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| Santoral
| El más completo de la red |
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Autor: Luis Alfonso Orozco
| Fuente: libro "Madera de Héroes" || www.santotoribioromo.com
Toribio Romo González, Santo. |
| El santo protecor de los "mojados", Febrero 25 |
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| Toribio Romo González, Santo. |
Mártir MéxicanoMartirologio Romano: En la aldea de Tequila, en el
territorio de Guadalajara, en México, santo Toribio Romo, presbítero y
mártir, que a causa de su condición sacerdotal fue asesinado
en tiempo de persecución religiosa (1928).
Etimología: Toribio = "Ruidoso" o
"Movido", es de origen griego.
Fuente: www.santotoribioromo.com Nació en Santa
Ana de Guadalupe, ranchería (actualmente, con 390 habitantes) que pertenece
al municipio de Jalostotitlán, en la zona de Los Altos
de Jalisco, el 16 de abril de 1900. Fue hijo
de Patricio Romo Pérez y de Juana González Romo, quienes
lo llevaron a bautizar al día siguiente de su nacimiento
a la parroquia de la Virgen de la Asunción.
Como
todos los niños, acudió a la escuela parroquial de su
pueblo y a la edad de doce años, por consejo
de su hermana y con el apoyo de sus padres,
ingresó al Seminario auxiliar de San Juan de los Lagos.
María, además de hermana, fue una celosa promotora de la
educación de Toribio. Sus padres oponían resistencia a que estudiara,
pues era un apoyo en las faenas propias del campo.
"Quica", como era llamada familiarmente María por sus parientes más
cercanos, incluso contribuyó a infundir en él su vocación y
fue quien lo acompañó en todos sus destinos para auxiliarlo.
SACERDOCIO
Después de ocho años pasó al Seminario de Guadalajara. a
los 21 años de edad debió solicitar dispensa de edad
a la Santa Sede antes de proceder a la recepción
del orden presbiteral. El señor arzobispo Francisco Orozco y Jiménez
le confirió el diaconado el 22 de septiembre de 1922,
y el 23 de diciembre del mismo año administró la
ordenación sacerdotal. Prestó su servicios ministeriales en Sayula, Tuxpan, Yahualica
y Cuquío. En la parroquia de este último destino se
encontró con el señor cura Justino Orona, padre bondadoso que
le brindó su amistad.
La persecución callista contra la Iglesia
Católica enardeció los ánimos de los habitantes de Cuquío y
el 9 de noviembre de 1926 se levantaron en armas
más de trescientos hombres para repeler la opresión del Gobierno,
que perseguía a muerte al párroco y a los sacerdotes,
quienes anduvieron a salto de mata huyendo de un lugar
a otro, esperando de un momento a otro la muerte.
El padre Toribio escribió en su diario: ..."Pido a Dios
verdadero mande que cambie este tiempo de persecución. Mira que
ni la Misa podemos celebrar tus Cristos; sácanos de esta
dura prueba, vivir los sacerdotes sin celebrar la Santa Misa...
Sin embargo, qué dulce es ser perseguido por la justicia.
Tormenta de duras persecuciones ha dejado Dios venir sobre mi
alma pecadora. Bendito sea El. A la fecha, 24 de
junio, diez veces he tenido que huir escondiéndome de los
perseguidores, unas salidas han durado quince días otras ocho... unas
me han tenido sepultado hasta cuatro largos días en estrecha
y hedionda cueva; otras me han hecho pasar ocho días
en la cumbre de los montes a toda la voluntad
de la intemperie; a sol, agua y sereno. La tormenta
que nos ha mojado, ha tenido el gusto de ver
otra que viene a no dejarnos secar, y así hasta
pasar mojados los diez días..."
Su gran amor a la
Eucaristía le hacía repetir con frecuencia esta oración: Señor, perdóname
si soy atrevido, pero te ruego me concedas este favor:
no me dejes ni un día de mi vida sin
decir la Misa, sin abrazarte en la Comunión... dame mucha
hambre de Ti, una sed de recibirte que me atormente
todo el día hasta que no haya bebido de esa
agua que brota hasta la Vida Eterna, de la roca
bendita de tu costado herido. ¡Mi Buen Jesús!, yo te
ruego me concedas morir sin dejar de decir Misa ni
un solo día.
En septiembre de 1927, el padre Toribio
tuvo que retirarse y desde el cerro de Cristo Rey
lloró afligido porque tenía que dejar el pueblo, decir adiós
a su querido párroco; porque los superiores le ordenaban que
se hiciera cargo de la parroquia de Tequila, Jalisco, lo
cual no era una misión apetecible ya que el municipio
era entonces uno de los lugares donde las autoridades civiles
y militares más perseguían a los sacerdotes.
No se intimidó
por ello y localizó una antigua fábrica de tequila que
se encontraba abandonada cerca del rancho Agua Caliente, la utilizó
como refugio y lugar para seguir celebrando misas.; presintió que
allí sería su muerte inevitable, y lo dijo: "Tequila, tú
me brindas una tumba, yo te doy mi corazón".
Por
los graves peligros el padre Toribio no podía vivir en
el curato de Tequila, y se hospedó en la barranca
de Agua Caliete en la casa del señor León Aguirre.
En diciembre de 1927, el hermano menor de Toribio fue
ordenado sacerdote y enviado también a Tequila como vicario cooperador;
a los pocos días llegó también su hermana María para
atenderlos y ayudarlos.
MARTIRIO
El padre Toribio había ofrecido su sangre
por la paz de la Iglesia y pronto el Señor
aceptó el ofrecimiento. El Miércoles de Ceniza, 22 de febrero,
el padre Toribio pidió al padre Román (su hermano) que
le oyera en confesión sacramental y le diera una larga
bendición; antes de irse le entregó una carta con el
encargo de que no la abriera sin orden expresa. También
pasó jueves y viernes arreglando los asuntos parroquiales para dejar
todo al corriente. A las 4 de la mañana del
sábado 25 acabó de escribir, se recostó en su pobre
cama de otates y se quedó dormido.
