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Autor: Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador | Fuente: Conferencia Episcopal de El Salvador Mons. Oscar Arnulfo Romero: imagen utilizada por el magisterio paralelo
Este informe reservado de Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador ilustra el tipo de revolución marxista-eclesiástica aplicado en Cuba, Nicaragua, Guatemala, México y en este caso en San Salvador...
Mons. Oscar Arnulfo Romero: imagen utilizada por el magisterio paralelo
En vista de que monseñor Luis Chávez y González y
monseñor Arturo Rivera Damas fueron marginados por el Grupo de
Reflexión Pastoral y por los nuevos jesuitas, estos se dedicaron
a buscar al futuro arzobispo de San Salvador. Monseñor
Chávez iba a dimitir dentro de poco tiempo al cumplir
los 75 años de edad. El candidato de ellos
era monseñor Oscar Arnulfo Romero.
Se inicio una campaña
de desprestigio contra obispos candidatos a la sucesión y
otra campaña de desprestigio contra el Gobierno. Al frente
de esta campaña estuvieron los padres César Jerez y Francisco
Estrada, en Europa; el Dr. Oqueli Colindres, Rubén Zamora y
Jorge Cáceres Prendes. Fue desplazado de Argentina el ex-sacerdote
José Miguel Bonino, teólogo de la liberación y más tarde
presidente del Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra, Suiza,
para que viniese a manejar este asunto. Bonino se
inscribió como estudiante en la UCA y llegó a ser
director del Instituto de Turismo (ISTU) dedicándose de lleno a
buscar al sucesor de monseñor Luis Chávez en el arzobispado
de San Salvador. Bonino escogió a monseñor Oscar Arnulfo
Romero Galdames.
Con él, no se volvería atrás en
la “línea de pastoral encarnada en el pueblo”, les permitiría
instrumentalizar de lleno a la Iglesia y evitar todo enfrentamiento
con la misma. La Iglesia católica era un instrumento
de poder que debería colaborar a la causa de la
revolución comunista. Después de ser elegido monseñor Romero, Bonino
abandonó el país expresando, antes de partir, lo siguiente: “Gracias
a Dios ya nos han dado un arzobispo que se
convierta inmediatamente: monseñor Oscar Arnulfo Romero”. No sonaba como
verdadera esa afirmación para quien conocía la personalidad de monseñor
Romero y sus contínuas denuncias contra el compromiso político de
monseñor Luis Chávez y monseñor Rivera Damas por apoyar a
ciertos sacerdotes cuyas actitudes no eran muy claras. Sin
embargo Bonino dijo: “Tenemos un arzobispo manejable”.
El 8 de febrero
de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador monseñor Oscar
Arnulfo Romero Galdames, hasta ese momento obispo de Santiago de
María. El 22 de febrero tomó posesión del arzobispado.
La ceremonia se realizó en la iglesia de San
José de la Montaña porque la iglesia catedral fue ocupada
por el “Grupo de Reflexión Pastoral” para impedir que el
arzobispo tomase posesión de la misma.
Del día 24 al 28
de febrero de 1977 monseñor Romero se encerró con un
grupo de sacerdotes en el Seminario San José de la
Montaña. Fue aislado por completo, no se le permitió que
se le hablase. Para ello se puso una religiosa
en la posteria del Seminario. Entre los sacerdotes que
le practicaron durante esos días un psicoanálisis, como lo afirma
el padre Placido Erdozain en su opúsculo “Monseñor Romero, mártir
de la Iglesia Popular” se encontraban Inocencio Alas, Astor Ruíz,
Fabián Amaya, Rutilio Sánchez y Alfonso Navarro. Durante esos
días le analizaron la situación nacional vista a través del
análisis marxista.
Descubrieron el fallo psicológico y personal de
monseñor Romero. Los sacerdotes del “Grupo” se ofrecieron como
grupo de apoyo en el gobierno pastoral de la arquidiócesis.
El primero de marzo de ese año declaró monseñor
Romero que su línea pastoral sería la de Medellín y
que se solidarizaba con la línea pastoral del Grupo de
sacerdotes que, en esa línea, realizaba una pastoral “liberadora”, no
obstante que ese grupo le impidió tomar posesión de la
arquidiócesis en la catedral.
