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| María Enriqueta (Ana Catalina) Dominici, Beata |
ReligiosaMartirologio Romano: En Turín, del Piamonte, beata María Enriqueta (Ana
Catalina) Dominici, de las hermanas de Santa Ana y de
la Providencia, que gobernó sabiamente y engrandeció su Instituto durante
treinta años hasta su muerte (1894).
Fecha de beatificación: 7 de
mayo de 1968 por Pablo VI. La Beata María Enriqueta Dominici nació el día diez de
octubre de 1829 en Borgo Salsasio, Camagnola (Turín, Italia) ingreso
a la Congregación de Religiosas Hermanas de Santa Ana, ya
hechos sus votos perpetuos, murió en olor de santidad el
día 21 de febrero del año de 1838 en la
ciudad de Turín, en Italia.
Su proceso de beatificación fue iniciado
el día 4 de abril de 1943, la Congregación para
las Causas de los Santos, su Santidad el Papa Pablo
VI aprobó la heroicidad de sus virtudes y la declaró
digna de veneración -"Venerable"- el día 1 de febrero del
año de 1975, finalmente, aprobó el milagro atribuido por su
intercesión y la declaró beata el 7 de mayo de
1978.
Si se obtiene un favor o gracia especial atribuida por
la intercesión de la Beata Hermana María Enriqueta Dominici, por
favor hacer comunicar a su Causa de beatificación: Suore di
Sant´Anna, Via degli Aldobrandeschi, 100, 00163 Roma, Italia.
Para tomar en
cuenta: El fundador de la Congregación de las Religiosas Hermanas
de Santa Ana fue Carlos Tancredo Falleti de Barolo, esposo
de Julia Victorina Colbert Falleti de Barolo, ambos fundadores de
la Congregación de las Hermanas Religiosas de Santa Ana.
Homilía completa
del Papa Pablo VI en la Misa de beatificación, el domingo 7
de mayo de 1978fuente: Vatican.va Venerados hermanos e hijos
queridísimos: La Iglesia entera está hoy de fiesta. porque puede presentar
a la veneración y a la imitación de sus hijos
y de sus hijas a una nueva beata, María Enriqueta
Dominici, de las Hermanas de Santa Ana y de la
Providencia.
A primera vista, la vicisitud terrena de la Beata María
Enriqueta -cuya biografía acabamos de escuchar- parece la ordinaria de
una religiosa que vivió en la segunda mitad del siglo
XIX, y consiguientemente vinculada y condicionada por una mentalidad que
actualmente podría dar la impresión de superada.
Pero apenas nos adentramos
en la profundización y en la contemplación de esta alma,
descubrimos una riqueza, una fecundidad y una modernidad que nos
fascinan y nos arrastran. En este sondeo espiritual nos sirven
de ayuda tanto los testimonios de las personas que la
conocieron y vivieron durante años a su lado, como la
Autobiografía y el Diario, escritos por orden del director espiritual,
y las numerosas Cartas que de ella se conservan.
María Enriqueta
Dominici fue ante todo una mujer, una religiosa, que tuvo
y experimentó de manera fuerte y viva el sentimiento de
la fragilidad esencial del ser humano y el sentido de
la absoluta grandeza y transcendencia de Dios. Es el mensaje
fundamental que, ya en el Antiguo Testamento, encontró en el
libro del Profeta Isaías una de sus más altas expresiones
teológicas y poéticas: "Toda carne es hierba, y su belleza
como flor campestre... Se agosta la hierba, se marchita la
flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece por siempre...
El Señor es un Dios eterno y creó los confines
del orbe" (Is 40, 6. 8. 28; cf. 1 Pe
1, 24). La grandeza de Dios pone de manifiesto, por
contraste, la pobreza esencial del hombre; éste, por tanto, sólo
llega a ser algo en la medida en que reconoce
su dependencia de Dios, y vale en la medida en
que conscientemente actúa a la luz de la voluntad del
Altísimo.
Un mensaje claro que afecta profundamente en particular al hombre
contemporáneo, el cual escucha, a todos los niveles, el eco
de las contestaciones originadas por el fenómeno de la secularización.
María
Enriqueta Dominici comprende desde muy joven que vale la pena
consagrar por entero la propia vida a Dios, y -como
ella misma nos confiesa- se deleitaba "en el deseo siempre
creciente de ser buena y de servir al Señor de
todo corazón"; y, haciéndose eco de las célebres palabras de
San Agustín (cf. Confesiones; I, 1), reconoce: "Solamente mi Dios
podía llenar y saciar mi pobre corazón; todo lo demás
no me importa".
Pero Dios, a quien desde niña buscó y
encontró y al que quiere servir durante toda la vida,
se le presenta como el Padre de amor infinito. Discípula
de Cristo, María Enriqueta, en sus escritos, en sus cartas,
en sus conversaciones, llamará a Dios con el nombre familiar
de "Papá mío", y con una sencillez y seguridad que
sólo las almas llenas de fe pueden tener, escribía: "Me
parecía reposar toda en el regazo de Dios como una
niña que duerme tranquilamente en el regazo de su madre:
yo amaba a Dios, y casi diría, si no temiese
exagerar, que saboreaba su bondad".
La entrega a Dios en la
vida religiosa lleva consigo un abandono absoluto a su voluntad
(cf. Mt 7, 21). María Enriqueta decidió cumplir siempre, a
toda costa, la voluntad de Dios: "Soy toda de mi
Dios y El es todo mío. ¿Qué puedo temer?, -escribe-.
