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Los planes de Dios superan siempre, y con
mucho, los planes humanos. En estas palabras nos parece encontrar
un punto de unidad para la meditación en este domingo.
El oráculo del profeta Isaías lo dice de modo muy
plástico: como el cielo es más alto que la tierra,
así mis caminos son más altos que los vuestros. Es
decir, para entender el modo de proceder de Dios, tenemos
que hacer un esfuerzo de elevación. La mente humana es
muy pequeña, muy frágil y sujeta al error. El hombre
debe ser consciente de que Dios tiene sus propios planes,
y que al ser humano le corresponde amoldarse y acoger
el plan de Dios, y no viceversa (1L). Esta misma
verdad aparece en el evangelio, que nos habla del Reino
y nos lo presenta como un amo del campo que
sale a contratar a los jornaleros. Un natural sentido de
justicia, nos llevaría a pensar que los jornaleros que han
soportado todo el peso de la jornada, deberían recibir más
que aquel que apenas ha trabajado alguna hora. Pero, si
examinamos con calma, veremos que aquí no hay injusticia alguna.
Quien ha trabajado toda la jornada, ha recibido aquello que
le había sido prometido. Por lo tanto, dar lo mismo
al primero que al de la hora undécima no es
injusticia, sino simple liberalidad del amo del terreno. El tema
de los planes de Dios, se hace así, el tema
de la benevolencia del amor de Dios, que premia, superando
con mucho, los méritos humanos. Lo importante, no es tanto
la materialidad de las obras, sino el amor que se
coloca en ellas. Puede uno pasar el día entero trabajando
que obtendrá poco, porque ama poco. Por esta razón: los
últimos serán los primeros, y los primeros los últimos (EV).
Esto supone toda una revolución del pensamiento humano, que desea
siempre y de modo espontáneo, asegurarse un lugar de preeminencia
en las cosas de los hombres. Por otra parte, en
este domingo XXV iniciamos la lectura de la carta a
los filipenses con un texto espléndido: para mí la vida
es Cristo. Lo importante es que llevéis una vida digna
del evangelio (2L).
Mensaje doctrinal
1. La grandeza del plan de
Dios. La liturgia de este domingo nos pone de frente
a la grandeza de los planes de Dios. Planes que
no han sido conocidos por la mente humana, ni vistos
por ojos humanos, ni escuchados por oídos de hombre. Los
planes de Dios no son los planes de los hombres.
Los hombres ven la apariencia, el provecho inmediato, Dios ve
el corazón y a Él le mueve sólo el amor
infinito por su creatura. El hombre entra en contacto con
este plan de Dios gracias a la Revelación: Dios se
revela a sí mismo, manifiesta su vida íntima. Nos dice
quién es y cuáles son sus sentimientos en relación con
el hombre. Nuestro Dios es rico en perdón (1L). Nuestro
Dios es aquel que está cerca del que lo invoca
(Cf. Salmo 144). Es aquel que desea el regreso, la
conversión del malvado de su mala conducta.
Sin embargo, no
resulta fácil al hombre conformar su pensamiento con el pensamiento
de Dios. Demasiados altos son tus caminos para poder entenderlos,
parece decir el hombre ante cada paso de Dios, ante
cada una de sus actuaciones. Pero, Dios, fiel a su
amor, nos muestra el camino de la salvación en su
Hijo querido. Por medio de Cristo, camino, verdad y vida,
el “misterio insondable, oculto desde la eternidad” se manifiesta, se
hace presente, se revela. Y este misterio es que Dios
es amor y que Dios nos ama. La parábola de
los jornaleros nos muestra que Dios quiere nuestra participación en
la construcción de su plan. No desea que seamos espectadores
pasivos en la plaza sin hacer nada. Nos desea colaboradores
activos, trabajadores de su viña; hombres que aguantan la sed
y el calor, y que imprimen un ritmo y una
impronta “cristiana” a la sociedad humana, a la vida pública.
Pero, hemos de saber que lo importante no es llegar
a primera o a última hora en las tareas de
la construcción de este Reino; lo importante es tomar conciencia
de que, desde el momento de ser llamados, “nuestra vida
ha quedado definitivamente comprometida con Dios” y que, por tanto,
hemos de trabajar con todas las fuerzas de nuestra alma
en la construcción de este Reino en el mundo. No
he de perder un solo minuto, no he de permitir
que los enemigos de este Reino, el demonio, el mundo
y mi propio egoísmo me detengan, me retrasen o me
impidan la instauración del Reino de Dios. El Reino no
se construye en base a las cualidades humanas y a
los esfuerzos terrenos que pongamos, sino en base al amor
y liberalidad de Dios que no conocen límite. Sin embargo,
este esfuerzo y esta participación humanos son necesarios. Son los
“cinco panes y dos peces” indispensables para la multiplicación del
alimento. Ante Dios, siempre somos de los “últimos”, aquellos que
sólo han trabajado un poco en comparación con los trabajos
que Cristo padeció por nosotros. “Para jornal de Gloria no
hay trabajo grande”, reza una poesía contemporánea. Conformemos, pues, nuestro
pensamiento con el de Dios. Advirtamos que no podemos “conformar
nuestra mentalidad con la mentalidad del mundo”, sino por el
contrario, debemos impregnar la mentalidad de este mundo con
el pensamiento de Dios que es amor que se da
sin medida.
