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| Informe sobre el embarazo ectópico |
¿Cómo se presenta, desde el punto de vista médico,
la casuística del embarazo ectópico, en especial el intratubárico, en
el que se encuentra colocado anormalmente un embrión-feto no viable?
¿Es éste siempre no viable? Se pregunta aquí, a mi
modo de ver, por los datos biomédicos relevantes para un
análisis moral del embarazo ectópico (EE). tales datos pueden agruparse
en los siguientes tres apartados:
1. Incidencia, 2. Morbididad y mortalidad materna,
y 3. Morbididad y mortalidad embriofetal.
1. Incidencia
Desde hace ya dos decenios,
la incidencia del embarazo ectópico crece de modo alarmante en
todos los países indistrializados (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Suecia,
Finlandia, etc). En los Estados Unidos, por ejemplo, se ha
pasado de 17800 casos en 1970 a 78400 en 1985.
Se inculpan como causas principales de esa mayor incidencia la
epidemia de enfermedades de transmisión sexual iniciada en los años
sesenta y el empleo de dispositivos intrauterinos. Otros factores inculpados
son ciertas intervenciones médicas (inducción de la ovulación; administración de
estrógenos o de gestágenos -la minipíldora de sólo progestina, por
ejemplo-, la fivet, el aborto inducido, la cirugía reparadora de
la trompa) o algunas circunstancias que se dan en la
mujer (la tendencia a retrasar el momento de tener hijos,
la presentación anterior de otro EE o la infertilidad). La
distribución topográfica de los EE se puede esquematizar así: el
98% de los EE son de asiento tubárico, un 1%
se desarrollan en el ovario y un 1% más se
implantan primaria o secundariamente en el abdomen. Un número insignificante
lo hace en el cérvix uterino, el ligamento ancho, en
un cuerno uterino rudimentario y en otras localizaciones excepcionales.
2. Morbididad
y mortalidad maternas debidas al EE Las consecuencias adversas principales
del EE para la mujer consisten en el riesgo de
muerte causada por la hemorragia intraperitoneal, y en la pérdida
o disminución de la fertilidad. Las tasas de mortalidad materna
absoluta y relativa causadas por el EE han ido descendiendo
a lo largo de los dos últimos decenios, a pesar
del citado y fuerte aumento en la incidencia del EE.
Ha pasado de ser de 35 muertes por 10000 casos
de EE en 1970, a 4,2 muertes por 10000 casos
en 1985. Esta disminución se atribuye al diagnóstico más precoz
y eficiente del EE y a la aplicación de modernos
métodos de tratamiento. Hace cien años, la mortalidad causada por
el EE tubárico avanzado era del 69%. La tasa de
mortalidad materna ligada al embarazo abdominal varía mucho de unas
instituciones a otras. Se han dado cifras de hasta el
20%, cosa fácil de comprender si se tienen en cuenta
el riesgo de hemorragia catastrófica, de trastornos de la coagulación,
y de sepsis y fístulas intestinales postoperatorias. A pesar de
los avances modernos en el diagnóstico y el tratamiento, las
mujeres que han tenido antes un EE presentan una fertilidad
disminuída: sólo de un 30 a un 50% de ellas
llegan a tener embarazos a término. Ello explica que la
primera preocupación de muchos ginecólogos sea hoy la de desarrollar
o aplicar técnicas (microquirúrgicas, farmacológicas) que favorezcan la fertilidad ulterior
de estas mujeres. Por desgracia, muchas de esas técnicas implican
la destrucción directa del embrión ectópico no viable.
3. Mortalidad y
viabilidad embriofetal.
Desconocemos la incidencia real del EE. Hace más de
quince años se carecía de medios para el diagnóstico precoz
del EE y sólo podían tomarse en consideración los casos
con manifestaciones clínicas. Con el afinamiento de los métodos diagnósticos
y su aplicación a los grupos de mujeres de alto
riesgo para el EE, se puede diagnosticar hoy el EE
con mucha precocidad y seguir muy de cerca su evolución.