De pronto una
tropa compuesta por soldados federales y agraristas, avisados por un
delator, sitió el lugar, brincaron las bardas y tomaron las
habitaciones del señor León Aguirre, encargado de la finca y
unagrarista grita: "¡Este es el cura, mátenlo!" Al grito despertaron
el padre y su hermana y él contestó asustado: "Sí
soy... pero no me maten"... No le dejaron decir más
y dispararon contra él; con pasos vacilantes y chorreando sangre
se dirigió hacia la puerta de la habitación, pero una
nueva descarga lo derribó. Su hermana María lo tomó en
sus brazos y le gritó al oído: "Valor, padre Toribio...
¡Jesús misericordioso, recíbelo! y ¡Viva Cristo Rey!" El padre Toribio
le dirigió una mirada con sus ojos claros y murió.
Estando muerto ya su hermano, la amarraron espalda con espalda
con el cadáver, en tanto armaban una camilla de ramajes
para transportar el cuerpo del Padre Toribio.
Los verdugos lo
despojaron de sus vestiduras y saquearon la casa para después
llevarse presa a su hermana María a pie hasta el
poblado de “La Quemada”, sin permitirle que sepultara a su
hermano, pero antes habían pasado frente a la presidencia municipal
con el cadáver del Mártir Toribio sobre la camilla improvisada
con palos que transportaban unos vecinos, pero ahí, los soldados
que, además, iban silbando y cantando obscenidades al tiempo que
los demás rezaban.
María, ya liberada de su breve aprisionamiento,
descalza, así como estaba, viajó a pie hasta Guadalajara, a
casa de sus padres, para aislarse del odio, cobijarse en
el amor paterno y llorar con los suyos la pérdida
de su «querido niño».
La familia Plascencia consiguió permiso de
velarlo en su casa y al día siguiente, domingo 26
de febrero, con mucha gente que rezaba y lloraba, lo
sepultaron en el panteón municipal.
Pasados algunos días su hermano
el Padre Román, obediente, abrió la carta en Guadalajara, encontrándose
con que era el testamento del Padre Toribio y leyó
su contenido: "Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianitos
padres, haz cuanto puedas por evitarles sufrimientos. También te encargo
a nuestra hermana Quica que ha sido para nosotros una
verdadera madre... a todos, a todos te los encargo. Aplica
dos misas que debo por las Almas del Purgatorio, y
pagas tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al
señor cura de Yahualica..."
RELIQUIAS
El padre Toribio murió como mártir
de la fe cristiana el 25 de febrero de 1928.
Veinte años después de su sacrificio, los restos del mártir
Toribio Romo regresaron a su lugar de origen, y fueron
depositados en la capilla construida por él, en Jalostotitlán.. El
22 de noviembre de 1992 fue beatificado, y el 21
de mayo de 2000 fue canonizado junto con 24 compañeros.
RELATO DE MARGARITA ROMO sobrina de
Santo Toribio
Aún es posible rescatar la memoria histórica de nuestros
Santos Mártires, pues sobreviven testigos, familiares y personas que tuvieron
contacto personal con ellos o con algún familiar directo. Tal
es el caso de Margarita Romo Enríquez, sobrina carnal de
Santo Toribio. Hija de Francisco Romo, hermano del santo y
vecina del tradicional barrio de Santa Teresita, -lugar entrañablemente relacionado
con la vida de los Romo-, ella tiene mucho qué
decir de Santo Toribio. A sus 73 años su figura
es erguida; de tez blanca y ojos azules, como los
de mucha gente bella de Los Altos, su rostro amable,
sereno y la gran lucidez en el discurso de su
charla, descubren en ella la envidiable madurez y la satisfacción
que deja el deber cumplido.
De su padre, Francisco, y
de su tía María, «Quica» para la gente más cercana
a ella, conserva frescas en su memoria las palabras, expresiones
y anécdotas que les oyó decir.
Relata Margarita que desde
pequeño, Toribio empezó a evidenciar rasgos de su vocación:
«En
una ocasión, allá en Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, lugar
donde nació el santo, `Quica´ y su hermana Hipólita, a
quien cariñosamente decían `Pola´, se encontraban haciendo una alba debajo
de un mezquite, para el Cantamisa del Padre Juan Pérez,
quien iba a celebrar ahí.
El pequeño Toribio, de cuatro
o cinco años de edad, rondaba el lugar; llegándose a
ellas tocó el alba y preguntó a Quica: -¿Qué están
haciendo?... -Una alba para el padre. -`¿Algún día me pondré
una de éstas?... Pola se volteó y le dijo: `No
se hizo la miel para el hocico de los burros´.
Quica, como reprendiendo a su hermana, respondió a Toribio: `Sí,
no se hizo la miel para el hocico de los
burros pero tú te pondrás una de éstas´, ante la
admiración del pequeño y la misma `Pola´»... Estas palabras resultaron
proféticas.
Doña Margarita sonríe al recordar las travesuras de su
tío, hoy santo: «Tanto Toribio como su hermano Román eran
muy traviesos cuando pequeños. En una ocasión, Toribio pidió a
su cuñado Luis prestarse a una travesura; este último se
haría pasar por muerto y Toribio sería quien diera el
anuncio. Por supuesto que la broma era pesada; causó alboroto,
duelo y conmoción en los que ahí estaban. La farsa
duró hasta que le pegaron un cigarro encendido en la
boca al «difunto». Se comprende que ahí terminó todo, no
sin graves reclamos para los dos bromistas.
«Era un niño
particularmente devoto y trabajador -abunda-. Además de asistir a la
escuela en Jalostotitlán, empleaba su tiempo en hacer mandados: repartía
tortillas en las casas, entregaba la ropa que hilaban, pero
también iba temprano a la parroquia a cumplir sus deberes
de acólito. Se le veía con frecuencia hacer la visita
al Santísimo y sorprendía verlo desde pequeño muy dedicado a
la oración. Él mismo invitaba a otros jovencitos, chiquillos, al
rezo del Rosario a la orilla del río». Muchos recuerdos
se agolpan de pronto en la mente y corazón de
Margarita, y sus ojos se rasan de emoción.
Su preparación
al sacerdocio la completó en Guadalajara, en el Seminario de
San José, a donde pasó el mes de octubre de
1920. Ahí se distinguió no sólo por ser buen estudiante,
sino por otros méritos así como por ser muy juguetón
y alegre. Por ello sus compañeros le pusieron el alias
de “El Chirlo”. Hay una anécdota muy especial en la
vida del Padre Toribio:
Desde que era seminarista, se había
empeñado en la construcción de una capillita en su rancho
natal, siendo cosa notable que, el día 5 de enero
de 1923, prácticamente unas horas antes de su Cantamisa, se
cerró la última bóveda que faltaba en dicha edificación, lo
cual le permitió decir su primera misa con gran devoción,
en compañía de sus familiares y amigos.
