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Autor: Zenit | Fuente: Zenit El amor evangelico es el gran ausente de las sectas
Debemos estar atentos a los falsos profetas.
El amor evangelico es el gran ausente de las sectas
ROMA, viernes, 11 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del
padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia--
a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, IV
de Pascua * * *
IV Domingo de Pascua Hechos 2,14a.36-41; 1
Pedro 2, 20b-25; Juan 10, 1-10
Yo soy el Buen
Pastor Este es el domingo del Buen Pastor, pero por una
vez no es en Él en quien vamos a concentrar
la atención, sino más bien en su antagonista.
¿Quién es
el personaje definido «ladrón» y «extraño»? Jesús piensa, en primer
lugar, en los falsos profetas y en los pseudomesías de
su tiempo que se hacían pasar por enviados de Dios
y liberadores del pueblo, mientras que en realidad no hacían
más que mandar a la gente a morir por ellos.
Hoy estos «extraños» que no entran por la puerta, sino
que se introducen en el redil a hurtadillas, que «roban»
las ovejas y las «matan», son visionarios fanáticos o astutos
aprovechados que especulan con la buena fe y la ingenuidad
de la gente. Me refiero a fundadores o jefes de
sectas religiosas que pululan por el mundo.
Cuando hablamos de
sectas, sin embargo, debemos prestar atención para no poner todo
en el mismo plano. Los evangélicos y los pentecostales protestantes,
por ejemplo, aparte de grupos aislados, no son sectas. La
Iglesia católica desde hace años mantiene con ellos un diálogo
ecuménico a nivel oficial, cosa que jamás haría con las
sectas.
Las verdaderas sectas se reconocen por algunas características.
Ante todo, en cuanto al contenido de su credo, no
comparten puntos esenciales de la fe cristiana, como la divinidad
de Cristo y la Trinidad; o bien mezclan con doctrinas
cristianas elementos ajenos incompatibles con ellas, como la reencarnación.
En
cuanto a los métodos, son literalmente «ladrones de ovejas», en
el sentido de que intentan por todos los medios arrancar
a fieles de su Iglesia de origen para hacer de
ellos adeptos de su secta. Habitualmente son agresivos y polémicos.
Más que proponer contenidos propios, pasan el tiempo acusando, polemizando
contra la Iglesia, la Virgen y en general todo lo
que es católico. Estamos, con ello, en las antípodas del
Evangelio de Jesús que es amor, dulzura, respeto por la
libertad de los demás. El amor evangélico es el gran
ausente de las sectas.
Jesús nos ha dado un criterio
seguro de reconocimiento: «Guardaos de los falsos profetas --dijo--, que
vienen con vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro
son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,15).
Y los frutos más comunes del paso de las sectas
son familias rotas, fanatismo, expectativas apocalípticas del fin del mundo,
regularmente desmentido por los hechos.
Hay otro tipo de sectas
religiosas, nacidas fuera del mundo cristiano, en general importadas de
oriente. A diferencia de las primeras, no son agresivas; más
bien se presentan «con disfraz de cordero», predicando el amor
por todos, por la naturaleza, la búsqueda del yo profundo.
Son formaciones a menudo sincretistas, o sea, que agrupan elementos
de diversas procedencias religiosas, como es el caso del New
Age.
El inmenso perjuicio espiritual para quien se deja convencer
por estos nuevos mesías es que pierde a Jesucristo y
con Él esa «vida en abundancia» que ha venido a
traer. Algunas de estas sectas son peligrosas también en el
plano de la salud mental y del orden público. Los
recurrentes sucesos de plagio y de suicidios colectivos nos advierten
hasta dónde puede llevar el fanatismo de algún jefe sectario.
Cuando se habla de sectas, sin embargo, debemos recitar también
un «mea culpa». Con frecuencia las personas acaban en alguna
secta por la necesidad de sentir el calor y el
apoyo humano de una comunidad que no encontraron en su
parroquia.
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
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