De este modo, se ha podido establecer que es mucho
más alto de lo que se suponía el número de
EE precoces que, sin dar manifestaciones clínicas o con sintomatología
muy ligera, sufren un proceso de aborto tubárico espontáneo. Se
da, por otra parte, entre los médicos una tendencia muy
extendida, casi dominante, a conjurar, mediante el tratamiento inmediato, todos
los riesgos para la vida y la fertilidad ulterior de
la madre conlleva el EE, mediante la inmediata destrucción -quirúrgica
o farmacológica- del embrión que se desarrolla en la trompa.
Esta conducta impide obtener datos modernos acerca de la evolución
espontánea del EE y la viabilidad del embrión. Así pues,
el destino ordinario, común, del EE tubárico es hoy la
muerte del embrión, ya sea espontánea, ya provocada por el
médico. Son sumamente excepcionales los casos en que el feto
alcanza una etapa de viabilidad en el sitio tubárico primitivo.
Y, cuando el embrión, parcialmente desprendido de su sede tubárica,
se implanta secundariamente en el abdomen, son pocos los fetos
que alcanzan la viabilidad y son menos todavía los que
son extraídos vivos: de éstos, apenas una cuarta parte superan
la etapa perinatal en razón de las graves anomalías que
presentan, relacionadas en general con el oligohidramnios. Se puede concluir,
por tanto, que es sumamente bajo el número de fetos
ectópicos que alcanzan la viabilidad y que muchos de éstos
presentan alteraciones graves, frecuentemente incompatibles con la vida. Desde un
punto de vista estadístico, la viabilidad embriofetal es un factor
poco relevante en el juicio técnico del EE.
II. ¿Cuáles son
las vías de solución practicadas y/o practicables a la luz
de la ciencia médica del presente, incluidas las condiciones médicas
fácilmente accesibles en el contexto hospitalario común?
1. El estado actual
del arte
El EE seguirá presentándose muchas veces al médico en
forma de un episodio clínico urgente de hemorragia intraabdominal. El
médico puede dar entonces por segura la muerte del embrión
e intervendrá para extirpar los restos embrionarios y la trompa
perforada y sangrante. Conseguirá así conjurar la grave amenaza inmediata
a la vida de la madre. Sobre este punto, existe
un acuerdo prácticamente universal entre médicos y moralistas. Pero, como
se ha señalado arriba, los procedimientos para el diagnóstico del
EE se han ido perfeccionando considerablemente en los años recientes
y se ha hecho posible, mediante la determinación cuantitativa seriada
de la beta-hCG sérica y la ecografía transvaginal de alta
resolución, el diagnóstico precoz del EE, antes de que éste
haya dado síntomas clínicos o señales de inminente ruptura.
Permiten
también comprender cada vez mejor las posibilidades evolutivas del EE
y su variado curso clínico, determinar el estado de viabilidad
del embrión y diagnosticar su muerte, y una mejor individualización
del tratamiento que ha de administrarse a cada paciente. Esas
técnicas deben formar parte de los servicios que prestan los
hospitales modernos, pues las exige el estado del arte del
momento. Junto con los datos del estado general y hemodinámico
de la madre, dan una sólida base a la actitud
expectante, que, como se señala más adelante, hace compatible el
máximo respeto a la vida del embrión con la protección
de la vida de la madre. La tendencia dominante en
la práctica profesional está informada, sin embargo, por el imperativo
de la eficiencia, no por la obligación de respeto. El
objetivo prioritario de los médicos "cientifistas" (y temerosos de ser
llevado a a un juicio por malapráctica) parece consistir hoy,
en primer lugar, en salvar la vida de la madre
mediante la eliminación del embrión ectópico, independientemente de que éste
esté vivo o muerto. Pero los avances técnicos han añadido
a la actuación del médico otro objetivo de primer orden:
asegurar la ulterior fertilidad de la mujer. Se hace uso,
para ello, de intervenciones quirúrgicas que no sólo son precoces,
sino también mínimamente traumatizantes: desechada la salpingectomía, por demasiado agresiva
y mutilante, se aplican procedimientos quirúrgicos conservadores, por laparotomía e
incluso también por laparoscopia, tales como la resección parcial de
la trompa, la salpingotomía lineal, la salpingostomía o la expresión
infundibular. Y se comienza a ensayar el valor potencial de
algunos tratamientos farmacológicos experimentales, tanto generales (metotrexato, RU-486), como mediante
inyección en el saco gestacional intratubárica (metotrexato, cloruro potásico, prostaglandina).