Su inicial destino
fue Sayula, Jal., pero ahí la gente, en general, no
lo comprendió, ocasionándole ello muchas dificultades, al punto de que
la jerarquía eclesiástica tuvo que mudarlo a la parroquia de
Tuxpan, Jal., pueblo que está situado prácticamente al pie del
Volcán de Colima y cuyos habitantes lo trataron con verdadero
cariño.
A poco lo volvieron a cambiar, pero ahora a
Yahualica, Jal., región totalmente distinta a la anterior, pero de
“aires alteños” y muy cercana a su lugar de nacimiento.
Quizá eso le infundió muchos bríos para trabajar en su
apostolado pero, como paradoja, ahí lo frenaron prohibiéndole hasta que
rezara el rosario en público y celebrara misa, lo cual
lo llevó rumbo al arzobispado para poner las cosas en
claro.
El resultado fue un nuevo cambio, ahora a Cuquío,
Jal., que tenía como párroco al señor cura Justino Orona
Madrigal (ahora Santo Mártir). En el encontró a un padre
bondadoso que supo comprenderlo y apoyarlo en su entusiasmo para
llevar a cabo los trabajos pastorales. La persecución callista llegó
a Cuquío enardeciendo los ánimos de los habitantes, de quienes
se dice que "anochecían cristianos y amanecían cristeros".
En diciembre
de 1927 fue ordenado sacerdote el diácono Román Romo González,
hermano menor del Padre Toribio, siendo destinado también a Tequila,
Jal., como vicario cooperador y entre los dos hermanos se
repartieron el trabajo ministerial, a los pocos días también llegó
su hermana María, para atenderlos en los trabajos de casa
y ayudar en el catecismo.
Francisco y Toribio fueron siempre
muy hermanables, -explica Margarita-; prácticamente estuvieron cercanos durante toda la
vida.
«En las proximidades de Tequila, andaban mi tío Toribio
y mi padre escondiéndose, a `salto de mata´. Los iban
siguiendo los `guachos´, como les decían a los federales, y
no hallaban dónde meterse, pues ahí el terreno era más
o menos parejo. Entonces descubrieron una noria y se metieron
al agua. Ahí, entre la maleza y carrizos que crecían
con abundancia en los bordes interiores, lograron burlar la revisión;
permanecieron escondidos ahí toda la noche y el día siguiente.
Se cuidaban uno al otro, pues cabeceaban de sueño y
debilidad por la fatiga excesiva».
TESTIMONIOS
El séptimo día de
la semana es el más socorrido por los fieles para
visitar el templo donde se veneran los restos de Santo
Toribio. Vienen de diversos puntos de Jalisco, Zacatecas y Aguascalientes,
aunque también han llegado algunos de Tabasco, Sinaloa y Michoacán.
1.-En el improvisado estacionamiento se observan carros con placas estadounidenses,
pero de dueños mexicanos. En uno de ellos viaja Otilio,
un joven moreno que viste botas vaqueras y sombrero tejano.
Viene desde Nevada para ver al santo, quien hace poco
más de un año lo ayudó a cruzar la frontera.
"Un amigo y yo nos fuimos de Jalos con la
intención de trabajar en el otro lado, pero estando cerca
de la frontera nos asaltaron y nos golpearon. Se llevaron
todo nuestro dinero y estábamos desconsolados", cuenta Otilio mientras abre
los ojos como si pudiera ver de nueva cuenta lo
que sucedió aquella noche. "No teníamos para pagarle al “pollero”
ni para regresar a la casa. De repente, un carro
se detuvo a nuestro lado y un sacerdote nos invitó
a subir. Le platicamos nuestra situación y nos dijo que
no nos preocupáramos, que él nos ayudaría a cruzar la
frontera. Y eso hizo. No sabemos cómo, pero nos pasó
por una vereda solitaria. Cuando nos dimos cuenta, ya estábamos
en Estados Unidos. Al bajar nos dio dinero y nos
dijo que buscáramos trabajo en una fábrica cercana, que ahí
nos iban a contratar".
La voz de Otilio todavía se
quiebra de emoción al narrar que, sumamente agradecidos, le preguntaron
al cura su dirección para pagarle el préstamo con su
primer sueldo.
"Nos dijo: `Ustedes son de Jalisco, ¿verdad? Cuando
ganen lo suficiente, vayan a Santa Ana y pregunten por
Toribio Romo. Ése es mi nombre´. Con el dinero pagamos
el hospedaje y, efectivamente, conseguimos trabajo en el lugar que
nos mencionó. Unos meses después venimos a Santa Ana. Cuando
entramos a la iglesia y vimos el retrato del altar,
luego luego lo identificamos como el padre que nos ayudó.
Al preguntar por él nos dijeron que había muerto hacía
70 años. Nos pusimos a llorar y dimos nuestro testimonio".
Desde entonces, visita por lo menos una vez al año
el templo de quien se ha convertido en su protector.
2.- El zacatecano Jesús Buendía Gaytán, un campesino de 45
años de edad, cuenta que hace 2 décadas decidió irse
de indocumentado a California para buscar empleo en alguna plantación.
Se puso en contacto con un "pollero" en Mexicali pero,
apenas cruzaron la frontera, fueron descubiertos por la patrulla fronteriza
y para escapar Jesús se internó en el desierto.
Después
de caminar varios días por veredas desoladas y más muerto
que vivo de calor y sed, vio acercarse una camioneta.
De ella bajó un individuo de apariencia juvenil, delgado, tez
blanca y ojos azules, quien en perfecto español le ofreció
agua y alimentos. Le dijo que no se preocupara porque
le indicaría dónde solicitaban peones. También le prestó unos dólares
para imprevistos. A manera de despedida el buen samaritano le
dijo: "Cuando tengas dinero y trabajo búscame en Jalostotitlán, Jalisco,
pregunta por Toribio Romo".
Luego de una temporada en California,
Jesús regresó y quiso visitar a Toribio. En Jalostotitlán lo
mandaron a la ranchería de Santa Ana, a unos 10
kilómetros del pueblo. “Ahí pregunté por Toribio Romo y me
dijeron que estaba en el templo. Casi me da un
infarto cuando vi la fotografía de mi amigo en el
altar mayor. Se trataba del sacerdote Toribio Romo, asesinado durante
la guerra cristera. Desde entonces me encomiendo a él cada
vez que voy a Estados Unidos a trabajar”.
