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El camino de la propia vocación
pasa necesariamente por la cruz. Quisiéramos proponer esta afirmación como
el fulcro de las lecturas de este domingo vigésimo segundo
del tiempo ordinario. Jeremías, en sus famosas confesiones, nos muestra
hasta qué punto llega la experiencia dramática de la vocación,
de la llamada de Dios para cumplir una tarea en
la vida. Él sabe que ha sido llamado por Dios
para una misión ardua y difícil. Ha sido llamado para
destruir y para construir. Sin embargo, en un momento determinado
se siente traicionado por Dios: toda su vida no ha
sido sino "destruir" y no se ve por ningún lado
la promesa divina de la edificación del pueblo de Dios.
Se siente seducido y engañado. Si el mismo Jeremías no
lo hubiese manifestado, nadie habría podido intuir la profundidad de
su abatimiento y la prueba tan dolorosa que enfrentaba su
fe (1L). La carta a los romanos nos expresa una
verdad mucho más consoladora, pero no por ello menos exigente.
Nos exhorta a presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa,
agradable a Dios. Es decir, nos exhorta al sacrificio. Nos
invita a tomar la vida y la vocación como una
ofrenda al Dios uno y Trino. Sin embargo, esta exhortación
no llega sino después de que ha sido anunciado el
"evangelio", es decir, el plan salvífico de Dios en Jesucristo.
La gracia del don, precede a la petición de la
ofrenda (2L). En el evangelio Cristo anuncia con claridad y
exigencia que "es necesario" tomar el camino de la cruz
para salvar a los hombres. Quien desee seguir a Cristo
fielmente, deberá tomar su cruz y ponerse en marcha. El
mensaje cristiano es un mensaje de gozo pascual, pero un
mensaje que pasa por el camino de la cruz (EV).
Mensaje doctrinal
1. La vocación cristiana. La palabra "vocación" cualifica muy
bien las relaciones que Dios entabla con cada ser humano
en el amor. En realidad "cada vida es una vocación"
como decía Pablo VI (Pablo VI, carta Enc. Populorum progressio,
15) porque es una llamada a desempeñar una tarea especial
en la construcción del mundo y en la obra de
la salvación. Al hablar de vocación cristiana, sin embargo, nos
referimos a una llamada específica. Se trata de una llamada
a "vivir en Cristo" y hacer que "Cristo sea todo
en todos". La vida cristiana es vocación en el sentido
de que Dios inicia con su creatura un diálogo de
amor. La hace sentirse amada. Amada eternamente por un amor
infinito, y, a la vez, la invita a tomar parte
en ese mismo amor que se derrama en los corazones.
Vocación cristiana es, pues, la invitación a pasar del terreno
inicial del cumplimiento de los mandamientos, al terreno más elevado
de la donación, a imitación de Cristo. Vocación-donación-amor que se
ofrece, pueden ser tres sinónimos de una misma realidad profunda.
Quien no entiende su vida como vocación y misión se
condena a vivir en el tedio, en el pasatiempo banal,
en el placer efímero.
"La razón más profunda de la
dignidad humana, (leemos en el documento conciliar Gaudium et spes),
está en la vocación del hombre a la comunión de
Dios. Ya desde su nacimiento es invitado el hombre al
diálogo con Dios: pues, si existe, es porque, habiéndole creado
Dios por amor, por amor le conserva siempre, y no
vivirá plenamente conforme a la verdad, si no reconoce libremente
este amor y si no se entrega a su Creador".
(N° 19). Así pues, la llamada a la comunión con
Dios es nuestra vocación esencial como hombres y como cristianos.
Es preciso traer a nuestra mente y a nuestro corazón
estas verdades tan fundamentales, a fin de que nuestra vida
y nuestra misma existencia, no se pierdan en el aburrimiento
o en la pérdida del tiempo. La comunión con Dios
es nuestra meta final, pero es también una meta que
ha ya iniciado de algún modo aquí sobre la tierra.