2.
¿Es necesario revisar la aplicación a este caso del concepto
de aborto indirecto?
La introducción de los tratamientos quirúrgicos conservadores obliga,
en mi opinión, a revisar la aplicabilidad al caso del
EE del concepto de aborto indirecto, consagrado por una fuerte
corriente dentro de la Teología Moral católica. En efecto, la
aceptación de la extirpación de la trompa que contenía un
embrión vivo se basaba en la aplicación del principio del
doble efecto, que requiere que la acción primaria y la
intención del médico estén dirigidas a eliminar un órgano patológico,
dañado, que amenaza la vida de la mujer gestante; sólo
indirectamente el médico pretende y causa la eliminación y muerte
del feto y el efecto bueno no es consecuencia del
efecto malo e indeseado. La razón para permitir el aborto
indirecto ha de ser -se añade- muy grave y proporcionada:
la amenaza inminente a la vida de la madre. Según
la interpretación de un amplio sector de los teólogos y
médicos católicos, no era necesario, para que se cumplan las
condiciones de licitud moral, que la trompa se haya roto
o que el embrión haya muerto: si la pared tubárica
está adelgazada, es ya una amenaza a la vida de
la madre y puede lícitamente ser extirpada; es decir, una
trompa ocupada por un EE es equiparada a un tumor
maligno que ha de ser eliminado para salvaguardar la vida
de la madre, aunque en este momento preciso no la
amenace de modo inminente. Simultáneamente, esos mismos moralistas y médicos,
al señalar los límites precisos de su actuación, establecían que
era ilícito abrir la trompa y extraer el feto, pues
la vida de la madre no estaría siendo salvada entonces
por un acto indiferente (a saber, la extirpación de un
órgano enfermo), sino por medio de la destrucción directa del
feto. Esto sería un aborto directo y, por tanto, gravemente
inmoral.
Las modernas técnicas de cirugía conservadora y los ensayos
farmacológicos en curso, que matan directamente al embrión y a
sus envolturas, se fundamentan en la consideración de que, antes
de la ruptura de la trompa, el elemento amenazador para
la vida de la madre no es la pared tubárica
que contiene el EE, sino el embrión ectópico con sus
envolturas. Eliminado uno y otras, no sólo se resuelve la
amenaza contra la vida de la madre, sino que los
tejidos tubáricos se reparan de modo tal que en buena
parte de los casos se puede conservar una buena función
tubárica y la correspondiente fertilidad de la mujer.
¿Es posible,
ante estos planteamientos seguir aplicando el concepto de licitud moral
del aborto indirecto, cuando una de sus premisas -el carácter
patológico del tejido tubárico antes de la ruptura, la presunción
de que la misma trompa está "hic et nunc" afectada
patológicamente de tal forma que procede la intervención quirúrgica sobre
ella- puede juzgarse invalidada por los datos actuales de la
ciencia? La idea de equiparar el tejido tubárico sobre el
que anida un EE a un cáncer es hoy muy
difícilmente sustentable.
III. ¿Qué soluciones sugiere la conciencia recta de un
médico cristiano ante situaciones dilemáticas?
De acuerdo con lo dicho, me
parece que la actitud de un médico cristiano debería ajustarse
a los principios siguientes:
1. El respeto a toda vida humana.
El
primer principio moral que se impone al médico es respetar
la vida humana desde su comienzo, proclama incluso -y paradójicamente-
la Declaración de Oslo, de la Asociación Médica Mundial, sobre
el aborto terapéutico. El médico cristiano ha de vivir con
la máxima sinceridad tal obligación y mostrará un respeto máximo,
delicado y atento tanto a la vida del embrión como
a la de la madre. Tal respeto se debe por
igual a todo ser humano vivo, independientemente de que su
expectativa de vida se cuente en años o en horas
o minutos; independientemente de que su edad cronológica se mida
en decenios o en días; independientemente de que esa vida
transcurra a la luz del día o en el seno
de la madre, o de que aquí se desarrolle en
la cavidad del útero u ocupe una sede ectópica.
2. El
tratamiento expectante de hoy.
