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| ¿Qué son los carismas del Espíritu Santo? ¿Como saber cuáles son verdaderos? |
Pregunta:
Estoy participando en un grupo de oración carismático católico
y me interesa saber qué son los carismas que el
Espíritu Santo otorga según su voluntad a su Iglesia (
por ejemplo: carisma de lenguas, profecía, sanación, etc.) Muchas gracias
y que Dios lo bendiga
Respuesta: El primero y principal don que
recibe la Iglesia es el don personal del mismo Espíritu
Santo (Rom 5,5; 8,15...) que nos ha sido merecido por
Jesucristo, don también del Padre (Jn 3,16). Ese don increado
del Espíritu produce como consecuencia inmediata la caridad, calor de
su fuego (1 Cor 12,31. 14). Ella es por eso
el mejor y más excelente de los dones. Luego, toda
la multiforme acción de Jesucristo por su Espíritu y del
Espíritu en Jesucristo, crea esa innumerable variedad de carismas, vibraciones
y aspectos de aquella increada y creada caridad. Unidad radical
y originadora: el Espíritu; y diversidad incesante de efectos de
la misma (1 Cor 12,4; 1 Pet 4,11).
S. Pablo nos
ha ofrecido varias clasificaciones de carismas (Rom 12,6 ss.; 1
Cor 12; Eph 4,11 ss.). Evidentemente, no quieren ser exhaustivas.
Es empeño inútil e imposible tratar de hacer por eso
un esquema rígido dentro del cual cupiese toda la infinita
dinámica del Espíritu. Pero sí que nos indica claramente: 1°:
que todo en la Iglesia es don por parte de
Dios; los diversos ministerios también, empezando por el apostolado estricto
de los doce y de Pablo (1 Cor 12,28; Eph
4,11), y de la jerarquía que les sucede (1 Tim
1,18; 4,11-12; 4,16); 2°: que todo carisma, por personal y
particular que quiera pensarse, es, directa o indirectamente, para la
común utilidad de la Iglesia (1 Cor 12,7), para la
edificación del cuerpo de Cristo (1 Cor 14; Eph 4,12;
cfr. 1-Pet 4,10); 3°: que el Espíritu los distribuye libérrimamente,
como quiere y a quien quiere (1 Cor 12,11; Eph
4,7).
Podemos clasificarlos del modo siguiente:
a) Carismas ministeriales oficiales: jerarquía,
sacerdocio ministerial (con sus múltiples quehaceres magisteriales, sacramentales, pastorales en
general), vida religiosa en cuanto organizada y aprobada por la
jerarquía, el estado matrimonial, etc.
b) Las diversas vocaciones particulares
para entrar en esos ´órdenes´ ministeriales.
c) Las gracias personales
privadas que recibe cada cual, y que pueden ser a
su vez ordinarias y extraordinarias, según el modo normal o
no de darse aquéllas, y que generalmente se acompaña en
el segundo caso de una toma de conciencia (psicologismo) de
la presencia y actuación de las mismas.
d) Hechos trascendentales,
maravillosos que dentro de la historia de salvación que vive
la Iglesia, impactan más o menos su realización, p. ej.,
grandes figuras proféticas y santas, acontecimientos impresionantes, obras de largo
alcance y repercusión, etc.
Aquí trataremos únicamente de los dos últimos
apartados, ya que los otros suelen estudiarse bajo otros conceptos.
Carismas
e Iglesia. -La Iglesia es pueblo todo él profético, sujeto
a esa acción del Espíritu en todos y cada uno
de sus miembros, clérigos y seglares, hombres y mujeres, de
todos los pueblos y tiempos. Todo en la Iglesia es
pues carismático, pero, en el lenguaje ordinario, la palabra carisma
no suele aplicarse a la asistencia y acción del Espíritu
Santo a la Jerarquía, ni a su presencia y acción
en los sacramentos, etc., sino que se reserva para designar
esa acción, ordinaria o extraordinaria, llamativa o silenciosa, pero en
cualquier caso imprevisible y misteriosa por la que, del modo
que quiere y cuando quiere, se hace presente y actúa
el Espíritu Santo distribuyendo luces y dones. Elemento en gran
parte irregistrable para nosotros, pero en parte sí registrable, al
menos en sus resultados y consecuencias. Elemento vital y necesario,
como lo es también el oficial, y que pertenece, por
tanto, a la realidad íntima de esa Iglesia; por tanto,
siempre se tiene que dar en la misma. Así no
hay que extrañarse de que los signos maravillosos, antes prometidos,
se hayan prodigado en su historia, más en algunos momentos
claves, como tuvo lugar en los primeros tiempos cristianos.
Su
disminución en otros nada significa, ya que la distribución de
los mismos se rige por la providencia del Espíritu. La
tesis del racionalismo liberal de que la jerarquía surge por
la cesación de aquéllos es dogmáticamente herétíca e históricamente insostenible.
Es
más, los carismas maravillosos se convirtieron en un lugar común
de la apologética cristiana primitiva. Y esto a pesar del
peligro iluminista que hizo pronto su aparición (gnosis, crisis montanista,
etc.). Ello llevó a plantear a los Padres el problema
del ´discernimiento de espíritus´, de la crítica de los ´profetas´
y de sus doctrinas, de las señales que garantizasen su
misión, de precisar el valor de ciertos carismas (Didajé, Hermas,
Orígenes... ). Pero siguieron afirmando su existencia, su valor y
su necesidad en el vivir eclesial. Y explicaron el hecho
de que no siempre se den en igual medida los
carismas extraordinarios en los diversos periodos de la vida de
la Iglesia, poniendo de relieve que en plenitud se habían
dado sólo a Jesucristo, y con medida a su complemento
(pléroma) la Iglesia; pusieron además el acento en ese elemento
profético -diluido- de la santidad en la Iglesia que se
expresa principalmente por la caridad de los cristianos, por la
virginidad y por el martirio. (S. Juan Crisóstomo, Expositio in
Psalmo 44,3: PG 55,186; In Ep. ad. Tim. 3;h.10: PG
62,551-552; S. Agustín, In Io 14,10: PL 35,1508 ss.; íd.
