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El
tema que parece dar unidad a las lecturas de este
día es la soberanía y el señorío del Señor. La
primera lectura nos muestra a Ciro, Rey de Persia del
550 al 530 a.C., y lo califica con el alto
nombre de “ungido del Señor”. En realidad no fue
poco lo que Ciro hizo en favor de Israel: él
puso fin a la deportación a Babilonia -a partir
del 538-, restituyó los objetos de oro y plata expropiados
por Nabucodonosor y publicó el edicto de la reconstrucción del
templo. El libro de Isaías hace una lectura de estos
hechos históricos a partir de la soberanía de Dios. El
Señor guía los hilos de la historia. Él es el
Señor y no hay otro. Israel ha aprendido que el
Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino
que es, en absoluto, el único Dios existente. (1L). El
evangelio nos narra un encuentro muy significativo entre Jesús y
los legados de los fariseos. Estos últimos tienden a Jesús
una asechanza para hacerlo caer. Le presentan un dilema, al
parecer, insoluble: ¿se debe dar, sí o no, el tributo
al César? Pregunta insidiosa. Pero Jesús ofrece una respuesta que
sorprende a todos, adversarios y discípulos: dad al César lo
que es del César y dad a Dios lo que
es de Dios. Con estas palabras, Jesús ,no sólo confunde
a sus adversarios, sino que nos enseña aquello que debemos
ofrecer a Dios. Nos indica que a Dios le debemos
dar todo aquello que le conviene como creador, como Señor
de la vida y de la historia. Las palabras de
Jesús están llenas de sabiduría divina; nos muestran qué grande
y sagrada es la vida humana pues pertenece a
Él. Nos instruyen sobre el único modo que el hombre
tiene para realizar plenamente su humanidad, es decir, dando a
Dios lo que le pertenece, ofreciéndole a Él un homenaje
y una oblación de la propia vida y viviendo en
la plena donación de sí mismo a los demás.
Con este
domingo, además, iniciamos la lectura de la carta a
las Tesalonicenses. Carta de gran interés pues está escrita sólo
30 años aproximadamente después de la muerte de Jesús (51),
y nos presenta algunas de las costumbres y modos de
vida de las primeras comunidades cristianas.
Mensaje doctrinal
Los domingos XXIX-XXX-XXXI del
tiempo ordinario nos ofrecen algunas enseñanzas de Jesús, pero ya
no usan, como los domingos anteriores, las parábolas como medio
de transmisión del mensaje. Ahora, en cambio, estas enseñanzas se
presentan a través de los encuentros entre Jesús y
los fariseos. Encuentros no exentos de hipocresía por parte de
los doctores de la ley y de una grande sinceridad
y profundidad por parte de Cristo.
1. Yo te
llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías: Estas
palabras de la primera lectura del libro de Isaías comentan
las gestas de Ciro en favor de Israel. El
profeta ve todo aquello que Ciro ha hecho, como parte
del llamado divino; ve en Ciro, no sólo el rey
de Persia, sino el ungido del Señor; es decir, ve
en él un instrumento humano de los designios del Dios
de la historia. De aquí se siguen algunas implicaciones teológicas
importantes: el Señor no fuerza la libre determinación del Rey,
sin embargo, sin que él se dé cuenta exactamente, guía
sus pasos: Yo te llamé por tu nombre, aunque tú
no me conocías. Se demuestra, como en otras ocasiones, la
iniciativa de Dios en la elección de los hombres. Es
Dios el primero en salir a nuestro encuentro. Es él,
rico en amor y misericordia, quien no se olvida de
nosotros. No se olvida de aquella creatura que Él mismo
creó al inicio de los tiempos, pero que se alejó
de Él por el pecado. Es Dios quien, con
entrañas de padre, siente ternura por sus hijos. Por otra
parte, conviene subrayar la importancia de la mediación
de la creatura. Cuando decimos que Dios es el primer
protagonista no podemos prescindir del puesto de intermediarios que ocupan
los hombres en el desarrollo de la historia.
