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Autor: Luis Fernando Pérez Bustamante | Fuente: Revista Arbil nº 74 Los Conversos al Catolicismo
El converso es un elemento clave para entender cuál es el verdadero ecumenismo: que todos los cristianos alcancen la plena comunión con Cristo a través de su Vicario en la tierra, a través de su única Iglesia.
Los Conversos al Catolicismo
Crónica del tercero de los congresos "Camino a Roma"
de conversos al catolicismo celebrados en España, organizado por la
Asociación Católica Internacional "Miles Jesu", narrada por uno de sus
protagonistas
En España es un fenómeno apenas conocido. En Francia, apenas
empieza a despuntar. En Gran Bretaña y Estados Unidos, aquí
en el sector anglosajón de la población, alcanza cada año
a decenas de miles de personas. Pero es sobre todo
en los países que estuvieron bajo el imperio del comunismo
soviético donde la realidad invita al optimismo.
Me refiero al
fenómeno de los conversos al catolicismo. Aunque hablando con propiedad
cabría distinguir entre conversos y "reversos". Los primeros nunca fueron
católicos y ahora lo son. Los segundos nacieron como católicos,
abandonaron la Iglesia y al cabo del tiempo han regresado
a ella. Pero todos, unos y otros, tienen algo en
común que más adelante explicaré: el celo del converso.
El 11
y 12 de octubre pasados se celebró en Ávila el
tercero de los congresos "Camino a Roma" de conversos al
catolicismo celebrados en España, organizado por la Asociación Católica Internacional
"Miles Jesu", Instituto de Perfección, fundada por el sacerdote Padre
Alfonso María Durán. Tras un primer congreso celebrado en Madrid,
esta ha sido la segunda vez que Ávila ha sido
elegida como sede de este acontecimiento eclesial con la particularidad
de que en esta ocasión el congreso era de carácter
nacional y no internacional como los dos años pasados.
Este
año el congreso internacional "Camino a Roma" se celebrará en
Viena durante el mes de noviembre.El número de asistentes al
congreso, sin llegar a alcanzar el número de los que
acudieron en el 2002, puede ser considerado como muy aceptable
ya que rondaron las 300 personas a lo largo de
los dos días. El grupo más numeroso, excepción hecha de
los abulenses, fue el de los gallegos que vinieron sobre
todo de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en
Vigo, pero prácticamente no hubo una sola región española sin
representación entre los allá presentes.La ponencia inaugural corrió a cargo
del Canciller Secretario de la diócesis de Ávila, el Padre
Miguel García Yuste.
Se preguntó si en España, país que
se dice católico, es necesario un congreso así. Y la
respuesta es afirmativa ya que, quien más quien menos, conoce
a varios familiares o amigos que se han alejado de
la Iglesia y apartado de la fe.
Hizo hincapié en
la necesidad de afirmar y fortalecer nuestra fe, defendiéndola de
los ataques de nuestro entorno. Y al hablar de los
que somos conversos, vino a comparar nuestras experiencias con las
de la conversión de Pablo en el camino a Damasco,
nada más que ahora nuestro camino era en dirección a
Roma.
Evocando la parábola de los obreros de la viña
(Mt 20,1-16) nos recordó que el Señor nos llama a
todos a la conversión pero a cada cual a su
hora, diferente de la de los demás. Y para finalizar
su intervención, el padre García Yuste, hizo mención de nuestro
deber de estar siempre dispuestos a dar testimonio de Dios
a quienes nos rodean pero recordando que si nos encontramos
con dificultades para compartir del Señor con los demás debemos
tener en cuenta la máxima que dice "cuando no puedas
hablar de Dios a otros, habla a Dios de esos
otros". En definitiva, testimonio y oración.
El siguiente ponente fue don
Antonio Carrera. Católico de nacimiento, dejó la Iglesia para convertirse
en Testigo de Jehová (TJ), llegando a ocupar puestos de
responsabilidad dentro de la secta en España. Estuvo con ellos
13 años y su testimonio fue muy interesante porque no
en vano, los TJs fueron la secta de mayor crecimiento
en la España de la Transición democrática, de tal manera
que su número casi igualaba al total de los miembros
de todas las denominaciones protestantes en este país.
Actualmente la
realidad empieza a ser otra y todo apunta a que
aunque dicho número se ha estancado, en un futuro cercano
disminuirá progresivamente.
Don Antonio dio varias claves para que comprendamos porqué
un católico sincero puede verse atraído por los TJs. Comparó
la doctrina de la secta a un diamante falso, cuya
no autenticidad puede ser fácilmente apreciado por un joyero pero
no por un profano en la materia. Pues bien, un
católico no formado e instruido en su fe, no sabe
discernir la falsedad de las doctrinas de los Testigos, o
de cualquier otra secta o grupo no católico, y por
tanto puede ser embaucado con relativa facilidad.
El señor Carrera
compartió con los presentes la interesante teoría de que hace
40 ó 50 años no era muy necesario que los
católicos españoles estuvieran muy formados en su fe porque apenas
había "lobos" que buscaran ovejas despistadas pero poco a poco
el país se fue llenando de lobos que hicieron presa
en miles y miles de católicos que no estaban preparados
para el fenómeno que se les venía encima.
Hoy, por
tanto, es absolutamente necesario que el católico practicante procure documentarse,
catequizarse y conocer los fundamentos bíblicos y magisteriales de su
fe. De lo contrario, don Antonio recomienda que nunca cometamos
el error de dejar entrar en nuestra casa a un
TJ, porque ellos sí se conocen bien su lección.
