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Uno de los temas de fondo de este
domingo, y sobre el cual nos gustaría meditar, es
el de la conversión del alma a Dios. En efecto,
el texto del profeta Ezequías hablándonos de la responsabilidad personal,
quiere mostrarnos que cada uno tiene el grave deber y
la hermosa responsabilidad de convertir su alma a Dios. La
retribución de nuestras obras es algo personal. Cada uno será
premiado o castigado por sus propias obras, en consecuencia, es
necesario que cada uno oriente su vida hacia Dios con
amor y se arrepienta de sus pecados (1L). En el
evangelio esta enseñanza se profundiza ante la predicación del Bautista
y ante la llegada del Mesías, Cristo el Señor. No
basta obedecer sólo de palabra los mandamientos de Dios, es
necesario que las obras acompañen nuestras palabras. Esto es verdadera
conversión. Por esta razón, como dice el evangelista, los publicanos
y las prostitutas precederán a los maestros de la ley
en el Reino de los cielos. Mientras los primeros dijeron
“no” a la voluntad de Dios, pero después se convirtieron
de su mala conducta; los segundos, es decir, los maestros
de la ley, creyéndose justos, no sentían la necesidad de
convertirse y de hacer penitencia por sus pecados. Con sus
palabras decían “sí” a Dios, pero sus obras eran distintas.
¡Qué grande peligro el de sentirse justo y no necesitado
de arrepentimiento! (EV). La carta a los filipenses, por
su parte, nos ofrece el modelo del cristiano: la humildad
y el abajamiento de Cristo el Señor que cumple en
todo y fielmente la voluntad Padre. (2L).
Mensaje doctrinal
1. La responsabilidad
personal y la conversión. El capítulo 18 del profeta Ezequías
ha sido llamado con razón el capítulo de la responsabilidad
personal o de la retribución personal. Para entender de qué
se trata es preciso enmarcar históricamente el texto. El pueblo
se encuentra en el exilio después de la caída de
Jerusalén. La tradición teológica interpretaba lo sucedido como el resultado
de las prevaricaciones y las infidelidades del pueblo a lo
largo de su historia. En realidad, se trataba de una
situación fatal e ineludible que la generación presente debía arrostrar.
Ellos soportaban las culpas y pecados de sus antepasados
y no les quedaba otro destino. Al mismo tiempo, el
pueblo experimentaba que el castigo era superior a las culpas
que él mismo había cometido. Se sentía tratado injustamente.
En este
estado de cosas, surgía la pregunta esencial: ¿dónde ha quedado
el amor de Dios? ¿Dónde está el Dios de Abraham,
de Issac, de Jacob? ¿Qué ha sido de la promesa
del Señor? Daba la impresión de que Yahveh rompía su
Alianza: el templo había sido destruido; Jerusalén, la ciudad
santa, había sido saqueada y devastada, ardía en llamas; el
pueblo, deportado... Todo era, pues, desaliento, decaimiento y derrota.
El profeta
Ezequiel se levanta con fuerte y firme voz y encamina
al pueblo por distinta ruta. Así, enuncia el principio general:
“Cada uno sufrirá la muerte por su propio pecado”. Es
decir, la responsabilidad es personal y cada uno responderá de
sus propios actos. Asimismo, la retribución también es personal. Efectivamente
los actos pasados influyen y condicionan de algún modo el
presente, pero no son una herencia fatal, un “fatum” al
estilo de una tragedia griega. Ciertamente será difícil liberarse de
las condiciones del pasado, pero es posible porque “Dios no
quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y
viva”. Así, el tema de la responsabilidad personal apunta al
tema, aún más profundo, de la conversión del pecador.