En realidad no
son los hombres quienes, por su cualidades, se lanzan al
cumplimiento de una misión, sino más bien es la misión
dada por Dios que los transforma en personas capaces de
llevar adelante esa tarea
Este modo de obrar de Dios se
repite en la historia de cada ser humano: Yo te
llamé por tu nombre...aunque tú no me conocías. Al llamarnos
por nombre, el Señor revela sus pensamientos de benignidad sobre
nosotros, porque los pensamientos de Dios son de paz y
no de aflicción. Nuestro nombre pronunciado dulce y firmemente por
Dios adquiere sentido y un valor trascendente. Nuestra pequeña vida,
en cierto sentido, se ha convertido en sagrada, desde el
día en que Dios pronunció nuestro nombre. Sin embargo, muchas
veces, da la impresión de que no conocemos al Señor;
parece que, aunque Dios pronuncia nuestro nombre, no sabemos quién
es y cuáles son sus planes e intenciones. Caminamos con
sospecha por la vida en vista del mal existente a
nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Caminamos atemorizados ante
la perspectiva de la muerte, de la inevitable caducidad del
mundo y las creaturas, de la acción de las fuerzas
del mal. Entonces es necesario, más que nunca, escuchar que
Dios pronuncia nuestro nombre con amor, pero con autoridad. Él
nos da un título, nos pone en pie, nos da
una tarea que realizar. Él vence el mal con el
bien y nos hace instrumentos de bien, como a Ciro.
Debemos, pues, reconocer que el Señor es Dios y no
hay otro. Reconocer que él tiene en sus manos los
hilos de la historia y que su poder y bondad
actúan ya, aunque de modo misterioso, en este mundo y
lo preparan para su final transformación. Sólo en Cristo llegaremos
a la plena realidad del “ungido del Señor” aquel que
libera definitivamente a su pueblo de la esclavitud, de la
muerte y del pecado. En Cristo, conocemos la bondad del
Padre, porque Él nos revela el rostro amoroso del Padre.
2.
Los deberes del hombre ante la majestad de Dios. Si
Dios es el Señor, el único Dios y no hay
otro, al hombre le corresponde alabarlo, darle gracias, pedirle dones,
solicitar su perdón.
- Alabar a Dios: La
alabanza de Dios debe estar siempre en nuestros labios, porque
Él es Dios y nosotros sus creaturas. El fin de
nuestra existencia es alabar y glorificar a Dios porque Él
es el Señor digno de toda alabanza. Son tantos los
beneficios de Dios para con el hombre que la alabanza
nace espontánea de nuestros labios: 12 ¿Cómo a Yahveh podré
pagar todo el bien que me ha hecho?13 La copa
de salvación levantaré, e invocaré el nombre de Yahveh. Salmo
116 12-13. Dado que hemos sido creados a imagen de
Dios, nuestra vida no debería ser otra cosa sino
un canto de alabanza al Señor por su inmenso amor.
El comentario de Agustín al texto evangélico de este día
es muy elocuente al respecto: “Así como el César exige
su imagen en tu moneda, así del mismo modo exige
su propia imagen en tu alma. Da a César -dice-
aquello que es del César. ¿Qué cosa exige el César
de ti? Su propia imagen. ¿Qué cosa te exige el
Señor? Su propia imagen. Pero la imagen del César está
sobre la moneda, en cambio la imagen de Dios está
en ti mismo. Si lloras cuando pierdes la moneda, porque
has perdido la imagen del César ¿no deberías llorar cuando
adoras a los ídolos porque injurian en ti la imagen
de Dios? Agustín Discorsi, Disc. 113/A,8
- Darle gracias. Ante Dios
el hombre se presenta como un deudor de los dones
divinos: el don de la existencia, el don de la
fe, el don de la redención... La vida del hombre,
en este sentido, debe ser una continua “acción de gracias”
a un Dios providente que vela por sus creaturas con
amor de Padre. “ Deo Gratias! ” Sean dadas gracias
a Dios. Ésto, ante todo es un acto sabio, porque
nos obliga a hacer una reflexión sobre la dignidad de
la vida, la cual nace de un pensamiento original y
creativo de Dios. La vida es un don que tiene
su origen en Dios. Después debemos descubrir que todo es
un don: “Tout est grâce”. ¿Es bello el mundo? Demos
gracias a Dios. ¿Es fecunda la naturaleza? Demos gracias a
Dios. Nuestra misma existencia ¿es un milagro? Demos gracias a
Dios (Cf. Pablo VI Ángelus 10-XI-1974).