La conducta del médico cristiano quedará modulada
por ese respeto. Respetará al embrión ectópico vivo adoptando la
actitud clásica del tratamiento expectante, que practicará ahora con la
ayuda inestimable de la tecnología moderna. Está obligado a ser
experto en el diagnóstico del EE: tendrá en cuenta los
datos epidemiológicos, vigilará la evolución del EE mediante las dosificaciones
seriadas de los marcadores hormonales de la viabilidad embrio-fetal o
el diagnóstico ecográfico. Cuando tenga pruebas de la muerte del
embrión, su seguimiento atento del cada caso le ayudará a
decidir si interviene para extraerlo o si se abstiene de
hacerlo. Cuando, en el curso de su seguimiento expectante, aparecen
las primeras manifestaciones de inestabilidad hemodinámica, que señalan no sólo
la urgencia clínica sino la segura muerte del embrión, prestará
la ayuda de urgencia.
El tratamiento expectante ha sido practicado
en series grandes de casos de EE sin que haya
habido muertes maternas. Es un tratamiento de calidad profesional aceptada:
ahorra laparotomías y laparoscopias inútiles. Tiene también sus costos: mantener
una situación de alarma que puede durar unas pocas horas
o unos días o semanas con la consiguiente hospitalización de
la mujer. Tal actitud expectante excluye, por tanto, las soluciones
quirúrgicas o farmacológicas que implican procurar la muerte inmediata y
directa del embrión: mientras éste vive y la gestación no
perturba todavía la estabilidad hemodinámica de la madre, el médico
debe mantener una actitud tolerante hacia el EE. Las diferentes
formas de tratamiento "agresivo", es decir, el que busca directa
o indirectamente la muerte del embrión todavía vivo, nacen de
una mentalidad que no es ajena bien a la difusión
de la ideología utilitarista, bien a una aceptación demasiado fácil
de la licitud del aborto indirecto.
3. El importante aspecto preventivo.
El
EE está alcanzando las dimensiones de una importante epidemia. Como
en las restantes epidemias, los médicos tienen un deber doble.
Han de proporcionar, en primer lugar, una atención efectiva y
oportuna a las mujeres afectadas por un EE. Pero han
de esforzarse, una vez identificados los factores que influyen en
su propagación, en instituir las medidas preventivas apropiadas para erradicar
esta entidad, que amenaza la vida y la fertilidad de
sus víctimas. El médico cristiano encuentra aquí un campo particularmente
adecuado para su tarea de consejo: la lucha contra esta
epidemia le obliga a ser experto en informar de los
aspectos biológicos, humanos y éticos de las enfermedades de transmisión
sexual, los dispositivos intrauterinos y otros procedimientos contraceptivos y a
ayudar, con competencia profesional y sabiduría moral, a sus pacientes
a tomar las decisiones oportunas.
4. ¿Qué eco obtendría una declaración
magisterial que afirmase el respeto al embrión ectópico?
Me parece que
es superfluo advertir que una reafirmación solemne del respeto a
la vida del embrión ectópico no obtendrá un eco favorable
en algunos sectores, dentro y fuera de la Iglesia. Cualquier
dictamen moral que reafirme hoy el respeto incondicionado al embrión
humano ectópico será recibido con escándalo por quienes, en una
interpretación inflacionista del aborto terapéutico, han optado por la eficiente
prevención de riesgos y molestias mediante la eliminación de vidas
nacientes. Un dictamen moral que, congruente con la ética del
respeto a las vidas más débiles y sin futuro, recomiende
el seguimiento expectante del EE, con sus consecuencias "poco prácticas
y poco económicas" y prohiba la solución, rápida y eficiente
de destruir selectivamente el embrión, será tachado de vitalismo radical.
Un
dictamen moral que purifique seriamente de su inevitable oportunismo la
noción ensanchada de aborto indirecto, que reformule en normas modernas,
enriquecidas por el progreso científico, la tradición de la intangibilidad
de la vida prenatal, será tachado de retrógrado o intolerante
por quienes se encuentran cómodamente instalados en una permisividad controlada.
