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Autor: Oscar Gerometta Desafíos y enfoques pastorales
... no puede ser nunca una respuesta individual, sino que ha de ser esencialmente una respuesta comunitaria que nos lleve como Iglesia viva a proponer a cada hombre el desafío de la vida en unión con el Dios Trino que conocemos y adoramos a través de una
Desafíos y enfoques pastorales
En su Discurso Inaugural de la IVª Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano, S.S. Juan Pablo II delineó dos grandes
caminos de respuesta al desafío que proponen las sectas:
Las parroquias,
como centros de formación y de participación litúrgica, a la
vez que de efectiva solidaridad social, en los que se
da lugar a las familias, los jóvenes y los necesitados;
como respuesta eficaz al vacío pastoral provocado por la falta
de formación.
La religiosidad popular de nuestros fieles, rescatando sus
valores de fe, piedad, sacrificio y solidaridad; la cual, convenientemente
evangelizada y celebrada puede ser una respuesta adecuada a la
ausencia de ´sentido de Dios´, que señalara el mismo Papa.
Estas dos líneas de acción son dos puntos de referencia
inexcusables para cualquier ensayo de respuesta pastoral, y pueden constituirse
a la vez en los ejes de referencia de las
propuestas elaboradas por la misma Asamblea Episcopal.
Pero cualquier elaboración debe
partir de una premisa insoslayable; desde hace ya décadas la
Iglesia ha asumido la presencia y expansión de estos nuevos
movimientos religiosos no como un problema, sino que desde todas
las perspectivas se lo considera como un desafío, es decir,
como un nuevo reto que se presenta a la Iglesia
en su recorrido en pos de cumplir el mandato del
Señor: ...Id pues, y haced discípulos míos a todas las
gentes buatizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo...
Este nuevo reto implica ante todo dar
respuestas nuevas a las dificultades nuevas que la sociedad contemporánea
nos presenta: la proliferación de manifestaciones religiosas de modo anárquico
en realidad no es sino el síntoma de una nueva
problemática cultural que se presenta a la Iglesia en su
misión de recorrer la humanidad anunciando el Evangelio. De este
modo el problema no son las sectas, sino que aparece
un desafío: cómo evangelizar esta cultura pluralista, en crisis, poblada
de individuos en busca de respuestas.
Ante la cuestión, la Iglesia,
siguiendo el modelo del hombre sabio del Evangelio busca en
sí misma para responder desde la riqueza de sus 2.000
años de historia, lo que tiene para ofrecer a este
mundo del tercer milenio que se aproxima, de modo tal
que pueda brindar una nueva evangelización remozada en el ardor
y las formas, aunque fiel en los contenidos a la
Verdad que ha recibido y se le ha encomendado comunicar.
Por
esto Juan Pablo II nos propone dos pilares básicos para
esta presentación renovada:
La parroquia.
Al habitante de la modernidad, abandonado
de la cultura y aislado de su entorno social, envuelto
en la propia soledad, miembro de una sociedad que lo
único que comparte es la preservación a ultranza del individualismo
por el miedo a amar; la Iglesia tiene para ofrecerle
la cultura de lo comunitario, la exaltación del valor aglutinante
de la caridad que encuentra la felicidad más en el
dar que en el recibir, el placer de trabajar juntos
en la consecución del bien común... del mayor de los
bienes a que podemos aspirar: la felicidad eterna.
En este sentido,
la parroquia como comunidad debiera constituirse en el signo de
credibilidad esencial de la Iglesia ya que hace presente de
modo privilegiado el modo de vivir cristiano en medio del
mundo; es la caridad hecha cultura, y por lo tanto
mensaje comunitario de pertenencia, de razón de ser, de esperanza,
de posibilidad del amor, a ese hombre moderno al que
la modernidad intenta convencerlo de que solo es posible preservar
su felicidad a través del aislamiento.
Por esto, una parroquia en
que se vive la búsqueda permanente de sentido en la
escucha de la Palabra de Dios; donde la vida sacramental
propuesta de modo íntegro permite no sólo la referencia sino
el encuentro asiduo con el Dios que es Camino, Verdad
y Vida; en la que la caridad se hace efectiva
en la solidaridad social; es la respuesta más apropiada que
podemos dar a un hombre que se angustia en la
búsqueda de pertenencia y de sentido, que exige un referente
comunitario y necesita un ámbito de proyección solidaria en el
que se sepa contenido y reconocido.
