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El
evangelio nos ofrece la enseñanza de Jesús sobre el más
importante de los mandamientos amar a Dios con todo el
corazón, con toda el alma con todo el ser. Jesús
añade que el segundo mandamiento es semejante: amar al prójimo
como a uno mismo (EV). En realidad el Señor confirma
lo que ya había expresado el antiguo testamento. En la
primera lectura escuchamos las prescripciones que se debían observar en
relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y
aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado
o dejar objetos en prenda para poder obtener lo necesario
para la vida (1L). La enseñanza es profunda y de
inmensa actualidad: no se puede separar el amor a Dios,
del amor al prójimo, porque el Señor es compasivo y
se cuida de todas sus creaturas. Por otra parte, continuamos
la lectura de la carta a los Tesalonicenses. Aquí, Pablo
alaba la fe de aquella naciente Iglesia y comprueba que
el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la
potencia del Espíritu Santo. Los Tesalonicenses se han vuelto a
Dios para servirlo, y viven aguardando la venida de Cristo
a quien Dios resucitó de entre los muertos (2L).
Mensaje doctrinal
1.
El amor a Dios. En medio de las vicisitudes de
la vida el hombre se pregunta con frecuencia: ¿cuál es
el punto que da unidad a mi vida? Ante los
diversos preceptos que debo observar ¿cuál es el más importante?
¿Qué es aquello que debe constituir la base de mis
certezas y actuaciones? ¿Qué es aquello que es inmutable en
el continuo fluir del tiempo y de las personas? En
el evangelio de hoy encontramos una respuesta tomada del Antiguo
Testamento y confirmada por Cristo: el primero de todos los
mandamientos y de todos los deberes que tiene que observar
un hombre es el de amar a Dios con todo
el corazón, con toda el alma y con todo el
ser”. La razón más alta de la dignidad humana -nos
dice el Concilio Vaticano II- consiste en la vocación del
hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento,
el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura
y simplemente por el amor de Dios, que lo creó,
y por el amor de Dios, que lo conserva. Debemos,
pues, amar a Dios con todo el corazón
porque Él es bueno, es inmensa su misericordia. Él
es el dador de bienes. Él es quien nos ha
puesto en la existencia por amor y nos ha redimido
por amor. Él es quien, de frente al pecado del
mundo y del hombre, no se arrepiente de su creación,
sino que le ofrece al hombre un medio admirable de
redención en su Hijo. El amor a Dios por encima
de todas las cosas es aquello que da estabilidad a
nuestra vida, nos libra de los pecados más perniciosos como
son la incredulidad, la soberbia, la desesperanza, la rebelión contra
Dios, el agnosticismo. El mundo es desgraciado en la medida
que se aleja del amor de Dios, en la medida
que se construye sus propios ídolos abandonando a Dios que
lo ama tiernamente. Así como los israelitas al construir el
becerro de oro se alejaron de Dios y quedaron confundidos,
así el hombre contemporáneo, al alejarse de Dios por los
ídolos del placer, del egoísmo, de la comodidad etc., se
pierde y se siente desolado.
La Gaudium et spes en
el número 19 hacía un perspicaz análisis de la situación
de nuestro mundo y del fenómeno del ateísmo: “La palabra
"ateísmo" -dice el documento- designa realidades muy diversas. Unos niegan
a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca
de Dios..... Otros ni siquiera se plantean la cuestión de
la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud
religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por
el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como
violenta protesta contra la existencia del mal... La misma civilización
actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga
de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable
el acceso del hombre a Dios. Quienes voluntariamente pretenden apartar
de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas,
desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en
esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en
su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un
fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe
contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente
en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden
tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que,
con el descuido de la educación religiosa, o con la
exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos
de su vida religiosa, moral y social, han velado más
bien que revelado el genuino rostro de Dios y de
la religión”. Estas palabras de Gaudium et spes nos interpelan
como creyentes, como cristianos: ¿estamos amando a Dios con todo
el corazón y, por tanto, somos testigos dignos de crédito
ante el mundo?
2. El amor al prójimo. Jesús confirma que
el amor a Dios no puede separarse del amor al
prójimo. No podemos amar a Dios, a quien no vemos,
si no amamos a nuestros prójimos que están en nuestra
presencia. Sería un engaño y una disimulación pretender amar a
Dios y, al mismo tiempo, despreocuparnos de nuestros hermanos. Precisamente
el amor a Dios se enciende, las más de las
veces, cuando el espíritu humano -si es sincero- se encuentra
de frente al sufrimiento y las necesidades de los demás.
Así lo comprobamos en numerosos santos como san Camilo de
Lellis, el Cottolengo, san Juan de la Cruz, san Vicente
de Paul etc. El pobre, el indefenso, el que tiene
necesidad de apoyo es un lugar privilegiado en el que
Dios se revela y se hace presente.
La primera
lectura menciona tres clases de personas a las que se
les debe especial caridad: los forasteros, las viudas-huérfanos y los
que tienen que recurrir a préstamos para poder sobrevivir. El
pueblo bíblico debía cultivar una especial solicitud por los forasteros,
porque él mismo -el pueblo elegido- había sido forastero en
Egipto y habría sufrido las penalidades de quien se encuentra
fuera de su patria y sin el abrigo de su
casa. Las viudas y los huérfanos eran personas indefensas que
quedaban a merced de quien deseaba aprovecharse de ellos. Los
israelitas debían observar con ellos especial miramiento, porque si
ellos clamaban a Dios, Dios los escuchaba. Así, debemos afirmar
que el huérfano y desvalido es escuchado especialmente por el
corazón de Dios. Dios se cuida de él. Dios lo
atiende. Dios no lo abandona. Si el afligido invoca al
Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias.
