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Sexualidad y Bioética | sección
Aborto | categoría
Atención después de un aborto | tema
Autor: Monseñor Eduardo Boza Masvidal, Obispo de Los Teques, Venezuela | Fuente: vidahumana.org
Una palabra de aliento y esperanza
Mujer, tú que no quisiste ser madre un día, tienes todavía mucho que hacer en el mundo
 
"¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿acaso no dejará las noventa y nueve en el monte, para ir en busca de la extraviada? Y si logra encontrarla, de seguro se alegrará más por esa oveja que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Así también, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños"(Mat. 18:12-14).

Todos los que nos sentimos cristianos y estimamos la vida humana, tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas contra esa gran matanza de inocentes que está teniendo lugar cada día en el mundo, con el visto bueno de las autoridades y de las leyes en muchos países, mediante la legalización del aborto.

Pero hoy quiero referirme a un aspecto bastante olvidado de toda esa compleja realidad y dirigir una palabra de aliento y de esperanza a la mujer que en un momento de inconsciencia o de desesperación o movida sabe Dios por qué circunstancias, o aún en el peor de los casos por puro egoísmo, ha destruido la vida del hijo que llevaba en su seno y que luego reflexiona y siente sobre su conciencia el peso del remordimiento, que la sume en la amargura y la frustración.

Es a esta mujer que muchas veces arrastra su pecado como un fardo y de la que nos olvidamos tan fácilmente, a la que quiero decirle hoy: enciende en tu vida una luz y una esperanza, levanta tus ojos hacia ese Dios que es siempre misericordioso, que siempre ama y perdona y verás que todo pecado tiene redención.

Lo único que Él nos exige es el arrepentimiento. Pero no un arrepentimiento desesperado como el de Judas que lo llevó al suicidio, sino el arrepentimiento confiado como el de Pedro que lo llevó a la conversión. Sí, tu vida puede ser todavía muy útil, puedes hacer mucho bien en el mundo y sentir así el gozo que se origina después de dar la mano al que la necesita. Sólo hace falta que te vuelvas a El y le digas una sola palabra, pero llena de dolor, de confianza, con deseo de rectificación.

Aprendamos todos el ejemplo de Jesucristo en el Evangelio, que debe ser para nosotros los cristianos la suprema norma de conducta. Él siempre andaba rodeado de pecadores, a pesar del escándalo de los fariseos. Jamás justifica su pecado, ni les defiendía tranquilizándoles con las palabras "no tiene importancia, no se preocupen. Al contrario, les hacía sentir toda la gravedad de su pecado, pero no para rechazarlos o para hundirlos, sino para levantarlos. Él siempre ama y siempre perdona y da la mano al pecador que se le acerca. ¡Con qué respeto trata a la mujer adúltera a quien aquellos acusadores hipócritas despreciaban! Jesús le dice: "Vete en paz y no peques más!" ¡Con qué delicadeza ofrece el agua pura de la gracia a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob! ¡Con qué complacencia se deja lavar los pies por la Magdalena pecadora, que ha pecado mucho pero que después ha amado mucho! ¡Con qué solicitud atiende a Zaqueo el ladrón y se va a pasar el día a su casa para que entre en ella la salvación! ¡Con qué rapidez escucha el grito de arrepentimiento del ladrón en la cruz y le dice: "¡Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso!" Para Él no hay ningún pecado tan grande que no pueda ser redimido.

Por eso también te ama a ti, mujer, y quiere restaurar tu vida. Quizás la mejor reparación sería que si ahogaste una vida salves otras muchas, y que si tu hijo no llegó a nacer, que otros hijos nazcan porque tú defendiste sus vidas y ayudaste a sus madres. Y si tu hijo no llegó a crecer, otros hijos crezcan porque tú viviste en actitud de caridad y de servicio para los más pequeños y los más indefensos.

Y para aquellas otras mujeres que han cometido tu mismo pecado y endurecidas y despreocupadas siguen abortando, y que no han sentido siquiera el aguijón del remordimiento; que tu oración las acompañe, para que también ellas abran sus ojos a la luz, para que también ellas se encuentren con la mirada penetrante y amorosa de Cristo, para que también ellas se salven.

Mujer, tú que no quisiste ser madre un día, tienes todavía mucho que hacer en el mundo. Tu recuerdo doloroso es acicate para que crezca tu generosidad y tu entrega a los demás. Tal vez algún día te encuentres en la vida eterna --porque nosotros no podemos poner límites a la misericordia de Dios-- con aquel hijo que no llegaste a conocer en la tierra y a quien Él por caminos extraordinarios y misteriosos ha dado también la gracia y la salvación.
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