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| Aborto y curación en el contexto de la Iglesia |
La vuelta al Hogar
Se había hecho un aborto y
debido a ello estaba alejada de la Iglesia desde hacía
veinte años."
¿Por qué decidió usted regresar a la Iglesia?",
le
preguntaron. Su respuesta fue sencilla: "Sentí que volver al hogar
era lo más seguro".
No se justificó en manera alguna.
Había sufrido mucho a raíz aborto; añoraba reconciliarse consigo misma
y con los demás, sentirse a gusto, perdonada, sanada, como
en casa. Sabía por experiencia propia que la destrucción de
la vida de su hijo no le había traído la
paz, sino el tormento. Tal como escribió un Ellen Wilson:
"No se puede garantizar la felicidad a costa de la
vida de otro".
Volvió a la Iglesia, porque la Iglesia
es el hogar de los hijos de Dios, una comunidad
de fe, una encrucijada sacramental, el encuentro con Dios y
con nuestros hermanos; donde los pecados son perdonados y los
lazos matrimoniales se forjan.
Algunos temen regresar al hogar, porque
piensan que su lo que hicieron es incompatible con la
Iglesia: "En un tiempo yo fui cristiano; ahora ya no
pertenezco". "Sé que la Iglesia es inflexible contra el aborto.
Quisiera regresar, pero no puedo". "Yo maté a mi hijo.
Hay demasiada incompatibilidad entre lo que la Iglesia representa y
quien yo soy. Todavía me siento incómodo al pasar frente
a una iglesia."
A todo esto, la Iglesia compasiva les
dice, por medio del poder y la autoridad que Jesucristo
le ha conferido: "Si existe un medio de apartarse del
hogar, también hay un modo de regresar. Hay manera de
reconciliarse" (Juan Pablo II, 1994).
La Iglesia es, pues, ese
hogar en el cual la mujer que ha abortado puede
reencontrar, o quizás descubra por primera vez, la bondad de
Dios y el valor de su persona, por encima del
mal que hizo, pues Él, como Padre, no desea más
que regrese al hogar.
La reconciliación con Dios: iniciativa del
Padre
Según la parábola del Hijo Pródigo, la reconciliación es
un don de Dios, una iniciativa de su parte. Nos
regocijamos en Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, por
quien hemos recibido nuestra reconciliación (cfr. Rom. 5,10; Col. 1:20).
La reconciliación con Dios tiene su fundamento en la autoridad
espiritual de la Iglesia. La terapia y los consejos pueden
ayudarnos mucho, pero solamente el Autor de la Vida tiene
en definitiva el poder de perdonarnos y curarnos definitivamente.
Si
la Iglesia, por medio del poder del Espíritu y en
el nombre del Padre, no puede perdonar el aborto, entonces
la muerte de Cristo por nuestro amor en la cruz
carecería de valor. Sabemos que eso no es así: "Nos
alegramos en Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, pues por Cristo
hemos sido reconciliados con Dios"(Rom. 5:11). Por eso, el proceso
de la curación postaborto es una travesía en la fe.
Debo creer que el sacrificio de amor de Cristo en
la cruz fue suficiente para perdonar mi pecado.
El reencuentro
con Cristo y su Iglesia
Los años pasados desde que
la mujer se practicó el aborto hasta que inicia su
regreso al hogar, son en muchos casos unos años de
ira y depresión, de miedo y frustración, de negación o
confrontación. La realidad es obvia: El aborto es un acto
de violencia con disfraz compasivo. Aunque muchos al principio no
lo ven así, el tiempo se encargará de demostrar que
la pena es una consecuencia lógica de la muerte y
que no podrán olvidar al hijo que no conocieron.