Pero Dios ha querido hacer todo esto a través de
las mediaciones humanas. Y aquí es donde todos nos sentimos
interpelados. Nos convertimos en medios de comunicación del amor de
Dios: a través de nosotros, los necesitados experimentarán la bondad
de Dios. Somos los canales por los que Dios se
manifiesta. Finalmente, la Sagrada Escritura pide a los israelitas
que no se aprovechen de la situación de necesidad del
pobre para imponerle cargas superiores a sus fuerzas. Por encima
de la estricta justicia, al hablar de préstamos y
transacciones económicas, está la caridad. Está el amor a quien
es insoluble y no tiene con qué vestirse esta noche.
San Agustín tiene un texto admirable que comenta el evangelio
de hoy: “El amor de Dios es el primero como
mandamiento, pero el amor al prójimo es el primero como
actuación práctica. Aquel que te da el mandamiento del amor
en estos dos preceptos, no te enseña primero el amor
al prójimo, y después el amor a Dios, sino viceversa.
Pero como a Dios no lo vemos todavía, amando al
prójimo tú adquieres el mérito para verlo; amando al prójimo
tú purificas tu ojo para ver a Dios, como lo
afirma san Juan: “Si no amas al hermano que ves,
¿cómo podrás amar a Dios a quien no ves? Cf.
1 Jn 4, 20). Si sintiendo la exhortación para amar
a Dios, tú me dijeses: “muéstrame a aquel que debo
amar”, yo no podría responderte sino con las palabras de
san Juan: “Ninguno jamás ha visto a Dios” (Cf. Jn
1,8). Pero para que tú no te creas excluido totalmente
de la posibilidad de ver a Dios, el mismo Juan
dice: “Dios es amor. Quien permanece en el amor permanece
en Dios” (1 Jn 4, 16). Tú, por lo tanto,
ama al prójimo y mirando dentro de ti donde nazca
este amor, en cuanto te es posible, verás a Dios”
San Agustín. Tratado sobre san Juan Tratt. 17, 7-9.
¡Palabras
admirables las del santo doctor! A Dios lo vemos al
mirar de dónde nace en nuestro corazón el amor al
prójimo. Así, cuanto más amamos a nuestro prójimo, mejor vemos
a Dios en nuestro interior.
Sugerencias pastorales
1. La práctica de
las obras de misericordia. ¡Qué duda cabe que uno de
los peligros que más nos asecha en la vivencia del
cristianismo es el individualismo! Se trata de vivir la
fe de un modo privado relegándola al íntimo de la
conciencia y sin tener una expresión en la caridad práctica.
El Señor nos pide al iniciar este nuevo milenio salir
a los caminos, “remar mar adentro”, “abrir las puertas a
Cristo” y entregarnos a una caridad más ardiente, más sincera,
y que se manifieste en las obras. Tenemos un modo
concreto y a la mano para practicar el mandamiento del
amor: es la práctica de la obras de misericordia. Estas
obras de misericordia nos permiten salir al encuentro del sufrimiento
y de la necesidad de nuestros hermanos. Mencionemos algunos ejemplos.
Las obras de misericordia espirituales nos invitan a instruir al
ignorante, consolar al afligido, aconsejar al que duda, perdonar las
injurias, sufrir con paciencia las adversidades. Preguntémonos sinceramente: ¿practico yo
estas obras espirituales? ¿Soy una persona que sé consolar, que
sé salir al paso del ignorante, de ayudarle, de ofrecerle
oportunidades de promoción humana? ¿Sé aconsejar a los demás? ¿Me
intereso por ellos, me interesan sus sufrimientos? ¿O soy más
bien de los que pasan por la vida con una
santa indiferencia ante los miles de sufrimientos humanos? Ni siquiera
me doy cuenta de ellos. Pensemos en los hospitales, en
el personal sanitario que se tiene la inmensa oportunidad de
hacer palpable el amor de Dios y que, sin embargo,
en muchos casos, se olvida de la persona del enfermo
para ver en él un problema. Pensemos en la escuela
y en la ardua tarea de la formación de los
jóvenes. Y si miramos a las obras de misericordia corporales,
¡cuántas oportunidades para hacer el bien! La posibilidad de visitar
a los enfermos, de llevarles consuelo, compañía, apoyo espiritual. La
posibilidad de dar de comer a los que padecen hambre
por medio de la limosna, pero mejor aún, por medio
del compromiso personal. La posibilidad de vestir al desnudo etc.
Las imágenes que a diario vemos en la televisión pueden
crear en nuestro espíritu un penoso sentimiento de impotencia y,
por ello, de indiferencia. Hay que reaccionar. Sí, podemos hacer
mucho por nuestros prójimos, porque Dios es compasivo y se
cuida de los pobres y se servirá de nosotros como
instrumentos. Seremos así instrumentos de la providencia. Seremos como las
manos de Dios. No temamos a nada en la
vida. Temamos sólo al pecado de omisión, a la indiferencia
ante el sufrimiento ajeno. Recordémoslo: en los pobres y enfermos,
servimos a Jesús.
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