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Autor: zenit | Fuente: zenit Joseph Ratzinger, "Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra".
¿Qué es el infierno? El cardenal ratzinger responde...
Joseph Ratzinger, "Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra".
París, 6.IV.01
Para el cardenal Joseph Ratzinger el infierno es en
realidad la ausencia de Dios, como lo demuestran los acontecimientos
del siglo XX y hechos a los que aluden palabras
tan terribles como Auschwitz, archipiélago Gulag o nombres como Hitler,
Stalin o Pol Pot.
El prefecto de la Congregación vaticana para
la Doctrina de la Fe expuso esta reflexión al pronunciar
la última intervención de Cuaresma en la catedral de Notre-Dame
de París por invitación del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de
esa ciudad. El texto ha sido publicado por el diario
católico «La Croix».
Para Ratzinger la definición del infierno es precisamente
vivir en la ausencia de Dios. El cardenal alemán aseguró
que basta dar una ojeada al siglo pasado para percatarse:
«Estos infiernos fueron fabricados --dijo el cardenal-- para preparar un
mundo futuro de hombres que se bastaran a sí mismos,
convencidos de no tener ya necesidad de Dios».
«Donde no hay
Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a
través de la ausencia de Dios», añadió.
Lo más paradójico, continuó
constatando, es que esta exclusión de Dios se hace de
manera sutil, casi siempre afirmando que se quiere el bien
de los hombres. «Cuando hoy se hace comercio de órganos
humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de
reserva o para hacer progresar la investigación y la medicina
preventiva, muchos consideran como implícito el contenido humano de estas
prácticas, pero el desprecio del hombre que está debajo --cuando
se usa y se abusa del hombre-- conduce, se quiera
o no, al descenso a los infiernos».
El cardenal subrayó que
la respuesta de los cristianos a estas situación, en los
albores del tercer milenio, «es al mismo tiempo sencilla e
inmensa: testimoniar a Dios, abrir ventanas de par en par
y cuidar así que su luz pueda brillar entre nosotros,
de manera que podamos dejar espacio a su presencia. Demos
la vuelta a las cosas: donde está Dios, está el
cielo; a pesar del precio de las miserias de nuestra
existencia, la vida se ilumina».
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