Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net Mito 10: El Papado es de origen pagano
En la figura, en la misión y en el ministerio de Pedro, en su presencia y en su muerte en Roma - testimoniada por la más antigua tradición literaria y arqueológica - la Iglesia contempla una profunda realidad, que está en relación esencial con su mismo mi
Mito 10: El Papado es de origen pagano
Mito 10: El Papado es de origen pagano
El título
de Papa, o de obispo universal, fue primero dado al
obispo de Roma por el emperador malevolo Phocas, en el año
610 A.D. Esto lo hizo para darle rencor al obispo Ciriacus
de Constantinopla, quien lo había, justamente, excomunicado por el asesinato de
su precursor el emperador Mauricio. Gregory I, entonces obispo de Roma,
rechazó el título, pero su sucesor, Bonifacio III, primero asumió el
título de Papa. Jesús no designó a Pedro como líder de
los apóstoles y prohibió cualquier noción semejante. (Luc.22:24-26; Efe. 1:22-23; Col.
1:18; l Cor 3:11). Nota: No existe ninguna mención en
las escrituras, ni en la historia, que Pedro estuvo en Roma,
mucho menos que fue Papa por 25 años. El obispo Clemente,
el tercer obispo de Roma, comenta que no hay evidencia que
en el primer siglo Pedro hubiese estado en Roma ni
por un instante. Refutación y Argumentos Católicos El Papado no
es de origen pagano. Algunos motivos:
[1]El primer Papa
fue san Pedro (Mt 16,16 -19); acusar al papado de paganismo
es acusar de ello al mismo Cristo, que lo instituye
en Cesarea de Filipo precisamente como contraposición al paganismo reinante en
esa zona de Palestina. Cesarea era en efecto una villa construida
a su vez sobre otra precedente de nombre Banias, en honor
de la divinidad pagana helenista "Pan" [protegía bosques y selvas;
se le atribuía un culto particular en una gruta donde salía
una de las fuentes del Jordán]. La región se llama
"Cesarea de Filipo" en honor de Filipo, hijo de Herodes
el Grande, ya que estaba dentro de los límites de su
tetrarquía. Filipo, pues, hizo que se la reconstruyera en honor de
César, pero sin omitir su propio nombre, de suerte que
a la vez se la distinguiera de Cesarea Marítima en la
costa del Mediterráneo. Cesarea de Filipo se ubica en las faldas
del Hermón. Es un verdadero vergel.
En relación con las palabras
que Cristo dirige a Pedro en Mt 16,16-20, se ha de
tomar en cuenta cuanto sigue:
Ya que el Papa es sucesor
de Pedro, conviene estudiar los deberes y prerrogativas de Pedro en
el NT.
- La preeminencia de Simón Pedro, tan notoria en
los Evangelios, no es un hecho meramente humano. Los hagiógrafos del
NT reconocen en él una preeminencia singular entre los doce.
En las
cuatro listas del colegio apostólico que poseemos, el orden de
los nombres no es uniforme, sin embargo en todas ellas Pedro
aparece como el primero de modo invariable y sin alteraciones: Mc
3,16-19 Mt 10,2-4; Lc 6,14-16; He 1,13. En virtud de una
elección especial de Jesús los doce siguen al maestro desde su
vida pública (Mc 3,13-15; Mt 10,1; Lc 6,13). Simón Pedro es
uno de los cuatro discípulos que son llamados en la
ribera del lago de Genersaret: Pedro y Andrés, Santiago y Juan
(Mc 1,16-20). Con todo, el cuarto Evangelio precisa que la vocación
inicial de Pedro sigue a la de Andrés, su hermano, y
de otro discípulo (Jn 1,35-42). Sin embargo Mt recalca que el
primero era Simón, con el sobrenombre de Pedro. La calificación de
"primero" atribuido a Pedro en la lista de Mt
ha de interpretarse a la luz de su preeminencia real.
El
maestro lo elige entre los apóstoles para ser uno de
testigos (al lado de otros dos o tres) de la resurrección
de la hija de Jairo (Mc 5,37; Lc 8,51) de su
transfiguración (Mc 9,2-3), de su agonía (Mc 14,33; Mt 23,37),
para preparar la última cena (Lc 22,8): Pedro, pues, siempre es
parte de este grupo y como el primero. Él será también,
entre los doce, el primer testigo de la resurrección (Lc 24,12-34;
1Cor 15,5).
Se trata de una autoridad efectiva, formalmente reconocida o
conferida desde un principio. Los evangelistas, al nombrar a los apóstoles
en orden, y al indicar al que está al frente de
ellos, no dejan de indicar los defectos de Pedro. Su elección
no se debe a sus propios méritos, ni a su
carácter impulsivo o emprendedor ni a una fe más ardorosa. De
hecho, es él quien se gana el reproche: "Hombre de
poca fe, ¿por qué has dudado?" (Mt 14,31). Él mismo, el
día de su investidura, se lleva la más dura de
las reprimendas: "detrás de mí, Satanás, eres para mí piedra de
escándalo, pues tus sentimientos no son los de Dios, sino los
de los hombres" (Mt 16,23; Mc 8,33). Es el primero a
quien Jesús lava los pies en la cena (Jn 13,10);
sará el más culpable con Judas, pues negará a Cristo tres
veces (Mt 26,34.58-75). No se puede decir que su elección como
príncipe de los apóstoles se deba a que sus compañeros aceptaran
de buena gana una especie de ascendiente sobre ellos, ya que
hay pasajes en que discuten sobre los primeros lugares eel reino
de Dios (Mt 18,1; 22,25-28; Mc 9,33-37.42-45; Lc 9,46-48; 22,24-29). ¿Se
puede decir que logran entrever las verdaderas intenciones del maestro? ¿Por
qué Jesús insiste en el servicio, de ser el último,
y se pone a sí mismo como modelo?A una protestan los
diez contra las ambiciones de los hijos de Zebedeo (Mt 20,20-28;
Mc 10,35-45). Cuando Pedro acude para pagar el tributo al César,
los demás discípulos aprovechan para preguntar a Jesús quién es el
más grande en el reino de los cielos (Mt 17,24;
18,1). Luego, si Pedro es el apóstol principal, su preeminencia no
se debe a ningún previlegio debido a la edad, ni a
una prioridad cronológica de su vocación, ni a sus caulidades ni
a su ambición, ni siquiera a una aceptación de parte de
los doce para que él ocupara esta posición de primacía,
sino a que tal fue la voluntad de Cristo.
