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Autor: Oscar Gerometta El Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios
Seguían pautas de comportamiento muy severas y no se comunicaban con quienes no pertenecían a la comunidad. Las mujeres vestían con túnicas blancas, y los hombres con camisas verdes o negras según el caso...
El Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios
A partir de la trágica muerte de cientos de
seguidores de este movimiento, muchos de nosotros, occidentales, hemos tomado
alguna conciencia de la enmarañada situación social, cultural, política y
religiosa de muchos países africanos.
El contexto religioso de Uganda
En
una época, a través del tristemente célebre Idi Amín Dada,
Uganda fue un país habitualmente presente en los medios noticiosos.
Pero tras su deposición, nuestra atención se alejó de un
pueblo que quedó sumergido en un proceso sangriento, con multiplicidad
de grupos guerrilleros y sin una propuesta cultural que lograra
cohesionarlo con éxito.
La realidad religiosa del pueblo ugandés no podía
estar desgajada de esa realidad: durante los años ´80 y
´90 se multiplicaron los grupos religiosos con propuestas más o
menos fundamentalistas, muchos de ellos de origen cristiano y parodójicamente
inclinados hacia la violencia como forma de respuesta a la
realidad.
Al mismo tiempo que se proclamaban "verdaderos" cristianos fervorosos,
la opción por la violencia como propuesta para cambiar la
realidad se combinaba con la utilización de niños con propósitos
serviles.
Violencia guerrillerra, asesinatos y fusilamientos en grupo, niños soldados,
niños sometidos a la prostitución, son realidades cotidianas que en
estos países africanos se combinan con la hambruna, la ignorancia
y la infección de HIV, y que en muchos casos
intentar ser justificadas desde una perspectiva no sólo política sino
también religiosa.
Es así como a mediados de los ´80 hace
su aparición Alice Auma Lakwena, quien se autoproclama como un
espíritu mediador organizando en aquel momento un grupo guerrillero que
recibió el nombre de "Movimiento del Espíritu Santo". Muchos de
sus miembros murieron en diversos ataque a las fuerzas de
seguridad ugandesas a las que enfrentaban convencidos de que eran
invencibles, merced al uso de un "óleo mágico" que debía
protegerlos.
Más tarde, en 1987, de la mano de un
matrimonio de origen keniano hace su aparición el "Ejercito de
la Resistencia del Señor", un grupo que busca, a través
de la lucha armada, acceder al poder para cumplir su
"misión": restablecer el respeto de los Diez Mandamientos bíblicos.
Este
grupo está acusado de la muerte de centenas de habitantes
del norte de Uganda, así como del secuestro y sometimiento
a la servidumbre de multitud de niños y adolescentes.
Sólo
en este contexto de violencia no contenida, unida al fanatismo
religioso canalizado a través de grupos de constitución claramente sectaria,
se puede explicar la preocupación y severidad con que el
gobierno de Uganda sigue estos temas.
En septiembre de 1999 la
policia ugandesa disolvió un grupo apocalíptico denominado "Última Advertencia del
Mensaje para el Mundo". Los líderes de este grupo de
más de 1.000 adherentes están acusados de violación, secuestro y
confinamiento ilegal.
El gobierno ugandés mantiene una vigilancia estrecha de estos
grupos que deben estar inscriptos y declarar cada uno de
sus miembros. Es por esto que al momento de los
sucesos de Kanungu se sostuvo que el grupo tenía 235
fieles, la primer cifra que circuló sobre la cantidad de
víctimas.
La paradoja es que la policía ugandesa no mantenía vigilancia
sobre el "Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamiento"
ya que no era considerado un grupo peligroso; y además,
ya sabemos que el Movimiento de la Restauración tenía más
de 1.000 miembros, muchos más de los que estaban registrados.
Esto
nos genera un primer interrogante: ¿Son eficaces las medidas de
control y seguimiento?
Aún cuando se monta una estructura de seguimiento
y control severos, no se tiene noticia, control de la
cantidad de personas involucradas, ni de la verdadera peligrosidad de
los grupos involucrados.
El Movimiento para la Restauración de los Diez
Mandamientos
Este grupo fue fundado a comienzos de la década del
´90 por una mujer: Credonia Mwerinde (una ex prostituta de
40 años), y otros miembros de su familia.
