Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net A - Tercer domingo de Adviento
Primera: Is 35, 1-6.8.10; Salmo 146; Segunda: Sant 5, 7-10; Evangelio: Mt 11, 2-11
A - Tercer domingo de Adviento
Sagrada Escritura:
Primera: Is 35, 1-6.8.10 Salmo 146 Segunda: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11
Nexo entre las lecturas
La
liturgia del tercer domingo de Adviento subraya de modo particular
la alegría por la llegada de la época mesiánica. Se
trata de una cordial y sentida invitación para que nadie
desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado
que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús.
El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la
bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que
canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del
Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación
y está a punto de abandonarse a la desesperanza. El
salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas
y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando
que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita
a todos a tener paciencia: así como el labrador espera
la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará.
El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan
el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es
invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta
el fin.
Mensaje doctrinal
1. El mensaje del desierto. Cuando el
Antiguo Testamento veía el desierto como lugar geográfico, lo consideraba
como la tierra que "Dios no ha bendecido", lugar, de
tentación, de aridez, de desolación. Esta concepción cambió cuando Yahveh
hizo pasar a su pueblo por el desierto antes de
introducirlo en la tierra prometida. A partir de entonces, el
desierto evoca, sobre todo, una etapa decisiva de la historia
de la salvación: el nacimiento y la constitución del pueblo
de Dios. El desierto se convierte en el lugar del
"tránsito", del Éxodo, el lugar que se debe pasar cuando
uno sale de la esclavitud de Egipto y se dirige
a la tierra prometida. El camino del desierto no es,
en sentido estricto, el camino más corto entre el punto
de salida y el punto de llegada. Lo importante, sin
embargo, es comprender que ése es el camino de salvación
que Dios elige expresamente para su pueblo: en el desierto
Yahveh lo purifica, le da la ley, le ofrece innumerables
pruebas de su amor y fidelidad. El desierto se convierte,
según el Deuteronomio (Dt 8,2ss 15-18), en el tiempo maravilloso
de la solicitud paterna de Dios. Cuando el profeta Isaías
habla del desierto florido expresa esta convicción: Dios siempre cuida
de su pueblo y, en las pruebas de este lugar
desolado, lo alimenta con el maná que baja del cielo
y con el agua que brota de la roca, lo
conforta con su presencia y compañía hasta tal punto que
el desierto empieza a florecer. En nuestra vida hay momentos
de desierto, momentos de desolación, de prueba de Dios, en
ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca
del profeta Isaías: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas
vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no
temáis. Mirad que vuestro Dios viene en persona.
2. Sed
fuertes, no temáis. Parece ser ésta la principal recomendación de
toda la liturgia. Sed fuertes, que las manos débiles no
decaigan, que las rodillas vacilantes no cedan, que el que
espera en la cárcel (Juan Bautista) persevere pacientemente en su
testimonio: Dios en persona viene, Dios es nuestra salvación y
ya está aquí. Es preciso ir al corazón de Juan
Bautista para comprender la tentación de la incertidumbre; Juan era
un hombre íntegro de una sola pieza; un hombre que
nada anteponía al amor de Cristo y a su misión
como precursor; un hombre ascético, sin respetos humanos y preocupado
únicamente de la Gloria de Dios. Pues bien, Juan experimenta
la terrible tentación de haber corrido en vano, de sentir
que las características mesiánicas de Jesús no correspondían a lo
que él esperaba. Experiencia tremenda que sacude los cimientos más
sólidos de aquella inconmovible personalidad. Con toda humildad manda una
legación para preguntar al Señor: ¿Eres realmente Tú el que
ha de venir? La respuesta de Jesús nos reconduce a
la primera lectura. Los signos mesiánicos están por doquier: los
ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen y a
los pobres se les anuncia la buena noticia. Juan entiende
bien la respuesta: ¡es Él y no hay que esperar
a otro! ¡Es Él! ¡El que anunciaban las profecías del
Antiguo Testamento! ¡Es Él y, por lo tanto, debe seguir
dando testimonio hasta la efusión de su sangre! ¡Y Juan
Bautista es fiel! ¡Qué hermoso contemplar a este precursor en
la tentación, en el momento de la prueba, en el
momento de la lucha y de la victoria!
3. El
Señor viene en persona. Éste es el motivo de la
alegría, éste es el motivo de la fortaleza. Es Dios
mismo quien viene a rescatar a su pueblo. Es Dios
mismo quien se hace presente en el desierto y lo
hace florecer. Es Dios mismo quien nace en una pequeña
gruta de Belén para salvar a los hombres. Es Dios
mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable
intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la
participación en la naturaleza divina.
