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Queridos Hermanos y Hermanas
"en cualquier lugar invocan el nombre de
Jesucristo, Señor nuestro, gracia a vosotros y paz de parte
de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (1 Cor
1, 2-3). Con el saludo del Apóstol Pablo -en este
año dedicado a él- nosotros, los Padres Sinodales reunidos en
Roma para la XII Asamblea General del Sínodo de los
Obispos con el Santo Padre Benedicto XVI, os dirigimos un
mensaje de amplia reflexión y propuesta sobre la Palabra de
Dios que está en el centro de los trabajos de
nuestra asamblea.
Es un mensaje que encomendamos, ante todo, a vuestros
pastores, a los tantos y tan generosos catequistas y a
todos aquellos que los guían en la escucha y en
la lectura amorosa de la Biblia. A vosotros en este
momento deseamos delinearos el alma y la sustancia de ese
texto para que crezca y se profundice el conocimiento y
el amor por la Palabra de Dios. Cuatro son los
puntos cardinales del horizonte que deseamos invitaros a conocer y
que expresaremos a través de otras tantas imágenes.
Tenemos ante todo
la Voz divina. Ella resuena en los orígenes de la
creación, quebrando el silencio de la nada y dando origen
a las maravillas del universo. Es una Voz que penetra
luego en la historia, herida por el pecado humano y
atormentada por el dolor y la muerte. Ella ve también
al Señor en marcha junto con la humanidad para ofrecer
su gracia, su alianza, su salvación. Es una Voz que
desciende luego en las páginas de las Sagradas Escrituras que
ahora nosotros leemos en la Iglesia bajo la guía del
Espíritu Santo que fue donado como luz de verdad a
ella y a sus pastores Además, como escribe San Juan, "la
Palabra se hizo carne" (1, 14). Y aquí entonces aparece
el Rostro. Es Jesucristo, que es Hijo del Dios eterno
e infinito, pero también hombre mortal, ligado a una época
histórica, a un pueblo y a una tierra. Él vive
la existencia fatigosa de la humanidad hasta la muerte, pero
resurge y vive para siempre. Él es quien hace que
sea perfecto nuestro encuentro con la Palabra de Dios. Él
es quien nos devela el "sentido pleno" y unitario de
las Sagradas Escrituras por las que el Cristianismo es una
religión que tiene en el centro una persona, Jesucristo, revelador
del Padre. Él nos hace entender que también las Escrituras
son "carne", es decir, palabras humanas que se deben comprender
y estudiar en su modo de expresarse, pero que custodian
en su interior la luz de la verdad divina que
sólo con el Espíritu Santo podemos vivir y contemplar.
Es el
mismo Espíritu de Dios que nos conduce al tercer punto
cardinal de nuestro itinerario, la Casa de la palabra divina,
es decir, la Iglesia que, como nos sugiere San Lucas
(Hch 2, 42) está sostenida por cuatro columnas ideales. Tenemos
"la enseñanza", es decir, leer y comprender la Biblia en
el anuncio hecho a todos, en la catequesis, en la
homilía, a través de la proclamación que implica la mente
y el corazón. Tenemos luego "la fracción del pan", es
decir, la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y
de la misión de la Iglesia. Como aconteció aquel día
en Emaús, los fieles son invitados a nutrirse en la
liturgia en la mesa de la Palabra de Dios y
del Cuerpo de Cristo. Una tercera columna está constituida por
las "oraciones" con "himnos y cánticos inspirados" (Col 3, 16).
Es la Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia
destinada a ritmar los días y los tiempos del año
cristiano. Tenemos también la Lectio divina, la lectura orante de
las Sagradas Escrituras capaces de conducir, en la meditación, en
la oración, en la contemplación al encuentro con el Cristo,
palabra de Dios viviente. Y, por último, la "comunión fraterna"
porque para ser verdaderos cristianos no basta con ser "aquellos
que oyen la Palabra de Dios" (Lc 8, 21). En
la casa de la palabra de Dios encontramos también a
los hermanos y hermanas de las otras Iglesias y comunidades
cristianas que, aún en las separaciones, viven una real unidad,
si bien no plena, a través de la veneración y
el amor por la Palabra divina.
Llegamos así a la última
imagen del mapa espiritual. Es el camino sobre la que
se encauza la palabra de Dios: "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes...y enseñándoles a guardar todo lo
que yo os he mandado" ... "lo que oís al
oído, proclamadlo desde los terrados" (Mt 28, 19-20; 10, 27).
La Palabra de Dios debe correr por los caminos del
mundo que hoy son también los de la comunicación informática,
televisiva y virtual. La Biblia debe entrar en las familias
para que padres e hijos la lean, con ella recen
y sea para ellos una antorcha para sus pasos en
el camino de la existencia (cf. Sal 119, 105). Las
Sagradas Escrituras deben entrar también en las escuelas y en
los ámbitos culturales porque, durante siglos, fue el punto de
referencia capital del arte, de la literatura, de la música,
del pensamiento y de la misma ética común. Su riqueza
simbólica, poética y narrativa hace de ellas un estandarte de
belleza sea para la fe que para la misma cultura,
en un mundo con frecuencia marcado por la fealdad y
por la indignidad.
La Biblia, sin embargo, nos presenta también el
soplo de dolor que sale de la tierra, sale al
encuentro del grito de los oprimidos y del lamento de
los infelices. Ella tiene la cruz en el vértice donde
Cristo, solo y abandonado, vive la tragedia del sufrimiento más
atroz y de la muerte. Precisamente por esta presencia del
Hijo de Dios, la oscuridad del mal y de la
muerte está irradiada por la luz pascual y por la
esperanza de la gloria. Pero sobre los caminos del mundo
marchan con nosotros también los hermanos y hermanas de las
otras Iglesias y comunidades cristianas que, aún en las separaciones,
viven una real unidad aunque no sea plena, a través
de la veneración y el amor por la Palabra de
Dios. A lo largo de los caminos del mundo encontramos
con frecuencia hombres y mujeres de otras religiones que escuchan
y practican fielmente los dictados de sus libros sagrados y
que con nosotros pueden edificar un mundo de paz y
de luz porque Dios quiere que "todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1
Tim 2, 4).
Queridos hermanos y hermanas, custodiad la Biblia en
vuestras casas, leedla, profundizad y comprended plenamente sus páginas, transformadla
en oración y testimonio de vida, escuchadla con amor y
fe en la liturgia. Cread el silencio para escuchar con
eficacia la Palabra del Señor y conservad el silencio después
de la escucha, porque ella continuará a habitar, a vivir
y a hablaros. Haced que resuene al comienzo de vuestro
día para que Dios tenga la primera palabra y dejadla
resonar en vosotros a la noche para que la última
palabra sea de Dios.
"Os encomiendo a Dios y a la
Palabra de su gracia" (Hch 20, 32). Con la misma
expresión que San Pablo en su discurso de adiós a
los jefes de la Iglesia de Éfeso, también nosotros, los
Padres Sinodales, confiamos los fieles de las comunidades esparcidas sobre
la faz de la tierra a la palabra divina que
es también juicio y sobre todo gracia, que es cortante
como una espada pero que es dulce como el panal
de miel. Ella es potente y gloriosa y nos guía
por los caminos de la historia con la mano de
Jesús que vosotros como nosotros " aman a nuestro Señor
Jesucristo en la vida incorruptible" (Ef 6, 24).
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