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Autor: .
| Fuente: Archidiócesis de Madrid
Julio I, Santo |
| Papa, Abril 12 |
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| Julio I, Santo |
XXXV PapaSe conocen pocos datos de su vida anterior
a la elección para Sumo Pontífice el 6 de febrero
del 337, muerto el papa Marcos y después de ocho
meses de sede vacante. El Liber Pontificalis nos dice que
era romano y que su padre se llamaba Rústico.
La
primera de las actuaciones que deberá realizar -que le seguirá
luego por toda su vida- está directamente relacionada con la
lucha contra el arrianismo. Había sido condenada la herejía en
el Concilio universal de Nicea, en el 325; pero una
definición dogmática no liquida de modo automático un problema, cuando
las personas implicadas están vivas, se aferran a sus esquemas
y están preñadas de otros intereses menos confesables.
A la
muerte del emperador Constantino, por decreto, pueden regresar a sus
respectivas diócesis los obispos que estaban en el destierro. Es
el caso de Atanasio que vuelve a su legítima sede
de Alejandría con el gozo de los eclesiásticos y del
pueblo. Pero los arrianos habían elegido para obispo de esa
sede a Pisto y comienzan las intrigas y el conflicto.
El Papa Julio recibe la información de las dos partes
y decide el fin del pleito a favor de Atanasio.
Eusebio
de Nicomedia, Patriarca proarriano con sede en Constantinopla, envía una
embajada a Roma solicitando del papa la convocatoria de un
sínodo. Por su parte, Atanasio -recuperadas ya sus facultades de
gobierno- ha reunido un importante sínodo y manda al papa
las actas que condenan decididamente el arrianismo y una más
explícita profesión de fe católica.
Julio I, informado por ambas partes,
convoca el sínodo pedido por los arrianos. Pero estos no
envían representantes y siguen cometiendo tropelías.
Muere Eusebio y le
sucede Acacio en la línea del arrianismo. Otro sínodo arriano
vuelve a deponer a Atanasio y nombra a Gregorio de
Capadocia para Alejandría.
El papa recoge en Roma a los
nuevamente perseguidos y depuestos obispos con Atanasio a la cabeza.
Como los representantes arrianos siguen sin comparecer, Julio I envía
pacientemente a los presbíteros Elpidio y Filoxeno con un resultado
nulo en la gestión porque los arrianos siguen rechazando la
cita que pidieron.
En el año 341 se lleva a cabo
la convocatoria del sínodo al que no quieren asistir los
arrianos por más que fueron ellos los que lo solicitaron;
ahora son considerados por el papa como rebeldes. En esta
reunión de obispos se declara solemnemente la inocencia de Atanasio;
el papa manda una encíclica a los obispos de Oriente
comunicando el resultado y añade paternalmente algunas amonestaciones, al tiempo
que mantiene con claridad la primacía y autoridad de la
Sede Romana.
Los arrianos se muestran rebeldes y revueltos; en el
mismo año 341 reúnen otro sínodo en Antioquía que reitera
la condenar a Atanasio y en el que se manifiestan
antinicenos.
Estando así las cosas, el papa Julio I decide convocar
un concilio más universal. En este momento se da la
posibilidad de contar con la ayuda de Constancio y Constante
-hijos de Constantino y ahora emperadores- que se muestran propicios
a apoyar las decisiones del encuentro de obispos arrianos y
católicos. El lugar designado es Sárdica; el año, el 343;
el presidente, el español -consejero del emperador- Osio, obispo de
Córdoba. El papa envía también por su parte legados que
le representen.
Pero se complican las cosas. Los obispos orientales
arrianos llegan antes y comienzan por su cuenta renovando la
exclusión de Atanasio y demás obispos orientales católicos. Luego, cuando
llegan los legados que dan legitimidad al congreso, se niegan
a tomar parte en ninguna deliberación, apartándose del Concilio de
Sárdica, reuniendo otro sínodo en Philipópolis, haciendo allí otra nueva
profesión de fe y renovando la condenación de Atanasio. El
bloque compacto de obispos occidentales sigue reunido con Osio y
los legados.
Celebran el verdadero Concilio que declara la inocencia
de Atanasio, lo repone en su cargo, hace profesión de
fe católica y excomulga a los intrusos rebeldes arrianos. Como
conclusión, se ha mantenido la firmeza de la fe de
Nicea, reforzándose así la ortodoxia católica.
Aún pudo Julio I recibir
una vez más en Roma al tan perseguido campeón de
la fe y ortodoxia católica que fue Atanasio, cuando va
a agradecer al primero de todos los obispos del orbe
su apoyo en la verdad, antes de volver a Alejandría.
Julio
I escribirá otra carta más a los obispos orientales y
de Egipto.
En los 15 años de papado, sobresale su gobierno
leal no exento de muchas preocupaciones y desvelos por defender
la verdad católica. La lealtad a la fe y la
búsqueda de la justicia en el esclarecimiento de los hechos
fueron sus ejes en toda la controversia posnicena contra el
arrianismo. Su paciente gobierno contribuyó a la clarificación de la
ortodoxia fortaleciendo la primacía y autoridad de la Sede Romana.
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