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| B - Domingo 32o. del Tiempo Ordinario |
Sagrada Escritura:
Primera: 1Re 17, 10-16;
segunda: Heb 9,
24-28;
Evangelio: Mc 12, 38-44
Nexo entre las lecturas
Una actitud
de generosidad disponible y confiada acomuna los textos del actual
domingo del tiempo ordinario. La generosidad es la actitud de
la viuda de Sarepta, que no duda en dar una
hogaza a Elías a costa de su propio último sustento
(primera lectura). Es también la actitud de la viuda, observada
únicamente por Jesús, que deposita todo su haber en el
cepillo del templo, por más que fuera una nimiedad (Evangelio).
Es sobre todo la actitud de Jesús que se entrega
hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima
de rescate y salvación (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Generosidad se
declina en femenino. En la liturgia de hoy las mujeres
juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de
mujeres viudas, con toda la precariedad que ese término traía
consigo en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX
a. C.) y de Jesús. No pocas veces la viudez
iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad.
Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas
viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como
ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que
cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta
le quedaban unos granos de harina y unas gotas de
aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y
su hijo, y luego morir. En esa situación, ya humanamente
dramática, Elías le pide algo inexplicable, heroico: que le dé
esa hogaza que estaba a punto de meter en el
horno. La mujer accede. Hay una especie de instinto divino
que la mueve a obrar así. Es el don de
la generosidad que Dios concede a los que poco o
nada tienen. No piensa en su suerte; piensa sólo en
obedecer la voz de Dios que le llega por medio
del profeta Elías.
2. La viuda del templo es una
mujer excepcional. Siendo como era pobre y necesitada, no tenía
ninguna obligación de dar limosna para el culto del templo
o para la acción social y benéfica que los sacerdotes
realizaban en nombre de Dios con las ayudas recibidas. Si
tuviese obligación, su acción sería generosa porque dio todo lo
poco que tenía, todo su vivir. Su gesto brilla con
luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá
de la obligación, en el plano de la generosidad amorosa
para con Dios. El contraste entre la actitud de la
viuda y la de los ricos que echaban mucho, pero
de las sobras de sus riquezas, ennoblece y hace resaltar
más la generosidad de la mujer.
3. La fuente de
toda generosidad. La generosidad de las dos viudas mana de
la generosidad misma de Dios, que se nos manifiesta en
Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una
vez para siempre en sacrificio de redención por todos los
hombres: nada ni nadie queda excluido de esa generosidad. Generosidad
de Jesús que, como sumo sacerdote, entra glorioso en los
cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor
nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y eterna
por los hombres. Generosidad de Jesús que vendrá, al final
de los tiempos, sin relación con el pecado, es decir,
como Salvador que ha destruido el pecado y ha instaurado
la nueva vida. En su existencia terrena Jesús era muy
consciente de que no había venido al mundo para condenar
sino para salvar. En su parusía o segunda venida, mantiene
la misma conciencia de Salvador, por encima de cualquier otro
atributo.
Sugerencias pastorales
1. La generosidad del corazón. No pocas veces
los hombres nos llenamos de admiración cuando escuchamos o sabemos
que alguien ha hecho un gesto de gran generosidad. No
sé, ha dado, por decir el caso, de su propio
bolsillo 200 millones de dólares para un hospital, o ha
creado una fundación con fines de investigación o educativos dotándola
de 450 millones de dólares... Esto es muy bueno, y
ojalá haya muchos de esos hombres generosos, que están dispuestos
a vaciar su bolsillo para que otros seres humanos reciban
educación o puedan ser atendidos dignamente en un hospital. Sin
disminuir la importancia de la cantidad, quiero subrayar que según
el Evangelio más que la cantidad vale la actitud. Es
decir, si esos millones los ha dado con verdadero amor
y en acto de servicio; más aún, si el haber
dado esos millones le ha supuesto renuncia. Por ejemplo, prescindir
de un viaje en crucero por el océano Atlántico y
el Mediterráneo, o dejar de comprar a su esposa un
diamante precioso evaluado en varios millones de dólares, o tal
vez vivir con mayor austeridad su vida de cada día.
Cuando la generosidad no sólo afecta al bolsillo, sino también
al corazón, es más auténtica. Por eso, quien da poco,
pero es todo lo que puede dar, y lo da
con toda el alma, ése es generoso, y su generosidad
a los ojos de Dios vale igual de la del
rico que se ha desprendido de millones de dólares. Cristiano,
si tienes mucho, da mucho; si tienes poco, da de
ese poco, pero tanto en un caso como en otro,
hazlo con toda la sinceridad y generosidad de tu corazón.
A los ojos de Dios eso es lo que más
cuenta. Es de esperar que también a tus propios ojos.
2. Generoso, ¿hasta dónde? En este asunto, no hay leyes
matemáticas. El principio fundamental está claro: da, sé generoso. Qué
dar, hasta dónde llegar en la generosidad, no admite una
sola y única respuesta. Serán las circunstancias las que irán
marcando ciertas pautas a nuestra generosidad: por ejemplo, un terremoto
o un huracán, una inundación ingente y destructora, una guerra
tribal, una epidemia, etcétera. Sobre todo, será el Espíritu de
Dios el que irá indicando a cada uno, en el
interior de su conciencia, las formas y el grado de
llevar a cabo acciones generosas, nacidas del amor, nacidas del
corazón. Lo importante es que ninguno de nosotros diga jamás:
"hasta aquí". No es posible poner límites al Espíritu de
Dios. No está mal que nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy
dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que
el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como
debo dar: desprendidamente, generosamente, sin buscar compensaciones? Los cristianos de
hoy debemos ser como los cristianos de Macedonia, de los
que habla Pablo en su segunda carta a los corintios,
"su extrema pobreza ha desbordado en tesoros de generosidad. Porque
atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades,
espontáneamente nos pedían con muchas insistencia la gracia de participar
en este servicio en bien de los santos" (8, 2-4).
Consideremos la generosidad una gracia de Dios, y pidámosla con
sencillez de corazón, pero también con insistencia. Que Dios no
la negará a quien se la pida de verdad. Son
muchos los que tienen necesidad y se beneficiarán de nuestra
generosidad.
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