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Las lecturas de este domingo nos presentan la
imagen de la viña. Una viña que simboliza a Israel,
una viña que es amada y cuidada por Dios, pero
que, lamentablemente, no produce los frutos que se esperaban de
ella. Dios espera frutos de la viña que Él ha
cultivado con amor: éste es el tema que nos sirve
de reflexión en este domingo. La primera lectura nos muestra
el poema del amigo y de su viña. Con palabras
llenas de solicitud, el poema nos presenta al dueño de
la viña que se prodiga en cuidados por ella, cava
en torno a ella, monta una torre, quita las piedras,
planta buenas vides y cava un lagar. Este hombre ama
su viña y espera de ella que dé buenas uvas,
en cambio, recibe uvas silvestres, agrazones, es decir uvas que
nunca maduran. El hombre se lamenta con razón y se
pregunta con ánimo quebrantado: ¿qué más podía haber hecho yo
por mi viña que no hice? Nada, ciertamente. Había
puesto en acción cuantos medios se conocían en la época
para cultivar una vid excelente (1L). En el evangelio se
recoge nuevamente el tema de la vid en una especie
de alegoría: el dueño de la vid la arrienda a
unos trabajadores y se marcha. Envía, después de algún tiempo,
sus embajadores para recoger los frutos, pero los viñadores maltratan
a los enviados y, cuando ven al hijo, conciben la
idea de matarlo. Nuevamente el amo de la viña
no es correspondido a la solicitud mostrada por la viña.
Los arrendadores no producen los frutos que se esperaban de
ellos. En ambos casos el tema de los frutos
que Dios espera de Israel y de los hombres se
subraya de modo especial: el hombre ha recibido mucho de
Dios y debe ofrecer frutos de vida eterna, de santidad
verdadera, de caridad sincera (Ev). Por su parte, Pablo en
la carta a los filipenses continúa su exposición y los
exhorta a tener en cuenta todo lo que es verdadero,
noble, justo y los invita a poner por obra buenas
obras (2L).
Mensaje doctrinal
1. Dios ama y cuida a su viña.
El poema de la viña es uno de los pasajes
más sorprendentes del profeta Isaías. En él resalta, sin duda,
el lenguaje poético y el revestimiento literario. El profeta hace
comprender al pueblo de Israel que Dios ha cuidado de
él, lo ha tratado con especial amor, se ha preocupado
de su crecimiento y, sin embargo, el pueblo no ha
correspondido a tal amor. Israel no ha sido fiel a
su amor. La pregunta que se hace el dueño de
la viña adquiere tonos desgarradores: ¿Qué más cabía hacer por
mi viña que yo no lo haya hecho? En verdad,
parece que nos adentramos en el corazón mismo de Dios
que ama a Israel. ¿En qué ha faltado Dios a
su amor? ¿Se ha alejado de su pueblo? ¿Lo ha
abandonado en tiempo de dificultad? ¿No es verdad que, a
pesar de las pruebas por las que ha pasado Israel,
ha estado Yahveh siempre cerca de él? En verdad, Dios
es fiel a sus promesas y nunca ha dejado
a un justo defraudado.
2. La viña sorprendentemente no da
buenos frutos. Esta viña, a pesar del cuidado sabio del
viñador, que es el Señor de los ejércitos, no prospera,
no da fruto, no da uvas dulces; da uvas inmaduras
y silvestres. Se trata ciertamente de una alegoría, pues en
verdad, no se puede culpar a una viña de no
querer producir frutos. Sin embargo, los oyentes del profeta comprenden
que la viña representa a Israel y que el viñador
no es otro que el mismo Yahveh. A pesar, de
que Israel ha sido cuidado como un hijo, a pesar
de que ha sido liberado, a pesar de que el
Señor lo ha elegido como el pueblo de su propiedad,
Israel no produce frutos de salvación. Es sorprendente ver la
tristeza profunda del viñador y, a la vez, su firmeza
ante la viña improductiva. Él vendrá y la devastará, la
dejará desolada.
En la parábola del evangelio los culpables de la
falta de frutos son los labradores que reciben la viña
en arriendo. Son gente sin escrúpulos, gente que no sirven
a la viña, sino se sirven de ella para su
propio provecho. No piensan cómo acrecentar la viña y ofrecer
al dueño el fruto merecido, sino que su intento es
arrebatar la viña a su dueño. En su corazón no
está el amor por la viña, ni el amor por
el dueño de la viña, sino el amor a sí
mismos. Su interés es aprovecharse lo mejor posible de aquella
viña, por eso, al ver venir a los embajadores que
requieren los frutos, se molestan, los golpean, los matan. Cualquier
cosa que se interponga a su bienestar y al mejor
usufructo de la viña en su favor, debe ser eliminado.