El
regreso al hogar es con frecuencia una intensa travesía espiritual
que comienza con la sensación de vacío, debida no sólo
a lo que la muerte dejó, sino también a la
ausencia de Dios en el alma. Es un proceso de
crecimiento y desarrollo espiritual a través del cual la persona
llega a tener un conocimiento verdadero, de mente y corazón,
de Jesucristo y una experiencia personal de su amor. La
persona debe profundizar continuamente su relación con Cristo, presente en
la Eucaristía, en su Palabra, y en la Comunidad de
la Iglesia. Sin embargo, los que están lejos del hogar
deben primero ansiar ese retorno.
Desafortunadamente, muchas personas transigen con
su pasado y buscan sustitutivos tales como el abuso del
alcohol y las drogas, las relaciones emocionales negativas, la promiscuidad,
o el activismo proaborto o "pro-choice". Sustitutos que sólo sirven
para agrandar la distancia entre nuestro propio dolor -encerrado y
reprimido- y la realidad de nuestra vida diaria. Algunas veces
toma mucho tiempo darse cuenta de cuál es la causa
del propio dolor, y todavía más el saber afrontarlo.
La
historia de la Iglesia está llena de momentos de santidad
y de pecado, lo cual nos debería servir para reconocer
también nuestro pecado y nuestra necesidad de la gracia de
Dios. La compasión hacia los otros procede de lo profundo
del reconocimiento de nuestro propio quebranto y de la curación
que se nos otorgó. "Usted puede llamar a Dios Amor,
puede llamar a Dios Bondad, pero el mejor nombre de
Dios es Compasión", escribe el gran místico Meister Eckhart.
El
marco pastoral, bíblico y sacramental de la curación postaborto
En
la comunidad católica hay todo un marco pastoral, bíblico y
sacramental donde se puede alcanzar la curación postaborto. "Dios busca
el regreso de su hijo, lo abraza cuando llega y
prepara el banquete de para celebrar la nueva reconciliación" (Sobre
Reconciliación y Penitencia). La mujer que ha abortado no sólo
es tolerada cuando regresa al hogar, sino bienvenida. Los Pedro,
los Pablo y los Agustín e incontables otros que fueron
hijos pródigo nos recuerdan cómo Dios utiliza a los que
se convierten del pecado, para que ellos a su vez
sean instrumentos de reconciliación de otros muchos. Ciertamente, algunos de
los líderes más eficaces del movimiento pro vida y de
curación postaborto son los que fueron una vez, no sólo
víctimas, sino partidarios del aborto.
La Iglesia da la bienvenida
El enfoque pastoral es consciente de la profunda conversión que
se requiere para obtener la reconciliación, a fin de que
la experiencia sacramental no sea algo temporal y superficial. Sin
embargo, todo esto debe llevarse a cabo dentro de una
atmósfera de amor, de amistad y bienvenida. Si no se
dan estos requisitos, probablemente la persona no permanecerá lo suficiente
para profundizar en el mensaje del amor de Dios y
completar su proceso de curación.
Algunos temen que el amor
y la aceptación de la madre o del padre del
niño abortado vaya a significar una aceptación con su pasado.
Hay que vencer este temor, reconociendo que entre los dos
extremos contraproducentes, los de la condenación y la tolerancia, está
el punto de equilibrio de la compasión. La condenación o
la tolerancia, no sólo no logran casi nada, sino que
además impiden que la gracia salvadora de Dios se derrame
sobre las almas. Sólo mostrando compasión y estando convencidos de
la dignidad sagrada de la vida humana desde el momento
de la concepción, es como podremos ayudar a quien regresa,
para que profundice en la causa de su dolor y
se abra al plan salvador de Dios.
Conversión progresiva y
profunda
El proceso de curación implica una conversión progresiva y
un examen exhaustivo de su proceso. Todo lo relacionado con
el aborto (personas, lugares y cosas conducentes a él) deben
ser revisados a la luz del plan de Dios y
aplicados a la vida presente de la persona. Si el
aborto se considera sólo como un "momento aislado" de la
vida, es muy posible que se pueda repetir. Por lo
tanto, es muy importante preguntarse: "¿Qué es lo que influyó
para que tomará esta decisión en ese momento tan vulnerable
de mi vida?,¿en qué debo yo cambiar?, ¿qué debo abandonar?,
¿qué debo enderezar aquí y ahora, para que pueda aceptar
completamente y sentir la gracia sanadora de Dios y para
que el aborto no se vuelva a repetir?"
