a un aspecto bastante olvidado de toda esa compleja realidad
y dirigir una palabra de aliento y de esperanza a
la mujer que en un momento de inconsciencia o de
desesperación o movida sabe Dios por qué circunstancias, o aún
en el peor de los casos por puro egoísmo, ha
destruido la vida del hijo que llevaba en su seno
y que luego reflexiona y siente sobre su conciencia el
peso del remordimiento, que la sume en la amargura y
la frustración.
Es a esta mujer que muchas veces arrastra su
pecado como un fardo y de la que nos olvidamos
tan fácilmente, a la que quiero decirle hoy: enciende en
tu vida una luz y una esperanza, levanta tus ojos
hacia ese Dios que es siempre misericordioso, que siempre ama
y perdona y verás que todo pecado tiene redención.
Lo único
que Él nos exige es el arrepentimiento. Pero no un
arrepentimiento desesperado como el de Judas que lo llevó al
suicidio, sino el arrepentimiento confiado como el de Pedro que
lo llevó a la conversión. Sí, tu vida puede ser
todavía muy útil, puedes hacer mucho bien en el mundo
y sentir así el gozo que se origina después de
dar la mano al que la necesita. Sólo hace falta
que te vuelvas a El y le digas una sola
palabra, pero llena de dolor, de confianza, con deseo de
rectificación.
Aprendamos todos el ejemplo de Jesucristo en el Evangelio, que
debe ser para nosotros los cristianos la suprema norma de
conducta. Él siempre andaba rodeado de pecadores, a pesar del
escándalo de los fariseos. Jamás justifica su pecado, ni les
defiendía tranquilizándoles con las palabras "no tiene importancia, no se
preocupen. Al contrario, les hacía sentir toda la gravedad de
su pecado, pero no para rechazarlos o para hundirlos, sino
para levantarlos. Él siempre ama y siempre perdona y da
la mano al pecador que se le acerca. ¡Con qué
respeto trata a la mujer adúltera a quien aquellos acusadores
hipócritas despreciaban! Jesús le dice: "Vete en paz y no
peques más!" ¡Con qué delicadeza ofrece el agua pura de
la gracia a la mujer samaritana junto al pozo de
Jacob! ¡Con qué complacencia se deja lavar los pies por
la Magdalena pecadora, que ha pecado mucho pero que después
ha amado mucho! ¡Con qué solicitud atiende a Zaqueo el
ladrón y se va a pasar el día a su
casa para que entre en ella la salvación! ¡Con qué
rapidez escucha el grito de arrepentimiento del ladrón en la
cruz y le dice: "¡Hoy mismo estarás conmigo en el
Paraíso!" Para Él no hay ningún pecado tan grande que
no pueda ser redimido.
Por eso también te ama a ti,
mujer, y quiere restaurar tu vida. Quizás la mejor reparación
sería que si ahogaste una vida salves otras muchas, y
que si tu hijo no llegó a nacer, que otros
hijos nazcan porque tú defendiste sus vidas y ayudaste a
sus madres. Y si tu hijo no llegó a crecer,
otros hijos crezcan porque tú viviste en actitud de caridad
y de servicio para los más pequeños y los más
indefensos.
Y para aquellas otras mujeres que han cometido tu mismo
pecado y endurecidas y despreocupadas siguen abortando, y que no
han sentido siquiera el aguijón del remordimiento; que tu oración
las acompañe, para que también ellas abran sus ojos a
la luz, para que también ellas se encuentren con la
mirada penetrante y amorosa de Cristo, para que también ellas
se salven.
Mujer, tú que no quisiste ser madre un día,
tienes todavía mucho que hacer en el mundo. Tu recuerdo
doloroso es acicate para que crezca tu generosidad y tu
entrega a los demás. Tal vez algún día te encuentres
en la vida eterna --porque nosotros no podemos poner límites
a la misericordia de Dios-- con aquel hijo que no
llegaste a conocer en la tierra y a quien Él
por caminos extraordinarios y misteriosos ha dado también la gracia
y la salvación. |