Ahora bien, esta vocación en Cristo es una llamada a
participar en el misterio pascual. Es decir, a participar en
la pasión, muerte y resurrección del Señor. El Señor, al
llamarnos a la fe cristiana, no nos ha dejado como
simples espectadores pasivos de la redención, sino que nos ha
dicho "ven toma parte en la lucha del bien contra
el mal, acoge esta singular llamada a redimir conmigo a
la humanidad a través de tu propio sufrimiento, de los
avatares de tu vida y de tu misma muerte". "
Ven toma parte". "No te avergüences -decía Pablo a Timoteo-,
ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor,
ni de mí, su prisionero; al contrario, soporta conmigo los
sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios,
que nos ha salvado y nos ha llamado con una
vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia
determinación y por su gracia que nos dio desde toda
la eternidad en Cristo Jesús. El Señor nos ha llamado
a una vocación santa desde toda la eternidad. El cristiano
es un hombre convocado, un hombre llamado a vivir una
"nueva vida", la vida en Cristo. Se trata de una
llamada divina. No es una iniciativa personal, no es el
producto de las obras o méritos personales. Es simplemente un
don de Dios. Y este don pasa por la cruz
y el sufrimiento, como hemos visto en la vida del
apóstol y como vemos en el dramático testimonio de Jeremías.
Aquel hombre de temperamento manso y sosegado, debe pasar la
vida combatiendo a su pueblo y anunciando calamidades. Se siente
burlado y engañado por Dios mismo. Decide no acordarse más
de su creador, pero no puede, es como una llama
que quema sus entrañas. Sí, la vocación pasa por momentos
de total oscuridad, de sufrimiento tan radical que parece que
Dios ha abandonado a su "llamado". Pero no, Dios no
olvida. Sus dones son sin arrepentimiento. Podrá una madre olvidarse
del hijo de sus entrañas, que Dios no se olvida
de sus creaturas.
Si así se mira la vocación cristiana,
cambian muchas cosas en nuestra escala de valores. La cruz
ya no será aquella triste realidad que hay que evadir
a toda costa. No, la cruz será un camino de
santificación. Por lo demás, todos tienen sus cruces y sus
sufrimientos, pero mientras unos se rebelan contra su Hacedor, otros
asumen humildemente la parte en la historia de la salvación
que les corresponde. En el fondo, se trata de comprender
el sentido de la cruz; de comprender su sentido salvífico;
de comprender que el camino de la felicidad y paz
interior pasa por el camino estrecho del calvario y de
la aceptación gozosa de la cruz.
2. De la rebelión
a la paz. En el profeta Jeremías encontramos una especie
de enfrentamiento con Dios. De algún modo el profeta acusa
a Yahvé de haberlo engañado, de no haber cumplido la
promesa de su vocación. Algo así como una rebelión parece
insinuarse en el alma del profeta. Poco después, sin embargo,
vuelve a la esencia de su vocación: sabe que ha
sido llamado, sabe que un fuego corre por sus venas
y en sus huesos, sabe que no puede venir a
menos en su compromiso. La rebelión es una grande tentación
para los seres humanos. De frente a los incomprensibles y
numerosos sufrimientos de la vida, especialmente los sufrimientos de los
inocentes, el corazón humano parece pedir explicaciones y encararse, como
Job, con Dios que permite aquella prueba. La rebelión tiene
en su origen una tentación del demonio, que es rebelde
y homicida por naturaleza. Donde hay rebelión, no hay paz.
Donde hay rebelión no puede estar Dios. Donde hay rebelión
se ha oscurecido el corazón humano y ha dejado caer
la confianza en su Creador. Por eso, debemos procurar superar
la rebelión. Superar ese estado en el que el alma
desea constituirse señora y dueña de sí misma, sin percibir
su condición creatural y sin percibir, cosa que es aún
más dramática, el inmenso amor con el que Dios la
ama. Los ángeles malos se rebelaron contra Dios y cayeron
en desgracia. Se olvidaron del amor y su decisión fue
irrevocable. Para ellos no hay sino desamor y dolor. No
es ése el camino del cristiano. El cristiano es aquel
que sabe sufrir como Cristo, aquel que desechando toda tentación
de rebelión, se deja llevar por los misteriosos caminos de
Dios. El Card. Newman expresaba esta conformidad con el actuar
divino y este dejarse conducir por Dios de modo muy
poético y profundo:
Guíame, luz bondadosa, en medio de las
tinieblas que me rodean, guíame adelante. La noche es oscura, me
encuentro lejos del hogar, guíame adelante. Protégeme al caminar, no te pido
ver en lontananza, me basta asegurar el paso siguiente.