Una respuesta
franca a estas preguntas y un profundo compromiso con sus
respuestas conducen a una verdadera metanoia y penitencia. Cambiar de
vida a la luz de la Palabra de Dios y
en armonía con el cambio de parecer" (Sobre Reconciliación y
Penitencia, p.10).
El contexto pastoral desemboca en la vivencia bíblica
cuando la víctima del aborto traza su propia historia. Es
útil para ello que la persona escriba su propio relato
varias veces, identificando cada vez sus sucesos con sucesos bíblicos
comparables. La mujer que abortó, por ejemplo, puede identificarse con
los personajes bíblicos que lucharon para ser fieles a Dios
-que incluso llegaron hasta dar la vida-, mientras a su
alrededor estaban clamando la muerte: Abrahán, Moisés, David. Las mujeres
de la historia bíblica, Sara, Rut y Ester, entre otras,
pueden ser servir de inspiración, no solamente por sus éxitos,
sino también por sus temores y fracasos. ¿Cuándo, cómo, por
qué me sentí como aquélla persona de la Biblia?
La
necesidad de perdonar
Generalmente, no somos libres porque no sabemos
perdonar. La libertad espiritual, psicológica y aún física de la
mujer que ha abortado puede tener mucho que ver con
su capacidad de perdonar a quienes tomaron parte en el
aborto. Todos los que la animaron o aún guardaron silencio
durante el acontecimiento pueden jugar un papel importante en su
viaje hacia la curación y la reconciliación. Ella todavía tiene
que perdonar a su bebé por venir "en un tiempo
inoportuno". Su novio, su marido, el médico o la enfermera
que la atendieron, su padre o aquella amiga... todos ellos
tienen que ver con su dolor y con su camino
hacia la curación y reconciliación.
La conversión del corazón generalmente
precede a la intelectual. No "pensamos" un nuevo estilo de
vida, sino que experimentamos y vivimos "un nuevo modo de
pensar". La conversión del corazón es iniciada por la gracia
de Dios, a menudo mediante el contacto con una Iglesia
pastoral, amante y compasiva. Esta conversión del corazón es la
que desencadena el deseo de conocer el contenido de la
Revelación y la que lleva a una transformación de la
totalidad de la persona.
En esta travesía hacia la curación
no se camina solo, Jesucristo, la Virgen María y los
santos nos acompañan y ayudan: "El primer medio de esta
acción salvífica es la oración. Es seguro que la Santísima
Virgen, Madre de Cristo y de la Iglesia y de
los Santos que han llegado ya al final de su
jornada terrenal y poseen la Gloria de Dios, sostienen por
medio de su intercesión, a sus hermanos peregrinos por el
mundo, en el compromiso con la conversión, con la fe,
con el levantarse otra vez después de cada caída, con
el actuar a fin de ayudar al crecimiento de la
comunión y de la paz en el mundo." (Pablo VI,
Clausura de la del Concilio Ecuménico del Vaticano II, 1964)
Los santos no sólo interceden por las mujeres y hombres
que luchan por retornar al seno de la Iglesia, sino
que con el ejemplo de sus vidas los ayudan para
convertir su sufrimiento en un acto de amor. Ellos nos
enseñan a mirar nuestras vidas a la luz del misterio
pascual, por medio del cual todo lo que nos sucede
debe ser referido según la Vida, Muerte y Resurrección de
Nuestro Señor Jesucristo. No se puede llegar a la Resurrección
sin pasar por la Cruz.
El Arzobispo Fulton J. Sheen
dijo una vez que "la tragedia más grande no es
que la gente sufra, si no que no tienen a
nadie a quién amar y a quién ofrecerle su cruz".