Hasta se momento monseñor Romero
siempre se había manifestado en contra de la línea pastoral
de Medellín. Declaro igualmente que no tendría ninguna relación
con el Gobierno en protesta por la masacre acaecida a
las 10:30 de la noche del día anterior, 28 de
febrero. En esa ocasión aparecieron las Ligas Populares 28
de febrero (LP-28), grupo armado comunista. Ese mismo día
salió el primer Boletín de la Oficina de Prensa del
arzobispado de San Salvador.
El día 12 de marzo de ese
mismo año a las 17:30 de la tarde fue asesinado
el P. Rutilio Grande, párroco de Aguilares, con sus dos
acompañantes, Manuel Solórzano de 62 años de edad y Nelson
Rutilio Lemus de 15 años. En la misa de
sepelio del padre Rutilio Grande, a la cual asistió todo
el episcopado y ante la sorpresa y estupor de
todos los obispos, monseñor Romero afirmó en la homilía fúnebre
que apoyaba la línea de acción pastoral del padre Grande
como la línea de la auténtica pastoral de la Iglesia
El domingo 20 de marzo decretó monseñor Romero
la suspensión de la celebración de la misa en todas
las iglesias y capellanías de la arquidiócesis y convocó a
una misa única en la catedral contra el sentir de
la Nunciatura”.
En su última etapa, el padre Rutilio Grande se
había enfrentado con los sacerdotes marxistas que se entrometían en
su parroquia para adoctrinar a los campesinos en el marxismo-leninismo.
Ya no era un colaborador útil y además pidió
insistentemente al padre provincial Estrada, el traslado porque se sentía
muy incómodo, es decir, muy amenazado, en Aguilares. El
luto decidido por monseñor Romero, influido por los sacerdotes revolucionarios,
parecía indicar que el padre Grande había sido asesinado por
los anticomunistas. Pero ya había dejado de ser útil
a los revolucionarios y creo sinceramente que por ahí habría
que buscar la razón de su muerte.
“Los padres revolucionarios comenzaron
a trabajar febrilmente en el arzobispado después de la toma
de posesión del mismo por monseñor Romero, algo inaudito y
nunca visto hasta ese momento en el país. Con
frecuencia se veía en las oficinas del arzobispado a los
jesuitas Francisco Estrada, Ignacio Ellacuría, Isidro Pérez Stein y otros
más. El padre Rafael Moreno, doctor en marxismo, era
el jefe de relaciones públicas del arzobispado. El Magisterio
paralelo manejaba también todas las informaciones del arzobispado, la radio
YSAX estuvo en manos del padre Angel María Pedrosa.
Algunos hablan incluso de un verdadero lavado de cerebro al
obispo por parte de los sacerdotes marxistas.
A La pregunta que se le
hiciera a uno de ellos, ¿por qué los sacerdotes revolucionarios
colaboraban tan activamente en el arzobispado de San Salvador? Aquel
contestó: “acuerpando a este pobre hombre que no sabe qué
hacer con esta diócesis en un momento tan difícil, y
viendo qué es lo que la UCA puede hacer por
el arzobispado”. Según el mismo entrevistado, monseñor Romero Estaba
guiado por el equipo pesado de estos sacerdotes y por
la inteligencia de la UCA.
Varias personas invitaron a monseñor Romero
a su casa para ayudarle a reflexionar sobre la posibilidad
de evitar que le usasen a él como instrumento para
sus propios objetivos ya que algunos hechos lo demostraron así.
Al principio monseñor Romero se mostró agradecido e interesado
en dicha ayuda. Pero alguien se propuso apartarlo de
dichas reuniones mensuales.
El padre belga Pedro Declercq reunió
en su Colonia Zacamil a varias exreligiosas que dejaron o
fueron expulsadas de sus Congregaciones respetivas por diferentes motivos, a
las cuales se añadieron algunas señoritas activistas de
la revolución comunista y así fundó una nueva congregación de
religiosas. Así nació la Congregación de Monjas de la
Iglesia Popular, de la “Nueva Iglesia”. Estas religiosas, con
cruz de madera al pecho, aparecieron en varias oficinas del
arzobispado. Una de ellas fue la secretaria privada de
monseñor Romero, otra la encargada del archivo del arzobispado.