- La preeminencia
de Pedro es un derecho que le fue conferido por
Cristo No hay duda de que Jesús con sus fuertes reprimendas
refrena y corrige las ambiciones y las competiciones de los doce.
Él les predica la preeminencia del servicio sobre el dominio, la
obligación para aquel que quiere y debe ser el más grande
en el reino de Dios y el cumplimiento del precepto
de la caridad (Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27). Pero lo
que ha de distinguir a los apóstoles y al príncipe de
los apóstoles, de los reyes, de los grandes de este mundo
que gobierna con ostentación y primeramente en ventaja propia. Esta doctrina
brota de la conducta misma de Cristo, ya que sirve humildemente
a sus hermanos, hasta dar su vida en rescate, y
por tanto es el maestro y el señor (Jn 13,13-15; cf
Mt 23,10). Es decir, que este primado moral en el servicio
humilde y caritativo no excluye el primado de honor y de
gobierno.
Es incontestable que hay un solo maestro, Cristo, así como
sólo hay un Padre, el que está en los cielos. ¿Pero
quién creería que la paternidad divina en la intención del salvador
ha de su primir la humana? Hay un solo maestro, Cristo,
juez de vivos y muertos. ¿Pero ha de ser así
en el caso de los apóstoles, que serán enviados como Cristo
lo ha sido, con el poder de enseñar, de atar y
desatar y que un día se sentarán en tronos, para
juzgar a las doce tribus de Israel? (Lc 22,30). El magisterio
y la judicatura de los doce no son inconciliables con el
magisterio supereminente, la judicatura absoluta del Hijo del hombre. ¿Por qué
el primado de uno entre los doce habrá de aventajarle ante
el primado trascendente del Hijo de Dios vivo? Lejos de excluir
la idea, Jesús la supone formalmente mientras que enuncia las cualidades
morales que deberán distinguir al que quedará investido de ellas:
"El más grande dentre vosotros tendrá que ser vuestro servidor"
(Mt 23,11).
Pero el maestro ¿ha querido él mismo designar y nombrar
a Pedro jefe del colegio apostólico, el más grande entre los
doce? No se trata de una indicación proporcionada sólo por una
amistad de elección. Ya que sobre todo Santiago y Juan son
objeto de una notoria predilección (de todos modos, de entre los
preferidos, Pedro goza de todas suertes de aparecer el primero). Más
aún, Cristo le dota de misiones preponderantes: a él se
dirigen los recaudadores de impuestos, ávidos de saber si Jesús pagará
la didracma para el templo y a él encarga Jesús que
adquiera este importe, proporcionándoles milagrosamente el medio para ello (Mt 17,24-27).
Es él quien le ofrece un albergo al Salvador durante su
misión en Cafarnaúm (Mc 1,29). En su barca sube Cristo para
predicar al gentío apiñado en la ribera del lago (Lc 5,1-4).
Este papel que Cristo le otorga se observa de diversas circunstancias
en las que Pedro decide tomar la palabra a nombre
de todos (Mt 14,28; 15,15; 16,16-22; 17,4; 18,21; 19,27; 26,33; Mc
8,29; 10,28; 11,21; 14,29; Lc 8,45; 9,20.22; 12,41; 18,28; 22,31; Jn
6,68, 13,6-10.36).
Parece bien por otro lado que Jesús se apegue
de una modo tan particular a la formación de Pedro. Lo
instruye y reprende; pero también se prodiga con él, como es
el caso de las dos pescas milagrosas (Lc 5,6, Jn
21,11), lo invita a caminar sobre las aguas (Mt 14,29). A
Pedro lo amonesta en Getsemaní (Mc 14,37; cf Mt 26,40). Tras
la resurrección el ángel dice a las santas mujeres: "Id
a decir a los discípulos y a Pedro "
(Mc 16,7). El maestro predice sólo a él su martirio (Jn
21,18-22). Cristo se beneficia asimismo de una oración del todo especial
del salvador en el momento mismo en que se le predicen
las negaciones (Lc 22,31-34).
Lo más significativo es el cambio de
nombre que Cristo impone a Simón (Mc 3,16; Lc 6,14; Jn
1,42; cf Mt 10,2). En la historia bíblica se afirma
que el Señor (o un enviado suyo en el caso de
Jacob) ha cambiado el nombre propio y personal de un hombre:
cuando Abram se torna en Abraham (Gn 17,5), cuando Jacob se
convierte en Israel (Gn 32,28), y cuando Simón Bar Jona
se torna en Pedro (Jn 1,42; Mt 16,18). En este tercer
caso, al igual que en los dos casos precedentes, la intención
es manifiesta sobre todo si se toma en cuenta la importancia
simbólica que en todo el oriente se refiere al nombre. "Tú
eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas,
que significa Pedro". Es una profecía cuyo sentido está indicado misteriosamente
por este nombres, inusitado tanto entre judíos como entre griegos. Kefas
en arameo, Petros en griego, significa la roca sólida sobre la
que Cristo edificará su Iglesia: "Simón se convierte en la
piedra fundamental del colegio apostólica y de la comunidad formada para
el reino de Dios. "Y yo también te digo,
que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia;
y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella"
Atar en hebreo
se dice "asar"; la "Mishná" (Shabbat 4,1) lo
emplea comentando Números 30,3 como declarar prohibido (Strack-Billerbeck I, 738). Desatar en
hebreo se dice "hittir"; la Mishná lo emplea para
declarar permitido o lícito.
La sinagoga usaba ambos verbos para indicar quién
estaba admitido o proscrito de la sinagoga y para la interpretación
de ciertos pasajes dífíciles de la Escritura; es, pues, un empleo
"técnico" para indicar autoridad no sólo en materia de disciplina
[imposición y levantamiento del anatema dictado por la sinagoga; además de
la Mishná, Josefo habla de ello en el de Bello Iudaico
I, 111], sino también autoridad "halákica" para enseñar (en cuanto
a la enseñanza, significan la interpretación autoritativa de la ley por
el rabino ordenado y competente en la materia: "goza
de autoridad para prohibir y permitir"). Si Jesús los aplica a
Pedro y al resto de los 12, es porque desea transferir
a ellos los poderes de que gozaba la sinagoga, y que
quedará confirmado por Cristo resucitado en Jn 20,21-23 en cuanto al
perdón de los pecados y en Jn 21,15-19 en cuanto
a apacentar a las ovejas al modo de Cristo, Buen Pastor
(Jn 10,11 y siguientes).
