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Sectas, Apologética y Conversos | sección
Apologética. Aprende a defender tu Fe | categoría
La Apologética Hoy | tema
Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN
El demonio de la acedia (10 / 13)
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
 

La acedia y el martirio

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Estimados amigos:

Bienvenidos nuevamente a este programa dedicado a estudiar y
El demonio de la acedia (10 / 13)
El demonio de la acedia (10 / 13)
a comprender el fenómeno demoníaco de la acedia: a este décimo programa en esta serie.

Vamos a tratar ahora del misterio de la acedia (este misterio demoníaco de la acedia) en el contexto del martirio de los cristianos.

En el contexto del martirio de los cristianos, la reflexión teológica, la reflexión de fe de los mártires, de los santos pastores mártires, que hicieron una teología del martirio porque ellos mismos pasaron por esa experiencia.

Es decir tenemos la doctrina de los santos obispos y mártires y teólogos cristianos que pasaron el martirio y que fueron testigos de la vida de los mártires y que nos dan una enseñanza acerca del martirio como un lugar donde la acedia desempeña un rol que nos permite conocerla muy bien.

Se presenta la acedia
1) en los perseguidores,
2) en los perseguidos
3) y en aquél que –según la experiencia de nuestros maestros en la fe– incita a la persecución de los cristianos y a matar a los cristianos: que es el demonio.

El príncipe de este mundo. Es el instigador del martirio. Instiga al martirio.

Es él quien instiga a los perseguidores, trata de acobardar a los mártires y él es quien desea la destrucción de los mártires; desea su apostasía.

Pero no desea su triunfo aceptando el martirio, de modo que también trata de acobardarlos para el martirio.

Me ocuparé, en primer lugar, de la acedia de los perseguidores.

Y me parece que hay como una figura arquetípica del perseguidor en el Santo Evangelio que es Herodes. Aquel Herodes que, cuando se entera de que ha nacido el niño Mesías –el Rey de los judíos–, quiere buscarlo para matarlo.

No se alegra de la venida del Mesías sino que lo ve como un rival posible a su poderío en este mundo, a su reino. Siente que este Dios que viene, este Mesías, davídico, es un competidor en el poder: para él y para su dinastía, para sus sucesores. Lo ve como un peligro y quiere matarlo.

Y noten ustedes que el Mesías era el prometido de Dios. Era el enviado de Dios. Aunque todavía no se conocía su aspecto divino – que Jesús nos va a revelar – pero ya era un oponerse a la obra de Dios por motivos puramente humanos. Hay una acedia en Herodes que le hace ver los planes de Dios como opuestos a su poder terreno.

Esa acedia del perseguidor es la que explica la matanza de los inocentes.

Es, por lo tanto, como un arquetipo del poderoso que se opone a los planes divinos y que, más tarde, se va a oponer a los hijos de Dios, a los santos, inocentes también –porque los hijos de Dios son inocentes– y va a tratar de destruirlos; de borrarlos de la faz de la tierra; que los va a considerar enemigos de Dios.

No sólo los reyes antiguos, nosotros hemos ido conociendo a lo largo de la historia los ideólogos que se opusieron a Dios y persiguieron a la Iglesia. Hemos conocido a quienes acusaban a la fe de ser el opio del pueblo.

Y que por lo tanto –para que viniera la sociedad ideal– era necesario que desapareciera de la Tierra el hombre creyente, el hombre de la familia, el hombre de la tradición cristiana.

Era necesario cambiar el sentido común de las personas para que se pudiera instalar sobre la Tierra el orden social perfecto; un orden inmanente y perfecto sobre la Tierra. El principal obstáculo que veían –y ese es un argumento de la acedia– es la fe. Considerar el mal como un bien y el bien como un mal: eso es la acedia, dijimos en otro de los capítulos de esta serie.

Esa acedia la vemos, entonces, reflejada en estas ideologías que acusan a la Iglesia; que se oponen al cuerpo místico de Cristo sobre la Tierra; al cuerpo histórico de Cristo. Que tienen una visión puramente política de la Iglesia y que la consideran un mal que debe ser erradicado de la humanidad. O que, por lo menos, debe ser mantenido alejado de toda interferencia, o de toda posibilidad de influencia política sobre la configuración de la vida humana sobre la Tierra de acuerdo a los principios cristianos. No respetando ni siquiera la posibilidad de que, quienes deseen configurar espacios de vida humana de acuerdo a su fe, puedan hacerlo, dándoles la libertad para ello.

Esta persecución, por lo tanto, no es sólo la persecución sangrienta, sino que tiene muchas formas de persecución que, sin destruir la vida misma, la vida física misma, coartan la libertad de los creyentes para configurar su vida de acuerdo a su fe, y para vivir esta vida terrena de acuerdo a su condición cristiana. Se los considera un mal.

