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Autor: José R. Pérez Arangüena. | Fuente: Catholic.net La conversión de Vittorio Messori
«cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». (Karl Barth)
La conversión de Vittorio Messori
Vittorio Messori, periodista italiano de 56 años, es conocido internacionalmente
por haber entrevistado a Juan Pablo II en Cruzando el
umbral de la esperanza, y al Cardenal Ratzinger en Informe
sobre la fe. Pero, en contra de lo que pudiera
pensarse, no ha sido precisamente un "católico de toda la
vida".
"Nací en plena Guerra Mundial en la región quizá
más anticlerical de Europa: en la Emilia, zona del antiguo
Estado pontificio, la del don Camilo y Peppone (el cura
de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres
no estaban precisamente de parte de don Camilo y, aunque
vivían de verdad unos valores -apertura, acogida, generosidad, etc-, desde
pequeño me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al
cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me bautizaron
como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero
después no tuve ningún contacto con la Iglesia.
Acabada la Guerra,
mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial
italiana, cuna del marxismo italiano -de Gramsci, Togliatti y otros
dirigentes comunistas-, en la que los católicos hace tiempo que
son minoría.
Asistí allí a un colegio público, donde no
se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio
teórico hacia ella. Obligada por el Concordato había, sí, una
clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la tomaba
en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con
las más variadas excusas. O sea, que si por mi
familia estaba imbuido de anticlericalismo pasional, la escuela llovió sobre
mojado al enseñarme la cultura del iluminismo, del liberal-marxismo".
Acabado
el bachillerato, eligió como carrera universitaria la de Ciencias Políticas.
Pertenecía a la famosa generación del 68 y convirtió la
política en su pasión. "Decía el teólogo protestante Karl Barth
que «cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra
se llena de ídolos». Para mí el cielo estaba vacío,
y uno de los ídolos que llenaba la tierra era
precisamente la política. Era para mí una auténtica pasión. Estaba
muy comprometido con los partidos de izquierda".
Se da cuenta
con el tiempo de que la política no podía proporcionarle
las respuestas sobre el sentido de la vida. "Sin embargo,
aun consciente de esas carencias de la política, a la
vez estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera
de ella, precisamente porque formaba parte de los que rechazaban
el cristianismo sin tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba que
cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al que
un joven moderno como yo no podía tomar en serio.
(...) El Evangelio era para mí un objeto desconocido: nunca
lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque
pensaba sin más que formaba parte del folklore oriental, del
mito, de la leyenda.
Mi hallazgo de la fe fue
muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura
de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo
Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero
la lectura de aquel texto, hecha probablemente en un momento
psicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene aturdido.
Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí
había un misterio, al que valía la pena dedicar la
vida.
La situación que se creó fue todo un drama para
mí. De inmediato me vino un gran consuelo, una gran
alegría, pero a la vez un miedo terrible, por varios
motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi
vida debía cambiar, sobre todo en la orientación intelectual. (...)
Me hacía sufrir especialmente el que, si mi familia se
enteraba de lo que me sucedía, me echasen de casa.
De hecho, cuando mi madre supo que asistía a Misa
a escondidas, telefoneó al médico y le dijo: «Venga, doctor.
Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa». «¿Qué síntomas tiene?»,
preguntó el médico. Y mi madre le contestó: «Un síntoma
gravísimo: he descubierto que va a Misa». Esto da idea
del clima que se vivía en mi familia y de
lo mucho que podía afectarme.
Otro ingrediente del drama era
una especie de choque entre dos posturas que yo entendía
como contrapuestas. Por un lado, algo me hacía ver que
en el Evangelio estaba aquella verdad que había buscado. Se
trataba de una experiencia del Evangelio como "encuentro", no sólo
como palabra, valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio
no es un libro, sino una Persona. Era la experiencia
de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez, inquietante.
Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado por
una especie de "esquizofrenia". Se trataba de la disociación entre
la intuición que me había hecho entender que allí, en
el Evangelio, estaba la verdad, y mi razón, que me
decía: No, es imposible, te equivocas.
Desde entonces, todo lo
que he hecho y los muchos miles de páginas que
he escrito, en el fondo no obedecen más que al
intento de vencer esa esquizofrenia, procurando dar respuesta a esta
pregunta: ¿Se puede creer, se puede tomar en serio la
fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio?
Todo ha girado en torno a la fe, a la
posibilidad misma de creer.
Ha sido una aventura solitaria -siempre
he sido un individualista-, en la que me guió Pascal:
un hombre de hace 300 años, también laico convertido, que
razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón
y que, antes de rendirse a la fe, deseaba agotar
todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa nueva
Atlántida personal. He hablado de aventura solitaria y de mi
individualismo, pero también digo siempre que no soy un "católico
del disenso". Al contrario, soy un "católico del consenso". Y
es que, en la lógica de la Encarnación, no sólo
juzgo legítimo al Vaticano, a la Iglesia institucional, sino que
la considero necesaria, indispensable.
¿Cuándo decidí aceptar la Iglesia? Cuando,
al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el
mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios
de Jesús es un Dios que quiso necesitar a los
hombres, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso
confiar su mensaje y los signos de su gracia -los
sacramentos- a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona
bien, acepta la Iglesia no porque la ame, sino porque
forma parte del proyecto de Dios. Me ha costado muchos
años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación
de un grupo humano, en el fondo no tomaríamos en
serio la mediación de Jesús.
Mi aventura también ha sido
solitaria porque era uno de los pocos que andaba contracorriente.
Entraba en la Iglesia cuando tantos clericales salían de ella
gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos descubierto la
cultura laicista! Yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera
cultura está aquí dentro, en la Iglesia! Por eso, algunos
me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es
absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he
escuchado jamás una Misa en latín, porque antes del Concilio
nunca había asistido a Misa, y cuando comencé a ir,
era ya en italiano. De ahí que no pueda ser
un nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una infancia
ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de
cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro misterioso
y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo;
y, después, con la Iglesia".
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