"A ti te daré las llaves del
Reino de los Cielos; y lo que ates en la
tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates
en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19).
*.
Este versículo se remonta a Is 22,19-22. El cap 22
de Isaías ha de interpretarse o enmarcarse dentro del plan
divino en la historia a favor del pueblo elegido. Desde el
punto de vista canónico, es un texto profético que tiene una
proyección futura, que halla su cumplimiento en Cristo, obviamente. Cristo es
no sólo quien posee las llaves del Reino de David, sino
que en un sentido más pleno, es el Señor de
la Historia, quien tiene el poder supremo en el cielo y
en la tierra.
* Is 22,15-22 consiste en un oráculo, dividido
en las amenazas contra Shebna (vv 15-19) y el ulterior insediamento
y ruina de Eliaquim (versículos siguientes). El término con que se
designa a Shebna y Eliaquim es el de "soken", mayordomo.
Shebna se ve atacado por el profeta con una confrontación
amarga por haberse construido una tumba espléndida. El profeta pone de
relieve que se trata de un acto de arrogancia y para
ello recurre a un vocabulario de lo más crudo: no tendrá
necesidad de tanto esplendor porque Dios lo va a arrojar lejos
de la tierra donde morirá lleno de oprobio al haber
abusado de su oficio. Por el contrario, Eliaquim es llamado
"siervo de Dios" y se le asignan todos los jaeces del
oficio sagrado. Se le entrega la autoridad regida davídica representada por
la entrega de la llave. Ello le otorga un lugar de
honor en la casa real.
* En el lenguaje bíblico hacer
entre de las llaves designa "conceder autorización"; y el poseerlas,
"tener autoridad". Cuando las ciudades de la antigüedad eran expugnadas,
había el deber de entregar las llaves al vencedor como signo
de vasallaje o pertenencia. También las confiaba el rey al poder
de su mayordomo; así depositaba en él su autoridad para
cuidar y gobernar el reino.
Cristo tiene la autoridad sobre el poder
de la muerte, vencidos por Él con su resurrección (Ap 1,18).
Según la autoridad judía, sólo Dios puede resucitar muertos; por ello
es que Cristo ha recibido dicha autoridad: de ahí que sea
el veraz, el que tiene la llave de David, el
que abre y nadie puede cerrar; el que cierra y nadie
puede abrir (Ap 3,7). Además de Cristo, en el NT se
mencionan otros personajes con el poder de las llaves: Pedro (Mt
16,19), los maestros de la ley (Lc 11,52: Jesús censura
a los escribas el no hacer justicia al poder de las
llaves que ellos reclaman para sí mismos) y el ángel del
abismo (Ap 9,1; 20,1: para la concepción judía tanto el cielo
como los abismos estaban cerrados por grandes portones; a esta luz,
el ángel del abismo recibe la autoridad para abrirlo; sólo
que tales poderes serán utilizados como instrumentos del juicio de Dios,
pues ellos serán juzgados igualmente).
* En el caso concreto de Pedro,
Cristo indica que el príncipe de los apóstoles goza de poder
judicial respecto del Reino de los cielos: es decir, Pedro goza
de la suprema y vicaria potestad en la Iglesia que
Cristo le confiere, pues es Él quien construye a la Iglesia
(oikodomeso); Pedro es el "ecónomo" (doso soi tas kleis). El atar
y desatar indican la promesa de la gracia del reino de
Dios o negarla. Si la entrega de la llave simboliza
la potestad (aquel a quien se encomiendan las llaves del palacio
o de la ciudad), indica que sólo él puede abrir o
cerrar, admitir a los hombres o excluirlos.
[2] El término "Papa"
procede del griego "Pappas" o "Papas" y significa "papá"
o "padre". Se encuentra testimoniado en Aristófanes (Pax 120), Menandro
(Mis 213). P. Levillain observa que en Homero significa "sacerdote". Como
quiera que sea, el término se hizo común en oriente
como signo de afecto y respeto para con obispos y sacerdotes.
En Occidente hace su aparición a inicios del S. III, progresivamente
se fue aplicando a los obispos [Cipriano, Ep 8,8.23,30; 31,36]. Aplicado
al obispo de Roma como signo de afecto y respeto se
encuentra por vez primera en una inscripción del diácono Severo a
san Calixto: Iussu Papae sui Marcellini. Se hizo específico para finales
del S. IV y en el V al título se
precisa la expresión "Papa Urbis Romae. En el S. VI
la cancillería de Constantinopla se dirigió al obispo de Roma con
el título "Papa". Para finales del S. VIII el título
se emplea para los solos romanos pontífices. Con Gregorio V
(996-999) el concilio de Pavía estipuló que el arzobispo Arnulfo de
Milán no se designara así. Gregorio XI (1073-1085) prescribió de modo
formal que el título se aplicara definitivamente a los sucesores de
Pedro. La expresión "santísimo Padre" se remonta al S. XII
y corresponde al significado histórico de "Papa", es decir,
"reverendo padre" y con él se relaciona su definición de
"pater patrum" , de uso común por parte de los obispos
de la Iliria y del África que se dirigían a
los sucesores de Pedro en los primeros siglos VI-VII.
[3] San Pedro
murió en el circo de Nerón, situado en la octava
colina de Roma, el Vaticano.
Claudio y Nerón hicieron un profuso
empleo del circo con el ofrecimiento de continuos espectáculos de cacería
y carreras de carros. En este mismo lugar muchos cristianos recibieron
la palma del martirio. El circo de Nerón estaba delimitado por
una necrópolis originalmente pagana y orientada como el circo en dirección
este-oeste. Las sepulturas cristianas que ahí se encuentran son de los
SS. II-III y están dispuestas en torno a la tumba
del Príncipe de los apóstoles. Tácito habla de los sangrientos espectáculos
que ofreció Nerón en el circo Vaticano y en el que
murieron crucificados Pedro y otros muchos cristianos (Anales XV, 44).