El “triunfalismo”
que se había criticado y combatido meses antes en el
trabajo pastoral de la Iglesia, renació ahora en torno a
la persona de monseñor Oscar Arnulfo Romero, en quien el
Grupo de Reflexión Pastoral o la Iglesia Popular, como se
le llamó después, encontró la coyuntura propia para una verdadera
instrumentalización de la Iglesia católica para la causa comunista.
La Iglesia Popular acorraló a monseñor Romero prestándole orientación, asesoramiento
y ejecución en la acción pastoral.
Lo encumbraron ante
la opinión pública para ganarse las masas por medio de
lo religioso; después lo hicieron caer de su pedestal para
quedarse con las masas trabajadas por monseñor Romero. Para
mover las masas la revolución necesita de un mito.
Monseñor Romero fue elegido para ello. El Grupo conocía
muy bien que la popularidad o la publicidad era un
punto débil en la personalidad de monseñor Romero y la
explotó a favor de la causa comunista.
En una
ocasión monseñor Ricardo Urioste entrevisto a monseñor Romero por la
radio católica YSAX y le preguntó qué decía de algunas
personas que se quejaban por los aplausos durante la misa
que se celebraba los domingos en la catedral. Monseñor
Romero explicó que el aplauso era una manera también de
orar, porque en la gente la oración tiene muchas formas
de manifestarse; una de ellas puede ser el aplauso.
Cuando esos aplausos se dan en las homilías pueden ser
un amén a la voz del profeta.
El 14
de febrero de 1978 se le otorgó a monseñor
Romero el doctorado honoris causa de parte de la Universidad
de Georgetown en los Estados Unidos. El 7 de
diciembre de 1978 monseñor Romero fue propuesto como candidato para
el premio Nobel de la paz por 118 miembros del
parlamento británico. Más tarde la universidad de Lovaina.
Bélgica, le otorgó el doctorado honoris causa.
Un grupo de
militares lograron involucrar a Mons. Romero en el proyecto de
golpe de Estado porque no les convenía tener en su
contra al arzobispo de San Salvador. El 15 de
octubre de 1979 se produjo el golpe de Estado.
El gobierno del general Romero había perdido su prestigio y
autoridad. Se instaló una junta revolucionaria de gobierno formada
por dos militares que declararon que la Junta se completaría
con la incorporación de tres civiles que fueron escogidos por
el Ejército e incorporados tres días después.
El 25
de octubre de 1979 el BPR (Bloque Popular
Revolucionario) y las LP-28, grupos marxistas-leninistas, declararon traidor al
arzobispo (esto se produjo cuando advirtieron que los militares, a
quienes había apoyado monseñor Romero, empezaban a librarse de infiltrados
marxistas-leninistas) Un grupo de religiosas le interpeló reprochándole su traición
y declarando que ellas se seguirían firmes en la lucha
al lado del BPR El mismo día la agencia noticiosa
ACAN-EFE denunció a los sacerdotes revolucionarios como autores intelectuales del
golpe de Estado.
Al hacer un análisis del Gabinete
de Gobierno, se constató que en su mayoría estaba formado
por elementos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA)
dirigida por sacerdotes disidentes. Al día siguiente el arzobispo
Romero emplazó a la junta revolucionaria para que diera cuenta
de los reos políticos y de los “desaparecidos” reclamados por
los grupos marxistas-leninistas. En la homilía de las misas
dominicales que celebró en la catedral durante el mes de
diciembre de ese mismo año, trató de recuperar las simpatías
de los grupos comunistas. Ambos grupos, el BPR y
las LP-28 rechazaron por dos veces la mediación que les
ofreció monseñor Romero.
