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Autor: Sandro Magister | Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it Desde París y Lourdes, la lección del Papa «litúrgico»
En las tres Misas celebradas durante su viaje a París y a Lourdes, Benedicto XVI ha seguido el rito postconciliar pero la ha enriquecido voluntariamente con elementos característicos del viejo rito
Desde París y Lourdes, la lección del Papa «litúrgico»
En las tres Misas celebradas durante su viaje a París
y a Lourdes, Benedicto XVI ha seguido el rito postconciliar.
Pero la ha enriquecido voluntariamente con elementos característicos del viejo
rito: la cruz en el centro del altar, la comunión
dada en la boca a los fieles arrodillados, la sacralidad
del conjunto.
Lo del recíproco “enriquecimiento” entre los dos ritos
es el objetivo principal que ha impulsado a Benedicto XVI
a promulgar en el 2007 el motu proprio "Summorum Pontificum",
en el que ha liberalizado el uso del rito antiguo
de la Misa, el del Misal romano de 1962.
Por
el contrario, los opositores del motu proprio consideran que el
uso del rito antiguo no enriquece, sino que vacía las
conquistas del Concilio Vaticano II en su conjunto. Los obispos
franceses se han contado entre los más críticos de la
iniciativa del Papa, antes y después de la promulgación del
motu proprio.
El domingo 14 de septiembre, al encontrar en
Lourdes a los obispos de Francia, el Papa Joseph Ratzinger
no ha dejado de solicitarles que sean pastores que acogen
a todos, también a los fieles que se sienten más
“en casa” con el rito antiguo.
El Papa había anticipado
sus ideas sobre los dos ritos de la Misa, al
responder a los periodistas en el avión que llevaba a
Francia, el viernes 12 de septiembre.
Pero en los cuatros
días de su visita a París y a Lourdes, a
propósito de esto, Benedicto XVI ha dicho mucho más.
En
la exposición llevada a cabo el 12 de septiembre en
el Collége des Bernardins ha explicado el nacimiento de la
gran música occidental, en los monasterios del Medioevo, en palabras
que obligan a reflexionar sobre la cualidad exultante de la
música litúrgica de hoy y sobre la necesidad de volver
a darle vida, conforme a su sentido originario.
En la
homilía de las vísperas, en la catedral de Notre-Dame, ha
invocada para las liturgias terrenas una "belleza" que las aproxime
a las liturgias celestiales. Y ha exhortado a los sacerdotes
a ser fieles a la oración cotidiana de la Liturgia
de las Horas.
En la homilía de la Misa celebrada
en la Explanada de los Inválidos, el 13 de septiembre,
ha esbozado la doctrina de la eucaristía y de la
“presencia real” del cuerpo y de la sangre de Cristo,
con palabras muy exigentes que obligan a celebrar la Misa
con un fervor sagrado que ha sido demasiado descuidado en
las últimas décadas.
Y en la meditación conclusiva de la
procesión eucarística en Lourdes, la tarde del 14 de septiembre,
Benedicto XVI ha vuelto a tratar el tema de la
“presencia real”. Con un pasaje dedicado a los que “no
pueden recibir a Jesús en el sacramento, pero que pueden
contemplarlo con fe y amor, y expresar el deseo de
poder unirse finalmente a Él”. Entre éstos se pueden contar
a los católicos divorciados y vueltos a casar, a quienes
la Iglesia no les da la comunión. Pero su “deseo”,
ha dicho el Papa, “tiene gran valor delante de Dios”.
A estos llamados para recuperar el espíritu auténtico de la
liturgia, Benedicto XVI ha agregado además, el 14 de septiembre
en Lourdes, una ilustración del sentido profundo del Angelus Domini,
la oración mariana que él recita en público cada domingo
del año al mediodía.
A continuación, cuanto ha dicho día
tras día Benedicto XVI, sobre cada uno de estos puntos:
Sobre la misa según el rito antiguo
De la conferencia
de prensa en el avión papal, el 12 de septiembre
de 2008
P. – Su Santidad, ¿qué dice a los
que en Francia temen que el motu proprio "Summorum Pontificum"
signifique un retroceso respecto a las grandes intuiciones del Concilio
Vaticano II?
R. – Es un miedo infundado, pues este
motu proprio es sencillamente un acto de tolerancia, con un
objetivo pastoral, para personas que han sido formadas en esta
liturgia, que la aman, la conocen, y quieren vivir con
esta liturgia. Es un pequeño grupo, pues supone una formación
en latín, una formación en una cierta cultura. Pero me
parece una exigencia normal de la fe y de la
pastoral para un obispo de nuestra Iglesia tener amor y
tolerancia por estas personas y permitirles vivir con esta liturgia.