La
formación de los laicos, afirmó Carrera, es la vacuna perfecta
contra las sectas y el proselitismo de otras religiones. Las
razones por las que abandonó la secta son muy simples.
Debido a que ocupaba ya altos cargos dentro de la
Organización, tuvo acceso a literatura antigua de la misma. Entonces
comprobó cómo la secta había errado en varias ocasiones a
la hora de profetizar el fin del mundo y cómo
también algunas doctrinas habían sido cambiadas o retocadas de tal
manera que era imposible que Dios estuviera detrás de algo
así.
Rompió con el grupo donde había entregado todo su
tiempo y sus energías durante más de 10 años y
se embarcó en la aventura de estudiar otras religiones para
calmar su sed de Dios.
No obstante, don Antonio hizo
bien en hacer la anotación de que muchos TJs que
abandonan la secta quedan tan desencantados con el fenómeno religioso
que se abandonan por completo y pierden cualquier atisbo de
fe en Dios. Una vez eliminadas las religiones no cristianas,
Carrera estudió las pretensiones de las iglesias cristianas. Participó en
algunos cultos protestantes pero no le acabaron de convencer.
Él
buscaba la Iglesia de Cristo. Y estudiando a los Padres
de la Iglesia, se la encontró. Era la Iglesia Católica.
Desde entonces ha permanecido fiel a Cristo como hijo pródigo
que ha vuelto a la casa de Dios. Ha escrito
varios libros sobre los TJs y ha fundado la "Asociación
de afectados por sectas" con sede en Bilbao.
Llegó el
turno de la Sra. Kathleen Clark. Nacida en Salt Lake
City (Utah, EEUU) en el seno de una familia mormona,
sus ancestros más lejanos fueron los primeros de la secta.
Lo primero que la Sra. Clark hizo fue explicarnos en
qué consiste la religión mormona, lo cual es de agradecer
porque gran parte de los españoles, aparte de que aceptan
la poligamia, no conocemos bien muchos detalles realmente peculiares de
esa creencia.
Resumiendo, nos dijo que el mormonismo es esencialmente
una fe politeísta que no es otra cosa que la
renovación de la mentira de Satanás a Eva "seréis como
Dios". El mormonismo afirma que todo hombre es un dios
y el propio Dios Padre de la Biblia no es
otro sino Adán, que luego fue evolucionando hasta ser perfecto.
Otra de las teorías mormonas que no son muy conocidas
por los españoles es su enseñanza de que la raza
negra es fruto de una maldición por la cual Dios
hizo que la piel de hombres blancos se convirtiera en
negra. No en vano, hasta hace no mucho tiempo no
era posible para personas de raza negra el ser sacerdotes
mormones.
La moral mormona no deja de ser contradictoria porque
aunque no permite el consumo de té, café y bebidas
alcohólicas, es muy liberal en la aceptación del divorcio, la
contracepción y el aborto.Kathleen pasó toda su infancia sin conocer
personalmente a ninguna persona católica.
Es lógico ya que en
el estado Utah hay muy pocos católicos y el entorno
social en el que viven favorece muy poco su integración
en esa sociedad donde el mormonismo prácticamente lo llena todo.
El primer paso fuera de la iglesia mormona no lo
dio ella sino su padre, que tras estudiar las escrituras
sagradas de los mormones encontró muchas contradicciones. Debatió con denuedo
con su obispo mormón el cual no logró convencerle y
eso le causó graves problemas.
Finalmente ocurrió lo inesperado y
Kathleen se hizo novia de un muchacho católico. Cuando éste
le llevó a una misa tridentina ella quedó impactada por
la liturgia a pesar de que no entendía nada. La
relación prosperó y decidieron casarse a pesar de que ella
no tenía todavía la más mínima intención de hacerse católica.
Pero pronto surgieron los problemas.
Ella desconocía por completo el
calendario litúrgico católico y las primeras navidades fueron algo cómicas
porque no lograba entender porqué su marido tenía que ir
a misa en un día que no era domingo.
A
pesar de que su marido intentaba animarla a abrazar el
catolicismo ella rehusaba totalmente esa posibilidad. Sin embargo, un año
fueron invitados a ir a Francia de peregrinación. Ella fue
no por interés religioso sino turístico, pero el Señor le
tenía preparada una sorpresa.
Durante la peregrinación por Francia fueron
acompañados por un padre jesuita, que había sido capellán de
la Beata Teresa de Calcuta, y que tuvo a bien
guiarles en la realización de los ejercicios espirituales de San
Ignacio de Loyola.
Aquella experiencia impactó tanto a Kathleen que al
volver a su país empezó a interesarse de verdad en
conocer la fe católica.
Cuando le tocó estudiar la doctrina del
pecado original, se dio cuenta de que el mormonismo era
realmente la mentira de Satanás revivida. Vio que, a diferencia
de lo que decían los protestantes, ninguna de las doctrinas
católicas contradice la Biblia, la cual, se encargó de recalcar,
había sido declarada como Palabra de Dios por la propia
Iglesia, que también definió su canon.
Su estudio de la
Eucaristía le llevó al convencimiento de que no podía retrasar
por más tiempo el ingreso en el Rebaño de Cristo
y un 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción,
fue bautizada, y recibió también el sacramento de la confirmación
y la Eucaristía. Y renovó las promesas de su matrimonio
esta vez ya como católica. A día de hoy, tanto
ella como su madre son las únicas católicas en esa
familia que una vez fue toda mormona.