A la angustiosa soledad del
hombre al cual la cultura ha alejado de Dios y
luego a abandonado en su aislamiento; la parroquia, una parroquia
renovada, le puede ofrecer el reencuentro personal con el Dios
que es Amor, en el misterio de la pertenencia al
Pueblo elegido de Dios.
La religiosidad popular.
Porque el mensaje central
de la Encarnación es que el reencuentro con la Trascendencia,
con el ´sentido de Dios´ perdido y sin el cual
la historia de los hombres se vuelve asfixiante y sin
objeto, no ha de buscarse a través de la sofisticación
de las manifestaciones de poder, ni tampoco en elaboraciones intelectuales
de sofisticación esotérica, menos aún es la vacuidad de pseudo-espiritualidades
desprovistas de una relación concreta con lo propiamente Divino; sino
en la fe vivida con sencillez y confianza en el
abandono a la Providencia del Padre.
Y en este sentido, la
religiosidad simple de nuestro pueblo nos ofrece un conjunto privilegiado
de gestos culturales altamente significativos aún para el hombre más
simple, y por lo tanto con una gran capacidad potencial
de introducirlo en la comunión con el Dios Vivo, dándole
plenitud de sentido y un ámbito de pertenencia en el
que se mueve como propio.
Por supuesto que ello exige una
revalorización del rol evangelizador que ocupan en la vida de
nuestras comunidades las distintas expresiones de fe, a fin de
rescatar en ellas los ´valores de fe y de piedad,
de sacrificio y de solidaridad´ que viera el Santo Padre
en su Discurso ante la Asamblea de Santo Domingo; y
por sobre todo el enriquecimiento de sentido que permite convertirlas
en canales que conduzcan fluidamente a todos los hombres a
la contemplación del misterio de Cristo y de la Madre
de Dios, a la experiencia personal del encuentro con Dios.
Concluyendo,
la respuesta acabada al desafío de la disgregación de la
experiencia religiosa de este hombre del nuevo milenio no puede
ser nunca una respuesta individual, sino que ha de ser
esencialmente una respuesta comunitaria que nos lleve como Iglesia viva
a proponer a cada hombre el desafío de la vida
en unión con el Dios Trino que conocemos y adoramos
a través de una intensa vida de oración, al que
presentamos en nuestro testimonio coherente como comunidad cristiana al resto
de la sociedad, y al que acercamos al resto de
los hombres a través de una caridad expresada en nuestro
compromiso con los más abandonados... especialmente los más alejados de
la experiencia de Dios.
Los "instrumentos" que nos brinda la Iglesia
La
situación de ‘cristiandad’ que aún vivimos en pueblos mayoritariamente católicos,
ha hecho que quizás perdiéramos un poco de vista algunos
elementos fundamentales para dar una respuesta pastoral adecuada al fenómeno
de las sectas y particularmente de la proliferación de cultos
neo-paganos, de modo tal que nos restringimos a la práctica
sacramental de la confesión, dónde, por facilitarse el trato más
personalizado entre penitente y sacerdote, habitualmente recogemos las inquietudes de
conciencia y el deseo de reintegrarse a la plena comunión
eclesial.
Pero restringir la reinserción eclesial al mero trato privado en
el sacramento de la Penitencia puede que no siempre sea
el camino adecuado por al menos dos motivos.
El primero de
ellos es que no podemos perder la dimensión comunitaria de
nuestra relación con Dios, por ende, el ingreso o retorno
al ‘rebaño’ de quien estuvo alejado del ‘culto verdadero’, no
es una cuestión meramente privada, sino que ha de conllevar
y concretarse en la alegría de la comunidad cristiana que
recibe también a quién se había alejado. En este sentido
es preciso tener en cuenta la riqueza ritual del catolicismo,
expresada en este caso particular en el ritual de admisión
a la plena comunión de la Iglesia y en el
ritual de Iniciación Cristiana de Adultos que por ejemplo, prevé
en la iniciación de los catecúmenos una ‘renuncia a los
cultos paganos’.
El segundo, porque en todos los casos corresponde al
Obispo como cabeza de la Iglesia local la recepción a
la plena comunión eclesial, tanto de los adultos no bautizados,
como de aquellos que habíendo sido bautizados católicos se alejaron
de la fe, debiendo en estos últimos casos si no
corresponde levantar alguna de las penas de excomunión que el
derecho prevé en algunos casos.
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