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Autor: P. Antonio Izquierdo B - Domingo 25o. del Tiempo Ordinario
Primera: Sab 2, 12.17-20; Segunda: Sant 3, 16-4,3; Evangelio: Mc 9, 30-37
B - Domingo 25o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Sab 2, 12.17-20 Segunda: Sant 3,
16-4,3 Evangelio: Mc 9, 30-37
Nexo entre las lecturas
Jesucristo con su
persona, con su enseñanza y su vida ha traído un
cambio al mundo del hombre. En este cambio se centran
de alguna manera los textos litúrgicos del actual domingo. Al
impío que no entiende ni acepta la vida del justo
se le pide implícitamente un cambio de actitud (primera lectura).
Los discípulos de Jesús necesitan cambiar de mentalidad ante las
enseñanzas sorprendentes de su Maestro (Evangelio). Santiago propone a los
cristianos un programa espiritual que implica un cambio en el
estilo de vida que antes llevaban (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1.
Cambiar la actitud. ¿Cuál es la actitud del impío para
con el justo? ¿Del pagano o del judío renegado que
vivía en Alejandría de Egipto para con el judío fiel
a la ley que regula toda su vida? Según el
libro de la Sabiduría, el impío piensa que el justo
es un fastidio para él, porque es la conciencia crítica
de su obrar; en lugar de admirarle e imitarle, como
debería, prefiere someterle a prueba; incluso a la prueba de
la muerte, saltándose las leyes humanas y divinas, para ver
si el Dios en quien confía le protege y le
salva. En los versículos 21 y 22 del mismo capítulo
se añade: "Así piensan, pero se equivocan... No conocen los
secretos de Dios". Se equivocan. Su actitud no corresponde a
la que Dios quiere. Hay, por tanto, que cambiar. El
justo, el fiel, el santo ha de ser admirado y
propuesto como modelo digno de imitación. Es verdad que el
hombre fiel es un reclamo a la conciencia, pero esto
debe ser causa de alegría y de gratitud. ¿Por qué
no acudir a Dios con la confianza del justo en
lugar de ponerle a prueba incluso con la muerte?
2.
Cambiar la mentalidad. A los discípulos de Jesús no les
entra en la cabeza el que su Maestro tenga que
pasar por el túnel del sufrimiento, que para ser el
primero se haya de ser el servidor de todos, que
en las nuevas categorías del Reino de Cristo el niño
ocupe un lugar primordial. No es fácil para ellos dejar
la concepción en la que se habían educado desde su
infancia. Pero si quieren ser discípulos de Cristo tienen que
cambiar. Han de aceptar que el sufrimiento es camino de
redención para Jesucristo y lo sigue siendo para los cristianos.
Se han de convencer vitalmente que el servir no es
un favor que se hace alguna vez, sino el estilo
habitual de ser cristiano y de vivir en cristiano. Deberán
olvidar que el niño es algo que no cuenta en
la reunión de los mayores, para llegar a la certeza
de que acoger a quien no cuenta, al marginado, al
débil, al necesitado es acoger a Cristo y mediante Cristo
al mismo Padre celestial. El trato y la compañía de
Jesús, por un lado, y la acción del Espíritu, por
otro, realizarán el milagro.
3. Cambiar de vida. Si cambiar
el modo de pensar es difícil, mucho más lo es
el cambio de vida. El Bautismo y la Eucaristía reestructuran
al hombre por dentro, le infunden un nuevo modo de
ser y un principio nuevo de actuación. En ello está
la base del cambio de vida, pero este cambio requiere
gracia de Dios, trabajo humano, tiempo para que las nuevas
estructuras sean vitalmente asimiladas y configuren día tras día, acción
tras acción, el comportamiento humano. Sólo cuando se haya logrado
la nueva configuración existencial, "la sabiduría que viene de arriba,
que es pura, pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y
buenos frutos, imparcial, sin hipocresía" guiará el obrar humano y
cada uno de sus actos. Sin esta configuración que requiere
gracia, esfuerzo y tiempo, las viejas estructuras seguirán vigentes y
con ellas actuar conducido por las contiendas, las codicias, los
deseos de placeres, las envidias. Cambiar la vida es la
gran tarea del cristiano, llevada a cabo con constancia y
entusiasmo.
Sugerencias pastorales
1. Cambiar desde Dios. La cultura en la
que vivimos y la mentalidad de nuestros contemporáneos está hecha
al cambio. Se cambia más fácilmente que antes de trabajo,
de ordenador, de coche, de casa, de país... Se cambian
también los modos de pensar y vivir, los valores de
comportamiento, y hasta la misma religión. El cambio está a
la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa
a formar parte de los retros. El cambio, al contrario,
es propio de los progres, que parece que lo llevan
en el DNA. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno
para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios
que son una desgracia: que lo cuenten si no tantos
emigrantes, obligados por la necesidad a dejar sus patrias; que
lo digan tantas jovencitas obligadas a vender su cuerpo en
el supermercado de la prostitución; que lo griten tantos niños
obligados a trabajar en condiciones inhumanas o raptados para comerciar
con sus órganos. ¡Esos cambios gritan al cielo! El cambio
al que la liturgia nos invita es el cambio desde
Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera
del hombre para que sea más hombre, para que viva
mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que
Dios quiere es el de la injusticia a la justicia,
del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad
a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza
al perdón, de la cultura de muerte a la cultura
de la vida, del pecado a la gracia y a
la santidad.
2. Tu programa de vida. Con mayor o
menor claridad, todo hombre se traza un propio proyecto de
vida. Qué quiere ser, qué quiere hacer, a qué valores
no puede renunciar, de qué medios servirse. Pienso que todo
cristiano debería tener un pequeño proyecto o programa de vida
en su condición precisamente de cristiano. Qué voy a hacer
por Cristo y por mis hermanos. Qué valores voy a
proponer a mis hijos. Por qué valores voy a luchar
en mi vida personal, familiar, social. Cuánto tiempo voy a
dedicar a mi misión de apóstol de Jesucristo dentro de
mi comunidad parroquial, diocesana, dentro del movimiento al que pertenezco.
Qué iniciativa, pequeña o grande, voy a proponer para fomentar
el sentido de Dios, para promover las vocaciones al sacerdocio
o a la vida consagrada, para visitar y atender a
los enfermos o a los que viven solos en mi
barrio, en mi parroquia. No es necesario que sea un
programa grande, completo. Haz un pequeño programa para un año.
Un programa que te ayude a crecer en tu vida
espiritual: dedicar, por ejemplo, un tiempo diario a la oración,
o confesarte con más frecuencia y regularidad, o luchar con
más decisión y energía contra el vicio del alcohol o
de la droga blanda. Un programa que te mantenga activo
en tu misión eclesial: dar catequesis, formar parte del coro
parroquial, prestar más atención a la educación espiritual y moral
de tus hijos. Al final del día, o al menos
de la semana, reflexiona un poco sobre cómo lo has
cumplido. ¡Cuánto bien puede hacer un pequeño programa!
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