El siguiente ponente fue
el Padre Paul Vota, Miles Jesu, nacido en California (EEUU).
Comenzó su intervención dando la receta perfecta para perder la
fe. El primer paso sería vivir fuera de la gracia,
es decir, no confesar los pecados graves y no comulgar
con frecuencia. El segundo paso consistiría en no preocuparse por
conocer bien la fe que profesamos.
Sin mencionar a ninguno
en particular, señaló la grave responsabilidad de aquellos colegios católicos
que no se preocupan por dar una buena formación religiosa
a sus alumnos.
Nacido en el seno de una familia católica,
tuvo una infancia y adolescencia en las que vivió como
cualquier católico normal, asistiendo a misa cada domingo y sin
apartarse de la fe de sus padres.
Tenía talento y capacidad
para tocar instrumentos musicales y tras entrar en la Universidad
de Berkeley, allá por los años 60, se unió a
un grupo que acostumbraba a actuar en pequeños clubes locales
y sociales. Fue precisamente en un club de tenis donde
conoció a una pareja de seguidores de un gurú hindú
que le impactaron profundamente por su forma de comportarse, orando
públicamente y manifestando una amabilidad poco común.
Fue invitado por
ellos a visitar su grupo y allá vio que vivían
en comunidad, compartiendo el dinero, promovían la castidad y predicaban
puerta a puerta. Es decir, se tomaban su religión en
serio a diferencia de lo que él había visto en
muchos católicos.
Se unió a la secta y se empapó
de sus doctrinas. En un primer momento les enseñaban que
el gurú no era Dios sino alguien que ayuda a
los demás a encontrarle. Cuando se fue a vivir a
un ashram sus padres se dieron cuenta que estaban perdiendo
a su hijo y pidieron a todos sus conocidos que
oraran por él. Pero el joven Paul había encontrado una
paz, que aunque después entendió que era falsa, en esos
momentos le llenaba por completo.
Con el paso de las
semanas fue instruido en ciertas doctrinas secretas de la secta
que eran desconocidas para los primerizos. Aprendió una técnica de
meditación muy particular que servía para vaciar la mente y
fue advertido que si algún día dejaba de practicar esa
meditación, perdería su mente, lo cual no estaba lejos de
ser mentira ya que Paul conoció el caso de una
adepta de la secta que acabó loca en un psiquiátrico
tras abandonar esas prácticas.
Los dirigentes de la secta comenzaron
a cambiar algunas de las enseñanzas fundamentales. Por ejemplo, aunque
antes habían negado que el gurú fuera Dios, ahora afirmaban
sin recato que era Dios Padre en cuerpo humano. Fue
antes de la llegada a los Estados Unidos en 1974
del gurú fundador de la secta. Llegaba a hacerles partícipes
del darsham, que sería recibido con solo tocar al gurú.
Cientos de adeptos rompían en un gozo cuasi místico tras
tocar o besar los pies de su maestro, pero Paul
no experimentó ninguna sensación especial, lo cual él atribuye a
la eficacia de las oraciones de sus padres, familiares y
amigos.
Coincidió también que por aquel entonces él había decidido
estudiar la Biblia. En la secta enseñaban que de la
misma manera que los judíos se equivocaban al aceptar a
Moisés pero no a Jesús, los cristianos erraban al aceptar
a Cristo y rechazar al gurú.
La Providencia quiso que
contactara con un miembro de Miles Jesu al que intentó
predicar la fe de su secta. Éste hermano se hizo
el interesado y tras hablar con el Padre Durán, mantuvieron
una entrevista con Paul en la que le invitaron a
cenar. Tras cenar los tres invitaron a Paul a pasar
a la capilla que tenían dentro de la casa de
Miles Jesu y allá fue donde el actual Padre Vota
tuvo su primer reencuentro con la espiritualidad católica.
Conoció a
más gente de Miles Jesu y quedó impresionado por el
compromiso de los jóvenes de la organización católica. Todos oraron
por él y, finalmente, decidió visitar a sus padres y
acudir a ir a misa con asiduidad. Pero seguía teniendo
dudas, que acabaron provocándole una gran crisis, acompañada de una
enorme confusión mental.
Un día acudió el templo portando un
escapulario de nuestra Señora del Carmen y una mujer allá
presente, al verle, le dijo que su hijo fue ciego
pero recuperó la vista gracias a la intercesión de la
Madre de Dios. Aquel testimonio impactó a Paul que entendió
que Dios sigue obrando milagros hoy en día y podía
obrar en él el milagro de la conversión total.
Al
poco tiempo se unió a Miles Jesu y recibió la
vocación sacerdotal que acabó con su ordenación como sacerdote por
el Papa Juan Pablo II en 1985.La última intervención del
sábado día 11 corrió a cargo del Padre Alfonso María
Durán, fundador de Miles Jesu y de los congresos "Camino
a Roma".
Explicó a todos los presentes cómo había surgido
la idea de los congresos y cuáles habían sido las
dificultades por las que pasaron antes de que lo que
era un proyecto ilusionante se convirtiera en una realidad gozosa.
También nos hizo partícipes de las buenas noticias de conversos
al catolicismo en muchos países del mundo. Por ejemplo, nos
dijo que en Ucrania, cuarenta parroquias ortodoxas habían pedido su
pase a la comunión con Roma y él mismo, en
este último año, había recibido a tres sacerdotes ortodoxos rusos
que ansiaban entrar en la Iglesia Católica.