Sermo 116: PL 38,659 ss.; íd. De utilitate credendi: PL
42,90-91).
Quiere decir esto que los carismas ordinarios y sencillos, privados,
si queremos así llamarlos, se dan sin cesar más o
menos abundosamente en el vivir normal de los fieles cristianos,
con su repercusión imponderable para el conjunto total de la
vida de la Iglesia. Cierto que los milagros, profecías, etc.,
también se dan en ella, y más de lo que
a veces se piensa (es innegable la significación de fenómenos
como el de Lourdes en todo su conjunto, por citar
un caso perfectamente documentado). Y serán argumentos apologéticos más o
menos valiosos para acreditar la presencia del Espíritu en la
misma (piénsese en lo que dice el conc. Vaticano I,
sessio III, cap. 3: Denz.Sch. 3013). Pero no debe olvidarse
a los carismas sencillos; e incluso puede afirmarse, siguiendo a
los Padres, que debe ponerse el acento en ellos.
La Teología
dogmática de los siglos precedentes al XX estudió poco el
tema. No así los estudiosos de la Teología espiritual, como,
p. ej., el P. Arintero. En cambio la Eclesiología del
s. XX, en parte para corregir errores de algunos ´movimientos
carismáticos´ mal orientados, en parte por una profundización en algunos
puntos del dogma antes menos estudiados, ha fijado en ellos
su atención, para subrayar que la acción del Espíritu Santo,
tanto por la asistencia a los medios institucionales como por
su acción inesperada, constituye la intra-historia de la Iglesia. Sería,
pues, un error desconocer uno u otro aspecto. La vida
divina de caridad, los santos, las virtudes de los fieles,
son la irradiación de espiritualidad que, como fermento del mundo,
la Iglesia difunde siempre.
Ese elemento carismático es el que
explica en gran parte páginas capitales de su Historia. Recuérdense
los casos proféticos de un Francisco de Asís, de una
Catalina de Siena, de una Teresa de Ávila, de una
Teresa del Niño Jesús, por citar algunos. Y tantas iniciativas
privadas de reforma y mejora que partiendo de la base
santificaron a toda la Iglesia.
El conc. Vaticano II ha proclamado
solemnemente la valía y necesidad de ese elemento. Véase el
no 12 de la const. lumen Gentium, y también los
n° 4, 7, 30, 32, 41, 43, 45 de la
misma; el n° 3 del Decreto Apostolicam Actuositatem; el 1
del Perfectae charitatis; el 4 del Ad gentes,etc. Anteriores, entre
otros documentos, cfr. también las enc. Divinum Illud de León
XIII, y la Mystici Corporis de Pío XII.
Errores y deformaciones.
Pueden darse en dos direcciones fundamentalmente:
a) En el orden de
la espiritualidad y de la vida mística como ocurre en
todos aquellos planteamientos en los que, de manera más o
menos clara, se otorga una primacía a los fenómenos místicos
extraordinarios, valorándolos más que la práctica de la caridad y
de las demás virtudes. En su extremo, encontraríamos al quietismo
con sus diversas manifestaciones.
b) En el orden de la vida
eclesial como sucede con todos aquellos planteamientos que, olvidando la
íntima unidad que existe entre institución y carisma extraordinario, oponen
el uno al otro, otorgando una primacía a lo carismático
sobre lo institucional, a lo que, previamente. han concebido como
no animado por el Espíritu. En este sentido todos esos
movimientos implican un error dogmático, bien porque (como ocurrió con
Montano, v., y con algunos movimientos surgidos a partir de
Joaquín de Fiore, especialmente con los Fratricelos) piensen que la
obra de Cristo no fue definitiva y afirmen que se
ha dado una nueva y radical efusión del Espíritu que
instaura un orden nuevo; bien porque (como ocurre con el
protestantismo) piensen que la Iglesia puede ser infiel a su
mandato originario, lo que, llevado a sus últimas consecuencias, conduce
a intentar buscar un contacto con el Espíritu Santo al
margen de toda institución como sucede, en mayor o menor
grado, con los cuáqueros, los adventistas, los pentecostales, etc.
BIBLIOGRAFIA: A.
LEMONNYER, Charismes, DB (Suppl.), 1,1233-1244; X. DUCROS, Charismes, en DSAM
11,1025-1030; L. SUÁREz, Los carismas como complemento de la jerarquía,
´Estudios Bíblicos´ (1946) 303-334; J. M. BOVER, Los carismas espirituales
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Los carismas en la Iglesia, ´Estudios eclesiásticos´ (1968) 181-223; J.
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Salamanca 1908 y 1911; G. THILS, Santidad cristiana, 4 ed.
Salamanca 1965, 100 ss.; R. SPIAZZI, Autoridad, razón e ímpetu
carismático, ´L´Osservatore Romano´, 12 dic. 1968.
He tomado los principales
datos de esta respuesta del artículo ´Carismas´, de Baldomero Jiménez
Duque, Gran Enciclopedia Rialp; 1991.
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