- Pedirle dones : Nuestra
vida inmersa en la historia está siempre necesitada del auxilio
y de la protección divina. Nuestra oración se eleva como
incienso para suplicar al Señor las gracias necesarias para continuar
el camino. Sólo con la ayuda y el apoyo de
Dios podemos cumplir cabalmente nuestras tareas. En realidad, al pedir
dones, lo que hacemos es ampliar nuestra capacidad de deseo,
porque el Señor sabe muy bien lo que necesitamos y
está dispuesto a concederlo. La oración, por tanto, aumenta nuestro
deseo y con ello la capacidad de recibir el
regalo de Dios.
- Solicitar su perdón Si el Señor tomase
en cuenta nuestras faltas, ¿quién podría resistir ante su mirada?
¿Quién podría presentarse inocente ante el Señor? ¡Ten misericordia de
nosotros, Señor, porque hemos pecado contra ti!
Sugerencias pastorales
1. El
descubrimiento de que Dios es el Señor de la historia.
¿Quién duda que los acontecimientos dramáticos de nuestra historia ponen
a prueba nuestra fe y nuestra esperanza? Sentimos la misma
interpelación que los malvados hacían al hombre justo: Con
quebranto en mis huesos mis adversarios me insultan, todo el
día repitiéndome: ¿En dónde está tu Dios? Salmos (42,11). “Ciertamente
los dramáticos sucesos en el mundo de estos últimos años
han impuesto a los pueblos nuevos y más fuertes interrogantes
que se han añadido a los ya existentes, surgidos en
el contexto de una sociedad globalizada, ambivalente en la realidad,
en la cual «no se han globalizado sólo tecnología y
economía, sino también inseguridad y miedo, criminalidad y violencia, injusticia
y guerras». (Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la
Vida Consagrada en el Tercer Milenio, Instrucción de la Congregación
para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de
vida apostólica No.1). De frente a estas realidades, se hace
más actual que nunca la misión del cristiano que testimonia
con su fe que Dios sigue presente en el mundo
y que, a pesar de las apariencias, es el amor
de Dios quien triunfa del mal, del pecado y de
la muerte. No conviene olvidar que, como menciona el catecismo
de la Iglesia Católica,: “La creación tiene su bondad y
su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las
manos del Creador. Fue creada "en estado de vía" ("In
statu viae") hacia una perfección última todavía por alcanzar, a
la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las
disposiciones por las que Dios conduce la obra de su
creación hacia esta perfección:
Dios guarda y gobierna por su providencia
todo lo que creó, "alcanzando con fuerza de un extremo
al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura" (Sb
8, 1). Porque "todo está desnudo y patente a sus
ojos" (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre
de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).
El testimonio
de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina
providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de
las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo
y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza
la soberanía absoluta de Dios en el curso de los
acontecimientos: "Nuestro Dios en los cielos y en la tierra,
todo cuanto le place lo realiza" (Sal 115, 3); y
de Cristo se dice: "si él abre, nadie puede cerrar;
si él cierra, nadie puede abrir" (Ap 3, 7); "hay
muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el
plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). Catecismo de
la Iglesia Católica 302-303
2. El valor de la propia vida
en la historia de la salvación. Ahora bien, nosotros como
creatura libres, podemos colaborar con la providencia de Dios que
todo lo dispone y gobierna con firmeza y suavidad. Como
Ciro, podemos convertirnos en instrumentos de gracia y aportar nuestro
granito de arena en la historia de la salvación. Podemos
hacerlo de diversos modos:
- Teniendo un creciente sentido de responsabilidad
por nuestros hermanos; por todos, pero especialmente por los que
sufren. Debemos hacernos en nuestra propia humanidad dispensadores de bien,
de paz, de alegría.
- Reconociendo la unidad y la verdadera
dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos "a
imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,26). Así como la
moneda tiene la imagen del César, cada ser humano posee
la imagen de Dios (Cf San Agustín).
- Buscando el
bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el
único, nos lleva a usar de todo lo que no
es él en la medida en que nos acerca a
él, y a separarnos de ello en la medida en
que nos aparta de Él (cf. Mt 5,29_30; 16, 24;
19,23_24): “Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que
me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame
todo lo que me acerca a ti. Señor mío y
Dios mío, despójame de mi mismo para darme todo a
ti” (S. Nicolás de Flüe, oración).
- Confiando en Dios en
todas las circunstancias, incluso en la adversidad.
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