En Finlandia se
está dando un fenómeno muy interesante que no es otro
que la conversión al catolicismo en sectores muy importantes de
la juventud universitaria, lo cual era impensable hace unos años
dado la cerrazón al catolicismo en las sociedades de los
países bálticos.
El Padre Durán nos animó a luchar contra
el pesimismo por las malas noticias sobre la Iglesia. Nos
exhortó a luchar contra "el chismorreo y la crítica destructiva"
y a proclamar la buena salud del catolicismo en todos
los países donde su crecimiento lleva un ritmo considerable.
En
definitiva, somos portadores de buenas nuevas, no altavoces de los
pecados y errores de los demás.Javier Leal fue el encargado
de abir la tanda de testimonios del domingo día 12,
festividad de Nuestra Señora la Virgen del Pilar.
Nacido en
tierras burgalesas en el seno de una familia católica, sus
padres eran tibios en las cosas de Dios. A los
13 años pierde la fe y tras una adolescencia exenta
de los excesos típicos de los adolescentes de hoy en
día (él lo atribuye a que en tiempos de Franco
no había tanto libertinaje) al llegar a la edad juvenil
se interesa en la filosofía, la política y establece relaciones
con la intelectualidad de la época.
Estudia los clásicos y
la filosofía moderna, es decir, se empapa de pura especulación
humana. Acaba por interesarse por las religiones orientales, especialmente el
hinduismo y el budismo tibetano.
Javier nos explicó que el
hinduismo es politeísmo puro y duro mientras que el budismo,
aun negando la existencia de un Dios único y trascendente,
también es politeísta. Estudió los yogas conceptuales y al mismo
tiempo que se convirtió en maestro de otros, su vanidad
y orgullo fueron creciendo. Pero tras una crisis sentimental, un
día decidió orar un padrenuestro a conciencia.
Fue entonces cuando
empezaron a cambiar cosas. Leyó más filosofía y algo de
material cristiano que estaba incluido en libros no propiamente católicos.
Se interesa en el fenómeno de las apariciones marianas y
es en ese momento de su vida cuando tiene un
encuentro con una persona que habría de ser como un
enviado de la Providencia destinado a ayudarle a entrar en
el camino de la conversión definitiva.
Era un mendigo sabio
llamado Rafael. Ya mayor, recio, fuerte, vestido como si estuviera
sacado de la novela "El Señor de los Anillos", aquel
mendigo era una caja de sorpresas. Parece ser que había
viajado por todo el mundo y su conocimiento de todas
las religiones y filosofías mundanas era sorprendente. Javier se asombró
de lo mucho que aquel hombre sabía sobre cualquier tema
que trataban. Pero lo que le dejó impactado es que
al finalizar la conversación, el anciano le dijo que el
verdadero conocimiento sólo se encontraba en la Iglesia Católica.
Tras
despedirse, nunca más le volvió a ver pero aquel encuentro
fue un hito que marcó un antes y un después
en la vida de Javier Leal. Al poco tiempo un
amigo le invitó a visitar a un hombre que hace
vida de ermitaño en uno de los pocos lugares escondidos
que deben quedar en la isla de Ibiza.
Vive en
una pequeña laura que no es sino una especie de
cueva natural apenas modificada para que pueda vivir una persona
en ella. Hablaron largo y tendido de muchas cosas y
el ermitaño demostró tener también un amplio conocimiento de todo
lo relacionado con las religiones orientales, el esoterismo, etc.
Se
despidieron pero otra vez la Providencia quiso hacer de las
suyas. Javier se dejó en la laura unas gafas de
sol que apreciaba bastante y volvió a por ellas el
día siguiente. Fue entonces cuando, ya a solas, el ermitaño
le recomendó que abandonara la vida espiritual que había llevado
hasta entonces y abrazara el catolicismo. Le dejó varios libros
de espiritualidad católica y le recomendó que empezara a rezar
el Rosario. Y Dios, en su misericordia, quiso que el
Rosario fuera instrumento de conversión para Javier.
La oración y
el estudio de la Biblia, los padres de la Iglesia
y la teología católica pasan a ser el pan nuestro
de cada día en la vida del nuevo converso. Se
produce su definitivo regreso a la Iglesia, y lo vive
con tal intensidad que acude a Misa y Rosario diarios.
Desde entonces no ha hecho sino crecer espiritualmente en la
verdad católica, camino de salvación en Cristo Jesús.
Inmediatamente después del
testimonio de Javier Leal, tomó la palabra Don Francisco Javier
Casale Sánchez, de Barcelona. De padres católicos, no obstante le
tocó vivir su infancia en un ambiente tibio, ateo y
anticlerical.
Trasladado a los cuatro años a Argentina, pasó allá
toda su infancia, adolescencia y primera juventud tras la cual
volvió a España . Sus padres le llevaron a un
colegio salesiano donde experimentó un fervor cristiano poco común que,
por ejemplo, le llevaba a jugar a celebrar misas en
las que él hacía el papel del sacerdote. Pero eso
mismo provocó que sus padres le sacaran del colegio pues
tenían temor de que acabara queriendo ser cura, cosa que
ellos no estaban dispuestos a aceptar.
En el nuevo colegio
laico acaba perdiendo la fe y con el tiempo acaba
en lo que él denomina la "secta de la modernidad".