Aparentemente
los escritos del Nuevo Testamento no hablan de que Pedro muriera
crucificado. Sin embargo, Juan en su Evangelio lo hace de
un modo muy sutil, del que bien se puede concluir que
la muerte de Pedro fuera por crucifixión. Cristo muere crucificado: todo
el capítulo 19 de Juan gira en torno a este tema.
Jesús lo predice en Jn 12,32-33: "Y yo, si
fuera levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Él
decía esto indicando de qué clase de muerte iba a morir".
Una vez que Jesús resucita, tiene lugar la triple confesión de
Pedro ante Jesús a orillas del mar de Galilea. Al
cabo de la triple confesión de Pedro, Jesús le dice:
"En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven te vestías
y andabas a donde querías; cuando seas viejo extenderás las manos
y otro te ceñirá, y te llevará a donde no quieras.
Esto dijo, indicando con qué clase de muerte Pedro iba
a glorificar a Dios" (Jn 20,18-19). Jesús no es del todo
explícito, no dice a Pedro: "morirás crucificado", sino que es el
evangelista quien emplea en ambos casos prácticamente los mismos términos para
la muerte de Cristo y la de Pedro. Es decir, pone
la muerte de Pedro de relación de analogía y dependencia de
la de Cristo. De ahí se deduce que Pedro muriera
por crucifixión.
La presencia de los restos del apóstol en el circo
de Nerón determinó la evolución del lugar. Primeramente, se le depuso
en una tumba de arcilla, donde ya se encontraban otras tumbas.
Hacia inicios del S. II se izó un pequeño mausoleo, que
se componía de dos nichos divididos por una placa de mármol
que descansaba sobre dos columnas también de mármol. En el
S. III se levantó un pequeño local para el culto, del
que se han preservado dos muros: uno, al sur, que los
expertos denominan "muro g" y otro, al norte, conocido como
el "muro rojo", asimismo el suelo se adornó con
un mosaico. Es interesante observar que para inicios del S. IV
el "muro g"comenzó a cubrirse por toda una "telaraña"
de inscripciones cristianas. En el 313, Constantino hizo erigir una basílica
de 120 x 64 mts., que incluía el mausoleo del S.
II y el local para el culto con sus dos
paredes. Se revistió el lugar de mármol frigio y pórfido. En
el "muro g" se preparó un local, forrado con placas
de mármol en el que se colocaron los huesos de
Pedro que se sacaron de la tumba de arcilla y que
se envolvieron en un paño de púrpura e hilos de oro.
(A partir de entonces, el "muro g" con los
huesos de Pedro, quedó inviolado hasta que se realizaron las excavaciones
debajo de la basílica de 1940 a 1949). El monumento de
Constantino quedó así encerrado por un recinto de bronce sustentado a
los cuatro ángulos por columnas salomónicas de mármol decoradas por sarmientos
de vid que ulteriormente inspiraron a Bernini para la creación de
su grandioso baldaquino.
El piso superior del monumento de Constantino hizo
ulteriormente de base al altar de San Gregorio Magno (590-60), erigido
cuando este Papa hizo que se levantara el presbiterio de la
antigua basílica. A su vez, este altar quedó incluido en el
de Calixto II (1119-1124), y más tarde surgió un tercer altar,
el de San Clemente VIII (1592-1605), y que es el
actual altar de la basílica vaticana.
Grandes arqueólogos han dedicado tiempo de
su vida al estudio del monumento de Pedro en el Vaticano.
Las investigaciones siguieron dos fases: investigación científica de la tumba de
San Pedro (obra de los PP. Kirschbaum, Ferrúa y de los
Sres. Ghetti y Josi) e investigación científica de los huesos de
San Pedro (Profr. Venerando Correnti, profesor de Antropología de la Univ.
de Roma).
Antes de morir, Pío XI había dejado escrito
en su testamento el deseo de ser sepultado en las grutas
vaticanas y lo más cerca posible al lugar de la confesión.
En 1939, en tiempos ya de Pío XII, mientras se
preparaba la tumba de Pío XI, se halló un mosaico. Ante
ello, Pío XII pidió que se siguiera excavando: dijo que quería
que se conociera la verdad sobre la sepultura de san Pedro
"hasta el fondo". Así fue como se dio con
un cementerio antiguo donde estaban los restos de familias pudientes como
los Flavios y los Valerios... Se halló también una tumba abierta,
protegida contra la humedad con unos muros, lo que indicaba la
importancia del sepulcro: los adyacentes no tienen ninguna protección. Había en
la tumba centenares de monedas tanto de tiempos del imperio romano
como del medievo, procedentes de varios países de Europa, lo que
indica su amplia difusión. A partir de 1952 la Profa. Guarducci
se puso a descifrar durante seis años el significado de los
"epígrafes" de la tumba, escritos en lengua griega (ello indica
su antigüedad). Algunos de estos graffiti se encuentran en el muro
blanco "g"; en griego dicen: "Pedro, ruega por
los cristianos sepultados junto a tu sepulcro". Otro graffitto es la
P de Pedro en la que hay además otras líneas en
forma de llave, lo cual alude a Mt 16,19. Un "fraffitto"
de interés y típicamente cristiano es el monograma de Cristo (las
letras X y P encimadas, que son las primeras dos
letras de que se compone el nombre "Cristo" en griego);
a este monograma se suman las iniciales de Pedro (PE), la
letra "A" para indicar el inicio de la vida;
la "F" de "Filius Dei" (Hijo de Dios), la
"R" de resurrección, etc. Pero la inscripción que más ha llamado
la atención son dos palabras griegas "Petros eni" que significa
"Pedro está aquí" y que se encuentra en el
muro rojo.
