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Autor: Oscar Gerometta Respuesta a algunas objeciones hacia los católicos
Respuestas ante objeciones a los católicos por algunas prácticas o afirmaciones de fe que, se dice, están reñidas con la Biblia.
Respuesta a algunas objeciones hacia los católicos
Si bien las Escrituras nos han sido dadas por
Dios para que conociéndolas y profundizando en ellas crezcamos en
el conocimiento y amor de su Hijo Jesucristo, y de
este modo alcancemos la Verdad; y no para que la
empleemos como campo o instrumento de combate entre cristianos; dado
que se suele objetar muy duramente a los católicos por
algunas prácticas o afirmaciones de fe que, se dice, están
reñidas con la Biblia, parece conveniente esbozar una breve respuesta
a algunas de estas cuestiones.
Por supuesto que una respuesta acabada
requiere de un estudio más detenido y detallado de cada
una de las cuestiones. Jesús es verdadero Dios
Testigos de Jehová, y
Mormones niegan la divinidad de Cristo. Con un lenguaje confuso
suelen darle el título de ‘hijo de Dios’, pero lo
interpretan como de un rango inferior a Dios Padre.
En este
sentido hay que considerar ante todo:
Si bien asume el
título de Hijo de Dios, y todos somos hijos de
Dios, siempre mantiene una clara distinción entre el modo en
que Él es Hijo, y el modo en que lo
somos nosotros: "Ustedes oren de esta manera: ‘Padre nuestro...’" (Mt
6,9).
Los signos que realiza Jesús y que lo muestran
como Señor de la Vida (resucita muertos), Amo de todo
el mundo creado (calma la tormenta), con poder para perdonar
los pecados.
Él mismo se manifiesta Dios cuando asume la
función de Legislador al dar a conocer la nueva Ley
y reformar la Ley del Antiguo Testamento: "Ustedes han oído
que se dijo... pero yo les digo..." (Cf. Mt 5).
El Sumo Sacerdote reconoce que Jesús se proclama Dios cuando
lo acusa de blasfemia: "¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen
los testigos?..." (Mt 26,65).
Los discípulos lo reconocen como Dios
cuando se postran ante Él, y Él admite este gesto
que los judíos reservaban solo para Dios: Mt 20,20; Lc
5,12; Jn 9,38; 11,32.
Además, hay algunas citas bíblicas, que
la traducción jehovista deforma, entre otras: Jn 1,1: "Al principio existía
la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y
la Palabra era Dios." La Virgen María no tuvo otros hijos
además de Jesús
Esta afirmación parte de Mc 3,31-32 entre otros
párrafos, en los que se refieren a los ‘hermanos de
Jesús’, de donde se suele conjeturar que la Santísima Virgen
debió tener otros hijos además de Jesús.
Esta conjetura es errónea
porque:
En el lenguaje bíblico se denomina indistintamente ‘hermanos’ a
todos los parientes cercanos, aquellos que nosotros distinguimos como tíos,
primos, sobrinos, etc.. Esto puede verse claramente en el caso
de Abraham, que siendo propiamente tío de Lot, en Gn
13,8 se dirige a su sobrino llamándolo ‘hermano’. Por lo
tanto, aquellos ‘hermanos’ de Jesús, en realidad podrían ser sus
primos.
En segundo lugar, Mt 13,5 y Mc 6,3 enumeran
a estos ‘hermanos’ de Jesús: Santiago, José, Judas y Simón.
Si se revisan con atención los relatos de la Pasión,
se podrá ver que al hacer el detalle de las
mujeres que estaban al pie de la Cruz, se hace
referencia a ‘otra María’, la madre de estos primos del
Señor.
En consecuencia, aquellos que se denominan ‘hermanos’ de Jesús,
no son hijos de María, la esposa de José, y
son en realidad primos.
Los católicos damos culto de veneración
a la Santísima Virgen
Los católicos distinguimos claramente el culto de
adoración que debemos sólo a Dios, y el de veneración
(es decir respeto, imitación, amor, etc.) que rendimos a la
Santísima Virgen. No podemos adorar a María siendo que afirmamos
claramente que no es Dios.
Esta veneración está justificada:
Por el
trato particular que le dispensa el Arcángel Gabriel al saludarla
diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc
1,28).
Por el modo particular en que la saluda santa
Isabel: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres...!" (Lc 1,42).
Por las mismas palabras de María en el Magnificat: "En
adelante todas las generaciones me llamarán feliz..." (Lc 1,48).
Por
la misión particular que le confió Jesús desde la Cruz:
"...dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre’" (Jn 19,27).