Conoció a la que habría de ser su esposa, la
cual sí tenía fe y era católica practicante y aunque
cuando se casaron Francisco Javier no tenía fe alguna, al
menos aceptaba que su mujer fuera a misa todos los
domingos y días de precepto. Pero también ella acabó abandonando
la práctica religiosa. Se convierten en un matrimonio convencional, ajeno
a la religiosidad y con cierto éxito en el área
económica.
Adquirieron un velero con el que navegar por el
Mediterráneo. Una noche de navegación se toparon con una gran
tormenta. Francisco Javier temió por su vida y, casi instintivamente,
rezó un avemaría. Cuando pasó la noche sin que nada
ocurriera, él se avergonzó de esa oración, pero seguramente ya
se había puesto en funcionamiento el fruto de la semilla
que había arraigado en su corazón siendo un niño salesiano.
Los negocios empiezan a ir de mal en peor y
un día se encuentra a sí mismo clamando a Dios
y pidiéndole ayuda. Aquella oración íntima le causó un estremecimiento
interior pero todavía no fue suficiente como para que se
convirtiera de verdad.
Entró en una fase de desastre vital
que le sirvió para desengañarse totalmente del mundo y el
sistema que nos rodea. Descubrió que tenía hipertensión y el
médico le recomendó que buscara una vida menos estresante.
Empezó
a practicar el Hata Yoga y a escuchar música hindú,
árabe y del cristianismo barroco. Mientras que las dos primeras
no le causaban ninguna sensación especial la música barroca cautivó
su alma.
Fue por entonces cuando decidió que cada vez
que tuviera un mal pensamiento como castigo rezaría un padrenuestro
y un avemaría. Tras haber puesto los medios para sanar
tanto física como mentalmente un día se preguntó a sí
mismo, ¿porqué ahora no te curas el alma?
Empieza entonces
la lectura ávida de todo tipo de cosas. Desecha la
astrología por sus absurdos planteamientos. Todo lo que lee que
no es espiritualidad cristiana no le convence. Empieza a tener
dificultades en la relación con sus amistades habituales ya que
su interés por lo religioso choca con el absoluto rechazo
de sus amigos por esos asuntos. Pero, sin embargo, uno
de ellos, Quique, le dio un consejo que impactó el
alma de Francisco Javier. Le dijo "lo que buscas, búscalo
con humildad".
En ese espíritu de humildad Francisco siguió buscando
a Dios y finalmente el Señor le salió al encuentro.
Tuvo lo que él considera como una moción del alma
y el 8 de febrero de 1988, a las 8
de la noche, se planta en el despacho parroquial de
su parroquia y le dice al sacerdote allá presente que
tras 40 años fuera de la Iglesia, quiere volver.
El
padre le pide que vuelva al día siguiente para tratar
pastoralmente la cuestión y mientras le recomienda la lectura de
Lucas 15, donde está la parábola del hijo pródigo. Esa
misma noche, Francisco Javier se arrodilló en su casa y
rezó un padrenuestro, esta vez ya como auténtico creyente.
Experimentó
el amor de Dios Padre que recibe al hijo que
un día había abandonado el hogar y que ahora volvía
a casa. Es el milagro de la conversión. Su primera
misa fue a escondidas y un tanto confusa ya que
él no conocía prácticamente nada del rito. Su primera confesión
duró dos horas tras la cual comulgó por primera vez
en 40 años. Comparte su nueva realidad con su esposa,
la cual también acabó animándose a volver a la Iglesia.
Peregrino a Santiago, hoy Francisco Javier es testimonio vivo de
cómo nunca es tarde para volver a la senda de
Dios.Tras maravillarnos de la obra de Dios en la vida
de Francisco Javier, nos dispusimos todos a asistir a la
Misa en la Catedral del Salvador Ávila, presidida por el
Excelentísimo Sr. D. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila.
Siempre
es un privilegio asistir a una celebración litúrgica presidida por
un sucesor de los apóstoles y tanto más si es
en una Catedral como la de Ávila, tierra de santos,
tierra de Santa Teresa.De vuelta al salón del congreso, llegó
mi turno de compartir mi testimonio de conversión y regreso
a la Iglesia Católica.
Yo también nací en una familia
católica como mis predecesores, pero tuve el privilegio de que
mis padres eran verdaderamente católicos practicantes.
Aunque mi padre tuvo
bastantes dificultades en aceptar los cambios producidos en la Iglesia
tras el Concilio Vaticano II, lo cierto es que no
abandonó la práctica religiosa y todos los domingos asistía a
la primera misa dominical, cuando yo todavía dormía placidamente en
mi cama.
Mi madre fue catequista durante varios años y
la verdad es que tenía capacidad de transmitir bastante bien
los fundamentos de nuestra fe a los niños. Yo me
aproveché de eso y, sobre todo, del hecho de que
fui educado por los padres Escolapios en el colegio que
éstos tienen en Getafe, provincia de Madrid.
Transmití a los
presentes mi agradecimiento público a los padres y profesores que
supieron inculcarme unos valores que estoy seguro que tienen poco
que ver con los que se transmiten hoy a nuestros
hijos, sobre todo en la escuela pública. A los diez
años recuerdo claramente haber tenido una vocación temprana al sacerdocio,
gracias al testimonio que unos seminaristas compartieron con los chicos
que quisimos escucharles después de las clases.