A mediodía del 19 de diciembre
de 1979 las Ligas Populares 28 de Febrero tomaron el
edificio del Seminario San José de la Montaña donde se
encontraban las oficinas de la Conferencia Episcopal de El Salvador
(CEDES) y del arzobispado. Tomaron como rehenes al secretario
de la curia de San Salvador, padre Mariano Brito, al
secretario adjunto, padre Rafael Urrutia, y a dos secretarias del
arzobispado. El arzobispo estaba ausente, librándose así de quedar
como rehén. Pero los ocupantes reclamaban su presencia para
que mediase ante la Junta para la liberación de algunos
miembros de las LP-28 que fueron capturados durante el desalojo
de varias empresas y propiedades agrícolas que ellos habían tomado
días atrás. En una ocasión salieron del seminario el
obispo presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor José Eduardo Alvarez,
quien estaba en su oficina, el secretario y la secretaria.
El objetivo de las LP-28 era el arzobispo Romero”
.
Un desenlace inesperado
“El Papa Pablo VI llamó al arzobispo
Oscar Arnulfo Romero a Roma para enterarse de primera fuente
de la labor pastoral del arzobispo y darle las recomendaciones
e indicaciones del caso para evitar males posteriores. Después
de la muerte de Juan Pablo I, Juan Pablo II
llamó también a Roma al arzobispo.
El domingo siguiente
a su regreso de Roma señaló las injusticias y desmanes
de los grupos marxistas-leninistas. La respuesta, al interior
del arzobispado, fue inmediata. Al día siguiente, lunes, los
sacerdotes de la Iglesia Popular y las religiosas de la
“Nueva Iglesia” que trabajaban en las oficinas del arzobispado, en
el edificio del seminario San José de la Montaña, abandonaron
sus despachos en señal de protesta. Mons. Romero confesó
el hecho en la homilía del siguiente domingo en la
catedral: “Me han dejado solo”.
Monseñor Romero había traicionado
a los grupos comunistas y a la causa marxista-leninista.
Esto significaba, en la disciplina comunista, pena de muerte.
Monseñor Romero quiso congraciarse con los grupos comunistas volviendo, en
la homilía de los domingos subsiguientes, al sistema de denuncia
en contra del Gobierno, haciendo caso omiso de las injusticias
comentadas por los grupos comunistas o señalándolas de forma paliativa.
El personal del arzobispado que abandonó sus oficinas volvió
de nuevo a sus puestos de trabajo. Las relaciones
entre los grupos marxistas-leninistas, FPL (Frente Popular de Liberación) LP-28,
ERP, FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) con el arzobispo se
hicieron, ante estos vaivenes, cada vez más tirantes.
El mes
de febrero de 1980 Mons. Romero escribió una carta al
presidente del secretariado del Episcopado de América Central (SEDAD) pidiéndole
que publicara un documento de apoyo para su persona, porque
había caído en una situación difícil de la que él
no podía salir. El servicio de Inteligencia del Gobierno
(ANSESAL) le había hecho saber que tenía conocimiento del peligro
que corría su vida. En la homilía dominical del
23 de marzo de 1980 invitó y ordenó a los
soldados y agentes de seguridad que no obedecieran la orden
de combatir al pedirles y exigirles no matar más hermanos
salvadoreños.
El 24 de marzo de 1980 por la mañana Mons.
Romero se reunió en el mar con tres sacerdotes de
su arquidiócesis que no estaban de acuerdo con la ”pastoral
de liberación” de la arquidiócesis durante un retiro del clero.
Mons. Romero se sinceró con esos sacerdotes y éstos
le sugirieron que se apartara de esa línea
de acción pastoral. Esa misma tarde del 24 de
marzo, a las 17:40, mientras celebraba una misa en el
Hospital de la Providencia, fue asesinado de un tiro de
fusil de 25 milímetros envenenado, que le pasó cerca del
corazón y le rompió las principales arterias, originándole una mortal
hemorragia. A esa misma hora, en forma sincronizada, estallaron
bombas a todo lo largo del país. Mientras tanto
en la Universidad Nacional, que en ese entonces era el
cuartel general de las agrupaciones comunistas y ocupaban cada una
de ellas un edificio distinto, el ERP y las LP-28
recriminaron desde los altavoces a las Fuerzas Populares de Liberación
por haber asesinado a Mons. Oscar Arnulfo Romero, Esa
reacción fue inmediatamente controlada.