PROCESO
DE CANONIZACIÓN
Poco a poco, los fieles fueron llevando las reliquias
que habían guardado con celo y aquellas que permanecían en
el ataúd cuando lo exhumaron: la ropa que portaba Toribio
cuando lo mataron, su escapulario, su Biblia y gotas de
su sangre cuidadosamente guardadas en borlas de algodón.
A partir
de ese momento comenzó a rendírsele culto en su iglesia
y en la de Tequila. Casi de inmediato empezaron a
endilgarle milagros. El hermano del Padre Toribio, Ramón Romo, también
sacerdote, y otros familiares se encargaron de recopilar testimonios en
unos cuadernitos que atesoraron por décadas con la esperanza de
que sirvieran para canonizarlo.
A pesar de los numerosos milagros,
el proceso de canonización duró años, debido a la complejidad
del trámite.
Según el Concilio Vaticano II, "los discípulos de
Cristo que pueden ser santificados han sido llamados no según
sus obras, sino según el designio y la gracia de
Dios". Por lo mismo, las indagaciones tienen que ser muy
precisas. Cada proceso de averiguación o de recogida de pruebas
debe estar a cargo del obispo, previo permiso de la
Santa Sede. A ellos compete el derecho de investigar sobre
la vida, virtudes, martirio, fama de santidad y milagros.
Para
ello, primero se recaban documentos o escritos inéditos y se
interroga a los testigos. Luego se elabora el examen de
los milagros atribuidos y el de las virtudes y el
martirio. Las investigaciones se envían por duplicado a la Comisión,
junto con un ejemplar de los libros de cada Siervo
de Dios, para que se lleve a cabo una relación
del juicio y se envíe al Vaticano, donde proceden a
la misma investigación de nueva cuenta.
Encuestas efectuadas en meses
pasados por la Conferencia del Episcopado Mexicano revelaron que Toribio
es uno de los santos más populares, de los 29
mexicanos canonizados hasta ahora, gracias a los favores que concede
a quienes emigran legal o ilegalmente a Estados Unidos.
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Autor: Luis Alfonso Orozco Fuente:Libro "Madera de Héroes"
Uno de los santos
mexicanos actualmente más conocidos en el país y también en
los Estados Unidos. Se le conoce popularmente como el Patrono
de los Mojados.
El Padre Toribio Romo González es uno de
los santos mexicanos actualmente más conocidos en el país y
también en los Estados Unidos. Se le conoce popularmente como
el Patrono de los Mojados, es decir, de los obreros
mexicanos que pasan temporadas en los Estados Unidos en busca
del sustento familiar. Muchos de ellos, en la actualidad, se
encomiendan a su protección y no quedan defraudados.
Algunos fines de
semana, la población de Santa Ana Guadalupe, que cuenta con
300 habitantes, en la región de Los Altos de Jalisco,
contempla la llegada de más de 50 autobuses repletos de
peregrinos de diversas partes del país, quienes van a rezar
ante la tumba de santo Toribio Romo, a pedirle favores
o también a agradecerle su protección durante algún momento difícil
mientras se encontraban de jornaleros en el vecino país norteño.
A la entrada de la población se levanta un arco
monumental de cantera rosa, erigido en el 2000, el año
de su canonización, por un grupo de agradecidos braceros de
Zacatecas que le reconocen como su protector.
Se cuentan algunos casos
singulares. Entre ellos el del señor Jesús Buendía, un campesino
zacatecano de 45 años, quien en la década de los
ochenta decidió pasarse como indocumentado a California en busca de
empleo en alguna plantación agrícola. Un “pollero” en Mexicali le
hizo cru¬zar la frontera, pero fueron descubiertos por la patrulla
de vigilancia y aquel hombre lo abandonó a su suerte.
Buendía se internó en el desierto para escapar de la
guardia.
Después de caminar varios días por veredas desoladas, y desfalleciendo
de calor y sed, vio acercarse una camioneta. De ella
bajó un joven delgado, de tez blanca y ojos azules,
quien en perfecto español le ofreció agua y alimento. Le
dijo que no se preocupara porque le indicaría dónde solicitaban
peones. También le dejó unos dólares como ayuda. A manera de
despedida, aquel buen samaritano salido del desierto le dijo: - Cuando
tengas dinero y trabajo, si vuelves a México búscame en
Jalostotitlán, Jalisco. Pregunta por Toribio Romo. Pasados unos años en California,
Jesús Buendía regresó a México y quiso agradecer a Toribio
su ayuda tan importante en aquella ocasión dramática. Se dirigió
a Jalostotitlán y de allí lo mandaron a Santa Ana
Guadalupe, a unos 10 kilómetros del pueblo. “Ahí pregunté por Toribio
Romo y me dijeron que estaba en el templo. Casi
me da un infarto cuando vi la fotografía de mi
amigo y protector en el altar mayor. Supe que se
trataba del sacerdote Toribio Romo, asesinado durante la Guerra Cristera.
Desde entonces me encomiendo a él cada vez que me
voy a los Estados Unidos a trabajar.”
Sacerdote a los 23
años
Despierta el interés conocer por qué este santo jalisciense, muerto
a los 27 años, se ha constituido en el protector
de los trabajadores que emigran al gran país del norte
en busca de mejores medios de subsistencia. Dios lo sabe,
seguramente. Hay algunos datos de su biografía que hacen entrever
su preocupación, desde muy joven, por mejorar la situación de
los obreros y su progreso social y moral. Tal vez
por haber experimentado en su propia carne desde pequeño las
duras condiciones de la pobreza y el trabajo, pues Toribio
siendo niño ayudó como pastor para colaborar en el sustento
familiar. Además, está el hecho de haber nacido en una
tierra de emigrantes, que saben las penurias que se pasan
lejos de los seres queridos. Los datos principales de la vida
y martirio de este santo sacerdote son bastante conocidos31. El
P. Toribio no había cumplido aún 27 años cuando fue
asesinado por un grupo de soldados del gobierno y campesinos
agraristas, contrarios a los cristeros, en el lugar donde había
una fábrica de tequila en Agua Caliente, Jalisco. Llevaba apenas
cuatro como sacerdote, pues había sido ordenado muy joven, poco
antes de cumplir los 23 años.