A mi abuelo
paterno, que había sido anarquista antes y durante la Guerra
Civil, casi le dio un pasmo cuando su único nieto
le dijo que quería ser cura. Aunque estoy convencido de
que fue una experiencia genuina aquello no duró mucho pues
tampoco tuve un seguimiento especial por parte de mis padres,
supongo que en parte debido a mi condición de hijo
único.
El resto de mi infancia transcurrió sin mayores sobresaltos
pero a los dieciséis años me quedé sin padre de
la noche a la mañana. Aquello supuso el inicio de
un calvario que casi me lleva a la tumba.
La
relación con mi madre, en vez de fortalecerse a través
de un mutuo apoyo del uno al otro para superar
la pérdida de mi progenitor, empeoró a pasos agigantados. Yo
estaba en una edad muy difícil y ella empezó a
visitar a curanderos y videntes para que le ayudaran a
superar los dolores que le causaba una afectación del nervio
ciático sufrida tras una operación de implante de prótesis de
cadera y los dolores que tenía en el alma por
la pérdida de su marido y por su relación conmigo.
Desgraciadamente no hubo entonces ningún sacerdote que le explicara que
eso que hacía era incompatible con la fe católica. Al
final acabé con una depresión profunda que me llevó incluso
a intentar quitarme la vida consumiendo pastillas pero Dios tenía
otros planes y no dejó que acabara mis días de
esa manera.
La relación con mi madre siguió por muy
mal camino pero poco a poco salí del bache, gracias
sobre todo a un primo hermano que me ayudó mucho
y a la que después habría de convertirse en mi
esposa. Pero aunque mi salud mental fue mejorando, la espiritual
empeoró más si cabe.
Me había apartado totalmente de la
Iglesia y me acerqué al mundo del esoterismo, la Nueva
Era y esa nueva versión del espiritismo de toda la
vida que es el mundo de los contactados con supuestos
extraterrestres.
Lo peor de todo es que la persona que
me dio un curso de control mental que no era
otra cosa que el disfraz de una técnica para contactar
con supuestos seres superiores, era un sacerdote franciscano.
Mi madre
no veía nada malo en todas estas nuevas actividades de
mi vida pues al fin y al cabo no hay
gran diferencia entre ese mundillo y el de los curanderos
y videntes. Fue entonces cuando me casé, sólo por lo
civil, con Lidia, mi esposa. Realmente éramos unos críos inmaduros,
sobre todo yo, pero el Señor ha querido que nuestro
matrimonio haya sobrevivido a muchos momentos de extrema dificultad.
Cuando
nuestro primer hijo contaba con dos años de vida, algo
cambió nuestras vidas. Mi esposa no me había seguido en
mis andanzas por la Nueva Era pero sí respetaba todo
lo que yo hacía sin entrometerse demasiado.
Pero un matrimonio
amigo que llevaban muchos años en el esoterismo se convirtió
al cristianismo evangélico leyendo la Biblia. A los pocos meses
nos invitaron a pasar un fin de semana en su
casa y fue allá donde yo empecé el camino de
vuelta a la fe de mis antepasados. Me reconcilié primero
con el Dios de la Biblia, con el Salvador del
mundo. Mi esposa siguió mis pasos pocos días después y
ambos nos integramos en una comunidad eclesial evangélica pentecostal, Amistad
Cristiana.
Durante los años que fuimos miembros de esa congregación
puedo decir que crecimos y maduramos como cristianos, aunque siempre
limitados por nuestra condición de pecadores que no están en
plena comunión con aquella en quien subsiste plenamente la Iglesia
de Cristo y en quien se hallan todos los tesoros
de la gracia divina.
Al año de mi conversión al
protestantismo evangélico me bauticé como tal en las Lagunas de
Ruidera, Ciudad Real. Por una parte eso suponía una afirmación
de pertenencia a la fe que profesaba pero por otra
era, paradójicamente, una ruptura de facto con la fe católica
de la cual negaba la validez de su bautismo. Mi
esposa hizo lo mismo un año después. Dado que mi
madre se enfadó bastante con el camino que yo había
adoptado, mis enfrentamientos con ella subieron de tono.
Para mí,
el catolicismo era el culpable de que una mujer teóricamente
preparada como mi madre hubiera acabado entregándose a curanderos y
videntes sin que nadie le dijera que eso estaba en
contra de Dios. Dado que yo mismo había recibido conocimientos
esotéricos por boca de un sacerdote católico, estaba convencido de
que la degeneración de la Iglesia Católica era un hecho
innegable.
Además, la propia naturaleza de las doctrinas protestantes que
se oponen a la verdad católica, me llevó a afirmar
delante de mi madre que las apariciones marianas eran obra
de Satanás, cosa que a ella le sacaba de quicio
dado que era una habitual peregrina al santuario de
Lourdes.
La sima que nos separaba se agrandó y parecía
que no habría ninguna posibilidad de que alguna vez pudiéramos
hablar de las cosas de Dios sin pelearnos.Por razones laborales
tuvimos que dejar la congregación a la que pertenecíamos y
aquello coincidió con mi primer contacto con el mundo de
Internet. En poco tiempo me convertí en un asiduo a
los foros de debate religioso, especialmente evangélicos, donde desarrollé una
labor de ataque continuo y sistemático a la fe católica.
Dado mi interés por autoformarme teológicamente en la apologética evangélica,
en poco tiempo adquirí bastante habilidad para ganar batallas teológicas
con católicos de escasa preparación. Sirva esto como aviso para
navegantes.