No hay oposición alguna entre la liturgia renovada por el
Concilio Vaticano II y esta liturgia. Cada día, los padres
conciliares celebraron la misa según el rito antiguo y, al
mismo tiempo, han concebido un desarrollo natural para la liturgia
en todo este siglo, pues la liturgia es una realidad
viva, que se desarrolla y que conserva en su desarrollo
su identidad. Por tanto, hay ciertamente acentos diferentes, pero una
identidad fundamental que excluye una contradicción, una oposición entre la
liturgia renovada y la liturgia precedente.
Creo que existe una
posibilidad de enriquecimiento de las dos partes. De un lado,
los amigos de la antigua liturgia pueden y deben conocer
a los nuevos santos, los nuevos Prefacios de la liturgia,
etc. Del otro lado, la nueva liturgia subraya mayormente la
participación común, pero que no es simplemente una asamblea de
una cierta comunidad, sino siempre una acción de la Iglesia
universal, en comunión con todos los creyentes de todos los
tiempos, y un acto de adoración. En este sentido, me
parece que hay un enriquecimiento mutuo, y está claro que
la liturgia renovada es la liturgia ordinaria de nuestro tiempo.
Sobre el nacimiento de la gran música occidental
De la
exposición ofrecida en el Collège des Bernardins, París, 12 de
septiembre de 2008
Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre
cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar
con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es
suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia
cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los
labios de los Ángeles: el "Gloria", que fue cantado por
los Ángeles al nacer Jesús, y el "Sanctus", que según
Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están
junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es
invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la
palabra a su destino más alto. Escuchemos en ese contexto
una vez más a Jean Leclercq: "Los monjes tenían que
encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre
redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de
Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos
cristológicos de cada uno de los tonos" (cf. Ibid., p.
229).
En San Benito, para la plegaria y para el
canto de los monjes, la regla determinante es lo que
dice el Salmo: "Coram angelis psallam Tibi, Domine" –delante de
los ángeles tañeré para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí
se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria
en presencia de toda la corte celestial y por tanto
de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de
modo que se pueda estar unidos con la música de
los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la
armonía del cosmos, de la música de las esferas.
De
ahí se puede entender la seriedad de una meditación de
san Bernardo de Claraval, que usa un dicho de tradición
platónica transmitido por Agustín para juzgar el canto feo de
los monjes, que obviamente para él no era de hecho
un pequeño matiz, sin importancia. Califica la confusión de un
canto mal hecho como un precipitarse en la "zona de
la desemejanza", en la "regio dissimilitudinis". Agustín había echado mano
de esa expresión de la filosofía platónica para calificar su
estado interior antes de la conversión (cf. Confesiones VII, 10.16):
el hombre, creado a semejanza de Dios, al abandonarlo se
hunde en la "zona de la desemejanza" – en un
alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja
y así se hace desemejante no sólo de Dios, sino
también de sí mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente
drástico que Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de
los monjes, emplee esta expresión, que indica la caída del
hombre alejado de sí mismo. Pero demuestra también cómo se
toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del
canto es también cultura del ser y que los monjes
con su plegaria y su canto han de estar a
la altura de la Palabra que se les ha confiado,
a su exigencia de verdadera belleza.
De esa exigencia intrínseca
de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas
por Él mismo nació la gran música occidental. No se
trataba de una "creatividad" privada, en la que el individuo
se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio
esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien
de reconocer atentamente con los "oídos del corazón" las leyes
intrínsecas de la música de la creación misma, las formas
esenciales de la música puestas por el Creador en su
mundo y en el hombre, y encontrar así la música
digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna
del hombre e indica de manera pura su dignidad.
Sobre la
Liturgia de las Horas
De la homilía de las Vísperas
en la catedral de Notre-Dame, París, 12 de septiembre de
2008
El Hijo de Dios se encarnó en el seno
de una Mujer, de una Virgen. Vuestra catedral es un
himno vivo de piedra y de luz para alabanza de
este acto único de la historia humana: la Palabra eterna
de Dios entrando en la historia de los hombres en
la plenitud de los tiempos para rescatarlos por la ofrenda
de sí mismo en el sacrificio de la Cruz. Las
liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebración
de un Acto único de la historia, no alcanzarán jamás
a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza
de los ritos nunca será lo suficientemente esmerada, lo suficientemente
cuidada, elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios, que
es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no
podrán ser más que un pálido reflejo de la liturgia,
que se celebra en la Jerusalén de arriba, meta de
nuestra peregrinación en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo,
se le parezcan lo más posible y la hagan presentir.
Desde ahora, la Palabra de Dios nos ha sido dada
para ser el alma de nuestro apostolado, el alma de
nuestra vida de sacerdotes. Cada mañana, la Palabra nos despierta.