Eso ha sucedido desde los primeros tiempos, desde los emperadores romanos que persiguieron a los cristianos y les dieron pena de muerte. Desde Nerón en adelante. Nerón fue el primero de los emperadores romanos que – para apartar de sí la sospecha de haber sido el causante del incendio de Roma les echó la culpa a los cristianos; y quemó a los primeros cristianos, los arrojó a las fieras. Y emitió un decreto por el cual el ser cristiano era un delito. Un decreto contrario a los principios elementales del derecho romano que no podía juzgar a una persona sino tan sólo por sus hechos, por sus acciones. Aquí, sin haber hecho nada malo, se declaraba que por el solo hecho de ser cristiano debía ser condenado a muerte.

Tenemos aquí entonces el origen de la acedia en los perseguidores, en aquellos que consideraron que los cristianos eran un mal. Nerón declaró que el cristiano era enemigo del género humano, por serlo, simplemente.

Queridos hermanos hemos visto algo sobre la acedia de los perseguidores, veamos ahora algo sobre la acedia de los perseguidos. También en los perseguidos hay la posibilidad de la acedia.

En otro espacio nos hemos referido a la acedia de Pedro ante la Cruz; ante Nuestro Señor Jesucristo, que anunció que iba a morir en cruz. Y Pedro le dice “¡de ninguna manera Señor!”. Y luego, cuando el Señor es aprisionado y llevado a la pasión, Pedro se avergüenza de la Cruz y abandona al Señor. Lo niega. No comprende. Pedro es el primero que sufre la acedia por la persecución, y ve a la Cruz como un mal.

Porque es verdad que el martirio es una gracia. No es un programa. Nadie puede saber “qué es lo que voy a decir cuando me maten”. Va a decir “¡no me maten!”.
En cambio vemos que una pléyade de mártires por ejemplo:
►En las revoluciones marxistas en Rusia,
►En México en la guerra de los cristeros, en la persecución terrible que hubo en México contra la Iglesia, cuando se destruyó la estatua del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, cuando los templos fueron incautados, cuando se persiguió tan violenta, cruel y arbitrariamente a los cristianos, contra todos los derechos humanos se persiguió a los católicos por ser católicos, donde fueron martirizados el Padre Pro, José Luis Sanchez del Río, ese niñito de catorce años que tuvo la gracia del martirio, de morir voluntaria mente y animosamente dando ejemplo de esta gracia del martirio que el Señor concede a su Iglesia. Es una gracia. No es un programa.
►Los mártires de la revolución española, no están tan lejos de nosotros.
►En este momento mismo se ha informado en una reunión en Hungría que están muriendo anualmente 140 mil católicos, 140.000 cristianos, de modo que en estos momentos hay un mártir cristiano cada cinco minutos.
Y sin embargo esto no es deplorado. Hay una indiferencia en los medios acerca del martirio cristiano, que es precisamente una de las características de la acedia: la indiferencia ante el mal, la tibieza en la reacción y en la corrección de este mal tan terrible. No se los ama, y por lo tanto no se deplora su desaparición sino que, al contrario, como se los ve como un mal, aunque quizás se ve con complacencia su muerte, y [por eso] no se dice nada de ella.
Esta es la acedia...

He continuado un poco con la acedia de los perseguidores, como para completar.

Pero, todos nosotros tememos el martirio. Es lógico que temamos el martirio, Nuestro Señor Jesucristo en el huerto se angustió y oró al Padre para que si era posible pasara de él este cáliz pero que no se hiciera su voluntad sino la Suya. En ese someter su voluntad a la voluntad del Padre - hasta la muerte y muerte de cruz – Jesús culminó, como hombre sobre la Tierra, su filialización hasta el fin. Hasta que en la Cruz dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Jesús es el primer mártir.

Jesús es el Hijo de Dios, que por hacer la voluntad del Padre y por cumplir su misión sobre la Tierra, por la gracia del Espíritu Santo, por el don del Espíritu Santo, es capaz de llegar a la muerte por hacer la voluntad del Padre, y nos da así ejemplo a todos los mártires cristianos que ha habido a lo largo de la historia. Ellos han vivido la gracia que vieron vivir a Jesús, aprendieron de su maestro y lo siguieron también por el camino de la cruz, por el camino de camino de entregar la vida hasta el fin por amor a Dios.

Pero, así como hemos visto que en la vida religiosa había algunos monjes que no podían vencer la acedia ante la vida monacal tan dura, y retrocedían a la tibieza, así también ante el martirio, ante las persecuciones, hubieron también muchos apóstatas: muchos que se acobardaron ante el martirio, no pudieron dar ese paso.

