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Autor: .
| Fuente: EWTN
Lea, Santa |
| Abadesa, Marzo 22 |
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| Lea, Santa |
De "la santísima Lea", como la llama san Jerónimo, sólo
sabemos lo que él mismo nos dice en una especie
de elogio fúnebre que incluyó en una de sus cartas.
Era una matrona romana que al enviudar - quizá joven
aún - renunció al mundo para ingresar en una comunidad
religiosa de la que llegó a ser superiora, llevando siempre
una vida ejemplarísima.
Estas son las palabras insustituibles de san Jerónimo: «De
un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció
ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes; después
de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba
las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más
con el ejemplo que con sus palabras».
«Fue tan grande su
humildad y sumisión, que la que había sido señora de
tantos criados parecía ahora criada de todos; aunque tanto más
era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora
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| Lea, Santa |
de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero,
comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo
eso de tal manera que huía en todo la ostentación».
No
sabemos más de esta dama penitente, cuyo recuerdo sólo pervive
en las frases que hemos citado de san Jerónimo. La
Roma en la que fue una rica señora de alcurnia
no tardaría en desaparecer asolada por los bárbaros, y Lea,
«cuya vida era tenida por todos como un desatino», llega
hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía
al tiempo.
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