Cada mañana, el Señor mismo nos "espabila el oído" (Is
50,5) para los salmos del Oficio de Lecturas y Laudes.
A lo largo de la jornada, la Palabra de Dios
se convierte en la materia de la oración de toda
la Iglesia, que desea así dar testimonio de su fidelidad
a Cristo. Según la célebre fórmula de san Jerónimo, que
será retomada por la XII Asamblea del Sínodo de los
Obispos, en el próximo mes de octubre: "Ignorar las Escrituras
es ignorar a Cristo" (Prólogo del comentario a Isaías). Queridos
hermanos sacerdotes, no tengáis miedo de dedicar mucho tiempo a
la lectura, a la meditación de la Escritura y al
rezo del Oficio divino. Casi sin saberlo, la Palabra leída
y meditada en la Iglesia actúa sobre vosotros y os
transforma. Como manifestación de la Sabiduría de Dios, si se
transforma en la "compañera" de vuestra vida, será vuestra "compañera
en la prosperidad", vuestro "alivio en las preocupaciones y tristezas"
(Sab 8,9).
Sobre la presencia real de Jesús en la
eucaristía
De la homilía de la Misa en la Explanada
de los Inválidos, París, 13 de septiembre de 2008
¿Cómo
llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel
que el hombre busca en lo más profundo de sí
mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí? San Pablo nos invita
a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra
fe para descubrirlo. Ahora bien, ¿qué nos dice la fe?
El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de
Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es
comunión con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelación que proviene
de Cristo y que se nos ha transmitido por los
Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil
años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la
noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado
de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las
palabras de la consagración del pan y del vino. Desde
hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla
más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales,
el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando
a ser, según la famosa expresión de San Agustín, "más
íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad" (cf. Confesiones, III,
6.11).
Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo
y la Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la
presencia real del Señor en su Iglesia y en toda
la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto
y amor. Démosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con
nuestras palabras, silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y
en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en
la Eucaristía. Como dijo magistralmente San Juan Crisóstomo: "Consideremos los
favores inefables de Dios y todos los bienes de los
que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando
comulgamos, dándole gracias por haber liberado al género humano del
error, por haber acercado a él a los que estaban
alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de
este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del
Hijo de Dios" (Homilía 24 sobre la Primera Carta a
los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo, "lo que está
en la copa es precisamente lo que ha brotado de
su costado, y eso es lo que participamos" (ibíd.). No
se trata sólo de participar y compartir, sino que hay
"unión", nos dice.
La Misa es el sacrificio de acción
de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra
propia acción de gracias a la del Salvador, el Hijo
eterno del Padre. Por sí misma, la Misa nos invita
también a huir de los ídolos, porque, como reitera San
Pablo, "no podéis participar en dos mesas, la del Señor
y la de los malos espíritus" (1 Co 10,21). La
Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece
al Espíritu de Dios y lo que en nosotros aún
permanece a la escucha del espíritu del mal. En la
Misa sólo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud
–con "acción de gracias"- el clamor del salmista: "¿Cómo pagaré
al Señor todo el bien que me ha hecho?" (Sal
116,12). Sí, ¿cómo dar gracias al Señor por la vida
que me ha dado? La respuesta a la pregunta del
salmista está en el mismo Salmo, pues la Palabra de
Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¿Cómo
pagar al Señor todo el bien que nos hace sino
retomando sus propias palabras: "Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre" (Sal 116,13)?
Alzar la copa de la
salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es precisamente
la mejor manera de "no tener que ver con la
idolatría", como nos pide San Pablo? Cada vez que se
celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente
presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra
salvación. Celebrar la Eucaristía significa, por tanto, reconocer que sólo
Dios puede darnos la felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores,
los valores eternos que nunca declinarán. Dios está presente en
el altar, pero también está presente en el altar de
nuestro corazón cuando en la comunión le recibimos en el
sacramento de la Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir
de los ídolos, espejismos del pensamiento.
Ahora bien, queridos hermanos
y hermanas, ¿quién puede alzar la copa de la salvación
e invocar el nombre del Señor en nombre de todo
el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello
por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de París
y de la región parisina, así como los venidos de
toda Francia y de otros países vecinos, permitidme hacer un
llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de
los jóvenes que se plantean la cuestión de la vocación
religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de
dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio
de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada
suplirá una Misa por la salvación del mundo!
Sobre la oración
del Angelus Domini
Del mensaje en el Angelus del mediodía,
Lourdes, 14 de septiembre de 2008
Cada día, la oración
del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar unos instantes,
en medio de nuestras actividades, en el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando las primeras
horas del día comienzan a hacer sentir el peso de
la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan gracias a
la contemplación del "sí" de María. Ese "sí" limpio y
sin reservas se enraíza en el misterio de la libertad
de María, libertad plena y total ante Dios, sin ninguna
complicidad con el pecado, gracias al privilegio de su Inmaculada
Concepción.
