|
| Santoral
| El más completo de la red |
 |
|
|
Autor: .
| Fuente: Enciclopedia Católica || ACI Prensa
Isidoro de Pelusio, Santo |
| Abad, 4 de febrero |
| |
 |
| Isidoro de Pelusio, Santo |
AbadMartirologio Romano: En Pelusio, en Egipto, san Isidoro, presbítero, hombre
de profunda doctrina, que, despreciando el mundo y las riquezas,
trató de imitar la vida de san Juan Bautista en
el desierto, vistiendo el hábito monástico (c. 449).
Etimología: Isidoro =
Don de Isis, es de origen griego. Nació en Alejandría en la segunda mitad del siglo
IV, murió no más tarde del 449-50. En ocasiones se
le designa por error como Isidoro de Damieta. Dejó su
familia y propiedades, se retiró a una montaña cerca de
la ciudad de Pelusio, cuyo nombre se conectó luego al
de él, y abrazó la vida religiosa en el monasterio
de Licnos, donde pronto fue famoso por su exactitud en
la observancia de la regla y por su austeridad. Un
pasaje en su voluminosa correspondencia ofrece razones para creer que
ejercía el oficio de abad. Facundo y Suidas se refieren
a él como sacerdote, aunque ninguno de estos escritores nos
informan a qué iglesia pertenecía; puede ser que no tuviera
puesto clerical, sino que sólo fuera sacerdote de un monasterio.
Su correspondencia nos da una idea sobre su actividad. Lo
muestran peleando contra clérigos indignos cuya elevación al sacerdocio y
al diaconato era un serio peligro y escándalo para los
fieles. Él se quejaba de que muchos laicos dejaban de
recibir los sacramentos para evitar contacto con estos hombres deshonrosos.
Su veneración por San Juan Crisóstomo le hizo proponerle a
San Cirilo de Alejandría que le hiciera completa justicia a
la memoria del gran doctor. Se opuso a los nestorianos
y durante el conflicto que surgió a finales del Concilio
de Éfeso entre San Cirilo y Juan de Antioquia, él
pensó que San Cirilo estaba muy obstinado. Por lo tanto
le escribió a este último en términos insistentes suplicándole, como
un hijo a su padre, que pusiera fin a la
división y no pusiera una ofensa privada como un pretexto
para una ruptura eterna. San Isidoro todavía estaba vivo cuando
la herejía de Eutiques comenzó a extenderse en Egipto; muchas
de sus cartas lo describen como oponiéndose a la afirmación
de una sola naturaleza en Jesucristo. Parece que su vida
no se prolongó más allá del 449, porque en sus
cartas no se menciona el Concilio Ladrón de Éfeso (agosto
de 449) ni el Concilio de Calcedonia (451).
Según Evagrio
del Ponto, San Isidoro fue el autor de un gran
número de escritos, pero dicho historiador no nos dice nada
más, excepto que uno de éstos iba dirigido a Cirilo,
incluso dejándonos en la duda de si esta persona era
el famoso obispo de Alejandría o un homónimo. Isidoro mismo
dice incidentalmente que él compuso un tratado “Adversus Gentiles” pero
que se perdió. Otra obra “De Fato”, de la cual
su autor nos dice que tuvo cierto grado de éxito,
también se perdió. Las únicas obras existentes de San Isidoro
son su considerable correspondencia, que comprenden cerca de dos mil
cartas. Aun este número parece ser pequeño comparado con la
gran cantidad escrita, pues San Nicéforo habla de 10,000. De
éstas existen 2,182 divididas en cinco libros que contienen respectivamente
590, 380, 413, 230 y 569 cartas. Estas cartas de
San Isidoro pueden ser divididas en tres clases, de acuerdo
al tema tratado: las que tratan sobre el dogma y
la Biblia, sobre la disciplina eclesiástica y monástica y sobre
la moralidad práctica para la guía de los laicos de
todas clases y condiciones. Muchas de estas cartas, como es
natural, tienen una importancia secundaria, muchas son meras notas. En
este artículo se le pondrá énfasis a las principales. Entre
éstas está la carta a Teologio contra los nestorianos, en
la cual Isidoro señala que hay una gran diferencia entre
la madre de los dioses en las fábulas y la
Madre de Jesucristo, el Hijo de Dios, pues la primera,
según reconocido por los paganos mismos, concebían y parían los
frutos del libertinaje, mientras que María concibió sin haber tenido
relación sexual con ningún hombre, como es reconocido por todas
las naciones del mundo.
Su carta a Hierax defiende la
legitimidad de la veneración de las reliquias; la carta a
Tuba muestra que era considerado impropio para un soldado cargar
una espada en la ciudad en tiempos de paz y
aparecer en público con armas y uniforme militar. Sus cartas
a personas en la vida religiosa traen muchas pistas importantes
que nos permiten tener una idea bastante exacta de las
normas intelectuales que existían en los centros monásticos egipcios. Isidoro
le reprocha al monje Taleleo el estar interesado en leer
a historiadores y poetas paganos cuyos escritos estaban llenos de
fábulas, mentiras y obscenidades capaces de abrir heridas ya sanadas
y de llamar al espíritu de la impureza a la
casa de donde había sido echado. Su consejo respecto a
los que abrazaban el estado monástico era que al principio
no se les hiciera sentir todo el rigor de la
austeridad de la regla para que no les tomaran repulsión,
y que no se les debía dejar ociosos y exentos
de las tareas ordinarias para que no fueran a adquirir
el hábito de la pereza, sino que se les debía
guiar paso a paso a la perfección. Las grandes abstinencias
no sirven un gran propósito si no van acompañadas de
la mortificación de los sentidos. En un gran número de
las cartas de San Isidoro respecto al estado monástico se
debe notar que él afirma que consiste principalmente en el
retiro y la obediencia; que el retiro incluye olvidar todas
las cosas que se han dejado atrás y la renuncia
a viejos hábitos, mientras que la obediencia se obtiene mediante
la mortificación de la carne. El monje de un hábito
debe ser de cuero, y su comida debe consistir de
hierbas, a menos que la debilidad corporal requiera algo más,
en cuyo caso debe ser guiado por el juicio de
su superior, pues él no se debe gobernar a sí
mismo, sino de acuerdo a la voluntad de los que
han crecido en la práctica de la vida religiosa.
Aunque
la mayoría son muy breves, la mayoría de las cartas
de Isidoro contienen mucha instrucción, la cual a menudo se
expone con elegancia, ocasionalmente con un cierto arte literario. Su
estilo es natural, sin afectación, aunque no carece de refinamiento.
La correspondencia se caracteriza por una imperturbable ecuanimidad de temperamento;
ya sea que esté explicando o regañando, disputando o elogiando,
siempre hay la misma moderación, los mismos sentimientos de sinceridad,
el mismo gusto sobrio. En la explicación de las Escrituras
el santo no disimila su preferencia por el sentido moral
y espiritual, el cual juzga más útil para aquellos que
lo consultan. Por doquier se le veía practicando lo que
enseñaba a otros, es decir que su vida correspondía con
sus palabras (coherencia), que uno debe practicar lo que enseña,
y que no es suficiente indicar lo que se debe
hacer, si uno no traduce sus palabras en acción.
|
|
| |
| Herramientas
del Artículo:
|
|
|
|
|
Escribir un comentario sobre este artículo
|
|
 |
| Inicio
|
Secciones
|
Comunidades
|
Servicios
|
Consultorios
|
Alianzas
|
Foros
|
Contacto
|
|
 |
|