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Sacerdotes | sección
Autor: Mons. Joan Enric Vives Sicilia | Fuente: www.conferenciaepiscopal.es
¿Qué es un obispo y para qué sirve?
El ministerio de obispo tiene la suerte de conocer de cerca el secreto trabajo del Espíritu en el seno de la comunidad eclesial
 
¿Qué es un obispo y para qué sirve?
¿Qué es un obispo y para qué sirve?
En julio de 2007 se acaban de cumplir catorce años desde que fui nombrado obispo por el querido Papa Juan Pablo II. Primero serví durante ocho años en Barcelona, como obispo auxiliar, encargado de la Demarcación episcopal del Baix Llobregat, Penedès, Anoia y Garraf, que ahora conforma lo que se ha erigido como nuevo Obispado de Sant Feliu de Llobregat. Y posteriormente, en julio de 2001, llegaba a Urgell, como obispo coadjutor del arzobispo Joan Martí. En este julio, pues, se cumplieron seis años que soy obispo vuestro, al servicio de todo el pueblo de Dios que hace camino en Urgell. Por esto me complace escribiros algunas de mis vivencias, revisando todo lo que tiene que configurar mi vida.


¿Qué es un obispo y para qué sirve?

Esta inocente pregunta que me dirigió hace ya tiempo una chica joven en una visita a una escuela, me motivó una improvisada respuesta sobre todo lo que es el ministerio del Obispo, en contacto estrecho con los presbíteros, sus colaboradores, al servicio de todo el pueblo de Dios. Intenté dar una visión de testigo de la fe apostólica más que de gestor eclesial, o todavía peor, de jerarca alejado de las necesidades y anhelos de una chica cristiana joven, que a veces son tópicos bastante extendidos. Reconozco que fue el inicio de un diálogo provechoso con aquella veintena de jóvenes que veían por primera vez a un obispo de cerca, a quien podían comunicar lo que les preocupaba y que intentaba interesarse sinceramente por lo que ellos vivían y por las dificultades que encontraban a la hora de testimoniar su fe.

De todas maneras hay que reconocer que no es demasiado fácil compartir una respuesta breve de lo que supone hoy la vida de un Obispo. Muchas cosas de lo que somos y de lo que hacemos los obispos ya las sabéis los fieles diocesanos, claro está, y por eso me atrevo a deciros sólo algunas de las cosas que más me han impresionado hasta ahora. Tomadlas con buen ánimo... ¡ahora que estamos en verano!

Lo primero que os quiero decir es que percibo el gran regalo de una amistad honda con Jesucristo. Por una presencia viva del Espíritu Santo, que da calor en mi interior, y sin saber explicar demasiado bien el cómo, pero el Señor ha encontrado la manera de hacérseme todavía más próximo, más amigo, más compañero de ruta, en quien puedo confiar del todo. ¡Cómo me impresiona y cómo me consuela leer que Jesús nombra a los apóstoles "mis hermanos" (Jn 20,17)!. Soy hermano suyo, con un encargo de amor para pastorear su rebaño. Su Espíritu me guarda y me precede allí donde voy. Me defiende y da vida a mi pobre servicio episcopal. Desea que le prepare sus caminos en el corazón de las personas, que fortalezca la esperanza de las comunidades, que anime todo lo que es bueno, justo, amable, de buena reputación... Que sea un elemento de comunión y de paz.

Siento que debería dedicar más tiempo a la oración y a la lectura, y obtener aquel descanso que hace fructificar las horas... El ideal de ser "contemplativos en la acción" cuesta de alcanzar. Las dedicaciones a la Diócesis y a reuniones de Obispos, Delegaciones, el Principado de Andorra... me hacen caer en la cuenta de que seguramente la pobreza evangélica ahora, para mi, se concreta en vivir dando todo mi tiempo a los demás, sin guardármelo para mí. Ya no soy mío sino de la Iglesia. Ahora vivo, y entiendo más, que el sacerdote tiene que ser, a imagen de Cristo, el hombre que no se pertenece en sí mismo.

Me emociona poder ser "centinela" del pueblo, como dice el profeta Ezequiel (33,7), y poder "ver" mucho más de cerca la riqueza de dones, de ministerios, de servicios, de sufrimientos y de esperanzas, de amor, que hay en nuestra Iglesia. Cuántas confidencias he escuchado ya durante estos años; cuántas visitas realizadas que me han ofrecido una visión más real de muchos lugares que antes eran desconocidos para mi y que ahora me son próximos, porque allí viven y trabajan, por el Reino de Dios, mis amigos, los presbíteros, los religiosos y religiosas, y muchas comunidades fervorosas y comprometidas de laicos y de familias cristianas. ¡La vida eclesial es tan rica en dones!

El ministerio de obispo tiene la suerte de conocer de cerca el secreto trabajo del Espíritu en el seno de la comunidad eclesial, y por esto doy continuamente gracias al Padre del cielo. Jesús continúa enseñándome que son los pequeños los que conocen al Padre y acogen su Reino (cf. Mt 11,25).

Además está el gran tema de Andorra: compaginar el ser Obispo y Copríncipe -Jefe de Estado- de una pequeña nación que siempre ha encontrado en su Copríncipe episcopal al valedor de sus derechos. Yo esto intento vivirlo como una extensión de mi ministerio pastoral. Es para ayudar a los andorranos por lo que acepto ser Copríncipe y ejercer las tareas de Jefe de Estado tan bien como puedo. Y me preparo, y me reviso...

También están las dificultades y la cruz. Todo aquello que hace sufrir en el ejercicio de mi ministerio. Veo, por ejemplo, que no puedo llegar a todos los que yo quisiera, y que el Señor no es suficientemente conocido ni amado. Me doy cuenta de los efectos de la crisis cultural que golpea especialmente a la gente joven. También descubro que nos faltan vocaciones sacerdotales y vocaciones de especial consagración a dar la vida por Cristo, del todo y para siempre. Y también hacen sufrir las debilidades propias y las de los otros, así como ciertas críticas y descalificaciones, sobre todo por lo que revelan de poca esperanza cristiana y porque vuelven a aparecer los profetas de desventuras, de los que hablaba Juan XXIII.

¡Cuesta tanto hacer entender lo que llevas dentro, y hacer las cosas a gusto de todo el mundo! Pero es Cristo quien me tiene que juzgar y encontrar aceptable. Yo no sé si acierto siempre en las maneras, pero deseo ser fiel a Cristo y servir a la Iglesia, a las personas y a las comunidades. A todos los hombres, y preferentemente a los más solos y necesitados. Y espero que el que me ha llamado a servirlo en el ministerio sacerdotal, me perdonará las carencias y me dará las fuerzas necesarias para "guardar el tesoro de la fe" (1Tim 6,20), "llegar a la madurez y estar siempre a punto para toda buena obra " (2Tim 3,17).


Mons. Joan Enric Vives Sicilia,
Obispo de Urgell


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