Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: catholic.net André Frossard
Ha sido un momento breve. André sale a la calle con su amigo, que lo observa con preocupación. “¿Pero qué te pasa”? André responde: “Soy católico...” Willemin está atónito. André sigue: “apostólico y romano”. Dios existe, y todo es verdad
André Frossard
André Frossard, pensador francés del siglo XX, había nacido el
14 de enero de 1915 en Colombier-Châtelot (Francia). Su educación
fue completamente atea o, mejor, ni siquiera atea: en su
ambiente familiar se pensaba que ya era “anticuado” el oponerse
a los creyentes, el luchar contra la religión. La religión
no tenía ningún valor: no valía ni siquiera para ser
combatida...
Su padre, Ludovic Oscar Frossard, con sólo 28 años, había
llegado a ser secretario general del Partido socialista francés. A
los 30 años, Ludovic se convirtió en el primer secretario
general del partido comunista. Luego volvió a las filas del
partido socialista, y trabajó en diversos cargos políticos de importancia:
parlamentario y, por muy breves periodos de tiempo, también ministro.
André
respira y acoge en casa las ideas socialistas y comunistas
con la naturalidad de quien cree en todo lo que
le dicen sus seres más queridos. Por eso ve extraño
lo que hacen los “negros”, es decir, los cristianos que
viven en el mundo de su infancia. No comprende por
qué rezan tanto, por qué cantan. Sí: en las navidades
los “negros” parecían más alegres, pero nada más. En casa
Frossard las navidades eran simplemente una fiesta laica, con regalos
y comidas especiales, pero sin recordar a nadie, sin tener
el más mínimo carácter religioso.
En su región había también numerosos
judíos. Pero ni cristianos ni judíos le hablaron nunca de
Dios. Para André lo único que existía era una naturaleza
que las “izquierdas” esperaban dominar con la ciencia y con
el progreso. Lo demás (dioses, religiones) era el pasado, lo
extraño, lo enemigo del progreso.
En un escrito autobiográfico (“Dios existe,
yo me lo encontré”, p. 26), André refleja cual era
su modo de ver el mundo y la vida: “El
cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos
químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las
atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus
últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios”.
En una fórmula que resume su ateísmo, declara: “Éramos ateos
perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo...
El ateísmo perfecto no era ya el que negaba la
existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba
el problema”.
Cuando la carrera política de su padre lleva a
la familia a París, André tiene frente a su cama
un retrato de Marx. Ese retrato le fascina. Piensa que
la ideología de aquel hombre era algo certero, indestructible. Veía
el marxismo como una promesa, casi una especie de religión
secular, en la que no había un Dios padre y,
por lo tanto, en la que los hombres no eran
hermanos, sino, simplemente, “camaradas”.
La niñez tranquila de André, su mundo
de certezas de “izquierdista” por tradición, empieza a llenarse de
problemas. Los estudios van mal, se escapa muchas veces de
la escuela, nada parece interesarle de veras, menos un apasionado
amor al arte, al dibujo, a las formas arquitectónicas.
Como no
tiene la menor idea de lo que sea el pecado,
vive la adolescencia con una libertad moral ilimitada, lo cual
le permite hacer nuevas experiencias, sin escrúpulos, sin remordimientos. La
vida es bella, aunque también hay que ganarse el pan,
hay que situarse en el mundo del trabajo... cuando uno
no tiene el menor deseo de trabajar.
Su padre habla con
él seriamente, y le invita a probar en el mundo
del periodismo. André recoge noticias, redacta los primeros artículos. También
hace las primeras experiencias como político, y consigue arrastrar a
un buen grupo de jóvenes al partido socialista.
Cuando André tiene
alrededor de 18 años, inicia una curiosa amistad con un
joven mayor que él. Amistad extraña, pues aquel joven de
unos 23 años, Willemin, había recuperado la fe después de
haberla perdido a los 15 años, y tenía puntos de
vista muy diferentes de los del hijo de Ludovic Oscar
Frossard.
Se establece entre los dos una profunda simbiosis. André y
Willemin discuten, discuten, para ver quién arrastra al otro a
su partido. Parece que hay un empate total, pues después
de cada conversación los dos mantienen, inamovibles, sus respectivos puntos
de vista.
El tiempo pasa, y André ya tiene 20 años.
La vida no le resulta desagradable, y las aventuras amorosas
le permiten satisfacciones pasajeras e intensas. El verano de 1935,
sin embargo, se prepara una sorpresa, algo inesperado, algo extraño.
Es
el día 8 de julio. André acaba de conocer a
una chica alemana que “promete” una buena aventura amorosa (sin
mayores compromisos). Está muy ilusionado y satisfecho con lo que
la vida le está dando. Willemin lo invita una tarde
a cenar juntos. Antes quiere rezar en una iglesia. Cogen
el coche, y vagan por las calles de París.
¿Cuál es
el estado de ánimo de André en ese momento de
su vida? Según sus palabras, todo “va bien”. “Mi salud
es buena; soy feliz, tanto como se puede ser y
saberse; la velada se presenta agradable, y espero” (“Dios existe”,
p. 151).
Willemin detiene el coche junto a una iglesia. Le
pide a André que aguarde unos momentos, que tiene que
hacer algo allí dentro. André espera tranquilo, indiferente. El tiempo
pasa, y Willemin tarda en salir. Al final, André se
decide a entrar para buscar a su amigo, para ver
por qué tarda tanto.
Leamos un párrafo de su entrada: “Ateo
tranquilo, nada sé evidentemente cuando, cansado de esperar el fin
de las incomprensibles devociones que retienen a mi compañero algo
más de lo que había previsto, empujo a mi vez
la puertecita de hierro para examinar más de cerca, como
dibujante, como mirón, el edificio en el que estoy tentado
de decir que se eterniza (de hecho, le habría esperado,
todo lo más, tres o cuatro minutos)” (“Dios existe”, p.