Este privilegio concedido a María, que la distingue de
nuestra condición común, no la aleja, más bien al contrario
la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos
separa unos de otros, la pureza de María la hace
infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de
nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí,
en Lourdes, como en todos los santuarios marianos, que multitudes
inmensas llegan a los pies de María para confiarle lo
que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva
especialmente en su corazón. Lo que, por miramiento o por
pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni
siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a
Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con
sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante María, precisamente por su
pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad,
a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus
esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de
la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz
de verse tal como es y le inspira el deseo
de convertirse para dar gloria a Dios.
María nos muestra
de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor.
Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y
sencillez. Gracias a Ella, descubrimos que la fe cristiana no
es un fardo, sino que es como un ala que
nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos
de Dios.
La vida y la fe del pueblo creyente
manifiestan que la gracia de la Inmaculada Concepción hecha a
María no es sólo una gracia personal, sino para todos,
una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En María,
la Iglesia puede ya contemplar lo que ella está llamada
a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora
la realización cumplida de su vocación personal. Que cada uno
de nosotros permanezca siempre en acción de gracias por lo
que el Señor ha querido revelar de su designio salvador
a través del misterio de María. Misterio en el que
estamos todos implicados de la más impresionante de las maneras,
ya que desde lo alto de la Cruz, que celebramos
y exaltamos hoy, Jesús mismo nos ha revelado que su
Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de María,
aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y
la dignidad incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunda
sobre nosotros, sus hijos.
Algo más sobre la Misa en
rito antiguo
Del discurso a los obispos de Francia, Lourdes,
14 de septiembre de 2008
El culto litúrgico es la
expresión suprema de la vida sacerdotal y episcopal, como también
de la enseñanza catequética. Queridos hermanos, vuestro oficio de santificar
a los fieles es esencial para el crecimiento de la
Iglesia. Me he sentido impulsado a precisar en el motu
proprio "Summorum Pontificum" las condiciones para ejercer esta responsabilidad por
lo que respecta a la posibilidad de utilizar tanto el
misal del beato Juan XXIII (1962) como el del Papa
Pablo VI (1970). Ya se han dejado ver los frutos
de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de
los espíritus que, gracias a Dios, se está produciendo. Tengo
en cuenta las dificultades que encontráis, pero no me cabe
la menor duda de que podéis llegar, en un tiempo
razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la túnica
inconsútil de Cristo no se desgarre todavía más. Nadie está
de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de
poder sentirse en ella “como en su casa”, y nunca
rechazados. Dios, que ama a todos los hombres y no
quiere que ninguno se pierda, nos confía esta misión haciéndonos
pastores de su grey. Sólo nos queda darle gracias por
el honor y la confianza que Él nos otorga. Por
tanto, esforcémonos por ser siempre servidores de la unidad.
Algo
más sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía
De la meditación conclusiva en la procesión eucarística, Lourdes, 14
de setiembre de 2008
La Hostia Santa es el Sacramento
vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de
los hombres en su Iglesia. [...] Una inmensa muchedumbre de
testigos está invisiblemente presente a nuestro lado, cerca de esta
bendita gruta y ante esta iglesia querida por la Virgen
María; la multitud de todos los que han contemplado, venerado,
adorado, la presencia real de Quien se nos entregó hasta
la última gota de su sangre; la muchedumbre de todos
los que pasaron horas adorándolo en el Santísimo Sacramento del
Altar. [...] San Pierre-Julien Eymard lo dijo todo cuando escribió:
"La Santa Eucaristía, es Jesucristo pasado, presente y futuro".
Jesucristo
pasado, en la verdad histórica de la tarde en el
cenáculo, que se nos recuerda en toda celebración de la
Santa Misa.
Jesucristo presente, porque nos dice: "Tomad y comed
todos, porque esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre".
"Esto es", en presente, aquí y ahora, como en todos
los aquí y ahora de la historia de los hombres.
Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres
corazones, nuestros pobres pensamientos. Presencia ofrecida a nuestras miradas como
aquí, esta tarde, cerca de la gruta donde María se
reveló como Inmaculada Concepción.
La Eucaristía es también Jesucristo futuro,
Jesucristo que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo
glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la
eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada
segundo de su historia. Cada vez que lo comemos, pero
también cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que
el vuelva, "donec veniat". Por eso lo recibimos con infinito
respeto.
Algunos de nosotros no pueden todavía recibirlo en el
Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar
el deseo de poder finalmente unirse a Él. Es un
deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor
ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.
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