El Profr. Correnti, catedrático de Antropología de la Univ.
de Palermo, descubre que hay huesos humanos al lado de otros
de ratón. Los de ratón están limpios, los humanos contienen la
misma tierra que la de la tumba abierta (las otras tumbas
contienen otro tipo de tierra); un paño purpúreo y dorado había
envuelto dichos huesos. Los huesos tienen hilos rojos y dorados. El
motivo de la extracción de la tumba fue proteger los
restos contra la humedad, ya que la protección de los muros
no bastaba. Son huesos de un varón, robusto, muerto en edad
avanzada, del S. I. La Profa. Guarducci ha publicado un libro
"Las reliquias de San Pedro". El 26 de junio
de 1968 Pablo VI declaró tales hallazgos realizados por especialistas (cf
Pablo VI, Insegnamenti [Cd. del Vaticano] 281). [4] Más datos históricos
sobre el primado del obispo de Roma
+Clemente, que había
conocido sin duda a los dos apóstoles nos ofrece en
su carta a los corintios (1Cor v.4.6), escrita en Roma hacia
el 95, tres años después de los hechos que se narrarán
a continuación: "Echemos la mirada sobre nuestros buenos apóstoles: Pedro,
que víctima de un celo criminal, sufrió no una o dos
pruebas, sino un gran número, y también el el martirio de
suerte que se marchó a la sede que la Dios
le tiene reservada. Obsérvese que el Papa Clemente recalca el término
"nuestros" [hemôn en griego]. Clemente de Roma invoca el recuerdo
de los apóstoles sepultados en el Vaticano y en la vía
Ostiense, recuerdo que está vivo en la comunidad local... Esta alusión
evoca naturalmente un homenaje para los demás cristianos de Roma que
han compartido la misma suerte que los dos apóstoles (Tácito habla
de una "multitudo ingens" en Ann 1, XV, c.
XLIV) y han dejado en Roma un magnífico ejemplo. Sólo puede
tratarse de la persecución de Nerón. De este texto se pueden
deducir tres concluciones, a) Clemente consideraba a Pedro y a Pablo
los apóstoles de la Iglesia romana; b) reconoce el martirio en
Pedro en Roma; c) sufrió el martirio en tiempos de la
persecución de Nerón. Tal es la única explicación de este
famoso pasaje.
+ Lo que San Ignacio de Antioquía dirá veinte
años más tarde en su célebre carta a los romanos, en
que les suplica que no le priven dle martirio:
"No os doy una orden como Pedro o Pablo; ellos eran
apóstoles; yo soy un conenado (Rom IV, 3), argumento que no
tendría valor auténtico si Pedro y Pablo no hubieran venido a
Roma, y si se puede traducir: "ellos fueron vuestros apóstoles,
yo para vosotros no soy sino un condenado". Hemos de notar
que Ignacio era el jefe de la Iglesia de Antioquía
que se gloriaba, ¿cómo son posibles tales expresiones de no tener
Roma la primacía sobre Antioquía?
+ San Ireneo.- Hacia el 180 Ireneo,
que conoce la tradición romana por haber vivido varios aZos en
Roma, dice expresamente que la Iglesia de Roma fue fundada por
los santos apóstoles Pedro y Pablo. En esta página establece
la serie de pontífices que se han sucedido después de los
los bienaventurados apóstoles confieren a Lino el encargo de Obispo (Adv.
Haereses III, 3 1 PG VII col. 845).
+ De la misma
época Eusebio nos refiere dos testimonios importantes. Uno es de un
tal Cayo, contemporáneo del Papa Ceferino (inicios del S. II)
que en un escrito en el que discute con Proclo, jefe
de la secta frigia, se expresa así sobre las tumbas de
los dos apóstoles: "Yo puedo mostrar los trofeos de los
dos apóstoles. Si tú quieres ir al Vaticano o a
la vía Ostiense, encontrarás los trofeos de los que fueron los
fundadores de esta iglesia". El otro es el Obispo Dionisio de
Corinto que hacia el año 170 se dirige a los romanos
con estos términos: "Vosotros mismos habéis asociado la plantación hecha
por Pedro y Pablo de las Iglesias de Roma y
de Corinto...; ambos, partidos para Italia enseñaron juntos allí y sufrieron
el martirio hacia el mismo tiempo (PG XX, Col 208-209).
+ Para
inicios y a mediados del S. III, Cipriano de Cartago,
Firmiliano de Cesarea de Capadocia Dionisio de Alejandría, Fabio de Antioquía,
Calixto e Hipólito de Roma, al igual que un autor desconocido
de un libro contra Artemón... en breve, toda la Iglesia de
Oriente y de Occidente admite unversalmente que la sede de Roma
es la misma sede de Pedro, el obispo de Roma y
sucesor de Pedro. Para Tertuliano, en la dichosa Iglesia de
Roma los apóstoles Pedro y Pablo han derramado toda su doctrina
con su sangre (PL II, col 48, 42, 44). Eusebio refiere
que cuando Marcos compuso su evangelio, Pedro predicaba en Roma públicamente
la palabra y anunciaba el evangelio bajo la acción del Espíritu
(Hist Eccl 1, VI, c. XIV). Orígenes nos dice de Pedro
que "venido finalmente a Roma, fue crucificado ahí con
la cabeza hacia abajo bajo petición suya expresa (Eusebio, Hist Eccl
1, III, c.1).
+ La "Depositio martyrum" se vincula al
la cronología liberiana y nos proporciona un calendario de la Iglesia
romana utilizando las pesquisas hechas por Hegesipo hacia el 160 y
donde se puede poner de relieve VIII kal. martias natale Petri
de Cathedra - III kal iul. Petri in catacumbas el
Pauli Ostense, Tusco et basso cons. Tenemos aquí una preciosa indicación
de la doble conmemoración hecha por la Iglesia de Roma, el
22 de febrero, del episcopado o púlpito del apóstol, el 29
de juniode su deposición. Es verdad que el consulado de Tusco
y de Baso nos lleva al año 258, a tiempos
de la persecución de Valeriano, dos siglos aproximadamente luego de la
muerte de los dos apóstoles. Se ha pensado con mucha verosimilitud,
en razón de la persecución que versó sobre la comunidad romana,
los restos venerados de los apóstoles Pedro y Pablo fueron transferidos
a la vía Apia, al lugar de la catacumbas; precisamente, los
antiguos itinerarios dicen que las tumbas estuvieron en ese lugar, en
san Sebastián, durante 40 años. (Notitia Ecclesiarum en Rossi, Roma sotterranea
I, 139-141). Que esta cifra de 40 sea simbólica o aproximada,
no es muy relevante: pero la hipótesis del transferimiento se encuentra
incluso en los numerosos graffitti de los SS IV y V,
al lado de la inscripción compuesta por el Papa san
Dámaso y colocada en las catacumbas: "Hic habitasse prius sanctos
cognoscere debes Nomina quisque Petri pariter Paulique requiris" [Aquí debes conocer
que antes habitaron los santos y te informas claramente de los
nombres de Pedro y Pablo]. Recientes descubrimientos lo confirman las excavaciones
de San Sebastián de 1915-1925: entre otros instrumentos de relieve hay
un antiguo triclinium o sala para el ágape que los arqueólogos
datan para la segunda mitad del S. III y del que
un fragmento de muralla muestra aún más de 150 graffitti evocan
más las comidas funerarias célebres en honor de Pedro y Pablo
y de las invocaciones o recomendaciones que se asocian a
los dos nombres. Es interesante observar que la palabra "ágape"
aparezca muchas veces, pues designa el ágape litúrgico en honor de
los mártires, sobre sus tumbas, de suerte que tenemos ahí un
vivo testimonio en favor de la presencia del cuerpo del apóstol
en Roma.
