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Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: sacerdos.org B - Domingo 29o. del Tiempo Ordinario
Primera: Is 53, 2a.3a.10-11; Segunda: Heb 4, 14-16; Evangelio: Mc 10, 35-45
B - Domingo 29o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Is 53, 2a.3a.10-11 Segunda: Heb 4,
14-16 Evangelio: Mc 10, 35-45
Nexo entre las lecturas
La expresión
servir para redimir sintetiza el contenido sustancial de la liturgia
de hoy. "El que quiera llegar a ser grande entre
vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el
primero entre vosotros, será esclavo de todos, nos dice Jesús
en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el
servicio, realizando en sí la figura del siervo de Yahvéh,
despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a
sí mismo en expiación (primera lectura), y la figura de
Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha
sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado
(segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Poder y servicio. Jesús en el
Evangelio parece contraponer dos concepciones de la sociedad y de
las relaciones entre los hombres. Una de ellas, vertical, centrada
en el poder; un poder que resalta la diferencia entre
los poderosos y los que de poder carecen, entre los
que dominan y los que son dominados, entre los opresores
y los oprimidos. Esta concepción va contra las exigencias más
perentorias de la naturaleza libre del hombre, sólo puede mantenerse
con la fuerza de las armas, y lleva dentro de
sí el virus mortal que la destruirá. A esta concepción
Jesucristo opone la suya, la que Él ha venido a
traer al mundo con su presencia, la que quiere dejar
como herencia a sus discípulos. La concepción de Jesús es
horizontal, pone de relieve la igualdad entre todos y se
centra en el servicio. Un servicio generoso, hasta ser bautizados
con Cristo en la sangre del martirio y beber juntamente
con él el cáliz de la pasión. Nadie está obligado
a servir, porque nadie es obligado a amar, y el
servicio expiatorio y redentor de Cristo y de sus discípulos
surge de la fuente del amor auténtico. La fuerza de
las armas viene sustituida en esta nueva sociedad por la
fuerza del amor verdadero, el arma más eficaz de la
historia y de las relaciones entre los hombres y las
naciones, pero no pocas veces desconocida, despreciada, abandonada, destruida. La
sociedad victoriosa con las armas del amor no está contaminada,
no tiene ningún virus que la carcoma. Es una sociedad
sana, libre, amable, solidaria. Ésta es la sociedad por la
que Dios se hizo presente entre nosotros en la vida
de Jesús de Nazaret; esta sociedad es la razón de
ser de la Iglesia y de todos los que a
ella pertenecemos. No es utopía, es Evangelio, buena nueva de
Dios. ¿Seremos tan mezquinos de dejar que se convierta en
utopía lo que es la esencia misma del cristianismo? Caracteres
del servicio cristiano.
1) El servicio cristiano, como viene expuesto
en los textos litúrgicos de este domingo, se caracteriza primeramente
por ser expiatorio y redentor. Es la experiencia del siervo
de Yahvéh (primera lectura), quien, por haber conocido en su
vida el sufrimiento y la prueba, justificará a muchos y
llevará sobre sí sus culpas. Es la experiencia histórica de
Jesús, que ha venido no a ser servido sino a
servir y a dar su vida en redención y rescate
de muchos (Evangelio) y que, como sumo sacerdote de la
Nueva Alianza ha experimentado el sufrir, siendo como es uno
de nosotros igual a nosotros en todo, menos en el
pecado (segunda lectura).
2) El servicio cristiano es también participativo.
Cristo siervo desea vivir y estar presente en medio de
una comunidad de siervos. Por eso, entre los cristianos el
primero ha de ser el siervo de todos, es decir,
ha de ser el primero en el servicio. Esto no
es algo opcional, es ley constitutiva de la comunidad cristiana.
3) Finalmente, el servicio es eficaz y fecundo. Fue eficaz
y fecundo en la vida del siervo de Yahvéh, que
"por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará".
Fue fecundo y eficaz entre los primeros cristianos, que se
consideraban, como Pablo, siervos de Cristo en el servicio a
los hermanos, y que formaron comunidades fundadas en el amor
y en la solidaridad. Fue eficaz y fecundo en Jesús
que como sumo sacerdote penetró en los cielos y ahora
está sentado en el trono de gracia para bien y
beneficio nuestro. A ese trono todos los hombres tienen acceso
y desde él, Jesucristo sirve a la humanidad el tesoro
de su gracia y de su misericordia.
Sugerencias pastorales
1. Cristiano,
o sea, servidor. Es indudable que en el cristianismo actual
hay una mayor conciencia de la Iglesia como comunidad de
servicio, de cada cristiano como servidor, aunque puede haber individuos
o grupos en que esta conciencia esté disminuida o casi
no exista. Esta conciencia es una gran riqueza de la
Iglesia de nuestro tiempo. Una conciencia que recorre el cuerpo
entero eclesial. Demos gracias al Señor porque esta conciencia es
ya un fruto de su gracia redentora. La conciencia, lo
sabemos, es insuficiente. De la conciencia hay que pasar a
la vivencia. Y este paso, gracias al Señor, lo han
dado también , y lo dan cada día, muchos hijos
de la Iglesia.
2. La Iglesia está en primera línea
en el servicio a los marginados socialmente (drogadictos, enfermos de
SIDA, emigrantes, niños abandonados...). La Iglesia está en primera línea
en la ayuda eficaz, por más que sea pequeña, a
los países que sufren calamidades naturales, o el terrible flagelo
de la guerra. Está en primera línea en el servicio
al hombre, sobre todo al hombre indefenso, defendiendo con vigor
y constancia los derechos fundamentales del ser humano, particularmente el
derecho más fundamental como es el de la vida. La
Iglesia está en primera línea en la promoción y defensa
de los valores humanos y cristianos. En cada parroquia, en
cada diócesis, ¡cuántos modos, a veces muy sencillos, de servir
al hombre! Servir y sufrir. Aunque espiritualmente el servicio puede
ser un manantial de alegría, el sufrimiento con sus diferentes
rostros no está ausente del servicio. Para servir hay que
sufrir. Hay que sufrir la fatiga, el duro esfuerzo del
estar dándose en primera fila, la enfermedad incluso. Hay que
sufrir muchas veces la humillación, y hasta el desprecio y
la ingratitud de aquéllos a quienes sirves. Hay que sufrir,
en otras ocasiones, el drama de la enorme distancia entre
lo que uno hace al servicio del hombre y las
ingentes necesidades de muchos millones de hombres en el mundo.
Hay que sufrir quizás la incomprensión de los demás, los
comentarios hirientes y a veces mordaces, las interpretaciones equivocadas que
algunas personas pueden dar a tu servicio. No es fácil
servir sufriendo. Puede hacerse gracias a la fuerza de la
meditación orante de la Palabra de Dios que vivifica el
espíritu; gracias a la energía que nos viene del pan
eucarístico; gracias a una fe gigantesca, que hace descubrir en
el hombre, cualquiera que sea, al mismo Cristo vivo y
presente entre nosotros en el hoy de nuestra vida. Hermano
o hermana que sufres por servir, ¡no tengas miedo! En
el servicio sufrido al prójimo encontrarás con toda seguridad a
Dios y te encontrarás a ti mismo.
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