Sugerencias pastorales
1. La alegría debe
ser un distintivo del cristiano. La alegría cristiana nace de
la profunda convicción de que en Cristo, el Señor, el
pecado y la muerte han sido derrotados. Por eso, al
ver que El Salvador está ya muy cerca y que
el nacimiento de Jesús es ya inminente, el pueblo cristiano
se regocija y no oculta su alegría. Nos encaminamos a
la Navidad y lo hacemos con un corazón lleno de
gozo. Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de
la Navidad. La alegría de saber que el niño Jesús,
Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no
hay, por muy grave que sea, causa para la desesperación.
De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De
aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen
la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación
del nacimiento, el gozo de los cantos natalicios tan llenos
de poesía y de encanto infantil. Es justo que estemos
alegres cuando Dios está tan cerca. Pero es necesario que
nuestra alegría sea verdadera, sea profunda, sea sincera. No son
los regalos externos, no es el ruido ni la vacación
lo que nos da la verdadera alegría, sino la amistad
con Dios. ¡Que esta semana sea de una preparación espiritual,
de un gozo del corazón, de una alegría interior al
saber que Dios, que es amor, ha venido para redimirnos!
Esta preparación espiritual consistirá, sobre todo, en purificar nuestro corazón
de todo pecado, en acercarnos al sacramento de la Penitencia
para pedir la misericordia de Dios, para reconocer humildemente nuestros
fallos y resurgir a una vida llena del amor de
Dios
2. Salimos al encuentro de Jesús que ya llega
con nuestras buenas obras. Esta recomendación que escuchamos ya el
primer domingo de adviento se repite en este domingo de
gozo. Hay que salir al encuentro con las buenas obras,
sobre todo con caridad alegre y del servicio atento a
los demás. En algunos lugares existe la tradición de hacer
un calendario de adviento. Cada día se ofrece un pequeño
sacrificio al niño Jesús: ser especialmente obediente a los propios
padres, dar limosna a un pobre, hacer un acto de
servicio a los parientes o a los vecinos, renunciar a
sí mismo al no tomar un caramelo, etc. En otros
lugares se prepara en casa, según la costumbre iniciada por
San Francisco de Asís, el "tradicional nacimiento". A los Reyes
Magos se les coloca a una cierta distancia, más bien
lejana, de la cueva de Belén. Cada buena obra o
buen comportamiento de los niños hace adelantar un poco al
Rey en su camino hacia Jesús. Métodos sencillos, pero de
un profundo valor pedagógico y catequético para los niños en
el hogar. Pero no conviene olvidar que la mejor manera
de salir al encuentro de Jesús es el amor y
la caridad: el amor en casa entre los esposos y
con los hijos; el amor y la caridad con los
pobres y los necesitados, con los ancianos y los olvidados.
Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y
sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer
el desierto. Es esto lo que hará que nuestras rodillas
no vacilen en medio de las dificultades de la vida.
Nada mejor para superar los propios sufrimientos que salir al
encuentro del sufrimiento ajeno.
3. La venida de Jesús es
una invitación a tomar parte en el misterio de la
redención de los hombres. El cristiano no es un espectador
del mundo, él participa de las alegrías y gozos así
como de las penas y sufrimientos de los hombres. "El
gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres
y de toda clase de afligidos, son también gozo y
esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y
nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón"(Gaudium et spes 1). El cristiano es por vocación, así
como lo era Juan Bautista, uno que prepara el camino
de Cristo en las almas. Debe participar en la vida
y en la misión de la Iglesia. Debe sentir la
dulce responsabilidad de hacer el bien, de predicar a Cristo,
de conducir las almas a Cristo. Si alguno dice que
no tiene tiempo para hacer apostolado es como si dijese
que no tiene tiempo para ser cristiano, porque el mensaje
y la misión están en la entraña misma de la
condición cristiana. Nos conviene recuperar ese celo apostólico, nos conviene
fortalecer las manos débiles, las rodillas vacilantes y dar nuevamente
al cristianismo ese empuje y vitalidad que tenían las primeras
comunidades cristianas. Veamos cómo los primeros discípulos de Cristo rápidamente
se convertían en evangelizadores, llamaban a otros al conocimiento y
al amor de Jesús. Veamos que el mundo espera la
manifestación de los Hijos de Dios (Cfr. Rom 8,19). Espera
nuestra manifestación, espera que cada uno de nosotros, desde su
propio puesto, haga todo lo que pueda para preparar la
venida del Señor. "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se
abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el
que hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo.
El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil
años por amor al hombre, realiza también hoy su obra.
Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo,
tener un gran corazón para convertirnos en sus instrumentos... El
Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más
a ponernos en camino: "Id pues y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). El mandato
misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener
el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos.
Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu,
que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy
a partir animados por la esperanza "que no defrauda" (Rm
5,5), (Novo Millennio Ineunte 58).
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