Tampoco tenemos que condenarlos nosotros, sino que el juicio le toca al Señor, por esa debilidad que tuvieron. Pero ya dice San Cipriano sobre acerca de estos lapsi, de estos que habían caído en la prueba, que era necesario que hicieran penitencia y reconocieran y se corrigieran.

Porque muchos de ellos habían caído –explica San Cipriano– ¿por qué? porque no huyeron a tiempo de la situación que los llevó al juicio. ¿Y por qué se quedaron en la ciudad? Muchas veces porque no supieron renunciar a sus riquezas. Tenían bienes en esa ciudad –explica San Cipriano, analizando las causas de esta caída en la fe–; estaban aferrados a bienes de esta vida, que no supieron renunciar para huir e irse a otro lado llevándose el tesoro de la fe. Y por eso, siendo débiles, se quedaron temerariamente en un lugar donde iban a ser probados más allá de sus fuerzas.

Tenían que haberse ido para salvar el tesoro de la fe, dice Cipriano. Por eso, como se quedaron por tener bienes en este mundo, - bienes a los que la huida les hubiera obligado a renunciar -, se pusieron en una situación temeraria y por eso cayeron los lapsi. Y es necesario que ellos hagan penitencia y se purifiquen; que sean iluminados por esta experiencia para comprender que deben despegarse de los bienes de este mundo. Es por lo tanto el apego a esta vida y a las cosas mundanas - también a cosas lícitas como los amores -, la raíz de esa acedia que puede darse en los perseguidos.

¡Y que se da! Quiero citar ahora a un mártir maravilloso de la vida cristiana: Ignacio de Antioquía. Es un mártir que en su vida hace la apología del martirio: «quiero ser molido por los dientes de los leones como trigo de Cristo».

Sin embargo, él reconoce que había acedia en él y en los cristianos amigos, que querían impedirle el martirio, que querían interceder para que no fuera martirizado.

Dice en una de sus cartas que escribe a los romanos este mártir maravilloso:
Perdonadme, yo sé lo que me conviene. [Porque ellos le decían: ¡No! Vamos a interceder aquí en Roma para que no te maten]
Perdonadme, yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. [ahora que voy al martirio empiezo a ser discípulo].
Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga por acedia.
Acá tienen la palabra de un mártir. Oponerse a su martirio del mártir él lo ve como acedia Es ver el martirio como un mal y no como un bien.

Que nadie se me oponga por acedia a que yo alcance a Jesucristo [En esa carrera en la que él va detrás].

Como Pablo dice: “voy corriendo detrás de Jesucristo después de haber sido alcanzado por él”, para ver si lo alcanzo; a ver si me asemejo a él.

Esa semejanza con Cristo es la obra del Espíritu Santo en nosotros. Todos debemos estar deseosos de ser asemejados al Hijo.

Y prosigue:
Fuego y cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo.
Ven ustedes aquí la enumeración de los tormentos a los que se sometía a los cristianos en el Coliseo en aquel tiempo y cómo también aquí Ignacio dice que el ejecutor de estos tormentos es el diablo.

Que vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo, [que me asemeje a Él. Que sea asemejado al Hijo obediente al Padre, hasta el fin].

Y continúa Ignacio diciendo:
De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo [¡para qué quiero las cosas de acá!]. Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra [Es decir tener poder en este mundo para hacer el bien ¡incluso eso!].
Asemejarse a Cristo. Porque precisamente Cristo no tuvo un reino este mundo para hacer el bien. Aquí está la refutación del mesianismo cristiano, podríamos decir. De la ilusión cristiana de influir en el mundo. Dice: ¡No! ¡Es asemejándome con Cristo como yo tengo la eficacia incluso en la tierra!

Perdonadme hermanos, perdonadme, no me impidáis vivir,
[¡Qué maravilla! no les dice: ‘no me impidáis morir’. Les dice: ‘no me impidáis vivir’. Porque el martirio siguiendo a Jesucristo es vivir como hijo].
No os empeñéis en que yo muera [Que yo muera a mi ser filial, a mi ser cristiano]
No entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios
[Si ustedes me dejan acá: me entregan al mundo].
¡Cómo corrige este santo obispo la óptica de los cristianos que, con buena voluntad, querían apartarle del martirio, porque tenían acedia del martirio también ellos!
No me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre.
“Seré hijo”. En el abrazo del Padre alcanzaré la imagen y semejanza de Dios, que me hace hombre según el designio del principio.

¡Qué visión de fe tan profunda, que maravillosa! Son cartas que hay que leer, queridos hermanos, cuando más atribulados estemos en este mundo por nuestra condición cristiana y por la oposición y los sufrimientos que debemos padecer por permanecer y ser cristianos.