Pero no sólo le rendimos veneración, sino que además acudimos
a su intercesión ante el Hijo, intercesión que nos enseña
el mismo Apóstol san Juan en el relato de las
bodas de Caná (Jn 2,1-11), cuando su intercesión obtiene el
milagro de la conversión del agua en vino.
Necesidad universal del
Bautismo
Cuando la Iglesia bautiza, lo hace en fidelidad al mandato
de Cristo: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean
mis discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, y del
Hijo y del Espíritu Santo..." (Mt 28,19). Los Apóstoles desde
un comienzo entendieron este mandato como universal, bautizando no sólo
a paganos, sino también a familias enteras (lo que se
supone que comprendía a los niños): "Inmediatamente después fue bautizado
junto con toda su familia." (Hch 16,33).
El Bautismo es necesario
para la salvación: "El que no nace del agua y
del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios..."
(Jn 3,5). ¿Por qué privar entonces a los niños del
Bautismo? Necesidad de la Eucaristía para la Vida Eterna
La Eucaristía fue
aceptada desde siempre por los cristianos como el acontecimiento central
de la vida de la Iglesia, y esta percepción es
consecuencia de las palabras del mismo Jesús: "...si no comen
la Carne del Hijo del Hombre y no beben su
Sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi
carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna..." (Jn 6,52-53).
Es
Jesús el que instituye la Eucaristía y la deposita en
manos de sus Apóstoles, cuando en la Última Cena, les
dice: "Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.
Hagan esto en memoria mía." (Lc 22,19).
¿Cómo pueden ofrecer la
verdadera Vida eterna o la Salvación, aquellos que por carecer
de un sacerdocio ordenado carecen también del don de la
Eucaristía?
La confesión ha sido instituida por Jesús
Se suele impugnar también
el sacramento de la Reconciliación afirmando que Jesús perdonó los
pecados pero que no requirió la confesión de los mismos.
Obviamente
quienes así se expresan están ignorando que, después de su
Resurrección, Jesús depositó el poder de perdonar los pecados en
manos de sus Apóstoles cuando, luego de infundirles el Espíritu
Santo dijo: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonas
a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos
a los que ustedes se los retengan." (Jn 20,22-23). Es decir,
cuando deseamos recibir el perdón de nuestros pecados hemos de
recurrir a los sucesores de los Apóstoles, y serán ellos
quienes, por el poder depositado por Cristo en ellos, nos
administren ese perdón. Jesús no establece otro modo para que
los hombres recibamos su perdón.
Jesús instituyó una cabeza para su
Iglesia
Algunos grupos suelen impugnar la función y poder que la
Iglesia adjudica al Papa, afirmando en algunos casos que pretendemos
poner en sus manos lo que en realidad es atributo
de Jesús.
Esto no es así. Jesús mismo instituyó a san
Pedro como cabeza de los Apóstoles y fundamento de la
Iglesia al afirmar: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no
prevalecerá sobre ella" (Mt 16,18), y al prometer que el
poder de la muerte no prevalecerá sobre su Iglesia, está
poniendo de manifiesto que las promesas que deposita en san
Pedro exceden su persona y son propias de su carácter
de cabeza de los Apóstoles.
Pero además, Jesús deposita en san
Pedro una serie de promesas y misiones, que por estar
referidas a la Iglesia, es evidente que no se pueden
restringir a la persona del primer Papa, sino que a
través de él se extienden a sus sucesores para bien
de la Iglesia:
Mt 16,19: "Yo te daré las llaves
del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en
la tierra, quedará atado en los cielos, y todo lo
que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos."
Lc 22,31-32: "... tú, después de que hayas vuelto, confirma
a tus hermanos."
Jn 21,15-17: "... apacienta mis corderos,... apacienta
mis ovejas,... apacienta mis ovejas..." En consecuencia, negar que el
Papa, como sucesor de san Pedro, es la cabeza de
la Iglesia, es negarle a la Iglesia el cimiento sólido
sobre el que Jesús mismo quiso edificarla. El alma humana no
se reencarna después de la muerte
Algunos grupos y muchos cristianos
tienden a confundir el concepto cristiano de Resurrección con el
oriental de reencarnación. La afirmación de la reencarnación es contraria
a la fe cristiana pues:
Niega la unidad de cuerpo
y alma propia del hombre, ya que reduce la persona
a su sólo espíritu.
Considera a la muerte como liberación,
no como castigo del pecado según lo expresa Gn 3.