153).
André está dentro de ese extraño edificio. Observa los detalles
arquitectónicos y artísticos de una iglesia neogótica. Busca en la
penumbra a su amigo. Observa a un grupo de religiosas
que están rezando ante Jesús Sacramentado, y a algunos fieles.
Sus ojos escrutan, una y otra vez, para vislumbrar a
Willemin.
De repente, algo ocurre, se abre un horizonte inesperado. Le
dejamos describir lo que pasó en esos momentos cruciales, decisivos,
imprevistos. “Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve
a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los
fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar:
luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio
que arde a la izquierda de la cruz. No el
primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente,
la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar
en un instante el ser absurdo que soy y va
a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he
sido.
Antes que nada, me son sugeridas estas palabras: vida espiritual.
No me son dichas, no las formo yo mismo, las
escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mí, en voz
baja, por una persona que vería lo que yo no
veo aún.
La última sílaba de este preludio murmurado, alcanza apenas
en mí la orilla de lo consciente que comienza una
avalancha al revés. No digo que el cielo se abre;
no se abre, se eleva, se alza de pronto, fulguración
silenciosa, de esta insospechada capilla en la que se encontraba
milagrosamente incluido. ¿Cómo describir con estas palabras huidizas, que me
niegan sus servicios y amenazan con interceptar mis pensamientos para
depositarlos en el almacén de las quimeras?
El pintor a quien
fuera dado entrever colores desconocidos, ¿con qué los pintaría? Es
un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad
casi insostenible (un grado más me aniquilaría) y más bien
azul; un mundo, un mundo distinto de un resplandor y
de una densidad que despiden al nuestro a las sombras
frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es
la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún
estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en
su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente,
la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la
evidencia hecha persona de Aquel mismo a quien yo habría
negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre
nuestro, y del que me doy cuenta de que es
dulce; con una dulzura semejante a ninguna otra, que no
es la cualidad pasiva que se designa a veces con
ese nombre, sino una dulzura activa que quiebra, que excede
a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra
más dura y, más duro que la piedra, el corazón
humano.
Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que
no es sino la exultación del salvado, la alegría del
náugrafo recogido a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de
que es en el momento en que soy izado hacia
la salvación cuando tomo conciencia del lodo en que, sin
saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún con
medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir allí,
respirar allí.
Al mismo tiempo me ha sido dada una nueva
familia, que es la Iglesia, que tiene a su cargo
conducirme a donde haga falta que vaya; bien entendido que,
a pesar de las apariencias, me queda alguna distancia que
franquear y que no podría ser abolida más que por
la inversión de la gravedad.
Todas estas sensaciones que me esfuerzo
por traducir al lenguaje inadecuado de las ideas y de
las imágenes son simultáneas, comprendidas unas en otras, y pasados
los años no habré agotado el contenido. Todo está dominado
por la presencia, más allá y a través de una
inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin
que me viniese el temor de herir su ternura, ante
Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que
se despierta para saber que todo es regalo” (“Dios existe”,
pp. 156-160).
Ha sido un momento breve. André sale a la
calle con su amigo, que lo observa con preocupación. “¿Pero
qué te pasa”? André responde: “Soy católico...” Willemin está atónito.
André sigue: “apostólico y romano”. Willemin no comprende qué ha
ocurrido, ve los ojos de André desorbitados, misteriosos. André insiste:
“Dios existe, y todo es verdad”.
El milagro se prolonga por
un mes. “Cada mañana volvía a encontrar, con éxtasis, esa
luz que hacía palidecer el día, esa dulzura que nunca
habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica”
(“Dios existe”, p. 163). Cuando deja de repetirse el prodigio,
André acude a un sacerdote y se instruye sobre las
verdades fundamentales de la fe cristiana. Quiere ser bautizado, quiere
ser miembro de la Iglesia.
Los familiares no comprenden lo que
pasa. Su padre piensa que el hijo se ha vuelto
loco. Pide ayuda a un amigo médico, socialista y ateo,
para que haga un diagnóstico. El médico va a casa
y conversa con André, sin dar a entender de que
lo está interrogando. Después ofrece el diagnóstico a Ludovic Oscar:
su hijo está bajo los efectos de la “gracia”. Es
algo no muy peligroso, algo por lo que no hay
que inquietarse demasiado. Quizá todo pasará (llegará la “curación”) después
de unos dos años.
La historia fue otra. André Frossard conservó
vivo, fresco, el recuerdo de ese encuentro, de esa presencia
de un Dios dulce, bueno, misericordioso. Algunos amigos creyentes le
avisaron de que tal vez pasaría su gozo, de que
su Navidad de ahora debería ser purificada.
André pensaba que esto
nunca ocurriría. Pero se equivocó. Llegó el momento de la
prueba, las lágrimas llamaron a su familia. “Hubo un Viernes
Santo y hubo un Sábado Santo, silencio donde muere un
grito” (“Dios existe”, p. 166).
La prueba, sin embargo, no destruye
la certeza nacida de la experiencia, del encuentro: Dios es
amor. El testimonio de André Frossard termina con una frase
breve, lacónica, expresiva al máximo, que en cierto modo recoge
la experiencia que cambió su vida: “Amor, para llamarte así,
la eternidad será corta”.
(Los textos han sido tomados de la
siguiente versión española: André Frossard, “Dios existe. Yo me lo
encontré”, Rialp, Madrid 1990, 13ª edición. André Frossard falleció el
2 de febrero de 1995. Es conocido por su amistad
con los Papas Pablo VI y Juan Pablo II).
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