Es absolutamente imprescindible que los católicos que no tengan
un mínimo de preparación teológica se abstengan de participar en
foros de discusión donde haya miembros de otras confesiones cristianas
o de otras religiones que pueden engatusarles con facilidad.
Al
mismo tiempo desarrollé un interés cada vez mayor en el
estudio de la Historia de la Iglesia, aunque al principio
lo hacía bajo el prisma protestante que ve en el
emperador Constantino la fuente de corrupción del cristianismo. Pero lo
cierto es que, como dice el Cardenal John Henry Newman,
"quien estudia la historia de la Iglesia, deja de ser
protestante".
Efectivamente, la Iglesia de los primeros siglos anteriores a
Constantino quizás no era calcada a la Iglesia Católica o
la Ortodoxa, pero sin duda no era protestante. Entendí que
el protestantismo no era sino el mismo grupo de sectas
y grupos heréticos que abundó en esos siglos y que
a veces sólo tenían en común su oposición a la
verdadera Iglesia de Cristo.
El pecado de la división, para
los cristianos de entonces, era el más grave de los
posibles y el protestantismo no era otra cosa que la
encarnación de la división eclesial.
Únase a ese descubrimiento de
la realidad del protestantismo el que yo, gracias a lo
que me dijo en un foro un cristiano ortodoxo descubriera
en la Biblia quién es la Iglesia de Cristo, columna
y baluarte de la verdad, Cuerpo de Cristo y su
plenitud, y tendremos que los cimientos del "Luis Fernando apologeta
evangélico" se tambalearon como un castillo de naipes sobre el
que se sopla con fuerza.
Cuando constaté que la doctrina
de la justificación por la sola fe, base fundamental de
la Reforma, no sólo no tenía asidero en las Escrituras
sino que era contradicha expresamente en Santiago 2:24, entendí que
no podía seguir siendo protestante por más tiempo.
Tras ocho
años y medio como cristiano evangélico, el panorama que se
me presentaba por delante no era precisamente fácil. Por una
parte, no podía regresar sin más a la Iglesia Católica,
la cual había sido objeto durante años de mis ataques
en los foros de Internet y mis conversaciones con mi
madre.
La Iglesia Ortodoxa era una opción mucho más aceptable
para mí aunque ciertamente temeraria por mi desconocimiento de la
realidad eclesial ortodoxa. Pero mis dudas desaparecieron cuando asistí por
vez primera a una liturgia bizantina en la parroquia ortodoxa
griega que hay en Madrid. Aquella liturgia enamoró mi alma.
Me sentí trasladado al cielo y supe desde entonces que
había puesto mis pies en el cristianismo auténtico.
Cuando poco
después me uní a los cultos de la comunidad ortodoxa
rumana que había en Madrid, dirigida por el Padre ortodoxo
Teófilo Moldován, creí que mi destino final era convertirme en
ortodoxo para el resto de mis días. Pero Dios tenía
otros planes.
Mi mujer, aunque entendía las razones para dejar
de ser evangélico, no estaba dispuesta a seguirme camino de
la Iglesia Ortodoxa. Eso era un problema no pequeño pero
yo estaba dispuesto a enfrentarme a ello.
Distinto fue el
caso de mi madre. Cuando le dije que quería hacerme
ortodoxo, una sonrisa de oreja a oreja apareció en su
rostro. Me preguntó por qué no me hacía católico pero
en el fondo ella pensaba, como muchos católicos, que la
Iglesia Ortodoxa era como la Católica pero sin Papa.
Fue
precisamente entonces cuando enfermó de cáncer de hígado. Yo sabía
que apenas la quedaban un par de meses de vida
y cuando me manifestó su intención de visitar Lourdes a
la vuelta del verano, supe que a menos que yo
la llevara, ella no podría ver satisfecho su propósito. Cuando
le propuse ir en coche un fin de semana, aceptó
de inmediato. Para mí aquel viaje era cualquier cosa menos
fácil.
Durante años había debatido con católicos sobre el dogma
de la Inmaculada Concepción. Especialmente duros fueron los que mantuve
con un fraile dominico colombiano, el Padre Nelson Medina, que
tuvo la paciencia y el amor de soportarme durante año
y medio tratando la cuestión. Claro que al cabo de
ese año y medio, él siguió donde estaba y yo
había emprendido el camino hacia su Iglesia. Dios sabe cuánto
debo a Fray Nelson por sus palabras, por sus oraciones,
por su amistad.
El caso es que aquel joven que
había dicho años atrás a su madre que la aparición
de Lourdes era de origen satánico, viajaba con su madre
enferma terminal al santuario de la Inmaculada Concepción. Es difícil
explicar con palabras lo que aquel viaje supuso para mí.
A Lourdes llegué con una madre. Volví con dos. Si
Cristo había entregado su Madre al apóstol Juan en la
cruz, a mí me la entregó en Lourdes.
Fue allá
donde el proceso de conversión a la fe entregada una
vez a los santos arraigó en mi corazón. Lo poco
de protestante que me quedaba murió en la gruta donde
la Virgen se apareció a una pequeñuela francesa que luego
se convirtió en santa.
Regresé a Lourdes y mi madre
murió poco después, tras haber recibido por expreso deseo mío
todos los sacramentos. Y se ve que en cuanto ella
llegó a lugar donde nos purificamos antes de entrar en
la presencia de Dios, empezó a orar por nosotros para
que completáramos el regreso a la Iglesia Católica.