Niega el valor redentor del sacrificio de la Cruz, ya
que supone la necesidad de vidas consecutivas para poder alcanzar
el estado de felicidad.
Ignora la Misericordia de Dios, ya
que no deja lugar al arrepentimiento y el perdón, al
exigir que toda culpa sea pagada en esta vida o
en las sucesivas.
Contradice las afirmaciones del Nuevo Testamento en
orden a que el hombre muere una sola vez: "...del
mismo modo que está establecido que los hombres mueran una
solo vez, y luego el juicio..." (Hb9, 27)
Contradice la
fe cristiana de que el juicio personal de cada hombre,
se da inmediatamente después de su muerte: "... Y decía
(el buen ladrón): ‘Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en
tu Reino’ Jesús le dijo: ‘Yo te aseguro: hoy estarás
conmigo en el Paraíso’" (Lc 23,42-43).
A este respecto, el
Catecismo de la Iglesia Católica expresa claramente: "La muerte es
el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo
de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para
realizar su vida terrena según el designio divino y para
decidir su último destino.
Cuando ha tenido fin ‘el único curso
de nuestra vida terrena´’, ya no volveremos a otras vidas
terrenas. ‘Está establecido que los hombres mueran una solo vez’
(Hb 9,27). No hay ‘reencarnación’ después de la muerte" (Catecismo
de la Iglesia Católica, nn. 1012-1013).
Hay que guardar el domingo,
no el sábado
Algunos grupos de tendencia judaizante (especialmente los Adventistas),
sostienen que los católicos faltamos al precepto bíblico de guardar
el séptimo día, ya que no observamos el descanso sabático
y lo hemos transferido al domingo. Ciertamente el término sábado
refiere al día séptimo, pero desde el nacimiento de la
Iglesia los cristianos trasladaron el descanso sabático al primer día
de la semana, el día de la Resurrección del Señor
(de ahí la denominación de ‘Domingo’, ‘día del Señor’), para
conmemorar el acontecimiento fundamental de nuestra Redención.
Esto lo expresan claramente
los Apóstoles en reiteradas ocasiones:
"Un domingo que nos reunimos
para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al
día siguiente..." (Hch 20,7).
"Todos los domingos aparte y deposite
cada uno lo que haya logrado ahorrar..." (1 Co 16,2).
"Un domingo, se apoderó de mí el Espíritu..." (Ap 1,10).
Pero en definitiva, el verdadero seguidor de Cristo ha de
ponerse más allá de estas discusiones, como expresa san Pablo:
"... que nadie os juzgue por asuntos de comida o
bebida, solemnidades, fiestas mensuales o semanales. Todo eso es sombra
de lo venidero; la realidad pertenece a Cristo..." (Col 2,16-17) Las
Escrituras no prohiben las imágenes
A partir de la prohibición de
adorar imágenes contenida en Ex 20,3-5; Lv 26,1; Dt 4,15-16;
y el mandato de destruírlas, muchos grupos, especialmente de origen
evangélico, acusan a los católicos de violar la Ley de
Dios adorando imágenes.
Ciertamente sigue vigente la condena a la
idolatría del Antiguo Testamento, pero los católicos no adoramos imágenes
ya que la Iglesia Católica nunca ha afirmado que las
imágenes de la Santísima Virgen y de los santos sean
dioses e, incluso, sería una falta grave brindar adoración a
una imagen de Nuestro Señor, ya que la imagen no
es la misma Persona Divina.
En este sentido es preciso tener
presente que:
Los textos bíblicos mencionados (Ex 20,3-5; Lv 26,1;
Dt 4,15-16) se refieren específicamente a la idolatría (adoración de
objetos materiales como si ellos mismos fueran dioses), no a
la realización de imágenes para la ornamentación de los templos.
De hecho, el mismo Dios dispone y acepta el uso
de imágenes en el mismo Templo de Jerusalén: Ex 25,18-19;
Nm 21,8-9; 1R 6,25-29; 7,25-29; 9,3.
Hay un hecho particular
que debe ser tenido muy en cuenta: cuando la plaga
de serpientes en el desierto, el mismo Dios manda esculpir
una imagen de serpiente que al ser mirada por los
israelitas les otorga la salud (Nm 21,8-9); pero cuando la
fe del pueblo se pervierta y comiencen a adorarla como
a un ídolo, la imagen será destruida (2R 18,4).
Consiguientemente
la falta no está en utilizar imágenes, sino en confundirlas
con el mismo Dios; esto es propiamente la idolatría. Claro
que tampoco se obliga a nadie a utilizar imágenes.
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