De los altos de Jalisco
Toribio
era hijo de Patricio Romo y Juana González, dos sencillos
campesinos del rancho de Santa Ana de Guadalupe, perteneciente a
la parroquia de Jalostotitlán, donde nació el 16 de abril
de 1900. Al día siguiente de su naci¬miento fue bautizado
por el párroco D. Miguel Romo. A los siete años
recibió la Primera Comunión. Toribio creció y se educó en
una familia cristiana, en un pueblo sencillo y fervoroso que
acostumbraba realizar la Adoración nocturna al Santísimo y vivía una
filial devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe; era costumbre
arraigada en todos los hogares rezar el rosario en honor
de la Santísima Virgen, todas las noches al volver de
las jornadas del campo, generalmente después de cenar y antes
de entregarse al sueño reparador.
Desde niño estuvo muy unido de
modo especial a su hermana mayor María, “Quica”, quien hizo
las veces de segunda madre y le inculcó un gran
amor por la Santísima Virgen. También estuvo muy unido a
Román, su hermano menor, quien también llegó al sacerdocio y
vivió como él las penurias de la persecución contra la
Iglesia y sus ministros. Desde pequeño, el P. Toribio expresó
su deseo de ir al cielo, y hablaba con frecuencia
de él con alegría y esperanza. Una noche, contemplando el
cielo tachonado de estrellas brillantes, le dijo a su hermana: —Quica,
yo creo que en la cumbre de la “Mesita” está
el cielo. ¡Cómo deseo ir allá! (En esa pequeña cumbre
se construyó años más tarde una capilla).
sensible a las Necesidades
de los pobres
Toribio pasó su niñez como pastor. Fue un
muchacho sencillo, jovial, acostumbrado a la austeridad, y muy perceptivo
de las necesidades de los demás. Desde pequeño también mostró
su inclinación por el sacerdocio, ya que fungió como acólito
o monaguillo de su parroquia y se distinguió por su
piedad y atención en el momento de ayudar al sacerdote
en la Santa Misa. A los 13 años se hizo realidad
su sueño de comenzar la carrera sacerdotal. Entró primero en
el Seminario de San Juan de los Lagos, ciudad en
donde también ingresó en la Acción Católica, y desde entonces
mostró una sensibilidad especial por los problemas sociales y sindicales
de los obreros y sus familias, cuya existencia transcurría entre
la marginación y la pobreza. Le interesaba mucho la educación de
los niños. Como seminarista, el joven Toribio era muy dedicado
a la oración, asistía a la santa misa, comulgaba diariamente
y durante el día hacía frecuentes visitas al Santísimo Sacramento.
Todos los días rezaba el rosario en honor de la
Madre de Dios. Al cumplir los 20 años, pasó al
seminario de Guadalajara para continuar y concluir sus estudios sacerdotales.
Finalmente,
llegó el año de su ordenación, en que pudo culminar
todos sus esfuerzos y privaciones que le parecieron muy poca
cosa delante del magno don que Dios le otorgaba: ser
sacerdote de Jesucristo. Tenía muy presentes aquellas palabras de Jesús:
“No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo
os elegí a vosotros”. El P. Toribio recibió el diaconado
el 3 de septiembre de 1922, y el 23 de
diciembre del mismo año fue ordenado sacerdote. En su diario
dejó escrito sus propósitos y resoluciones al recibir las órdenes
sagradas. Allí se encuentra la consagración que hizo de su
compromiso sacerdotal al Corazón de Jesús: “A ti, Corazón divino
de Jesús, a ti Azucena del Tepeyac, mi adorada Madre
y mi única soberana, a ti castísimo San José, consagro
de hoy y para siempre el voto de mi perpetua
castidad. Ayudadme y llevadme de la mano por este camino.”
Cantó
su Primera Misa de un modo solemne en Santa Ana,
el 5 de enero de 1923, en el templo dedicado
a la Virgen de Guadalupe, cuyos cimientos había iniciado él
mismo, siendo todavía seminarista, y donde un día descansarían sus
restos mortales. Sus cuatro años de sacerdote los pasó en
varias parroquias rurales, donde destacó por el celo con que
trabajó en su ministerio sacerdotal durante los años de persecución,
atendiendo especialmente a los niños y a los obreros, quienes
vivían en duras condiciones de pobreza y marginación. El P. Toribio
mostró un gran amor a la Eucaristía, consciente de que
en Ella se contiene toda la gracia y toda la
fortaleza del sacerdote para su ministerio y para afrontar las
más duras pruebas como el martirio. Solía rezar delante de
Jesucristo Sacramentado: “Señor, perdóname si soy atrevido, pero te ruego me
concedas este favor: no me dejes ni un día de
mi vida sin decir la misa, sin abrazarte en la
comunión... dame mucha hambre de ti, una sed de recibirte
que me atormente todo el día hasta no haya bebido
de esa agua que brota hasta la vida eterna, de
la roca bendita de tu costado herido.”
Vocaciónal martirio
En septiembre de
1927, cuando la guerra cristera estaba en su apogeo, el
Sr. Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, le dio
la orden de encargarse de la parroquia de Tequila, que
era entonces uno de los lugares donde las autoridades civiles
y militares odiaban más a los sacerdotes. Otro sacerdote había
rechazado ir a la población de Tequila por este motivo.
El P. Toribio, obedeciendo dócilmente a su prelado y venciendo
el miedo natural que la nueva misión le inspiraba, se
dispuso a marchar allá después de recibir la bendición de
su obispo para cumplir con un mandato que también le
llevaría al martirio.
En los planes de Dios no hay casualidades.
Se trata más bien de su santa Providencia, que permite
las cosas y los acontecimientos para nuestro bien espiritual, aunque
tardemos en darnos cuenta. Al P. Toribio Dios lo había
elegido también para la vocación martirial. Quería que su sangre
sacerdotal sirviera para la reconciliación y para el bien de
la Iglesia perseguida en México, para derramar abundantes frutos de
perdón y de conversión en muchas almas.