+ Es superfluo insistir en los monumentos abundantes que
testimonian el recuerdo constante de Pedro en Roma: su sepulcro en
el Vaticano, las pinturas, las vasijas, las inscripciones en las catacumbas
que llevan su efigie y su nombre. A estas pruebas se
suma cuanto aporta la tradición constante y unánime de las iglesias
orientales, aun las separadas. Ninguna de ellas, de hecho goza del
honor de poseer la tumba de Pedro o su sede definitiva.
En su liturgia también celebran al que llegó a ser
el primer obispo de Roma.
+ La primera carta de Pedro 5,13
dice así: "La que está en Babilonia, elegida juntamente con
vosotros, os saluda, y también mi hijo Marcos". Varios autores, como
Marsilio de Padua. toman el versículo al pie de la letra
sin caer en la cuenta de que no se trata
de la capital de Asiria, sino de la capital del imperio
Romano, la ciudad de las 7 colinas como consta por Ap
17,9: desde tiempos del historiador Varrón, Roma se torna en
la ciudad de las siete colinas (Ap 17,5; 18,2.10). Se la
identifica con Roma por el hecho de la destrucción del templo:
el año 587 lo realizó Babilonia, el año 70 fue Roma.
Por este motivo de la destrucción del templo a Roma
se la designa Babilonia. Además, de Ap 16-18, se puede verificar
que a Roma se la designaba "Babilonia" en los Oráculos
sibilinos 1,V, V 155-160; San Agustín De Civitate Dei 1, XVIII,
c. II,2; PL XLI, col. 561. Asimismo, a esas alturas de
la historia, la antigua capital caldea de Babilonia no contaba con
cristianos. El hecho definitivo del martirio de Pedro en Roma está
confirmado tan antiguamente y por tantos testimonios, que no queda ninguna
posibilidad de negarlo.
+ Los sucesores de san Pedro en Roma.- Pedro,
pues ha venido a Roma; ha predicado el Evangelio y organizado
a la cristiandad, y establecido su cátedra. Poco importa si fue
una estancia continua o intermitente. Murió como obispo de Roma. ¿Tuvo
sucesores?
Hacia mediados del S. II la Iglesia de Roma
estaba en posesión de un catálogo de sus obispos. Tenemos prueba
de ello en Ireneo (Adv Haer III, III, 3) que termina
hacia el 180 dC. Eusebio echa mano de un mismo
catálogo. Respaldan la autoridad de la lista de Ireneo Hesesipo y
Julio Africano. Epifanio repite la misma serie de pontífices medio siglo
más tarde. Gracias a Eusebio (Hist Eccl I, IV, c. XXII,
No. 3) se sabe que cuando vino a Roma el judío
converso al cristianismo, Hegesipo, logró hacerse con una lista de sucesión
que llegaba hasta Aniceto, cuyo diácono era Eleuterio, lo que
nos lleva al año 160. En el fragmento de Muratori leemos
(del año 200), que cuando Hermas escribía el Papa era su
hermano Pío ("ocupaba la sede de la Iglesia de Roma"). Hacia
el 150 Ireneo, Epifanio y otros nos proporcionan unas recensiones, evidentemente
de una fuente romana, no sólo los nombres de todos estos
obispos, sino también los hechos más notables de su episcopado.
No
se sabe mucho con certeza sobre los sucesores inmediatos de
Pedro: Lino, Cleto; pero sí de Clemente (sucesor de Pedro hacia
el 100 dC). De Clemente nos dice Ireneo que conoció a
Pedro y Pablo y que trató con ellos (Adv Haer 1-III,
c.III,3; PG VII, col 849). En el tiempo de san
Clemente, la Iglesia de Corinto sufría graves disensiones, de modo que
la Iglesia de Roma consideró el deber de intervenir con una
carta para que cesara el escándalo: "No nos habíamos podido ocupar
sino sólo tarde de las cuestiones que nos habéis planteado". Su
carta fue enviada a Corinto por tres delegados. Clemente, obispo de
Roma, se siente con el deber de intervenir: emplea el lenguaje
de la caridad y se dispone a dar algunos consejos,
en su epístola tampoco falta el tono propio de quien está
constituido en autoridad: "vosotros nos habéis proporcionado motivos de gozo y
de alegría... Si vosotros obedecéis los consejos, que os hemos dado
por el Espíritu Santo, si cortáis tajantemente con la violencia de
vuestra rivalidad culpable, según la invitación a la paz y a
la concordia con que os invitamos en esta carta. Os hemos
enviado a unos hombre fieles y sabios que han vivido
sin tacha en medio de nosotros desde la juventud hasta la
vejez: serán testigos entre nosotros y vosotros. Hemos obrado así para
que sepáis que toda nuestra preocupación ha sido y es aún
el guiario prontamente a la paz (1Cor LXIII 2,3,4)... Si hay
algunos que se resistieran a las palabras que Dios le dirige
por medio de nuestro intermediario, sepa bien que se desvía
con una falta y un peligro graves (LIX, 1). Obviamente, quien
así se expresa es porque se siente en posesión de un
considerable poder. Hegesipo constatará 60 aZos más tarde que el orde
se logró restablecer en medio de ellos, y Dionisio de Corinto
su obispo para el año 170, nos hace saber que
la carta de Clemente aún se leía y se conservaba en
su Iglesia cual análogamente a las Sagradas Escrituras (Eusebio, Hist Eccl.