No siempre
fue así. En el pasado yo no rezaba para que
tú me guiases por el camino. Amaba elegir y ver mi
sendero, pero ahora guíame Tú. Amaba el tiempo soberbio y vanidoso y,
a pesar de temores, el orgullo y rebelión dominaban mi voluntad:
no recuerdes más los años pasados.
Durante tanto tiempo me ha
bendecido tu poder que, sin duda, me seguirá guiando adelante todavía. Me
guiará en medio del brezal y del pantano. Me guiará por
encima del peñasco y del raudal hasta que pase la
noche. Al amanecer sonreirán aquellos rostros angélicos que he amado desde hace
tanto tiempo, y que por breve tiempo he perdido.
Sugerencias
pastorales
1. La paciencia en el cumplimiento de la propia vocación.
Hay momentos en la vida en que parece que uno
ya no es capaz de ser fiel a la vocación
y a la palabra prometida. Esposos que ya no sienten
las fuerzas para permanecer fieles a sus compromisos; padres que
no saben cómo educar a sus hijos; personas consagradas que
pasan por momentos tan oscuros en la vida, que sienten
la tentación del abandono, de la incertidumbre, del desaliento. Situaciones
del mundo, de la Iglesia, de la propia nación, de
la propia familia... y uno se pregunta ¿quién pondrá concierto
a tamaña tempestad? ¿Cómo puedo yo permanecer fiel a mis
compromisos contraídos en juventud? ¿No habrá sido todo una ilusión,
una quimera, un impulso insensato de juventud? ¿No será ilusión
mi entrega, mi donación a los demás, a mi familia,
a mis hijos? ¿Todo estará destinado a derrumbarse con el
paso del tiempo y la fragilidad humana?
En estos momentos
es cuando más debe acrecentarse la virtud de la esperanza,
y cuando más fiel hay que ser a Dios y
a la propia vocación. Como Jeremías, sepamos enfrentar el momento
de la prueba. Esa inexplicable ausencia de Dios. Ese misterioso
ocultamiento de la luz. Seamos pacientes. No dejemos el camino
emprendido. No huyamos al primer golpe. No tiremos la vocación,
la misión por la ventana. Sepamos esperar, puesto que los
golpes de Dios son siempre golpes de amor, y, tarde
o temprano, saldrá a flote la razón de tanta pena
y tanto sufrimiento. No perdamos la confianza en aquel que
nos ha llamado a una vocación santa. Que nada nos
turbe y que nada nos espante, pues todo se pasa.
Dios no se muda y la paciencia todo lo alcanza,
decía Santa Teresa, quien se entendía bien de estos momentos
de oscuridad.
2. No os ajustéis a este mundo. La
exhortación del apóstol es verdaderamente actual. El mundo tiene criterios
muy distintos a los criterios de Cristo. El mundo tiene
un modo de pensar ajeno al amor, a la misericordia,
a las bienaventuranzas. El mundo promueve el placer pasajero, la
mentira, el aprovechamiento injusto del prójimo. El mundo proclama dichoso
a quien triunfa independientemente de los medios que usa para
ello. No es así, el modo de ser cristiano. El
cristiano se transforma día a día por la renovación de
su mente. Por una metanoia, es decir por un modo
de pensar que va más allá de los simples criterios
humanos, para adoptar los criterios sobrenaturales. En el fondo de
este mundo sobrenatural está una verdad: la verdad del amor.
La verdad del amor de Dios que nos ha amado
hasta darnos a su Hijo unigénito y la verdad del
hombre. El hombre es capaz de Dios, es capaz de
conocer su amor, de descubrir su bondad y experimentar su
cercanía. No nos ajustemos a los modos de ser del
mundo vivamos en plenitud y valientemente nuestra cristiana condición, dando
a los demás una razón para vivir.
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