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La lectura del profeta Isaías es sumamente consoladora.
Nos muestra la intención salvífica de Dios que prepara para
los tiempos mesiánicos un festín suculento en el monte Horeb.
Dios se dispone a enjugar las lágrimas de todos los
rostros y se prepara para alejar todo oprobio y sufrimiento.
La promesa de la salvación se verá cabalmente cumplida (1L).
Por su parte, el evangelio también nos habla de un
banquete, pero los tonos y circunstancias son distintos. Se trata
de la parábola de los invitados descorteses, aquellos que no
escucharon la invitación para participar en el banquete nupcial (Ev).
En el texto del profeta Isaías se subrayaba, de modo
especial, el don que Dios prepara para los tiempos mesiánicos
invitando a todos los pueblos de la tierra. En la
parábola evangélica, en cambio, se pone de relieve la libertad
y la responsabilidad de los invitados al banquete. La boda
estaba preparada, pero los invitados no se la merecían. De
manera indigna habían echado mano a los criados y los
habían cubierto de golpes hasta matarlos. ¡Qué extraño proceder de
uno que ha sido invitado a un banquete! ¡Qué trágico
y dramático el fin de aquellos invitados descorteses: las tropas
del rey prenden fuego a la ciudad y acaban con
los asesinos! Se trata, pues, de una parábola en relación
con la que leímos el domingo precedente (Viñadores homicidas), e
indica que aquellos elegidos para participar en el banquete se
han comportado de modo indigno, no han reconocido su condición
de invitados o de labradores predilectos. Han querido hacerse con
la posesiones del rey, han querido suplantarlo desairarlo, y se
han perdido, se han hecho asesinos.
Dios invita al hombre, en
Jesucristo, al banquete eterno, le ofrece la salvación. Por parte
de Dios todo está hecho; pero es el hombre quien
libre y generosamente debe acudir al banquete. Como san Pablo,
hay que hacer la experiencia de Cristo y de su
amor para afrontar cualquier dificultad de la vida: Todo lo
puedo en aquel que me conforta (2L).
Mensaje doctrinal
1. En
los tiempos mesiánicos Dios enjugara las lágrimas de todos los
rostros. Dice un himno de la liturgia de las horas:
Señor, no sólo me diste los ojos para llorar, sino
también para contemplar. En verdad, en algunos momentos de la
vida, el hombre puede creer que su existencia no es
sino un llanto y sufrimiento ininterrumpido. ¡Son tantos los sufrimientos
de los hombres! Sufrimientos de pueblos enteros sumidos en la
pobreza, en la miseria, azotados por la enfermedad del Aids
o malaria; sufrimientos de miles de jóvenes aherrojados por las
tenazas de la droga, del sexo, de la pérdida de
sentido; sufrimientos de tantos enfermos incurables, en estado terminal, o
en estado crítico; sufrimientos de familias desunidas. El Señor no
es ajeno a todos estos sufrimientos. Él recoge nuestras lágrimas
entre sus manos, como bien expresa el salmo 56:
De mi
vida errante llevas tú la cuenta, ¡recoge mis lágrimas en tu
odre! Sal 56,9
El Señor “ve nuestras lágrimas” (Cfr. 2
Re 20,5), “escucha nuestras lágrimas” (Sal 39, 13). El Señor
se conmueve ante las lágrimas de los hombres. “Míralo en
la palma de mis manos te tengo tatuada y tus
muros están ante mí perpetuamente” (Is 49,16). El Señor nos
cuida como un padre cuida a sus hijos: Yo enseñé
a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos
no conocieron que yo cuidaba de ellos. 4 Con cuerdas
humanas los atraía, con lazos de amor, y era para
ellos como los que alzan a un niño contra su
mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer.
(Os 11,3-4)
El Señor prepara, pues, un banquete para el fin
de los tiempos. En su Hijo, Él nos ha expresado
todo su beneplácito; en Él nos ha hecho ver cuán
valiosa es a los ojos de Dios la vida del
hombre, pues ha enviado a su Hijo en sacrificio: para
rescatar al esclavo, entregó al Hijo. Él se cuida de
nosotros y ninguno de nuestros caminos le son desconocidos. Él
va a buscarnos allá donde el pecado nos tenía despeñados.
Sí, el Señor no sólo enjugará al final de los
tiempos toda lágrima de quien a Él se acoge, sino
que ya, desde ahora, es el consuelo y alegría del
corazón contrito y humillado. Abramos a Él nuestro corazón, porque
Él se cuida de nosotros.
En la profecía de Isaías, por
primera vez, se postula el tema de la inmortalidad: El
Señor de los ejércitos aniquilará la muerte para siempre.