1.IV, c. XXIII, no. 11). 2. Siglo II
a) Inicios
del S. II (107-117)
Ignacio de Antioquía es autor de
una epístola para los romanos, para suplicarles que no se interpongan
a su martirio. Las personas a las que dirige sus demás
cartas, los cristianos del Asia Menor, contienen ya una serie de
epítetos lingüísticos, que al llegar a referirse a Roma, el
tono se eleva aún más:
"Ignacio a la Iglesia... que preside en
el lugar de la región de los romanos... que preside en
la caridad..." [en griego: hetis kai prokathetai en topo choriou Romaíon...
prokathemene tes agapes]: las críticas de los negadores del primado se
han dirigido contra algunas palabras en concreto, que conviene aclarar; a
este respecto, se han propuesto varias traducciones: "La Iglesia que se
distingue entre todas en el país de los romanos... que
se distingue por la caridad"... o bien "protectora de la
caridad". Conviene admitir que "choriou" no puede designar al imperio
y que "en topo" indica la sede de la autoridad
sin límite. Prokáthetai significa propiamente "presidir": Ignacio emplea el término cuando
se refiere precisamente al obispo (Magn., VI,1), y no puede significar
como muchos sugieren "ser notorio" ni simplemente "distinguirse". En
cuanto a la palabra "agape" (amor, caridad) tiene a menudo
en Ignacio el sentido del amor del hombre para con Dios,
pero es más frecuente en él el significado de
"sociedad de amor", como si indicara "fraternidad", Al lado de
"prokathemene" (que preside), sólo puede tener este significado concreto de
"sociedad del amor", es decir, Iglesia. Así, pues, para Ignacio,
cuya eclesiología es tan notoria y que tiene un sentido muy
preciso de la jerarquía, la Iglesia de Roma preside en la
religión del amor, en la unión en la caridad.
"La Iglesia de Roma preside": llama la atención que la palabra
"preside" sea tan solemne, ya que aparece dos veces en
el saludo de Ignacio. Indica una presidencia real y auténtica. La
Iglesia de Roma preside en la caridad, pues para Ignacio
"agape" se torna en un sinónimo de "Iglesia", pues
para él una Iglesia local puede ser llamada "agape". Pero,
¿puede designar también a la Iglesia universal?
Ignacio indica sobre la
sede de Roma una diferencia perfecta. A sus ojos, los romanos
son "puros de todo color extraño", o más bien,
"están filtrados de toda materia colorante capaz de contaminar y
de alterar la pureza del agua. Su doctrina es pura como
un manantial de agua": la expresión se debe a que Roma
ha recibido y sabido custodiar fielmente los preceptos apostólicos (Rom IV,3):
no ha fallado en su misión: "Ninguno de vosotros
ha engañado a nadie; y bien yo lo que yo veo
es precisamente la puesta en práctica de vuestras lecciones y preceptos
(Ibíd . III,1). ¿A qué hechos particulares hace con ello alusión
san Ignacio? ¿Al decisivo y fructífero decreto de Clemente? Tal vez,
pues la primera carta de Clemente se hizo muy pronto célebre
en oriente. Como quiera que sea, tenemos un contexto muy
preciso sobre la presidencia de la caridad, de este primado romano
tal como lo ve san Ignacio (P. Batiffol, L´Église naissante et
le catholicisme, Paris 1922, 167 ss).
b) Un elemento muy notorio
sobre el primado es que ya desde esta época diversos cristianos
ilustres deciden viajar a Roma:
-es el caso del apologista
Justino (166), que desde Palestina realiza al menos dos viajes a
Roma y decide quedarse ahí al final de su vida,
donde establece una escuela catequética. -Taciano (180) oriundo de Asiria, discípulo a
su vez de Justino, pero que se desvió hacia el encratismo. -Rodón,
también del Asia, y adversario de los herejes Apeles y
Marción. -Hegesipo, judío converso, nacido en Palestina que pasa por Corinto
antes de recalar en Roma bajo el Papa Aniceto: Hegesipo cuidadoso
en constatar personalmente la continuidad y uniformidad de la tradición católica
en contra de los grupos heréticos. -Albercio Marcelo: Obispo de Hierápolis en
la Frigia que en su viaje ha admirado la unidad de
la fe a través del mundo cristiano: Dice en su epitafio
que el divino Pastor lo ha guiado hasta Roma para
contemplar en la Iglesia la majestad soberana, una Reina con sus
vestidos y calzado de oro: "he visto un pueblo de sello
brillante". -El mismo Ireneo, originario de la provincia romana del Asia
que terminar por ser obispo de Lyón, Francia.
c) Pero también los
herejes trata de hacer que en Roma se aprueben sus doctrinas:
Como el año 140 el gnóstico de Alejandría Valentino, que
es excomulgado varias veces. El sirio Cerdón, discípulo de Valentino y
precursor de Marción; obviamente, el mismo Marción "Lobo del Ponto"
como lo llamaba Tertuliano, el cual es expulsado por el Papa
Pío II. Asimismo, la doctora egipcia Marcelina, luz de una secta
carpocratista. Florino, discípulo de Valentino que logró que se le admitiera
durante cierto tiempo en el colegio presbiteral, y a quien Ireneo
dirige muy vivos reproches y que serían desenmascarado por el Papa
Víctor.
Hacia finales del siglo los fautores del adopcionismo con Teodoto
de Bizancio, o del modalismo con Práxeas y Epígono. Víctor y
tras Víctor Eleuterio y Sóter, todos los papas de esta época
defenderán la unidad católica contra estos herejes. Durante mucho tiempo, los montanistas
se esforzarán por circunvenir a la Iglesia de Roma, mientras que
en Frigia se verán muy atacados: en 177 los mártires de
Lyón, desde el fondo de su prisión, dirigen una carta
a Eleuterio, entonces obispo de Roma, para procurar la paz de
las iglesias. (Eusebio Hist Eccl 1. V, c III, No. 4).
