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La liturgia nos invita a considerar que la
vida es un talento, un don, que el Señor nos
dio y que debemos hacer fructificar. Este domingo 33 del
tiempo ordinario prepara de un modo inmediato la solemnidad de
Cristo Rey del Universo. El día del Señor, nos dice
Pablo en la carta a los Tesalonicenses, llegará como un
ladrón, de modo inesperado y, por ello, debemos vigilar y
vivir sabiamente para no ser sorprendidos (2L). El evangelio compara
la vida humana a un don que Dios nos hace
para que lo hagamos rendir. Al crearnos, Dios ha querido
compartir con nosotros algo de sí mismo. Él desea que
también su creatura se convierta en una “dispensadora de bien”.
Por eso, lo sensato en nuestras vidas es usarlas apropiadamente
para producir frutos abundantes; lo sensato es negociar con los
talentos recibidos; poner en juego todas las capacidades de la
inteligencia y de la voluntad para producir aquellos frutos que
Dios espera de nosotros. Así pues, cada uno con los
dones recibidos debe ponerse al servicio de los demás, con
la clara conciencia de que el Señor volverá y que
deberemos rendir cuentas, no de nuestras intenciones, sino de las
obras realizadas (Ev). El libro de los Proverbios nos
muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su
vida y cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en
la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa
o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí
misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus
brazos a los necesitados. Quien encuentra una mujer así, encuentra
un tesoro (1L).
Mensaje doctrinal
1. El Señor volverá. Es una verdad
que proclamamos en el credo: el Señor volverá para juzgar
a los vivos y a los muertos. Su venida, como
lo afirma san Pablo, es cierta, más aún es inminente,
pero nos sabemos el día, ni la hora. El catecismo
de la Iglesia católica expresa muy bien esta verdad:
"Desde la
Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente,
aun cuando a nosotros no nos ´toca conocer el tiempo
y el momento que ha fijado el Padre con su
autoridad´ [Hch 1,7 .]. Este advenimiento escatológico se puede cumplir
en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final
que le ha de preceder estén ´retenidos´ en las manos
de Dios." Catecismo de la Iglesia Católica No. 673
El día
del Señor llegará de modo improviso, cuando todos se sientan
seguros. Por eso, la actitud que corresponde al cristiano es
la de la vigilancia. Así como el padre de familia
vigila para que el ladrón no robe en la noche
(Cf. Lc 12, 39), así el cristiano no se abandona
al sueño negligente en esta vida. Es decir, no se
abandona al descanso y a la pereza cuando tiene ante
sus ojos muchas oportunidades de bien. A este hombre atento
y vigilante se le pueden aplicar las palabras de la
Escritura: yo dormía, pero mi corazón vigilaba. (Cantar de los
cantares 5,2). En realidad la gran tentación de esta vida
es pensar que todo se concluye aquí; pensar que las
esperanzas son para aquí abajo y que, por lo tanto,
lo más rentable es disfrutar cuanto sea posible de las
posibilidades presentes dado que nada sabemos de la eternidad. La
tentación de transformar las esperanza de los bienes celestiales en
esperanzas terrenas es muy insidiosa en nuestro mundo secularizado. Dicha
tentación consiste en considerar la estación presente como la única,
como la definitiva y, en consecuencia, buscar de ella el
máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto. Hemos
de reaccionar firmemente ante tan grande error. El cristiano sabe
que ha pasado de las tinieblas del pecado a la
luz admirable de la gracia. Él ha sido iluminado y
posee una viva conciencia de su quehacer en este mundo.
Se sabe peregrino hacia la posesión eterna de Dios. Sabe
que su paso por esta vida es breve, un punto
en la eternidad; pero es un paso en el que
debe dejar una huella de bien y de bondad. El
tiempo se le hace corto para hacer todo el bien
que quisiera hacer. Lejos de él el pasar sin ofrecer
frutos de vida eterna. Como un centinela, no duerme, vela,
observa, llama a rebato, convoca, es un obrero diligente, hace
rendir las dotes recibidas. Es un centinela guiado por el
amor y el amor desconoce la dilación, el retraso, la
omisión. El amor es diligente y se muestra en las
obras. El amor vigila y pone todos los medios para
producir buenos frutos. El amor desea lo mejor para el
amado y para los que vienen detrás.
El Señor volverá. Habrá
que grabar en el alma esta verdad porque ella es
suficiente para dar un sentido trascendente a la vida. Ella
nos ayudará a considerar todo el acontecer humano con la
relatividad de quien mira y espera la eternidad de Dios.
El Señor volverá: sacudamos la pereza de nuestras manos, limpiemos
las salpicaduras de una mentalidad de mundo, sin esperanza sobrenatural,
sin mirada de eternidad.
2. Hemos de negociar con los talentos
recibidos de Dios. No importa si se han recibido muchos
o pocos talentos, lo importante es que ninguno de ellos
permanezca ocioso, sino que se ponga enteramente al servicio de
Dios, de la Iglesia y de mis hermanos los hombres.
Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar
a los demás, algo que ofrecer, algo con qué negociar.