El proceso curativo expande y dilata nuestra capacidad de amar
y de ser amados, por nuestro Dios, por nosotros mismos
y por los demás.
En el marco de la Crucifixión
Jesús fue clavado en la cruz por nuestros pecados. María
se mantuvo al pie de la cruz con una fe
inalterable carente de todo consuelo.
El niño abortado también está
clavado en la cruz de un mundo violento y pecador,
que dice no tener sitio para él. Y la madre
afligida que lo abortó también se encuentra al pie de
esa cruz, después de haber sido encañada y de haber
negado su propia maternidad.
La relación entre las dos -María,
la Madre de Jesús y la madre del niño abortado-
se entrelaza por medio de la Muerte y Resurrección de
Jesús. Son los brazos de Jesús los que abrazan extendidos
desde la Cruz, tanto a su Madre, como a la
mujer arrepentida. Ésta última debe agradecer a Jesús la amistad,
el consuelo y el apoyo que le proporciona su Madre.
Es con frecuencia la obscuridad de la fe, la falta
de esperanza y la desesperación, lo que impregna y eclipsa
la vida de la mujer que abortó. Ella necesita abrirse
a la esperanza y fortalecerse en la fe mediante una
relación personal con la Madre de Jesús. Debe saber que
María también participó de la obscuridad de la fe al
pie de la cruz. Ella también sufrió y experimentó la
pérdida del Hijo.
La fe no sólo reconcilia con el
Autor de la Vida, sino también con el niño que
se perdió. Todo esto es posible pues "el Amor es
más poderoso que el pecado" (Su Santidad El Papa Juan
Pablo II, en la Encíclica Sumergirse en la Misericordia, 8;15:
AAS 72 (1980), 1233-1207; 1231).
El sacramento de la Reconciliación
y de la Penitencia
"Los que se acercan al sacramento
de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el
perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo
tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron
con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su
amor, su ejemplo y sus oraciones (LG 11).
Para la
recepción de este sacramento es importante leer y meditar lo
que el Catecismo de la Iglesia Católica enseña sobre él
(números 1422-1498).
El sacerdote, como ministro de este sacramento, actúa
en "persona Christi". Jesús confiere este poder de perdonar los
pecados, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles, hombres
ordinarios, sujetos ellos mismos a la asechanzas del pecado: "Reciban
el Espíritu Santo. A quienes perdonen sus pecados, les serán
perdonados; a quienes retengan sus pecados, les serán retenidos" (Juan
20:22; Mat. 18:18).
El sacerdote, en la Persona de Cristo,
es llamado a relacionarse con el penitente como hermano (también
pecador), como pastor, (buscando la oveja perdida), médico (que sana
y conforta), maestro (que enseña la verdad y revela los
caminos de Dios) y hasta cierto punto, incluso como juez
(quien juzga de acuerdo con la verdad y no según
las apariencias).
Para los que dudan del poder del sacramento
la pregunta apropiada no es "¿puede un hombre perdonar los
pecados?, sino, ¿puede la Iglesia perdonar los pecados?". Porque la
autoridad de un sacerdote determinado no se basa en él
mismo, sino, en la Iglesia que lo autoriza y le
ordena hacerlo, en el nombre de la Iglesia que Jesucristo
fundó y respaldó con su autoridad.
La recepción de este
sacramento bien puede ser, por tanto, uno de los principales
momentos de la curación postaborto, porque a través de él,
todos los sucesos de su historia personal convergen hacia el
abrazo con Dios. La persona se reconcilia con Dios, con
los demás y consigo misma.