En tiempos del Papa Calixto vendrá a verle el sirio Alcibíades
que le presentará el libreo de Elksaí como fruto de una
supuesta revelación del finales del S. I.
d) Cabe preguntarse a
qué se debe el que partes tan diversas y gentes también
tan diversas opten por dirigirse a Roma.
No hay duda
de que en cuanto capital del imperio romano, la ciudad
de Roma ejerce un atractivo particular. Pero no es el elemento
definitivo: desde mediados del S. II la Iglesia de Roma posee
una "regula fidei" (regla de fe), una fórmula que se
impone sobre las demás iglesias y que tanto en oriente como
en occidente consistirá en el contenido de los diversos símbolos bautismales.
La Iglesia de Roma posee la lista más antigua de
los libros canónicos del NT (el canon de Muratori del S.
II-III). Roma detenta igualmente la ley de la oración "lex
orandi" (ley del orar). Por ello Policarpo, obispo de Esmirna, ya
octogenario, se dirige al Papa Aniceto (aZo 154) para intentar dirimir
el conflicto sobre la fecha de la Pascua.
El problema no
era éste: un gran número de Iglesias festejaba la Pascua
el domingo que sigue a la fecha del 14 de Nisán.
Pero los orientales lo hacían el mismo 14 de Nisán, cayera
cuando cayera. La controversia se fue recrudeciendo hasta el grado de
provocar un cisma. Para el año 189-199, el Papa Víctor,
somete la cuestión a las iglesias implicadas en varios concilios regionales,
que salvo la de Éfeso con el obispo Polícrates al frente,
aceptan la decisión del Papa. Como Polícrates no cede, interviene Ireneo
de Lyón, que a pesar de ser originario de Esmirna, del
Asia Menor, reconoce y acepta la tradición de Roma. No
contesta ni la jurisdicción ni el juicio de Víctor; más bien,
advierte el incoveniente y le suplica con humildad que no se
proceda con tanto rigor. Así se evita la ruptura total. Para
el Concilio de Nicea los cristianos del Asia habrán abandonado su
usanza. Nótese que este sucesor de Pedro, el Papa Víctor, obra
con la conciencia de tener una autoridad tal que reúne
al episcopado entero en concilios, y que incluso amenza con la
exclusión de la comunión católica a un grupo de disidentes. Sólo
puede tratarse de la figura del jefe de la Iglesia universal
investido de un primado soberano (Eusebio, Hist Eccl 1. V, c
XXIV; PG XX, Col 493-497).
e) Se ha hablado de Ireneo,
que ha sido testigo ocular de unos hechos muy concretos y
que los ha confrontado (controversia sobre la celebración de la Pascua
durante el Papa Víctor).
¿Por qué los espíritus inquietos o
ambiciosos, por qué los fieles, amantes de la unidad en la
tradición católica se dirigen todos a Roma?
El Obispo de Lyón
dirá que precisamente a causa de la autoridad particular de que
goza esta Iglesia de Roma, toda la Iglesia ha de
ser unánime y acorde: se trata de todos los fieles que
están en el universo... pues de hecho en ella todos los
fieles de todas partes ha conservado la tradición apostólica: "Ad
hanc enim propter traditionem principalitatem necesse est omnem convenire ecclesiam, hoc
est eos qui sunt undique fideles, in qua semper, ab his
qui sunt undique, conservata est ea quae est ab apostolis traditio",
Adv. Haereses 1.III. C. iii, no. 2; PG t VII,
Col 846 ss. [traducción: por tanto, es necesario que toda autoridad
particular convenga con esta Iglesia, debido a una tradición (particular), esto
es: todos los fieles que están en todas partes, con ella
han de convenir, pues siempre ha conservado aquella tradición que es
desde los apóstoles].
La autoridad (particular) que el obispo de Lyón
reconoce en Roma y que se remonta a una sucesión episcopal
ininterrumpida hasta san Pedro, es sí una preeminencia jurídica, tanto desde
un punto de vista doctrinal como disciplinar, pero sobre todo un
primado no sólo de honor, sino también efectivo, único y soberano.
Hay, pues, una necesidad moral, lógica para todas las Iglesias, aun
apostólicas de convenir con ella. Tal es la afirmación explícita de
San Ireneo.
f) Un contexto claro lo encontramos en el intercambio
espistolar entre el Papa Soter y el obispo Dionisio de Corinto
(año 170). Se ha perdido la epístola de Soter, pero
Eusebio la conocía, así como la de Dionisio. Eusebio cita algunas
líneas. Se trata de un elogio magnífico de la Iglesia de
Roma por su universal e inagotable caridad, así como esta declaración
tan significativa: "Hoy hemos celebrado el santo día del domingo,
durante el cual leímos vuestra carta, continuaremos leyéndola siempre a modo
de advertencia ("noutheteisthai"), al igual que la primera que Clemente nos
ha mandado" [Eusebio, Hist Eccl. 1.IV, c XXIII, no. 9-12]. Por
lo tanto, Soter ha renovado el gesto de Clemente, y
la Iglesia a su vez ha mostrado la misma acogida hecha
a sus advertencias y avisos: los escritos, pues, de ambos son
conservados y leídos por los corintios. Pero hay más: Dionisio aúna
a ambos autores con un mismo gesto de respeto: la epístola
de Soter es la segunda carta de un obispo de
Roma a la Iglesia de Corinto, ya que la de Clemente
es la primera. "Del resto, observa Duchesne, si se dejan
de lado los libros en cuyo encabezado se encontraban los
nombres de los apóstoles, y con razón o sin ella, la
carta de Clemente y del Pastor de Hermas (140-155) que hayan
tenido lugar en ciertas iglesias de oriente, sea en el canon,
sea en sus apéndices. Este honor extraordinario rendido a dos autores
romanos es sin duda muy relevante" [Duchesne, Églises séparées (Paris 1896)
130]. Los numerosos escritos apócrifos que se remontan a san Clemente
(Clementinas, Cánones eclesiásticos, Constituciones apostólicas, Cánones de los apóstoles) nos muestran
que al oriente basaba de buena gana su disciplina sobre el
patrocinio de la Iglesia de Roma, confirmando así el derecho del
primado que desde el S. II le estaba universalmente reconocido.
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