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| Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno, Beato |
Presbítero y Fundador de la Congregación de las Hermanas de la
Caridad de la Santísima Virgen María de la MercedMartirologio Romano: En
la ciudad de Málaga, en España, beato Juan Nepomuceno Zegri
y Moreno, presbítero, que consagró su vida en el ministerio
al servicio de la Iglesia y de las almas, y,
para procurar mejor la gloria de Dios Padre en Cristo,
fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad de
la Santísima Virgen María de la Merced (1905).
Etimológicamente: Juan
= Dios es misericordia, es de origen hebreo. Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno, fundador de la
Congregación religiosa de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, nació
en Granada, el 11 de octubre de 1831, en el
seno de una familia cristiana. Sus padres, don Antonio Zegrí
Martín y doña Josefa Moreno Escudero, le dieron una esmerada
y cuidada educación. Forjaron su rica personalidad en los valores
humano‑evangélicos, haciendo de él un verdadero cristiano, comprometido con la
causa de Jesucristo y de los pobres, desde su juventud.
Fue un excelente estudiante y una gran persona. Cursó estudios
de humanidades y de jurisprudencia, destacando por su inteligencia, pero,
sobre todo, por su gran humanidad y por una intensa
vida cristiana: dedicado a la oración y a la caridad
con los pobres.
Dios Padre, que llama a los que
quiere para realizar sus grandes obras, le llamó a participar
del sacerdocio de Jesucristo para servir a los seres humanos
el Evangelio de la caridad redentora. Cursó sus estudios en
el Seminario de San Dionisio de Granada, siendo ordenado sacerdote
en la catedral de Granada el día 2 de junio
de 1855. Ser sacerdote de Jesucristo fue su gran vocación,
de tal manera que estaba dispuesto a los mayores sacrificios,
con tal de realizar este sueño, alimentado desde su temprana
juventud.
Como sacerdote estuvo en las parroquias de Huétor Santillán y
de San Gabriel de Loja (Granada). En ambas parroquias desarrolló
su vocación de pastor, a ejemplo del Buen Pastor, que
da la vida por sus ovejas. Cuando tomó posesión de
una de estas parroquias, dijo lo que quería ser para
los demás desde la vocación que había recibido: como buen
pastor, correr tras las ovejas descarriadas; como médico, curar los
corazones enfermos a causa de la culpa y derramar sobre
todos la esperanza; como padre, ser la providencia visible para
todos aquellos que, gimiendo en la orfandad, beben el cáliz
de la amargura y se alimentan con el pan de
la tribulación. Su vida sacerdotal estuvo presidida por una profunda
experiencia de Dios; un profundo amor a Jesucristo Redentor, con
quien se configuró, aprendiendo desde el sufrimiento la obediencia; un
gran amor a María, su sin igual Madre y protectora;
una vida intensa de oración, fuente de caridad; una pasión
grande por el Reino en sus pobres, y un intenso
amor a la Iglesia, viviendo la comunión con ella, a
pesar de la oscuridad de la fe y de los
sufrimientos que le llegaron desde el seno de la misma
Iglesia.
Fue un evangelizador infatigable. Le gustaba orar, reflexionar y escribir
sus sermones. No decía lo que no oraba, y proclamaba
lo que estaba en el centro de su corazón, inflamado
por el amor de Dios. Anunciaba lo que creía. Su
palabra invitaba a todos a vivir la vida cristiana con
radicalidad y los sagrados vínculos de la religión cristiana. Toda
su vida fue Eucaristía, pan partido para ser comido; celebración
del amor de Dios en la entrega de su propia
existencia. Y fue, también, reconciliación. Celebró el sacramento del perdón
haciéndose perdón, misericordia y compasión para todos, especialmente para sus
enemigos y para aquellos que le calumniaron.
Ostentó cargos importantes, pero
él vivió la maravillosa humildad de Dios, revelada en el
himno de la carta a los Filipenses 2,5. Fue examinador
sinodal en las diócesis de Granada, Jaén y Orihuela; juez
sinodal y secretario en oposiciones a curatos en la diócesis
de Málaga; Canónigo de la catedral de Málaga y visitador
de religiosas. También fue formador de seminaristas, predicador de su
Majestad la Reina, Isabel II, y capellán real.
Impactado por
los problemas sociales y por las necesidades de los más
desfavorecidos, se sintió llamado a fundar una Congregación religiosa para
liberar a los seres humanos de sus esclavitudes. La funda
bajo la protección e inspiración de María de la Merced,
la peregrina humilde de la gratuidad de Dios, en Málaga,
el 16 de marzo de 1878. El fin: Practicar todas
las obras de misericordia espirituales y corporales en la persona
de los pobres, pidiendo a las religiosas que todo cuanto
hicieran fuera en bien de la humanidad, en Dios, por
Dios y para Dios. La Congregación, en pocos años, se
extiende por muchas diócesis españolas bajo la exigencia de la
dinamicidad de su inspiración carismática: Curar todas las llagas, remediar
todos los males, calmar todos los pesares, desterrar todas las
necesidades, enjugar todas las lágrimas, no dejar, si posible fuera
en todo el mundo, un solo ser abandonado, afligido, desamparado,
sin educación religiosa y sin recursos. El P. Zegrí, inflamado
en el amor de Dios, llegó a decir que la
caridad es la única respuesta a todos los problemas sociales
y que no concluirá mientras haya un solo dolor que
curar, una sola desgracia que consolar, una sola esperanza que
derramar en los corazones ulcerados; mientras haya regiones lejanas que
evangelizar, sudores que verter y sangre que derramar para fecundar
las almas y engendrar la verdad en la tierra.