Durante sus años de
seminarista, Toribio había sufrido muchas limitaciones materiales, como carecer de
la ropa necesaria, de alimentos, de libros para completar sus
estudios; su familia era tan pobre que no podía costearle
apenas nada. Sin embargo, nunca se le oyó quejarse, sino
que confió plenamente en la providencia divina. Practicó con sencillez
la virtud de la fortaleza cristiana y la resignación en
medio de las dificultades. Sufrió con paciencia las burlas y
bromas pesadas de algunos compañeros en el seminario, pero eso
nunca le hizo apartarse lo más mínimo de su camino,
pues él tenía muy claro que Dios lo llamaba al
sacerdocio. Después, en Tequila, con el nombramiento de encargado de la
parroquia, ejerció su ministerio especialmente en la administración de los
sacramentos, pero sin abandonar la catequesis y la preparación de
los niños a la Primera Comunión. Llevó adelante su ministerio
en Tequila de un modo heroico, puesto que el P.
Toribio sabía que lo podían asesinar, y sin embargo afrontaba
el peligro con tal de asistir a los enfermos que
lo solicitaban. En las poblaciones donde san Toribio Romo cumplió
su ministerio sacerdotal, los fieles siempre vieron en él un
sacerdote abnegado y apostólico; un pastor que amaba a las
personas del lugar y trataba de conducirlas hacia Cristo.
Anteriormente, en
los primeros años de su ministerio estuvo en diversas poblaciones
de su estado natal: Sayula, después en Tuxpan y poco
más adelante en Yahualica, donde se le ordenó recluirse en
su casa y le prohibieron rezar públicamente el rosario y
celebrar la misa. Fue una prueba dolorosa que Dios permitió
y que el padre Toribio llevó con resignación y paciencia.
Así se iba templando su ánimo para el sacrificio supremo
que le esperaba. Después lo destinaron a Cuquío, otra población de
Jalisco, en donde encontró un párroco santo, el futuro mártir
P. Justino Orona. En lo más duro de la persecución
contra la Iglesia y sus ministros, los dos buenos sacerdotes
pasaron meses por demás azarosos, siempre a salto de mata
y espe¬rando de un momento a otro la muerte de
mano de los perseguidores. La jovialidad del Padre Toribio le
permitía estar siempre alegre y procurando cada día una mayor
intensidad de espíritu y constante oración por la Iglesia y
la patria.
A la carne de chivo
El P. Justino Orona,
párroco de Cuquío, era sacerdote desde 1904 y fue sacrificado
por sus enemigos el 1 de julio de 1928 en
una ranchería cercana a Cuquío35. Era la madrugada de aquel
inicio de julio cuando los soldados llegaron al rancho “Las
Cruces” y rompieron a culatazos la puerta del cuarto donde
se encontraba el P. Orona, con su vicario el P.
Atilano Cruz, también mártir. - Miren quiénes estaban por aquí... ¡dos
curas, dos pe¬ces gordos! ¡Qué calladitos estaban! ¡P’a fuera, desgraciados.
Ora verán lo que es bueno!.. Con fuertes risotadas e insultándoles,
los soldados echaron una soga al cuello del P. Orona
y a la cabeza de la silla de montar: con
los caballos lo arrastraron fuera del rancho. Su cuerpo quedó
materialmente despedazado contra los pedruscos, arbustos y espinas del camino.
Metieron en un costal los despojos sangrantes del Padre Orona
y a continuación fusilaron al padre vicario Atilano Cruz, en
un sitio apartado del poblado. Todo esto ocurrió de madrugada
para ocultar sus fechorías al amparo de las sombras. Después se
dirigieron a Cuquío llevando en sendos bu¬rros los cadáveres de
ambos sacerdotes martirizados. Arreando los animales, los soldados llegaron hasta
la plaza del pueblo. Desmontaron los cadáveres sangrantes de las
cabalgaduras y los arrojaron como sacos al duro empedrado. Mientras
la gente salía de sus casas para hacer las compras
o dirigirse a sus trabajos, los soldados comenzaron a gritar
como endemoniados: “A la carne de chivo”, burlándose así de
los sacerdotes que acaban de asesinar. Con gran consternación, con
lágrimas e impotencia en sus corazones creyentes, los buenos vecinos
de Cuquío contemplaron aquel terrible holocausto de sus pastores y
la mofa satánica de los verdugos. Por fin, éstos se
retiraron y entonces pudieron recuperar ambos cuerpos para darles cristiana
sepultura en el cementerio.
En la barranca de Tequila
Pero unos meses
antes de estos tristes sucesos, en septiembre de 1927 el
P. Toribio se había ido ya a la población de
Tequila, donde al poco tiempo se vio obligado a esconderse
en una fábrica destiladora de este famoso licor que había
en un rancho de las cercanías, acogido por sus propietarios.
La casa cural de Tequila había sido convertida en caballeriza
por los soldados de guarnición. Por lo demás, el pueblo
no era lugar seguro para él ni para ningún sacerdote. Desde
su escondite en la barranca, el buen sacerdote no se
dio descanso; fundó varios centros clandestinos de catequesis para los
niños, visitaba a los católicos en sus ranchos interesándose por
su situación, y por las noches entraba en el pueblo,
visitaba a los enfermos de su parroquia y celebraba la
Eucaristía de modo oculto en las casas. En todas estas
aventuras le asistía y cuidaba con amor de madre su
hermana mayor, María, que en todo compartía las privaciones y
sacrificios de su hermano sacerdote. Aquella barranca, escenario de su martirio,
también pre¬senció la acción pastoral de santo Toribio Romo, pues
ahí bautizó a centenares de niños, unió en matrimonio a
muchas parejas y dio pláticas de instrucción religiosa y moral
a los habitantes del lugar, quienes le cuidaban y protegían
cuando merodeaban los soldados federales.
En las diversas poblaciones donde estuvo
santo Toribio, los fieles vieron en él un sacerdote abnegado
y apostólico, que se interesaba por sus problemas y trataba
por acercarlos a Cristo. Como le tocó vivir su sacerdocio
durante la dura prueba de la persecución, por amor a
sus almas encomendadas, aceptó los mayores sacrificios y nunca dejó
de atenderlos espiritualmente. Cuenta un testigo de aquellos años heroicos: “El día
de Cristo Rey del año 1927 se concentraron en el
pueblo unos quince mil fieles que asistieron a Misa en
un cerro abierto y juraron ante el Santísimo expuesto de
defender la fe, aun a costa de la propia vida.