En este sentido rico, no es el que más tiene,
sino el que más da, el que más ofrece lo
que tiene como don para los demás. El enemigo que
hay que vencer, por tanto, es la indolencia, la somnolencia,
la omisión; esa especie de sueño que anestesia las mejores
cualidades del corazón y nos derrumba en una vida estéril
y temerosa. El enemigo que hay que vencer es el
miedo que nos hace esconder el talento para no arriesgar
un fracaso. El cristiano no puede acobardarse ante el mundo
y ante la vida, porque su ejercicio es el amor;
porque su vida ha pasado de las tinieblas a la
luz; él es hijo de la luz y vive en
el amor y el amor es donación, el amor es
valentía, el amor es entrega sincera de sí sin límites.
Negociar
en esta vida puede significar:
Superar el egoísmo y el
subjetivismo individualista que nos retrae a nuestro propio mundo y
nos hace ver sólo por nuestros intereses. La persona se
hace insensible ante el sufrimiento de los inocentes y del
prójimo. La persona egoísta no es capaz de descubrir los
avatares y las desgracias del mundo y los sufrimientos de
la Iglesia. Su horizonte de interés y de generosidad se
restringe. Nada más triste que vivir para sí. Nada más
triste que tomar el talento que está destinado para dar
frutos y enterrarlo en el propio egoísmo. El egoísta es
infeliz en esta vida y pone en riesgo su salvación
eterna: siervo malvado y perezoso, lo llama el Señor.
- Practicar
la abnegación de nuestras tendencias desordenadas. El hombre tiende al
bien, pero al examinar su corazón descubre tendencias desordenadas que
no pueden tener su origen en su creador. Si quiere
poner sus dones y su vida al servicio de los
demás, deberá poner orden en esas tendencias que lo obstaculizan,
lo retrasan y desvían del camino. Debe aprender a renunciarse
a sí mismo en sus gustos y placeres desordenados, debe
aprender a negarse a sí mismo de acuerdo con la
ascética cristiana. Palabras duras de entender para el hombre moderno
y post-moderno, pero palabras ciertas que responden a la verdad
sobre la vocación y la dignidad del ser humano.
- Participar
en la misión apostólica de la Iglesia. Por definición un
cristiano es un apóstol. Es un hombre enviado a dar
frutos de vida eterna. Es una persona llamada por Cristo
para tomar parte en los trabajos de la redención. Por
tanto, es una persona que tiene una misión en la
vida y que cuenta con un tiempo determinado para ponerla
por obra. Decir que no se tiene tiempo para hacer
apostolado y participar en la misión de la Iglesia, es
lo mismo que decir que no se tiene tiempo para
ser cristiano, puesto que el apostolado es esencial en la
vida cristiana. Habrá, pues, que preguntarse si se posee esta
conciencia apostólica; si se siente la corresponsabilidad en la tarea
de la salvación de las almas. Habrá que preguntarse si
se siente la urgencia de hacer poco o mucho, lo
que está en la propia mano, para ayudar a esta
humanidad dolorida que sufre tanto por la falta de Dios.
Las posibilidades de bien son enormes, los talentos son múltiples.
Sugerencias pastorales
1. El cristiano vive sobriamente. El cristiano sabe que
todos los bienes materiales de los que dispone en esta
vida son sólo medios para alcanzar a Dios y
para darle gloria. Sería insensato acumular bienes sabiendo que la
polilla de este mundo y el paso del tiempo los
corroe y que no valen para la eternidad. Quien acumula
bienes terrenos, se apega a ellos y los convierte en
un fin, se parece a aquel alpinista que junta enseres,
vituallas y equipo de montaña, pero nunca se decide a
emprender la ascensión. ¿Para qué sirve tanto equipo y material?
¡Qué grave error! Como si esos bienes fueran eternos, como
si esos bienes pudiesen colmar las aspiraciones del corazón, como
si al final de la vida no estuviese el encuentro
definitivo con el Señor de nuestras vidas.
Por eso, el cristiano
usa de los bienes tanto cuanto le ayudan a dar
gloria a Dios e ir al cielo. Aquí aparece el
tema del desprendimiento de la cosas creadas, el tema de
la caridad y de la generosidad para repartir los bienes
con los necesitados; el tema de vivir sobriamente usando los
bienes necesarios y practicando la benevolencia con los pobres.
2.
El cristiano vive diligentemente. Uno de los más grandes talentos
que hemos recibido y al cual, lamentablemente, damos poca importancia
es el tiempo. El tiempo es un don hermoso de
Dios. Con él vamos construyendo nuestra porción en la obra
de la salvación. Con él colaboramos con Cristo en la
redención de la humanidad. Sin embargo, con frecuencia usamos con
descuido el tiempo. Parece que, en ocasiones, más que usar
el tiempo, lo perdemos; dejamos que se nos escape entre
las manos sin hacer nada constructivo, nada que sirva para
las futuras generaciones, nada que lleve paz, consuelo y alegría
a los demás. Pasa un día y otro, y vivimos
sin dar trascendencia a nuestras vidas y sin hacer nada
duradero, sin emplearnos a fondo en las cosas importantes. Corremos
de aquí para allá para ajustar negocios, adquirir bienes, disfrutar
de los placeres de esta vida, y nos olvidamos de
atesorar bienes para el cielo. Descuido importante. El cristiano, por
ello, se esfuerza por vivir diligentemente, haciendo todo el bien
que esté en su mano hacer. La consigna, pues, para
nuestro tiempo es la de trabajar con diligencia, aprovechar cada
minuto para dar fruto de eternidad. Vivir con una sana
militancia que, como san Pablo, me lleve a gastarme y
desgastarme por el bien de mis hermanos.
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