Estos hombres, cuando ven venir al hijo, es decir, cuando
tienen la oportunidad de reconciliarse con el Padre, de ofrecer
frutos, de respetar el derecho, traman el crimen más cruel,
suprimir al hijo para quedarse con la herencia y la
propiedad. En verdad aquellos viñadores, no eran sólo ladrones, sino
homicidas. Eran gente sin alma y corazón. Las palabras finales
de la parábolas son dramáticas: el dueño de la viña
acabará con aquellos arrendatarios y ofrecerá su viña a otros
arrendatarios que produzcan frutos.
El poema de Isaías y la parábola
de Jesús ponen de relieve la importancia de producir frutos.
En el primer caso, es la viña que no ha
producido lo que se esperaba de ella. En el segundo
caso, son los viñadores homicidas que no entregan los frutos
debidos al dueño. El tema espiritual es importante: Dios ofrece
al hombre múltiples dones: la vida, la fe, la vocación
profesional, familia, religiosa, sacerdotal... y el Señor espera por parte
del hombre una respuesta, espera unos frutos de santidad, espera
que este hombre se transforme interiormente y dé frutos apostólicos
para el bien de sus hermanos. Tema profundo que requiere
reflexión y examen de la propia vida.
3. El cristiano debe
dar buenos frutos. El cristiano es una persona injertada en
Cristo por el bautismo, por ello, debe dar frutos de
vida eterna. Así como el Padre ha enviado al mundo
a Cristo a cumplir la misión redentora, así Cristo envía
a los cristianos, especialmente a los apóstoles, a cumplir una
misión. No siempre los frutos del cristiano serán manifiestos o
inmediatos, pero no cabe dudar que el alma que permanece
unida a Cristo, como el sarmiento permanece unido a la
vid, producirá frutos a su tiempo. El Señor nos ha
enviado para que produzcamos frutos y que nuestros frutos perduren.
En esto Dios es glorificado en que demos fruto. Veamos,
pues, que nuestro deber no es pequeño en la historia
de la salvación. Tenemos asegurada la ayuda y el poder
de Dios y, por lo tanto, no cabe dudar que,
si somos fieles y permanecemos unidos a la vid, que
es Cristo, esos frutos llegarán. Cultivemos con cuidado nuestra viña,
sepamos acoger las lluvias tempranas, para que a su tiempo
demos frutos para Dios.
Sugerencias pastorales
1. Tener conciencia de los dones
de Dios y de la premura del tiempo. Este domingo
nos invita a hacer una reflexión sobre el tiempo y
sobre los dones que Dios nos ha concedido en la
vida. A veces advertimos que el tiempo de nuestra vida
va pasando y, cuando queremos contabilizar los frutos que hemos
dado para el bien del mundo, de la Iglesia y
de las almas, nos encontramos con resultados muy exiguos. ¿Qué
ha pasado? ¿Hemos aprovechado con inteligencia y voluntad los talentos
recibidos? ¿O hemos vivido como una viña distraída sin darse
cuenta que su misión era producir uvas dulces? ¿O hemos
vivido como los viñadores que pensaron más en sí mismos
que en el amor del dueño de la viña? El
tiempo sigue pasando, pero mientras hay vida, hay esperanza de
conversión, de transformación. ¡Cuántas son las personas que al encontrarse
con Madre Teresa y ser llevadas a su casa en
Calcuta, descubrieron en aquellos pobres moribundos que ellos podían y
tenían que hacer algo con sus vidas. No esperemos a
mañana para hacer este descubrimiento. Veamos que Dios espera mucho
de nosotros. Somos su viña, su viña preferida, y Él
se alegra y es glorificado cuando producimos mucho fruto.
2. Los
frutos están en relación con la docilidad a la acción
de Dios. Ahora bien, para dar fruto es preciso ser
dócil al plan de Dios. Cada uno tiene su propia
vocación y ha sido colocado en un lugar preciso de
la Iglesia. Cada uno, pues, tiene una misión personal e
intransferible. No la podemos desempeñar de cualquier modo o según
nuestros caprichos. El éxito de la fecundidad espiritual radica en
la obediencia al Plan de Dios, como lo vemos en
la vida de los santos. El secreto radica en la
identificación con Cristo obediente que sufre y ofrece su vida
en rescate por la salvación de los hombres. La fecundidad
espiritual pasa siempre por la cruz y el dolor. Quien
quiera ser fecundo huyendo de esta ley de salvación, se
equivoca, y un día quedará amargamente desilusionado. “Sin efusión de
sangre no hay redención”.
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