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Autor: María Puncel | Fuente: Catholic.net Francisco de Xavier
Francisco de Xavier, patrono de las misiones, te da la bienvenida al relato de su vida en este año del V centenario de su nacimiento. (7/4/1506 - 3/12/1552)
Francisco de Xavier
Francisco de Jasu y Xavier (nacido en el castillo de
Xavier, en España, en 1506), correspondiendo a las esperanzas de
sus padres, se graduó en la famosa universidad de París.
En estos años tuvo la fortuna de vivir codo a
codo, compartiendo inclusive la habitación de la pensión, con Pedro
Fabro, que será como él jesuita y luego beato, y
con un extraño estudiante, ya bastante entrado en años para
sentarse en los bancos de escuela, llamado Ignacio de Loyola.
Ignacio comprendió muy bien esa alma: “Un corazón tan
grande y un alma tan noble” -le dijo- “no pueden
contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser
la gloria que brilla eternamente”.
El día de la Asunción
de 1534, en la cripta de la iglesia de Montmartre,
Francisco Javier, Ignacio de Loyola y otros cinco compañeros se
consagraron a Dios haciendo voto de absoluta pobreza, y resolvieron
ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra
misionera, poniéndose a la total dependencia del Papa. Ordenados sacerdotes
en Venecia y abandonada la perspectiva de la Tierra Santa,
emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio
en la redacción de las Constituciones de la Compañía de
Jesús.
Sin embargo, fue a los 35 años de edad
cuando comenzó su gran aventura misionera. Por invitación del rey
de Portugal, fue escogido como misionero y delegado pontificio para
las colonias portuguesas en las Indias Orientales. Goa fue el
centro de su intensísima actividad misionera, que se irradió por
un área tan vasta que hoy sería excepcional aun con
los actuales medios de comunicación social: en diez años recorrió
India, Malasia, las Molucas y las islas en estado todavía
salvaje. “Si no encuentro una barca, iré nadando” decía Francisco,
y luego comentaba: “Si en esas islas hubiera minas de
oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino
almas para salvar”. Después de cuatro años de actividad
misionera en estas islas, separado del mundo civilizado, se embarcó
en una rústica barca hacia el Japón, en donde, entre
dificultades inmensas, formó el primer centro de cristianos.
Su celo
no conocía descansos: desde Japón ya miraba hacia China. Se
embarcó nuevamente, llegó a Singapur y estuvo a 150 kilómetros
de Cantón, el gran puerto chino. En la isla de
Shangchuan, en espera de una embarcación que lo llevara a
China, cayó gravemente enfermo. Murió a orillas del mar el
3 de diciembre de 1552, a los 46 años de
edad. Fue canonizado el 12 de marzo de 1622
junto con Ignacio de Loyola, Felipe Neri,Teresa de Jesús y
el santo de Madrid, Isidro.
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