La conferencia Episcopal quiso celebrar
un funeral por monseñor Romero en la iglesia basílica del
Sagrado Corazón en donde las FPL se habían adueñado
del cuerpo de monseñor Romero. La víspera del funeral,
miércoles 26 de marzo, monseñor Ricardo Urioste, elegido vicario capitular
de la arquidiócesis, disuadió a los señores obispos de que
celebrasen el funeral, alegando que él sabía que los comunistas
iban a tomar en rehenes a todos los obispos y
al nuncio apostólico para presionar al Gobierno para que capturase
y castigase a los asesinos de monseñor Romero.
La
catedral estaba esos días ocupada por los guerrilleros comunistas y
por sacerdotes de la Iglesia Popular. Sobre el frontispicio
de la catedral colocaron una manta en la que escribieron
que rechazaban la presencia de los obispos salvadoreños Aparicio, Alvarez,
Revelo y el secretario de la Conferencia Episcopal, Freddy Delgado,
en los funerales que se celebrarían, frente a la catedral,
el día 30 de marzo, domingo de Ramos de ese
año. A la hora de la homilía de la
misa del funeral, los grupos comunistas hicieron estallar bombas en
los contornos de la plaza Gerardo Barrios enfrente a la
catedral en donde la multitudes había reunido para el funeral
de Mons. Romero.
Muchas personas resultaron muertas, heridas y
golpeadas. Los comunistas disparaban al aire y sobre la
multitud para aterrorizarla. El ministro de Relaciones Exteriores de
Nicaragua, padre D´Escoto, que concelebraba la misa junto con los
otros sacerdotes, pedía por radio desde la catedral al Presidente
José Napoleón Duarte que ordenase a las tanquetas militares alejarse
del lugar de la tragedia. El Presidente le respondió
que no había tanquetas y que las fuerzas de Seguridad
se hallaban acuarteladas. Así fue en realidad. Las
FPL, LP-28, ERP, FARN-RN calcularon mal, porque la inteligencia de
la Fuerza Armada descubrió el plan que tenían entre manos
de culpar al Gobierno de tan tremenda tragedia y ordenó
al Ejército y a los Cuerpos de Seguridad que permaneciesen
en sus cuarteles. El cardenal de México, Ernesto Corripio
y Ahumada, envido por el Papa par presidir el funeral,
salió ileso.
De El Salvador no asistieron por motivos de amenazas
de muerte los obispos Pedro Arnoldo Aparicio, José Alvarez, Marco
Revelo. Mons. Oscar Arnulfo Romero fue más útil muerto
que vivo para los grupos guerrilleros comunistas que lo convirtieron
en un mito. Los dominicales de monseñor Romero que
fueron elaboradas en su parte teológica o doctrinal por el
jesuita Jon Sobrino y Jesús Delgado, y en su
parte política por los jesuitas Ignacio Ellacuría y De Sebastián,
todos de la UCA. Se repitió por la radio
y se publicó a profusión durante una buena temporada la
parte de la homilía de monseñor Romero que dijo en
la víspera de su asesinato, domingo 23 de marzo, en
la que incitaba a los soldados y tropas a la
rebelión, para que no obedeciesen a sus superiores negándose a
matar al enemigo, la guerrilla comunista.
Aparecieron después nuevas
organizaciones de apoyo de los grupos combatientes comunistas con el
nombre de monseñor Oscar Arnulfo Romero; se escribieron poemas, se
compusieron canciones alusivas al “obispo mártir de la Iglesia Popular”
como lo calificó más de algún miembro de la Iglesia
Popular, y que invitaban a la lucha a favor de
la causa comunista. El Papa Juan Pablo II en
su visita a El Salvador pidió que se respetara la
memoria de monseñor Romero”.
Hasta aquí la parte esencial del informe
de monseñor Freddy Delgado. El estaba junto al volcán
cuando sucedieron estos hechos, y escribió este informe como secretario
de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Al final,
el homicidio convino mucho más a los grupos subversivos y
a los sacerdotes disidentes que al Gobierno. Pero en
todo caso se trató, según todos los indicios, de un
asesinato político y no de un martirio.
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