Se habría
establecido definitivamente en 1997, recibiendo el reconocimiento gubernamental como ONG.
Mantenía su sede en un complejo de seis edificios que
comprendía la iglesia ahora destruida, una construcción de aproximadamente 400
metros cuadrados, en el centro comercial de Kanungu, construido sobre
el primitivo emplazamiento de una granja de la familia de
Credonia. Versiones indican que el grupo habría sido fundado en
1994 por un antiguo catequista católico llamado Paul Kishuku.
El movimiento
era liderado en la actualidad por un grupo de dirigentes
integrado por la fundadora, Joseph Kibweteere (68 años), y dos
sacerdotes católicos. Los cuatro habrían sido suspendidos por el obispo
emérito de Rukingiri, John Baptist Kakubi a comienzos de la
década de los ´90. Los dos sacerdotes en cuestión, serían
Dominic Kataribabo y John Kamagara.
Joseph Wibweteere era conocido como "el
profeta". Es autor del libro "Okuwahaho Kubusinge Obu" (en dialecto
lunyankole "El fin de esta generación"), texto básico del movimiento.
Este profeta habría anunciado el fin del mundo para el
31 de diciembre de 1999, aunque lo habría desplazado más
tarde al 31 de diciembre de 2000.
Los miembros del grupo
eran reclutados entre cristianos de distintas confesiones, básicamente católicos disconformes
con la estructura de su iglesia. Seguían pautas de comportamiento
muy severas y no se comunicaban con quienes no pertenecían
a la comunidad. Las mujeres vestían con túnicas blancas, y
los hombres con camisas verdes o negras según el caso.
Se negaban a recibir atención médica ya que sostenían que
la salud es un don que se alcanza con la
oración.
Los sucesos del viernes 17 de marzo de 2000
Durante 1999,
el "profeta" habría ordenado a los fieles que vendieran todas
sus posesiones y entregaran el producto de esta venta a
la iglesia en orden a prepararse para el fin del
mundo que debía acaecer el 31 de diciembre.
Como todos
sabemos, la historia contemporánea no se vio interrumpida el 31
de diciembre, pero Kibweteere declaró que el acontecimiento se había
trasladado el 31 de diciembre de 2000.
Pero esto no alcanzó
para dar respuesta a los seguidores que había confiado plenamente
en la dirigencia del grupo a la que habían entregado
todos sus bienes. Según algunas versiones, la situación de tensión
interna y disgusto generada por la postergación había crecido hasta
determinar a los líderes a convocar la reunión que tuvo
lugar a partir del 10 de marzo.
En esa fecha un
grupo de adherentes (la mayoría de ellos mujeres y muchos
niños) habría sido convocado en el templo de Kanungu a
fin de permanecer en oración con la expectativa de participar
en un encuentro con la Virgen María el viernes.
Es
así como los vecinos atestiguaron que durante una semana los
miembros del grupo permanecieron encerrados orando y cantando sin salir
del templo.
Finalmente, el viernes 17 de marzo los habitantes de
Kanungu vieron aterrados cómo el edificio eran rápidamente consumido por
las llamas provocadas por 6 explosiones, con todos los fieles
encerrados con puertas y ventanas cerradas por dentro.
Hoy sabemos que
ese día sólo se concluyó un proceso iniciado cerca de
6 semanas atrás con el asesinato y sepultura de varios
cientos de fieles descontentos que se presentaron en otras sedes
del grupo y cuyos cuerpos fueron ocultados debajo del piso
o en el huerto de varios edificios.
Según se ha podido
determinar, las explosiones habrían sido provocadas utilizando una combinación de
petróleo y ácido sulfúrico cuyas emanaciones gaseosas además de tener
cualidades explosivas son un veneno mortal.
Para esto se habrían
utilizado 40 litros de ácido sulfúrico adquiridos por uno de
los líderes una semana atrás con la excusa de reacondicionar
varias baterías de automóviles.
Según la policía de Uganda, en la
explosión habrían muerto 330 personas, entre ellos 78 niños, sin
poder determinarse fehacientemente la causa de las muertes dado que
los cuerpos habían sido casi totalmente incinerados. En este sentido,
el envenenamiento no es más que una hipótesis, aunque con
un fuerte sustento en la presencia de gas venenoso.