La montaña se estremeció con los gritos de ¡Viva Cristo
Rey! ¡Viva la Virgen Santísima de Guadalupe!”
Los testigos que le
conocieron hablan de él dando una lista de cualidades y
de virtudes que lo igualan a los demás mártires que
la Iglesia ha engendrado en sus veinte siglos de historia:
fuerte espíritu de caridad, pasión por la Iglesia, amor a
la Eucaristía (sobre todo se le veía esto en su
ma¬nera de celebrar la Misa) y a la Virgen de
Guadalupe, celo apostólico, amor a obreros y a los niños.
Así mismo, destacó por su pobreza de vida y austeridad.
Vivía en una zona plenamente cristera y sin embargo, aun
comprendiendo sus motivaciones y su dolor, se mantuvo al margen
de toda lucha armada. Él era un sacerdote y se
consagró a ejercer su ministerio espiritual en bien de todos. El
gobierno federal, viendo que no podía doblegar la re¬sistencia de
los católicos, empleó la técnica de las “reconcentraciones” de la
población rural con el fin de cortar los suministros a
los cristeros. Con ello no hizo sino aumentar los sufrimientos
y padecimientos de la pobre gente en Los Altos, que
se vieron obligados a abandonar sus pobres ranchos y aldeas
para reconcentrarse en las poblaciones grandes o en las ciudades
como León, en condiciones de extrema pobreza. El P. Toribio
sufría entrañablemente al conocer todo lo que padecían los pacíficos
pobladores de manos del ejército federal y de los agraristas.
Tal vez por ello se ha constituido en especial protector,
desde el cielo, de los migrantes y trabajadores que sufren
la pobreza y el alejamiento forzoso de sus hogares.
La emigraciónforzada
Todas
las guerras han arrastrado los fantasmas del hambre, de las
enfermedades y de los desplazamientos forzosos de población para salvar
la vida. En esos duros años en que fue probado
el temple del heroico pueblo católico, la emigración de miles
de mexicanos hacia las grandes ciudades o hacia los Estados
Unidos creció en grandes proporciones, constituyendo un serio problema social.
La gente salía de sus pueblos o aldeas cargando sus
pocas posesiones materiales, y muchas veces tenía que esperar varios
días y noches en las estaciones para abordar un tren
o el autobús con destino a las ciudades grandes donde
podrían reconstruir su vida.
Fue la época en que ciudades como
León y Guadalajara registraron un aumento considerable de población, procedente
sobre todo de la región de los Altos de Jalisco,
que fue la zona más castigada por las reconcentraciones forzosas
planeadas por el ejército federal, al mando de Joaquín Amaro,
en su intento por estrechar el cerco contra los cristeros.
Los
vehículos de motor o de tracción animal dejaban atrás los
pobres ranchos y los pueblos repletos de gente con sus
humildes enseres domésticos, su animalitos de granja y lo que
pudieran llevar consigo; muchas mujeres con sus niños en brazos
no tenían otro remedio que viajar de pie hasta doce
o catorce horas en los camiones. Se calcula que el
éxodo hacia el interior del país llegó a contar más
de 200 mil personas, mientras que otras 400 mil cruzaron
las fron¬teras norteamericanas.
Llegó el día de su martirio
En Tequila,
el P. Toribio estuvo acompañado de su hermana mayor María,
Quica; después por temporadas de su hermano menor Román, también
sacerdote, quien llegó para ayudarle. Varias veces ambos hermanos sacerdotes
tuvieron que esconderse, porque los perseguidores buscaban continuamente víctimas, y
sus predilectos eran precisamente los párrocos y sacerdotes de las
zonas rurales, a quienes el gobierno federal calumniaba con la
mentira de ser los instigadores de los cristeros. Del propio
diario del P. Toribio se puede leer este testimonio: “He tenido
que esconderme por días enteros, a veces en hediondas cuevas,
a veces en la cumbre de alguna montaña.” Sus enemigos lo
buscaban con rabia y odio criminal. El viernes 24 de
febrero de 1928 pasó el día retirado y el sábado
25 quiso celebrar la Misa a las cuatro de la
mañana, pero se caía de sueño. Se fue a descansar
un rato, vestido como estaba y se quedó dormido. Los
soldados lo descubrieron en su escondite el 25 de enero
de 1928, pero para esto no faltó un judas que
ya lo había delatado a cambio de unas cuantas monedas. A
las cinco de la mañana, siguiendo las indicaciones del judas
traidor que lo denunció, bajaron sigilosamente la barranca y penetraron
en la habitación del señor León Aguirre, encargado de cuidar
la finca39. Pero al abrir la puerta, uno de los
agraristas exclamó: “Este no es el cura”. A continuación dieron
con la puerta del cuarto donde dormía el Padre Toribio,
y uno de los esbirros le quitó el brazo que
le cubría la cara y gritó: - Este es el cura.
¡Mátenlo! Sorprendidísimo se despertó el padre Toribio, quien apenas tuvo tiempo
para darse cuenta de lo que ocurría y decir: - Sí,
soy, pero no me maten... No pudo concluir la frase. Los
soldados y agraristas lo acribillaron a balazos inmediatamente al grito
de “¡Muera el cura!” Con pasos vacilantes, el Padre Toribio
caminó hacia la puerta y una segunda descarga lo hizo
caer en brazos de su hermana María que en aquellos
momentos se encontraba con él en la casa. “¡Valor, padre Toribio...!
¡Jesús misericordioso, recíbelo...! ¡Viva Cristo Rey!” Fueron las palabras que su
heroica hermana gritó ante los asesinos. Los soldados sacaron el
cadáver del sacerdote mártir, mientras entre burlas y con palabras
gruesas mortiticaban a la pobre María, que en esos momentos
también vivía un martirio moral en su propia alma. Los
vecinos del rancho, mortificados por la pena tan grande de
ver asesina¬do a su santo pastor, improvisaron con palos y
ramas una humilde camilla y así subieron la barranca, con
el cuerpo del sacerdote mártir hacia la población de Tequila,
en medio de la tropa de soldados que cantaban canciones
vulgares y silbaban. El cadáver fue regando con su sangre el
suelo pedregoso de la barranca, el camino y la entrada
a Tequila. Detrás de él iba su hermana María rezando
el rosario, descalza.