No,
Dios no es injusto en su proceder. Cuando nos encaramos
con él y le acusamos de algún modo de nuestras
desgracias, debemos de ir más a fondo en el alma
y descubrir la verdad de nuestras miserias y la verdad
de su amor infinito y paciente. Pero esto sólo lo
descubrimos cuando experimentamos el amor de Dios en Cristo Jesús;
cuando nos damos cuenta de lo que ha significado la
Encarnación; cuando entramos en el misterio de la redención y
comprendemos que tanto amó Dios al mundo que dio a
su Hijo único, para que todo el que crea en
él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,
16) A este respecto es muy ilustrativo lo que el
Papa Juan Pablo II escribió en su libro Cruzando el
umbral de la Esperanza, 11: “La elocuencia definitiva del Viernes
Santo es la siguiente: Hombre, tú que juzgas a Dios,
que le ordenas que se justifique ante tu tribunal, piensa
en ti mismo, mira si no eres tú el responsable
de la muerte de este Condenado, si el juicio contra
Dios no es en realidad un juicio contra ti mismo.
Reflexiona y juzga si este juicio y su resultado _la
Cruz y luego la Resurrección_ no son para ti el
único camino de salvación”. Así pues, la elocuencia del
Viernes Santo es la del amor de Dios que quiere
que ninguna se pierda, sino que el pecador se convierta
de su mala vida.
En el evangelio se hace evidente la
tragedia de los que se creen justos. Los sumos sacerdotes
y los ancianos del templo no acogen el mensaje de
penitencia. Creen que no tienen necesidad de él. Ellos observan
la ley, se consideran justificados, practican las normas externas y
se muestran seguros de su excelencia; los otros eran pobres
ignorantes de la ley. ¡Cuán errados estaban! Al excluirse del
grupo de los pecadores, se auto-excluían de la misericordia de
Dios, de su perdón y su eterna bondad. Por ello,
con sus palabras decían “sí” a la voluntad de Dios,
pero sus obras no eran buenas, no practicaban la justicia
y el derecho, eran hipócritas, sepulcros blanqueados, no amaban la
verdad. En cambio, los pecadores públicos, aquellos que claramente habían
dicho “no” a Dios y a su voluntad, al escuchar
la predicación del Bautista, cambian, se arrepienten, se sienten interpelados
en su conducta, se dan cuenta de su miseria moral
delante del poder y la majestad de Dios, y se
convierten. Primero dicen “no”, pero luego dicen “sí”.
Aquí, es
importante recordar las palabras de la encíclica Redemptoris missio: “Todo
hombre, por tanto, es invitado a convertirse y creer en
el amor misericordioso predicado por él (por Cristo); el Reino
crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a
dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad
de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad”
(Juan Pablo II, Redemptoris missio 13). En realidad se nos
muestra que “todos estamos necesitados de conversión”. No hay quien
pueda arrojar, sin pecado, la primera piedra.
2. Cristo es
el Señor. El himno cristológico de la carta a los
filipenses es uno de los textos fundamentales en la elaboración
de la cristología. En este himno el centro en torno
al cual gira la reflexión es la frase final: Jesucristo
es Señor. “En la traducción griega de los libros del
Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se
reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido
por "Kyrios" ["Señor"]. Señor se convierte desde entonces en el
nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios
de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte
el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también,
y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios
(cf. 1 Co 2,8). (Cf. Catecismo de la Iglesia católica
446).
Así pues, el himno de filipenses indica claramente la
perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Cristo. Pues bien,
Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde
de su categoría de Dios. En este himno no se
habla de los discursos del Señor, de sus enseñanzas, sino
de sus obras: se despojó, tomó la condición de esclavo,
se sometió incluso a la muerte. El nos enseña el
camino que debe seguir el cristiano: el camino de la
obediencia a los planes divinos, el camino de la humildad,
el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios en
las obras, no solo en las palabras. Aquí admiramos el
poder de Cristo: un poder muy distinto del humano que
desea imponer y hacer la propia voluntad. El poder de
Cristo es el poder de la obediencia al Padre, es
el poder el amor y de la verdad, es el
poder del que sirve y da la vida por los
amigos. Cristo es Señor. Él tiene el nombre sobre
todo nombre, y ésta es nuestra esperanza. Podemos esperar en
el poder de Dios. Un poder que actúa en este
mundo, lo cambia por dentro. Un poder que no se
ejerce despóticamente, sino amorosamente. ¡Cristo es nuestra esperanza!