Probado como
oro en el crisol, y enterrado en el surco de
la tierra, como el grano de trigo, pues fue calumniado
y apartado de la obra por él fundada, primero por
la Iglesia, y después, por las mismas religiosas, muere un
17 de marzo de 1905 en la ciudad de Málaga,
solo y abandonado, como él había decidido morir; a ejemplo
del Crucificado, fijos los ojos en el autor y consumador
de nuestra fe. Muere como fiel hijo de la Iglesia,
y bajo el signo de la obediencia de la fe,
como los grandes testigos y los grandes creyentes.
Elaboró una rica
espiritualidad en la que hoy bebemos las religiosas, los mercedarios
de la caridad y tantos laicos que, impactados por su
vida, por la caridad que derramó en los pobres y
por la forma en que decidió morir, quieren hacer camino
de vida cristiana desde su inspiración carismática. Los ejes fundamentales
de la misma son:
— la caridad redentora, para hacer beneficios
a la humanidad y servir a los pobres el Evangelio
del amor y de la ternura de Dios, pues la
caridad, que es Dios, se manifiesta enjugando lágrimas, socorriendo infortunios,
haciendo bien a todos y dejando a su paso torrentes
de luz
— el amor y la configuración con Jesucristo Redentor,
en su misterio pascual, pues el rasgo de amor místico
que casi identifica con Jesucristo el corazón del hombre, desprendido
de toda recompensa, es el sublime ideal de la caridad
—
el amor a María de la Merced, pues Ntra. Sra.
de las Mercedes es de todos y para todos, ya
que no hay título más dulce, invocación más suave, nomenclatura
más amplia que la merced y misericordia de María.
Vivió
e hizo suyas todas las virtudes cristianas de manera heroica,
sobre todo la fe, la esperanza y la caridad, y
todas aquellas virtudes humanas que dan elegancia a la caridad
y la hacen entrañable en las relaciones: humildad, afabilidad, dulzura,
ternura, misericordia, bondad, mansedumbre, paciencia, generosidad, gratuidad y benevolencia. También
se distinguió por su prudencia, por su fortaleza en el
sufrimiento, por su transparencia en la búsqueda de la verdad
y por el sentido de la justicia que tuvieron todos
sus actos y decisiones. La Iglesia reconoció sus virtudes heroicas
proclamándolo Venerable el día 21 de diciembre del año 2001.
Dios Padre, por su intercesión, realizó un milagro, en la
persona de Juan de la Cruz Arce, en la ciudad
de Mendoza, Argentina, que la Iglesia ha considerado de segundo
grado, restituyéndole el páncreas, que se le había extirpado totalmente
en una intervención quirúrgica.
Su vida es un desafío para
todos los que seguimos su espiritualidad, no tanto por lo
que hizo, sino porque supo amar a la manera de
Dios, sirviendo el Evangelio de la caridad a los más
necesitados. Él nos reveló que la ternura y la misericordia
de Dios se hacen realidad en el corazón de los
seres humanos por el misterio de la redención del Hijo
y haciendo camino con Él. El P. Zegrí hizo camino
de discipulado entregándose total y exclusivamente a Jesucristo crucificado, como
podemos leer en su testamento espiritual, viviendo sus mismas actitudes
y sentimientos, ofreciéndose totalmente a Él para bien de la
humanidad; perdonando a quienes le calumniaron, no teniendo en cuenta
el mal y creando lazos de comunión, de encuentro y
de relación; construyendo humanidad nueva en aras de la caridad
más exquisita y amando a María, la mujer nueva, que
sostuvo su existencia en la fe y su fe anclada
en el misterio de Dios.
Su beatificación, (realizada el 9 de
noviembre de 2003), nos introduce a todos en la merced
de Dios, en ese espacio de gratuidad en la que
el Señor es jaris permanente, gracia liberada y redención de
todo lo que oprime a los hombres y mujeres de
hoy. A este testigo de la caridad de Dios nos
encomendamos para que el Espíritu Santo transforme nuestra vida en
fuego de amor, de tal manera que en nuestro camino
de discipulado, y cargando sobre nuestros hombros los dolores de
la humanidad, nos asemejemos a un astro que ilumina sin
quemar, a una ráfaga que purifica sin destruir, a un
arroyo que fecunda sin inundar.
Si usted tiene información relevante
para la canonización del Beato Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno,
contacte a: Hermanas Mercedarias de la Caridad
C/ Serrano, 132 28006 Madrid, ESPAÑA |
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