Sus oraciones
fueron escuchadas y al mes siguiente, después de recoger a
nuestros hijos en el colegio le pregunté a mi esposa
"Lidia, si regreso a la Iglesia Católica ¿vendrás conmigo". Un
sí acompañado de una sonrisa fue su respuesta. Poco después
nos casamos por la Iglesia, bautizamos a nuestro segundo hijo
y desde entonces intentamos vivir sirviendo a Dios en la
Iglesia que Cristo fundó sobre la roca, sobre Pedro y
su confesión de fe.
La última intervención del congreso fue la
del testimonio de David John Rey. Nacido en Chicago su
padre era musulmán y su madre protestante. En realidad en
su familia no se practicaba casi ninguna de las dos
religiones. Si acaso alguno de los preceptos y costumbres musulmanas.
Cuando la madre quiso celebrar un año la Navidad, el
padre la amenazó de muerte lo cual es una demostración
papable del ambiente en el que David tuvo que vivir
durante buena parte de su infancia. Otro año, a pesar
de las amenazas, su madre decidió poner un árbol de
Navidad antes del 24 de diciembre. Su padre no hizo
nada pero al poco tiempo desapareció del hogar para no
volver más.
A pesar de las dificultades, la familia ya
fue más libre para poder asistir a la congregación bautista
a la cual pertenecía la madre de David. Él no
entendía mucho de lo que allá se predicaba pero el
ambiente le gustaba y durante un tiempo fue un chaval
más que acudía al culto dominical con su madre y
su hermana. Pero cuando se convirtió en adolescente abandonó la
comunidad religiosa bautista y se hizo miembro de un grupo
de música rap.
Durante cuatro años estuvo viviendo como rapero
lejos de Dios y de toda religión. Pero su alma
estaba vacía. Un día sintonizó por casualidad un canal de
televisión donde un telepredicador estaba hablando palabras que parecían dirigidas
al corazón de David. Cristo estaba llamado a la puerta
y David decidió abrir. Se convirtió al Señor y decidió
volver a la congregación bautista de su madre. Pero no
era allí donde Dios le quería.
Viendo otro canal de
televisión, apareció un monje católico vestido de hábito hablando de
temas espirituales. David estaba sorprendidísimo porque apenas había visto nunca
un monje católico vestido como tal y mucho menos en
televisión. Pero lo que aquel hombre de Dios decía tocaba
su corazón.
Empezó a interesarse en lo que la Iglesia
Católica enseñaba y pronto entendió cuáles eran los fallos del
protestantismo y cuáles los tesoros que aguardan en la Iglesia
Católica a los que entran en ella. Un año después,
se hizo católico y al poco tiempo se hizo miembro
consagrado de Miles Jesu.
Hoy vive en España donde desarrolla
la misión que sus superiores católicos le han encomendado.Todos estos
testimonios no son sino una breve muestra de lo que
Dios está haciendo en miles y miles de personas a
lo largo del mundo.
Ahora que parece que las iglesias
se vacían y que gran parte de la juventud no
quiere saber nada del Señor y de su Iglesia, el
testimonio de los conversos es como un grito de esperanza
y de reafirmación de que la fe en Dios y
la pertenencia a la Iglesia de Cristo son la respuesta
a la necesidad de cualquier hombre y mujer, vengan de
donde vengan, hayan vivido lo que hayan vivido.
La "enfermedad"
del converso es contagiosa. Su celo por la fidelidad a
Dios y la Iglesia es semilla para nuevas conversiones. Entre
los más activos apologetas católicos anglosajones que abundan en Internet,
un gran número de ellos son conversos al catolicismo.
Tanto
si fueron previamente católicos como si vienen de otro tipo
de cristianismo, los que entran de adultos en la Iglesia
Católica a veces entienden mejor que los que llevan dentro
toda la vida lo que significa ser católico y la
gracia que se deriva de ese hechos.
Por supuesto eso
no significa que lo ideal sea el que todo el
mundo abandone la Iglesia para darse luego cuenta de lo
que se han perdido dentro. No, ni mucho menos. De
hecho, desgraciadamente muchos de los que salen no vuelven jamás
y gran parte de los que están fuera no se
plantean siquiera dirigir su mirada hacia el catolicismo.
Por otra
parte, una de las características más comunes a todos los
conversos a la Iglesia es que han aprendido a amarla
a pesar del pecado de algunos de sus miembros.
Cuántas
veces los católicos se empeñan en dar pábulo a las
informaciones y críticas que se expresan contra su Iglesia en
los medios de comunicación y en círculos anticlericales y anticatólicos,
pero quien encuentra a una madre tras años de pérdida
no permite que sus arrugas y sus canas le impidan
amarla con amor filial.
Es también típico en los conversos
su fervor por la pureza doctrinal. No se ve en
ellos un espíritu de dejadez y displicencia ante aquellos que
desde dentro de la Iglesia quieren cambiar su esencia y
sus doctrinas y moral.
A veces su celo puede ser
un poco exagerado, como el de los zelotes, pero eso
sirve como contrabalanza contra tanta tibieza presente en algunos ámbitos
católicos.
Y para terminar, debe quedar constancia de que la
figura del converso es un elemento clave para entender cuál
es el verdadero ecumenismo, que no consiste en otra cosa
que el que todos los cristianos alcancen la plena comunión
con Cristo a través de su Vicario en la tierra,
a través de su única Iglesia.
Dios nos ayude y
nos bendiga.
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