Sugerencias pastorales
1. La
práctica del examen de conciencia. Cada día debemos convertirnos un
poco más al Padre de las misericordias. En efecto, al
entrar dentro de nosotros mismos advertimos la “inadecuación” entre nuestro
ser, nuestra identidad como hombres y como cristianos, y nuestro
obrar diario. Observamos cuán frágiles y necesitados de perdón y
misericordia estamos. Pues bien, un camino óptimo para realizar este
camino de conversión es el diario examen de conciencia. Se
trata de reservar unos minutos a la mitad de la
jornada o al final de la misma, para examinar nuestro
itinerario en la vivencia de nuestros compromisos; para revisar la
andadura de nuestro amor, de nuestra entrega a los demás,
del cumplimiento de nuestros deberes.
La falta del sentido del
pecado, que es uno de los grandes males de nuestra
época, se debe, en parte, a esta incapacidad para entrar
dentro de nuestro corazón y ver que, junto a cosas
muy buenas, hay también desamor, infidelidad, menor correspondencia
al amor de Dios. Por ello, la promoción del examen
diario de conciencia en un ambiente de fe y oración,
de esperanza y sincera conversión, será uno de los medios
que más pueden ayudar a los fieles en su vida
diaria.
El examen, por otra parte, no es un momento
de escrúpulo o desprecio de sí mismo. Por el contrario
es el momento del resurgimiento interior, es el momento del
“abrazo del Padre de las misericordias” a pesar de nuestras
miserias y debilidades. El alma que hace examen de conciencia,
descubre a Dios en su alma e inicia un camino
de conversión y transformación que no conoce límite.
Un poeta de
nuestro tiempo lo expresaba de este modo
Señor, hoy que he
vuelto a encontrarte después de tanto tiempo transcurrido, no permitas que
el corazón arrepentido olvide nuevamente cómo amarte.
Después de tantos años sepultado. entre
las sombras del pecado prisionero, no me abandones Señor, que yo
no quiero sentirme otra vez desesperado.
De mi vida anterior, perdóname la
herida, fui culpable y me arrepiento, ayúdame Señor, dame fe, dame aliento para
que cuando llegue la muerte, me des vida.
(Andrés del Puerto
Bello, Señor, Poesías inéditas)
2. Importancia de manifestar la propia fe
en las obras de cada día. Una segunda aplicación pastoral
se refiere a la importancia de que nuestra fe se
exprese en obras. Ahora más que nunca, el mundo está
necesitado de la manifestación de los hijos de Dios; ahora
más que nunca, todo cristiano está llamado a no considerar
su fe y su vida cristiana como algo exclusivamente privado.
Como cristianos estamos llamados a dar testimonio de nuestra
fe. El mundo está necesitado de que cada cristiano asuma
su propia responsabilidad. A imitación de Cristo, nos corresponde emprender
aquellas tareas que más dignifican al hombre, lo hacen más
hombre, lo promueven en su dignidad. Ante esas fuerzas misteriosas
del mal presentes en el mundo y que se manifiestan
de muchos y diversos modos, no debemos desalentarnos ni quedarnos
pasivos, hemos de proclamar la verdad del amor de Dios
en Cristo. Hemos de esforzarnos por influir en la opinión
pública; hemos de poner en pie organizaciones a nivel parroquial
o ciudadano que promuevan los valores cristianos: valores entre los
jóvenes y entre las familias. ¡Cuánto bien podemos hacer simplemente
con ponernos en pie y hacer cuanto esté en nuestra
mano para comunicar la fe a quien se encuentra desorientado
en la vida! Ojalá sintamos que el amor de Cristo
nos apremia. Ojalá sintamos el sufrimiento ajeno como propio. Ojalá
descubramos que son, casi sin límites, las posibilidades que hay
en nuestras manos de hacer el bien.
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