Antes de la recepción de
este sacramento, la mujer que ha abortado puede recoger sus
pensamientos escritos en un diario y juntarlos a la historia
personal que haya escrito. Puede escribirle una carta al niño
que abortó, llamándole por su nombre. A través del aborto
ella ha dicho: "Tú no eres mi hijo". En lo
profundo de su corazón, pronto oirá a su hijo que
le dice:, "Tú eres mi madre." Su hijo, viendo ahora
el rostro de Dios, no puede hacer otra cosa que
perdonarla. La intercesión de su hijo por ella son partes
de su travesía de regreso al hogar. Puede prepararse para
el sacramento escogiendo un pasaje bíblico que le ayude a
profundizar en el significado de su retorno al Señor y
a su Iglesia, por ejemplo Lucas 15.
El momento ideal
para recibir este sacramento será cuando la mujer se diga
a si misma: "Yo quiero ser perdonada. Sé que Dios
quiere perdonarme. Quiero decir sí a su llamamiento y cambiar
mi vida". El sacerdote puede sugerirle una fecha que preceda
inmediatamente a una fecha festiva: Navidad, Pascua Florida, o el
día de las madres, por ejemplo.
"La confesión de los
pecados no se puede reducir a un mero intento de
liberación psicológica, aún cuando corresponde a esa legítima y natural
necesidad, inherente en el corazón humano, de abrirnos unos hacia
otros. Es un acto litúrgico, solemne por su dramática naturaleza,
pero humilde y sobrio en la grandeza de su significado.
Es el acto del Hijo Pródigo que regresa a su
padre, quien le da la bienvenida con el beso de
paz. Es un acto de honradez y valentía. Es un
acto de confiarse, más allá del pecado, a la Misericordia
que perdona" (Sobre Reconciliación y Penitencia," p. 121).
Para la
víctima del aborto, que ha experimentado numerosas visitas a terapeutas
y consejeros, quienes tal vez pueden haberla ayudado de muchas
maneras, pero, sin tener la autoridad de asegurarle el perdón
y la paz de Dios, este elemento es particularmente crucial.
El sacramento no es la terapia ni la terapia es
el sacramento, pero ambos unidos pueden coincidir, trabajando juntos, hacia
la meta común de la curación emocional y espiritual. La
gracia construye sobre la naturaleza y a través de ella.
La contrición es el principio y el meollo de la
conversión y reconciliación, un rechazo claro y decisivo del pecado
cometido por haber ofendido a Dios que me ama tanto,
junto con la resolución de no volverlo a cometer. La
verdadera contrición es extremadamente liberadora, porque nos libera para volver
a Dios y para aceptar su Amor. Para muchas mujeres
quebrantadas por el aborto, la contrición las ha liberado para
aceptarse a sí mismas, tras años de odiarse y autodespreciarse.
Cristo gritó: "Lázaro, sal fuera". Jesucristo nos invita a salir
de las tinieblas de la muerte a la luz redentora
de Cristo. "Desatadlo y dejadlo ir " (Juan 11). Somos
libres para vivir una vida nueva en Dios.
Reconciliado con
Dios, tan sólo queda acercarme a Él en la Eucaristía:
"Yo soy el Pan de Vida; el que viene a
Mí nunca tendrá hambre y quien crea en Mí nunca
tendrá sed" (Juan 6:35). Señor, yo soy indigno, pero gracias,
gracias, gracias por amarme tanto y perdonarme.
Nota: Este artículo
es parte de la ponencia presentada en la "Conferencia Cumbre
Sobre el Período Posterior al Aborto" por un equipo de
expertos y coordinado por el Rev. Michael T. Mannion, encargado
de la edición.
Rev. Michael T. Mannion, S.T.L., M.A., "Abortion
and Healing: A Pastoral Church Responds in Word and Sacrament,"
en Rev. Michael T. Mannion, Post-Abortion Aftermath: A Comprehensive Consideration,
Writings Generated by Various Experts at a ´Post-Abortion Summit Conference´,
(Kansas City: Sheed & Ward, 1994), 106-118. Con la autorización
del autor. Para obtener este libro, diríjase a: Sheed &
Ward, 115 E. Armour Blvd., P.O. Box 419492, Kansas City,
MO 64141, U.S.A. o llame al (800) 333-7373.
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