A veces quedarnos sin empleo. He conocido chicas que por ser puras han perdido el empleo. Las han echado por no ceder a las instancias del jefe. Aunque no sea resistir hasta la muerte. ¡Pero cuantos otros sufrimientos! Profesionales que por ser católicos son excluidos o son injustamente preteridos en los concursos y en las oposiciones. Simplemente porque son católicos. Algunos que se quedan sin empleo por eso, y que pasan necesidades con su familia, esos sufrimientos.
Llegado allí, seré de verdad hombre. ¡Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios! ¡Si alguno Lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a mí me apremia, que tenga lástima de mí! (San Ignacio de Antioquía)
El tercer personaje de este drama del martirio es el Príncipe de este mundo. Que es el Príncipe de la acedia, precisamente. Es el acedioso por excelencia. Satanás es el acedioso, que considera que Dios es malo. Considera mal el bien y bien el mal.

Todos los que han elaborado la visión teológica del martirio, y los que han tenido la experiencia [de la persecución], no como una doctrina abstracta sino que han comprendido en sus vidas las razones espirituales del martirio, como Ignacio de Antioquía, ¡todos! reconocen que el que azuza al martirio y a la persecución es Satanás.
San Justino dice, reprochándole a los perseguidores: Nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento.
Aquí está Justino mostrando cómo los que instigan a los perseguidores son los demonios.

Lo mismo leemos en el martirio de San Policarpo, el anciano obispo: ¿Qué mal hay en decir: ¡Señor César! y sacrificar? [Le dicen los que lo quieren convencer de ofrecer incienso al César] Y todo lo demás que por instigación de del Diablo se suele en estos casos sugerir [“todo lo demás” son las razones con las que el Diablo quiere debilitar la decisión del creyente].

San Policarpo decía: “¿Cómo voy a negar a Jesucristo si yo, con mis ochenta años, de Él sólo he recibido beneficios? ¡No podría negarlo!”

También en el martirio de Perpetua y Felicidad,- que es un relato hermosísimo de estas dos mujeres – dice Perpetua que se ve en la prisión y dice el acta del martirio:
Contra estas mujeres preparó el Diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre.
Vean ustedes cómo el actor aquí, el que dirige el martirio es el Diablo: que compró una vaca bravísima. Lo hizo a través de sus servidores, pero lo hizo él. Acá está personificado claramente.

Y Perpetua, - que era una joven recién casada, que tenía recién su niñito de pecho, y que va a dejar todos esos amores, va a tener que sufrir que su papá no comprenda su martirio -, Perpetua sueña en la prisión una noche, que ella tiene una lucha con el demonio y que Cristo la fortalece en esa lucha de modo que lo puede vencer.

Dice el acta de Perpetua:
Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza [Una lucha con el demonio en forma de un gladiador egipcio]
El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista [el maestro de gladiadores] y recibí el ramo de premio. Y Él [que es Cristo] me besó y me dijo: “Hija, la paz sea contigo”. Y me dirigí radiante hacia la puerta Sanavivaria [que era por donde salían los vencedores en el combate] o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el Diablo, pero estaba segura de que la victoria estaba de mi parte.
Ven ustedes entonces, queridos hermanos, cómo todos estos mártires tienen una conciencia clara de que su lucha no es contra hombres, como dice San Pablo en la carta a los Efesios, sino contra las potestades de las tinieblas que están en los aires, contra los principados, contra las fuerzas demoníacas (Efesios 6, 12).

Es la lucha que empeñó y emprendió Nuestro Señor Jesucristo y que, si somos miembros de su cuerpo, si somos su Iglesia, tendremos que luchar a lo largo de todos los tiempos. Y no nos tenemos que asombrar entonces de que la persecución se encarnice con nosotros.

¿Y cómo podemos vencer el temor y la acedia ante el martirio?, pues despreocupándonos de esto y preocupándonos de amar a Dios sobre todas las cosas.

Que el Señor nos conceda esta gracia porque el gozo del Señor será siempre nuestra fortaleza. Me despido de ustedes hasta el próximo capítulo.


Preguntas y comentarios al autor de este artículo, P. Horacio Bojorge S.J.

Capítulos de esta serie: 1- LA SOCIEDAD DEPRESIVA
2- ¿QUÉ ES LA ACEDIA?
3. LA ACEDIA EN LAS ESCRITURAS

4. EL PECADO ORIGINAL

5. EL DEMONIO DEL MEDIODÍA

6. LA ACEDIA ECLESIAL

7. LA ACEDIA CONTRA EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

8. LA ACEDIA EN LA SOCIEDAD

9. ¿POR QUÉ LLAMAMOS "DEMONIO" A LA ACEDIA?



Enlace para leer el libro: LA CIVILIZACIÓN DE LA ACEDIA
 

 
 
 
 
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