2. Dios
nos da las fuerzas para superar las adversidades. En la
segunda lectura, Pablo se dirige a los Filipenses haciéndoles ver
que él está acostumbrado a todo. Sabe vivir en pobreza
y en abundancia. Conoce la hartura y la privación y
se ha ejercitado en la paciencia de frente a las
grandes dificultades de su ministerio. Todo lo puede en aquel
que lo conforta. El cristiano, como Pablo, también es consciente
de que en Cristo encuentra la fortaleza necesario para perseverar
en el bien y cumplir su misión. Sabe que nunca
está sólo en los avatares de la vida. Sabe que
él va reproduciendo con su vida, con su sufrimiento y
con su amor, el misterio de Cristo. Por ello, podemos
decir que:
- El amor a Cristo nos da la
constancia en el cumplimiento de nuestros deberes. Nuestro deber de
estado constituye nuestra primera obligación. Por medio de esta fidelidad
a las tareas diarias vamos construyendo el Reino de Cristo
en el mundo. ¡Cuántos son los santos, religiosos o laicos,
que llegaron a la santidad precisamente a través del cumplimiento
ordinario de sus deberes.
- El amor a Cristo nos da
la paciencia para tolerar las adversidades. No son pocas ni
pequeñas las adversidades que debe afrontar un hombre, un cristiano,
una persona amante de la justicia y la verdad. Adversidades
de todo tipo, a veces, interiores, íntimas profundas; a veces,
exteriores, ataques de los enemigos, incomprensión de los amigos, enfermedades,
muerte, desuniones.... Sólo el amor de Cristo y el amor
a Cristo son capaces de dar una respuesta convincente al
misterio del mal.
- El amor a Cristo nos
da el valor para vencer nuestros temores y desconfianzas. El
Papa no cesa de repetir, ahora en su ancianidad, que
no debemos temer; que debemos luchar por el bien, que
debemos “remar mar adentro”, que debemos ser los “centinelas de
la mañana” que anuncian que la noche está pasando y
que llega la esperanza de un nuevo día. En Cristo
encontraremos la fuerza para superar nuestros miedos.
- El amor a
Cristo nos da la fuerza para cumplir nuestra misión en
la vida. Cada persona tiene su propia misión en esta
vida. No siempre se sienten las fuerzas necesarias para
llevarla adelante. Uno puede sentirse frágil o agotado o desalentado
ante la magnitud de la misión. Pues bien, es Cristo
quien fortalece al que está por caer. Son hermosas las
palabras que el Papa pronunció el pontificado: “A Cristo Redentor
he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día 16
de octubre del año pasado, cuando después de la elección
canónica, me fue hecha la pregunta: «¿Aceptas?». Respondí entonces: «En
obediencia de fe a Cristo, mi Señor, confiando en la
Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las
graves dificultades, acepto». Juan Pablo II Redemptor hominis 2.
Sugerencias
pastorales
1. La experiencia del amor de Dios. El 13 de
mayo de 1981 el Santo Padre sufrió un atentado de
manos de Alí Agca. Su vida estuvo en grave
peligro. Aquel hecho, que ha ocasionado al santo Padre un
largo y penoso sufrimiento que todavía no conoce fin, es,
a los ojos del Pontífice, una gracia muy especial de
Dios. A través de esta experiencia, ha llegado a una
mejor comprensión del misterio del dolor y de la necesidad
de ofrecer su sangre por Cristo y por su Iglesia.
Sólo unos días después del atentado, estando su salud todavía
bastante comprometida, el Papa grabó en la habitación del hospital
Gemelli unas palabras para que fueran transmitidas en el Angelus.
En ellas decía que ofrecía sus sufrimientos por el bien
de la Iglesia y del mundo. Encuentran aquí un especial
sentido el verso del cardenal Wojtyla tomado de su poesía
Stanislaw: "Si la palabra no ha convertido, será la sangre
la que convierta".
¡Maravillosa enseñanza la que nos ofrece el
Santo Padre! Aprendamos como él a hacer experiencia de Dios
y de su amor en las diversas circunstancias de la
vida. Así, el dolor y las penas se convertirán en
fuente de gracia, de purificación y transformación en Cristo. “Todo
lo podemos en aquel que nos conforta”
2. La respuesta a
la invitación de Dios y a las inspiraciones del Espíritu
Santo. La parábola de los invitados al banquete nos alerta
sobre la necesidad de responder a las invitaciones de Dios.
El Señor llama a nuestra puerta a través de las
mociones interiores y de las inspiraciones del Espíritu Santo. Seamos
personas de vida interior, capaces de escuchar la voz suave
del Espíritu Santo. Personas generosas que no dejan pasar las
oportunidades para expresar a Dios su amor. Esto lo podemos
hacer en nuestra vida cotidiana, en el esfuerzo de cada
día, en las relaciones familiares o profesionales.
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