Presentía su martirio
El P. Lauro L. Beltrán
es del parecer que santo Toribio tenía el presentimiento de
su muerte: “El viernes 24 celebró su última misa, con una
devoción tan grande como si fuera la primera, cuando fue
ungido sacerdote, y como la última, de quien ya está
con un pie en el sepulcro. Todo este día lo
pasó como el anterior, en su agonía de Getsemaní. Por
la noche, abrumado de presentimientos, quiso dormir, pero no conciliaba
el sueño. A eso de las tres de la mañana
del sábado 25, el día de su martirio, le dijo
a su hermana que preparara todo para la celebración de
la santa misa. Ya encendidas las velas, como a las
cuatro de la mañana, se puso la sotana y entró
en el Oratorio. Pero le dijo a su hermana que
el sueño lo dominaba. Se quitó la sotana y así
vestido se tendió en la cama, donde pasó los últimos
minutos de su vida, pues los federales habían llegado a
la barranca y lo buscaban con odio implacable y necio
para victimarlo. Si lo hubieran encontrado oficiando la santa misa
podría haber habido una profanación, un sacrilegio. ¿Lo presintió? Ofreció
tan sólo su propio sacrificio... Se durmió en la tierra
y despertó en el cielo.”40
¡No debemos llorar... ya está en
el cielo!
Dignísima, hermana del sacerdote mártir, en todo fue María,
Quica, quien hizo de segunda madre para él y también
Román, su hermano menor sacerdote. Al llegar a la po¬blación
de Tequila, los soldados y agraristas, armando gran alboroto, tiraron
el cadáver en la plaza, frente a la presidencia municipal,
como si se tratara de un animal cazado en el
monte. Y a la hermana la llevaron detenida, a pie,
al cuartel de los soldados en La Quemada. Para despedirse
de su hermano mártir, María se arrodilló junto a su
cadáver y rezó una oración. Empapó su rebozo de la
sangre y en la frente le dio el último beso. Mientras
tanto, la gente del pueblo reclamaba su cuerpo, pero los
militares y los clerófobos se lo impedían; finalmente por la
tarde, con mucha dificultad, un vecino del pueblo, tras violenta
discusión, logró el permiso de retirar el cadáver y llevarlo
a su casa, donde lo amortajaron para velarlo y disponerlo
para el sepelio. La gente empezó a llegar. Los rosarios
se sucedían uno tras otro; la gente rezaba de rodillas,
velando el cuerpo del mártir. Muchos tomaban algodones y los
mojaban en la sangre, que aún manaba de sus heridas,
para guardarlos como reliquia. Durante dos días aquella sangre permaneció
fresca y sin mal olor. El domingo 26 de febrero, en
imponente procesión por la tarde, todo el pueblo condujo el
cadáver del sacerdote mártir al cementerio, llevándolo triunfante en hombros.
Era su canonización popular. Finalmente, después de tres días de hambre,
sed, burlas e insomnio y con el dolor de no
haber podido acompañar a su hermano en el entierro, María
fue liberada por aquellos hombres indignos que no merecen el
título de soldados. Llevaba la pobre sus humildes vestidos, aún
manchados con la sangre de su hermano, y en al
alma las huellas del martirio moral a que también la
sometieron los verdugos. Ella se trasladó a Guadalajara, donde sus
familiares la recibieron con un gran abrazo, entre abundantes lágrimas
y con todo el amor que ameritaba. Aunque demacrada y
débil, María supo consolar a su familia, con estas palabras
admirables de una mujer de fe: “¡No debemos llorar: el Padre
Toribio ya está en el cielo! Démosle gracias a Dios
porque le concedió la palma del martirio, que él quiso
sufrir por el triunfo de la Iglesia.”
Santa Ana de Guadalupe
Sobre
las ruinas de la humilde casa donde nació santo Toribio
Romo se levanta hoy una ermita consagrada a la Sagrada
Familia. En la cumbre de La Mesita también se levanta
una capilla, para mirar más de cerca el cielo y
para recordar a los fieles que hasta allá se llega
después de cumplir la voluntad de Dios en esta tierra
y de amar al prójimo por amor a Cristo. Por el
fervor guadalupano del Padre Toribio y de sus habitantes, la
población se llama hoy Santa Ana de Guadalupe, Jalisco.
El heroísmo
de los sacerdotes
Los sacerdotes por su parte imitaron maravillosamente e
hicieron propia la constancia de los obispos en medio de
las mayores calamidades; los ejemplos egregios de virtudes que ellos
nos han dado y de los cuales hemos recibido nosotros
grande consuelo los proponemos y los alabamos ante todo el
universo católico, porque son dignos de ello. Y en este
asunto, pensamos que a pesar de que en México se
han utilizado todos los artificios, y que todo el esfuerzo
y todas las vejaciones de los adversarios se han dirigido
principalmente a este punto, es decir, a que el Clero
y el pueblo se aparten de la jerarquía sagrada y
de la Seda Apostólica, y que sin embargo de todos
los sacerdotes, que pasan de cuatro mil, solamente uno que
otro ha faltado a su obligación, no hay nada que
no podamos esperar del Clero mexicano. Pues estos ministros sagrados unidos
estrechamente entre sí obedecieron reverente y libremente a los mandatos
de sus obis¬pos, aunque esto las más de las veces
no podría hacerse sin grave perjuicio para ellos... debieron sobrellevar
con paciencia y fortaleza la pobreza y la necesidad; debían
celebrar Misa en privado; mirar por las necesidades espirituales
de los fieles en la medida de sus fuerzas y
fomentar y mantener el fuego de la piedad en todos;
y además, con su ejemplo, con sus consejos y exhortaciones
procuraban levantar la mente de los fieles hacia lo alto,
y confirmar los ánimos para perseverar pacientemente. ¿Quién se admirará de
que la ira y la rabia de los enemigos se
haya dirigido principalmente contra los sacerdotes? Pero ellos, siempre que
fue necesario, no dudaron en sobrellevar con rostro sereno y
con fortaleza de ánimo la cárcel y la misma muerte. (Papa
Pío XI, “Sobre la durísima situación del catolicismo en México”,
en la carta Iniquis afflictisque, 18 de noviembre de 1926).
Este artículo es parte del libro "Madera de Héroes" Semblanza
de algunos héroes mexicanos de nuestro tiempo, de Luis Alfonso Orozco.
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estás interesado en comprar el libro, visita el siguiente enlace
Centro de Formación Integral a Distancia, Cefid
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