2. Invocad al Señor mientras está cerca. ¿Cuándo es
el momento en el que Dios está cerca? Se pueden
dar varias respuestas a esta pregunta. Por un parte hemos
de decir que Dios está cerca “siempre”, porque en él
vivimos, nos movemos y existimos.
Dios está cerca también mientras
dura la vida. Mientras tenemos la vida, tenemos la ocasión
de volver al Señor, de arrepentirnos de nuestra mala conducta,
de encontrarlo en el fondo del alma.
Dios está cerca
también cuando lo invocamos, aunque no lo sintamos sensiblemente. El
salmo de este domingo reza así: Cerca está el Señor
de los que lo invocan. Y esto, hasta tal punto
de que, “quien le busca, de algún modo, ya lo
ha encontrado”, porque Él es rico en clemencia, cariñoso con
todas sus creaturas.
Dios está cerca, como lo atestigua la
vida de los profetas, en los momentos de mayor abatimiento,
cuando la vida parece perder su sentido y orientación, cuando
la vocación ya no se ve con el mismo resplandor
del día primero, cuando la enfermedad, la persecución, la aparente
derrota tocan a las puertas de nuestras vida. Yo soy
pobre y desdichado, pero el Señor cuida de mí.
Pablo es
un testimonio de la cercanía de Dios hasta el punto
de exclamar: Para mí la vida es Cristo y la
muerte una ganancia. “La vida es Cristo” significa que mi
vida ha sido injertada en Cristo y reproduce sus misterios.
Cristo vive y obra en mí. Cristo, el Señor, es
más íntimo a mí mismo que mi misma interioridad según
el pensamiento agustiniano. Que la vida sea Cristo significa que
hago mío los amores y los pensamientos de Cristo. Como
a él, a mí también me interesa la Gloria del
Padre y la salvación de las almas. Mi vida consiste,
pues, en ser heraldo del evangelio, anunciar el evangelio en
el lugar donde he sido colocado. En la familia, en
la vida profesional, en la vida pública, en el púlpito
o en el monasterio, en la salud o en la
enfermedad, en el éxito o en el fracaso, en el
gozo o en las fatigas... toda mi vida es anuncio,
toda mi vida es Cristo.
Así, se puede decir que la
muerte es una ganancia. No es, ni mucho menos, rechazo
o desprecio de la vida presente. Muy por el contrario,
es una valoración, y muy honda, de las tareas y
responsabilidades del cristiano: jornalero de campo, hombre de fatiga y
de sol abrumador; es una valoración de la responsabilidad de
ser luz puesta sobre el celemín, pregonero en lo alto
de la ciudad, centinela que anuncia la mañana. ¡Qué hermosa
es la vida para quien cree en Cristo con fe
viva! Es un ofrecimiento, es un vivir junto con Cristo,
en Cristo, las fatigas del evangelio. Sólo por esto, la
muerte es una ganancia, porque es el encuentro definitivo con
el Señor. Es el final del combate de la fe,
es el final de la jornada, es el momento del
salario de Gloria, es el encuentro definitivo con el amor.
Sugerencias
pastorales
1. Adoptar criterios cristianos. Nuestra época, más que otras, nos
invita a informar nuestra mente con criterios cristianos. La mentalidad
del mundo es un mentalidad de grande confusión. Se ponen
en duda valores primarios como el valor de la vida
desde su concepción hasta su fin natural. Se ponen en
duda valores esenciales, como el valor de la familia fundada
en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Se
ponen en duda los valores de la autoridad y se
quiere someter todo a un relativismo que, por lo mismo,
resulta un sistema impositivo. El relativismo, llevado a su última
consecuencia, se convierte en un sistema totalitario, donde se debe
suprimir a aquel que no comparte la idea de la
relatividad de la verdad.
Los cristianos estamos llamados a dar
un hermoso testimonio de nuestro amor a Cristo y de
la belleza de la doctrina cristiana, que en su esencia,
es una doctrina fundada en el amor. Ilustremos nuestra fe
con lecturas que enriquezcan nuestras mentes. Lecturas sobre todo del
Magisterio de la Iglesia que nos sirvan de luz y
faro en nuestra travesía por la vida; lecturas de autores
probados, hombres sabios, llenos de unción y de amor a
Dios; lecturas que nos ayuden a comprender el pasado, a
valorar el presente y a mirar el futuro con interés
y esperanza. A partir de la edición del Catecismo de
la Iglesia Católica, se ha despertado un nuevo interés por
la doctrina cristiana. El llevar esta doctrina a todos los
hogares, hacerla asequible a la gente sencilla, difundirla por medio
de libros y mensajes fáciles de captar y asimilar, es
una tarea que nos compete y a la que no
podemos renunciar.
2. La laboriosidad. El pasado 1 de mayor (2002)
Juan Pablo II mencionó que la laboriosidad es una
virtud porque “el trabajo hace que el hombre se haga
más hombre”. Descubramos, pues, el valor de nuestros trabajos. Los
trabajos en la sociedad, en la vida profesional, en la
vida pública; pero también, descubramos la importancia de nuestros trabajos
domésticos en la construcción de la propia familia. Cada momento
es importante. Cada tarea es irrepetible; cada gesto es un
mensaje, cada palabra, un anuncio. “Al final de la vida
sólo queda lo hecho por Dios y por los hombres”.
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