Sin embargo, pienso que muchos se alegrarán al ver reafirmada
una vez más la intangibilidad de toda vida humana y
de comprobar cómo el progreso científico viene a hacer más
fácil de entender y de cumplir la doctrina cristiana del
respeto a la vida. En fin de cuentas, como señalaba
el Santo Padre Juan Pablo II, en su alocución del
25 de octubre de 1978, "Prudente no es -como frecuentemente
se cree- el que sabe arreglárselas en la vida y
sacar de ella el máximo provecho, sino quien acierta a
edificar la vida entera según la voz de la conciencia
recta y según la exigencia de la moral justa".
Agosto 1990
BIBLIOGRAFIA 1.
Alto WA. Abdominal Pregnancy. AFP 1990:41:209. 2. Anónimo. Ectopic pregnancy -
United States, 1984 and 1985. MMWR 1988;37:637. 3. Bayless RB. Embarazo
ectópico no tubario. Clin Obstet Ginecol 1987;1:181. 4. Dorfman SF. Epidemiología
del Embarazo ectópico. Clin Obstet Ginecol 1987;1:165. 5. Fernandez H, Rainhorn
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study of twenty-one consecutive cases. Am J Obstet Gynecol 1985;152:444. 8.
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Londres: Darton, Longman & Todd, 1960:110. 12. Mashiach S, Carp HJA,
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pregnancy: Current evaluation and treatment. Mayo Clin Proc 1989;64:874. 18. Ory
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of ectopic gestation. Fertil Steril 1989;51:559.
Bibliografía adicional sobre embarazo ectópico
1.
Puestas al día técnicas. Un buen punto de partida es la
revisión Vermesh M. Conservative management of ectopic gestation. Fertil Steril
1989;51:559-67, en especial la valoración que hace del tratamiento expectante
(la expectativa armada de la deontología clásica). 2. Valoraciones deontológicas. Hay un
curioso silencio sobre el tema en los manuales modernos italianos
de Bioética: Sgreccia, Tettamanzi, Spinsanti, Perico, d´Avanzo. Tampoco el embarazo
ectópico aparece en la Bibliography on Bioethics. Entre los más
de 2000 artículos, procedentes de revistas y monografías, introducidos en
nuestro ordenador no ha aparecido ninguno que trate ese tema
específicamente. Sólo hemos encontrado dos artículos (que todavía no nos
han sido enviados) publicados en Ethics and Medics (A Catholic
perspective on Moral Issues in the Health and the Life
Sciences) en mayo y septiembre de 1984. No debe haber,
por tanto, muchos estudios recientes sobre el tema. En realidad
los procedimientos introducidos recientemente (ya sean de cirugía conservadora o
mediante agentes farmacológicos) implican la muerte directa y querida del
embrión y quedan, por tanto, excluidos de la moral cristiana.
Buscan, por medio de la evacuación o destrucción del embrión
y sus envoltutas, tanto reducir la mortalidad materna por ruptura
tubárica y hemorragia, como preservar la permeabilidad de la trompa
y favorecer así la fertilidad ulterior de la mujer. Como
ocurre en muchos otros problemas, el progreso técnico se ha
logrado a base de ignorar deliberadamente la condición humana del
embrión y proceder con criterios estrictamente utilitarios. Pienso que hoy
sigue siendo defendible la actitud expectante, que consiste en abstenerse
de intervenir hasta que se produce la inminente rotura de
la trompa o la muerte del embrión. Tal actitud impone
algunas incomodidades, pero permite respetar la vida humana del embrión,
salvar a algunos de ellos, y puede evitar los riesgos
graves a la vida de la madre. Las técnicas modernas
ganan comodidad, seguridad y mejor pronóstico para la madre pero
pagando el precio de la destrucción deliberada de la vida
embrionaria.
La doctrina católica clásica está expuesta en: Basso DM. Nacer y
morir con dignidad. Estudios de Bioética contemporánea. Buenos Aires; Consorcio
de Médicos Católicos, 1989: 390. Bon H. Compendio de Medicina
católica. Madrid; Fax, 1942:432-5. McFadden CJ. Medical Ethics, 6ª ed.
Filadelfia; FA Davis, 1968: 193-7. Paquin J. Morale et Médecine.
3ª ed. Montréal; L´Immaculée Conception, 1960: 224-6 Peiró F. Deontología
médica. 5ª ed. Madrid; Marbán, 1954: 309-313. Sarmiento A, Adeva
I, Escós J, Etica profesional de la enfermera. Pamplona; Eunsa,
1977: 210-1.
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