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Autor: P. Fernando Pascual L.C | Fuente: Catholic.net ¿Cambian los dogmas de la Iglesia?
Las verdades de la fe católica no dependen de contextos culturales.
¿Cambian los dogmas de la Iglesia?
Existe un método bastante definido con que algunos atacan la
doctrina de la Iglesia católica. Recogen citas de Papas y
concilios para demostrar, según ellos, que la Iglesia ha cambiado
planteamientos y dogmas a lo largo de la historia. A
partir de lo anterior concluyen que no existirían verdades absolutas,
y que lo que hoy defienden el Papa y los
obispos, mañana puede cambiar.
Así, por ejemplo, nos dicen que en
el siglo XIII el Papa Bonifacio VIII declaraba que era
necesario, para conseguir la salvación, pertenecer a la Iglesia, lo
cual implicaba estar bajo el Romano Pontífice. Luego recogen textos
anteriores o posteriores que tocan la misma idea. Terminan con
alusiones a lo que se afirma en el Vaticano II
sobre el tema, y nos dicen que ya no siguen
en pie las viejas afirmaciones de Bonifacio VIII.
Los ejemplos se
podrían multiplicar. Algunos aplican un método parecido para interpretar la
Patrística, o incluso la misma Escritura. En el fondo de esta
táctica se esconden varios presupuestos, a veces conscientes, otras veces
medio ocultos. El primero consiste en pensar que los documentos
de la Iglesia dependen del contexto en el que se
elaboraron. No contendrían, según esta perspectiva, ni verdades ni formulaciones
absolutas. Por lo mismo, no serían norma de la fe
para tiempos como los que ahora viven los católicos.
Este presupuesto
se basa en creer que el conocimiento humano es algo
profundamente determinado por el espíritu de cada época histórica. Por
ejemplo, en el siglo I nadie podía creer en la
existencia de los protones y de los neutrones, como en
el siglo XXI nos resultaría absurdo negar que existan partículas
subatómicas. Quizá dentro de varios siglos la gente se reirá
de nuestros escasos y confusos conocimientos sobre la materia, porque
el contexto habrá cambiado y tendrán otra manera de tratar
las cuestiones de la química.
Es verdad que las ciencias dependen
mucho del instrumental usado en cada época y de otros
elementos socioculturales. Pero, ¿es correcto aplicar este tipo de planteamientos
a la hora de interpretar la doctrina católica? En otras
palabras, ¿enseña la Iglesia lo que enseña de un modo
variable según las épocas históricas? De admitir lo anterior, caeríamos en
una situación absurda: todas las formulaciones de todos los tiempos
serían válidas sólo para su época y no para otras
épocas. De este modo, tendríamos tantos dogmas como épocas históricas,
y los de ayer no valdrían para hoy, y los
de hoy no valdrían para mañana. Por lo tanto, sería
absurdo contraponer a Bonifacio VIII con el Concilio Vaticano II:
cada uno diría «su» verdad según «su» tiempo, y así
no habría ninguna contradicción... ni ninguna «verdad».
Sabemos, sin embargo, que
muchas verdades (si son verdades) no dependen de los contextos
culturales en los que son formuladas. Verdades sobre todo del
ámbito filosófico, pero también verdades de otros campos del saber.
Vemos incluso que verdades científicas del pasado siguen en pie
en el presente, y lo estarán en el futuro, dentro
de los límites propios de la metodología empírica.
Respecto de las
verdades cristianas, la situación es diversa. Porque tales verdades no
se obtienen con instrumentos débiles y con razonamientos falibles, sino
desde la asistencia del Espíritu Santo. Según la promesa de
Cristo, el Espíritu Santo guía y acompaña a la Iglesia
a la hora de acoger, conservar y explicar la Revelación
de Dios. Si una afirmación es verdad, lo es en
el siglo I como lo será en el siglo XXV
(si la tierra llega a esas fechas).
Otra cosa distinta es
el modo de formular las verdades o el nivel de
comprensión de las mismas, que puede mejorar su precisión a
lo largo del tiempo. Hay que recordar, además, que cada
época histórica ha tenido sus modalidades comunicativas. El lenguaje de
un documento papal del siglo XIII es muy distinto al
lenguaje usado en las encíclicas de los papas del siglo
XX.