La explosión
junto con el hecho de que puertas y ventanas estaban
cerrradas por dentro, hizo suponer que se trataba de un
suicidio colectivo.
Es por esto que en un principio, de
acuerdo a la ley ugandesa, el caso fue considerado como
suicidio colectivo, salvo la muerte de los 78 niños que,
por ser menores de edad debían ser tratados como homicidios.
Pero
al comenzar la remoción de los escombros surgieron novedades aterradoras.
En el huerto anexo al templo se encontraron varios cadáveres
sepultados hacía algún tiempo; con respecto a este hallazgo en
un principio se especuló que se trataba de miembros del
grupo que habían muerto por causas naturales (recordemos que se
negaban a recibir ayuda médica), y habían sido sepultados en
el lugar.
Pero poco después se encontraron en el pozo de
una letrina situada en el mismo huerto 6 cadáveres más:
uno de ellos tenía el cráneo aplastado mientras los otros
5 presentaban golpes de machete en la zona abdominal. No
se descartaba que hubieran sido previamente envenenados. Estos evidentemente ya
no eran casos de suicidio.
Finalmente, al investigar posibles ramificaciones del
grupo en pueblos vecinos, la policía se encontró con varias
fosas comunes, una de ellas conteniendo 153 cadáveres en otro
complejo utilizado por el movimiento cerca de la ciudad de
Rukungiri, luego otra conteniendo 81 cuerpos más, y así sucesivamente
hasta completar la cifra actual de 924 víctimas. Estos cuerpos,
que presentaban señales de estrangulamiento y golpes de machete, llevaban
aproximadamente seis semanas enterrados.
Además hay fuertes indicios (testimonios tanto de
miembros del grupo como de vecinos que los vieron) de
que al menos los dos principales líderes del grupo, Credonia
Mwerinde y Joseph Kibweteere, habrían huido poco antes de las
explosiones.
Esto ha cambiado totalmente la óptica con que se había
tratado el caso inicialmente: ya no se puede hablar de
suicidio colectivo, sino que se trataría de homicidio masivo. Ya
no estamos tampoco simplemente ante un grupo pacífico, sino ante
un grupo de líderes sectarios con fuertes tendencias homicidas.
A modo
de conclusiones y reflexiones
Creemos sinceramente que en la historia contemporánea
de los movimientos sectarios este suceso desdichado no puede ser
simplemente catalogado como el que más víctimas ha provocado, en
una competencia macabra con los sucesos de Guyana.
Creemos que
debe llamarnos seriamente la atención por tratarse de un grupo
de creyentes que caminaron con sencillez detrás de un grupo
de líderes hacia un engaño colectivo, y que al tratar
de reaccionar se encontraron con un grupo homicida que no
dudó en recurrir al homicidio masivo para dar respuesta a
la tensión generada.
En un momento en el que se
multiplican por cientos las presuntas apariciones de la Virgen y
de Jesucristo en distintos lugares del mundo, creemos que debe
llamarnos a la reflexión también el hecho de que se
trata de un grupo de fieles que se enrolaron en
el seguimiento de un visionario que los convocaba a rezar
el Rosario y a encontrarse con la Virgen, un visionario
que en este caso pudo llevarlos primero al engaño y
luego a la muerte.
Esto habla de conductas que no
son ajenas a muchos grupos insertos dentro de las iglesias
tradicionales: visiones particulares por sobre la Palabra de Dios, autoridad
del visionario por sobre las de los pastores cuestionados, formación
de grupos de seguidores que creen haber descubierto un camino
que consideran más auténtico que el que caminaban hasta el
momento.
Creemos que hay todavía un modo de que tantas
muertes no sean inútiles: que nos lleven a reflexionar sobre
el sentimiento mágico que cabalga entre los miembros de muchos
grupos aún insertos en las iglesias tradicionales, pero con una
conciencia de elección que tiende a ponerlos por encima de
los demás a partir de la aceptación de presuntas apariciones
y fenómenos supra naturales de dudosa autenticidad.
Las conductas sectarias, son
siempre un camino de difícil retorno, aún cuando no conduzcan
directamente a la muerte. Son siempre un camino de muerte.
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