Y, ¿qué no podré hacer y padecer por su amor,
siendo toda suya?... Dios mío, quiero hacer vuestra voluntad y
nada más".
Este, nos parece, es el primer aspecto saliente de
la figura espiritual de la nueva beata; aspecto esencialmente religioso,
que supone un doble reconocimiento simultáneo: el de la infinita
transcendencia del Dios inefable, y el no menos inefable de
la intimidad que Dios mismo concede, por la misteriosa mediación
de Cristo, a quien no la rehúsa autorizando a dirigirse
a El con el nombre supremo y confidencial de Padre,
que infunde en nosotros el espíritu y el lenguaje de
hijos privilegiados de la adopción (cf. Rom. 8, 15; 9,
4; Gál 4, 5; Ef 1, 5).
Además de este primer
aspecto, que podríamos llamar teológico, de la Beata María Enriqueta
Dominici, nos parece que debemos poner de relieve otro aspecto
suyo característico (si bien compartido por no pocas figuras religiosas
de su tiempo), a saber, el ascético, propio también de
la vida religiosa.
La consagración religiosa implica asimismo despojo, abnegación de
sí, renuncia, sufrimiento, porque la religiosa ha de ser la
esposa fiel que sigue a Cristo en su camino hacia
la cruz (cf. Mt 16, 24; Lc 9, 23). Ya
en los propósitos de su profesión religiosa, María Enriqueta, convencida
del valor incomparable de la "sabiduría de la cruz", escribía:
"Haré a menudo mi morada en el Huerto de los
Olivos y en el Monte Calvario, donde se reciben lecciones
importantísimas y muy útiles".
Siendo jovencísima había soñado con el claustro.
Pero Dios tenía otro planes. A los 21 años ingresó
en el instituto de las Religiosas de Santa Ana y
de la Providencia, obra que había surgido en Turín el
año 1834 por iniciativa del piadoso matrimonio piamontés Carlo Tancredi
y Giulia Colbert, marqueses Falletti di Barolo, con la finalidad
de ofrecer un educación adecuada a las muchachas de familias
menos pudientes.
A esta congregación, cuyas finalidades espirituales sintonizaban con las
exigencias de los tiempos, madre María Enriqueta dio, en sus
33 años de generalato, un impulso y un ardor extraordinarios,
con excepcional apertura y lúcida visión de los problemas urgentes
de Italia y de la Iglesia en aquel período complejo
e intrincado que va del 1861 -año en que la
beata fue elegida por primera vez superiora general- al 1894,
año de su piadoso fallecimiento.
En su vida religiosa, primero como
novicia, luego como profesa y más tarde como superiora general,
la beata vivió con gozosa generosidad la plenitud del mensaje
evangélico: la pobreza, la castidad y la obediencia, demostrando que
la vida consagrada, lejos de encerrar al alma en una
especie de fortaleza individualista, le abre horizontes insospechados e inexplorados,
y le da misteriosas capacidades de fecundidad interior.
El tercer aspecto,
que nos parece muy digno de relieve en la nueva
beata, es el social: María Enriqueta confirmó asimismo, una vez
más, la gran verdad evangélica de que el auténtico amor
a Dios es también verdadero amor al prójimo, especialmente a
los pobres en el cuerpo y en el espíritu (cf.
Mt 25, 34 ss.; Jn 15, 12 ss.; 1 Jn
2, 10 ss.; 3, 16. 23). Su gran modelo es
siempre Cristo: "Vivir para Jesús, padecer por Jesús, sacrificarse por
Jesús".
La beata María Enriqueta amó inmensa y tiernamente a su
congregación, a la que -bajo su guía- vio crecer y
dilatarse de modo admirable hasta las misiones en la India;
amó a sus "queridísimas hijas"; amó a los niños, a
las muchachas mediante las variadas y geniales iniciativas del instituto;
amó a la Iglesia y al Papa; amó y oró
por su patria, en un período en que las relaciones
entre Piamonte y la Sede Apostólica se hacían cada vez
más difíciles y complejas.
Sus últimas palabras, dirigidas a sus hermanas
antes de dejar esta tierra, fueron: "Recomiendo la humildad... y
la humildad".
Creemos que en esta frase suya, sencilla y suprema,
se sintetiza el gran mensaje que la nueva beata dirige
a los contemporáneos.
Humildad que, con relación a Dios, se convierta
en adoración. El hombre aprenda de nuevo el gesto fundamental
de la fe religiosa, que no lo humilla, antes lo
engrandece, porque le hace reconocer su dimensión esencial de creatura.
"La fe es oscura -escribía la beata-, pero nos deja
siempre luz suficiente para caminar hacia Dios".
Humildad que, con relación
a los demás, se convierta en caridad, servicio, solidaridad, convivencia
armoniosa y paz, con la consiguiente repulsa, a nivel personal
y social, del abuso y de la violencia.
Humildad que, con
relación a la Iglesia, se convierta en amor y docilidad,
con el convencimiento de que ella es "en Cristo como
un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género
humano" (Lumen gentium, 1). Humildad que, con relación a nosotros mismos,
se convierta en conciencia serena de que nuestra existencia humana
sólo puede adquirir su significado global y auténtico si nos
incorporamos al designio amoroso de la voluntad de Dios: "Querer
lo que Dios quiere, como Dios lo quiere y hasta
que El lo quiera". Son palabras de la Beata María
Enriqueta que confiamos a vuestra reflexión.
¡Así sea! |
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