Pero la existencia de diferentes modos de comunicación, de
estilos variados, no quita el que puedan darse «traducciones» de
un estilo a otro, y que en todos los tiempos
se formulen las mismas verdades con distintos términos.
Otras veces el
cambio de una formulación no afecta sólo a las palabras,
sino a contextos y problemas históricos diferentes. Cuando los Papas
del siglo XIX condenaron el modo de concebir la democracia
por parte del liberalismo de aquel tiempo, lo hicieron por
motivos que en cierto modo han dejado de darse en
el siglo XX. Es por eso que en los últimos
60 años la democracia (entendida en un nuevo contexto sociocultural)
ha sido fácilmente aceptada por el magisterio católico.
Existe, además, un
segundo presupuesto quizá más sutil y más peligroso. Hay quienes
ven a la Iglesia como un grupo humano, organizado alrededor
de ideas religiosas más o menos interesantes, con grupos de
presión que buscan imponer sus ideas, y nada más.
Concebir así
a la Iglesia es reducirla a una invención social como
las muchas que se han dado en la historia, en
la que todo lo que se enseña y se hace
dependería simplemente del ingenio de las personas que son (o
al menos declaran ser) católicas. Desde luego, algunos piensan que
ellos tienen ideas mejores que los demás. Por eso piden,
por ejemplo, que sean admitidas las mujeres al sacerdocio, o
que el aborto deje de ser declarado pecado, o que
el uso de anticonceptivos sea presentado por el Papa como
algo totalmente lícito, o que los sacerdotes puedan casarse cuando
lo deseen, o que se vuelva cuanto antes al uso
obligatorio de las misas según el rito tridentino...
La lista podría
alargarse según los gustos y las tendencias de cada uno.
Los grupos de presión buscan, entonces, que el Papa y
los obispos enseñen aquello que «ellos» ven como más conforme
a su modo de pensar. Por lo mismo, organizan conferencias,
recogidas de firmas, entrevistas en los medios de comunicación a
teólogos disidentes (ultraconservadores o ultraprogresistas, mucho más presentes los segundos
que los primeros) para promover sus ideas e imponerlas como
aceptables para los demás católicos.
Es obvio que este modo de
pensar deja prácticamente de lado el carácter sobrenatural de la
Iglesia, la certeza de que Cristo prometió asistirla hasta el
final de los tiempos, la iluminación del Espíritu Santo en
los corazones de los Papas, los obispos y los fieles. La
Iglesia, sin embargo, sabe que ha recibido algo que no
procede de los hombres, sino de Dios. Podrán cambiar, como
vimos, algunos modos de expresarse. Pero las verdades de fe,
los dogmas católicos, valen para ayer, para hoy, para los
siglos futuros.
Hay que dejar posturas incorrectas y arbitrarias ante la
Iglesia. Cabe siempre, para quien tiene dificultades en aceptar alguna
doctrina de nuestra fe, la posibilidad de dialogar honestamente para
encontrar luz.
Si uno no llega a comprender que Dios ha
revelado una verdad católica, y que tal verdad es custodiada
y explicada por el magisterio, podrá dejar la Iglesia y
vivir según sus convicciones personales. Pero no es correcto querer
que la Iglesia se niegue a sí misma para acomodarse
a los modos de pensar de grupos más o menos
organizados que ya no piensan ni sienten según la doctrina
católica. Una doctrina que encontramos expuesta de modo bellísimo en
tantos documentos del magisterio de todos los siglos; de modo
especial, a través del Concilio Vaticano II, del Catecismo de
la Iglesia Católica, de las encíclicas de los Papas Pío
XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto
XVI.
Amar a Cristo, descubrir que fundó la Iglesia y que
puso en ella, como Cabeza, a Pedro, nos permitirá acoger
la belleza de su doctrina de caridad, de misericordia, de
esperanza. Podremos así acoger la doctrina católica con la paz
de quien sabe que pertenece al Pueblo de Dios, al
Cuerpo místico de Cristo, al sueño de Amor del Padre
que envió a su Hijo para salvar a los hombres
de buena voluntad.
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