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Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net B - Domingo 23o. del Tiempo Ordinario
Primera: Is 35, 4-7a; Segunda: Sant 2, 1-5; Evangelio: Mc 7, 31-37
B - Domingo 23o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Is 35, 4-7a Segunda: Sant 2,
1-5 Evangelio: Mc 7, 31-37
Nexo entre las lecturas
Unos de
los atributos de Dios es el de liberador. Éste es
el atributo especialmente señalado en los textos litúrgicos de este
domingo. Dios libera a los hombres de su triste condición
de desterrados y a la naturaleza de su aridez infecunda
(primera lectura). Libera a los hombres de sus enfermedades del
cuerpo y del espíritu: "Todo lo ha hecho bien; hace
oír a los sordos y hablar a los mudos" (Evangelio).
Libera al cristiano de cualquier acepción de personas, porque todos,
ricos o pobres, somos iguales delante de Dios (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1.
Una naturaleza libre al servicio del hombre. Dios ha creado
la naturaleza, pero no se ha desentendido luego de ella.
Siendo ésta el hogar del hombre, ejercita también sobre ella
su providencia, a fin de que sirva al hombre. Esa
providencia divina "libera" a la tierra de sus miserias, como
pueden ser la sequedad y la infecundidad. Nos dice la
primera lectura que "la tierra abrasada se trocará en estanque
y el país árido en manantial de aguas". Dios es
el Señor de la naturaleza y ejerce con libertad su
dominio absoluto sobre ella para ayudar material y espiritualmente al
hombre. Materialmente, haciéndola fructificar abundantemente, de modo que el hombre
pueda alimentarse con sus frutos. Espiritualmente, haciendo al hombre sentir
el poder y peso de las calamidades naturales, de modo
que éste se vea necesitado a elevar sus ojos al
Señor de la naturaleza y a implorar su bendición. El
orgullo humano, enemigo del verdadero bien del hombre, es invitado
a humillarse ante estas desgracias naturales, que son para él
como una plataforma para, dejando a un lado el orgullo,
remontarse hasta Dios. Dejando libres por un momento los poderes
destructivos de la naturaleza, Dios busca sobre todo liberar al
hombre de sí mismo, que es lo que realmente cuenta.
2. Dios liberador del hombre. El hombre es un misterio
de carne y espíritu. Dios manifiesta su amor al hombre
ofreciéndole una liberación integral, que debe aceptar con agradecimiento y
sencillo corazón. Libera su carne de la enfermedad. Lo hace
directamente, cuando así resulta necesario para el bien del hombre,
como consta por tantos enfermos milagrosamente curados. Lo hace indirectamente,
mediante el poder que ha dado a los hombres para
estudiar el cuerpo humano, conocer sus enfermedades y curarlas. El
evangelio de hoy narra la curación de un sordomudo por
parte de Jesús. Pero Dios también interviene sobre el hombre
para curar su espíritu. Lo cura de las enfermedades psíquicas,
lo libera del poder del demonio y del pecado, lo
robustece por obra del Espíritu ante las tentaciones y las
inclinaciones al mal. ¿Cuándo y cómo actúa el Dios liberador
del hombre? Son preguntas para las que sólo Dios tiene
la respuesta; evidentemente una respuesta segura y en beneficio del
hombre. Pero lo más importante es que los hombres tengamos
la conciencia clara y la plena seguridad de que Dios
ama y quiere el bien del hombre. Importante es también
que seamos humildes y acudamos a Dios con sencillez para
pedirle: "Señor, líbrame de toda enfermedad; líbrame, sobre todo, de
mí mismo para que mi vida sea un canto de
alabanza a tu santo nombre". Aquí encaja perfectamente la exhortación
de Santiago en la segunda lectura: "No mezcléis con la
acepción de personas la fe que tenéis en nuestro Señor
Jesucristo glorificado". El creyente, liberado de sí mismo por el
bautismo y la eucaristía, no puede volver a la esclavitud
del pasado. Sería como contravenir la liberación de Dios.
Sugerencias
pastorales
1. Todo lo ha hecho bien. Con estas palabras reaccionó
la multitud cuando se dio cuenta de que Jesús había
curado al sordomudo. Son muchos, por lo demás, los textos
evangélicos que relatan las obras buenas de Jesús en favor
del hombre. De modo que san Pedro dirá de Jesús,
en uno de sus discursos a los primeros cristianos, que
"pasó haciendo el bien". Juan Pablo II nos dice que
"la caridad de los cristianos es la prolongación de la
presencia de Cristo que se da a sí mismo". Sí,
Cristo desea seguir haciendo el bien entre nosotros y en
nuestros días mediante los cristianos. Cristo desea seguir liberando al
hombre de las necesidades materiales, de las enfermedades, de las
calamidades naturales, de los males espirituales mediante los cristianos. De
verdad que es hermoso constatar la generosidad de tantos millones
de cristianos para socorrer en cualquier parte del mundo a
los más necesitados. De verdad que Cristo debe estar contento
porque puede continuar haciendo el bien en la historia de
los hombres mediante los cristianos. Al mismo tiempo, como creyentes
cristianos, hemos de hacernos algunas preguntas: ¿Hago yo personalmente todo
el bien que puedo hacer? ¿Busco que otros, singular o
comunitariamente, hagan el bien? ¿Cuál es el tipo de bien
que más me gusta hacer: el material, el espiritual o
ambos a la vez? ¿Estoy convencido de que a través
de mí, Cristo glorioso continúa presente entre los hombres haciendo
el bien? Y no olvidemos que hacer el bien desinteresadamente
a los hombres es una manera estupenda de liberarlos.
2.
Querer ser liberado. La liberación posee una fuerza de atracción
singular. Es un claro indicio de que el hombre, consciente
o inconscientemente, se ve y experimenta a sí mismo, al
menos parcialmente, "esclavizado". Digamos que son no pocas las ataduras
que el hombre, en las diversas épocas de la vida,
va encontrando en el camino de su existencia. Por experiencia
se sabe que de esas ataduras, sobre todo de las
más hondas y fuertes, no se puede el hombre deshacer
por sí mismo. Necesita ser liberado. Para ello se necesita
querer ser liberado. Porque se da el caso de que
el hombre, por razones inexplicables y muchas veces complejas, ama
las "dulces" ataduras que le "esclavizan". Ataduras que, por más
dulces que sean, le van poco a poco estrangulando, hasta
llegar a matar su libertad. La liberación, por tanto, es
posible sólo para quien quiere ser liberado. Otro aspecto diverso
es a quién acudir para ser liberados. Porque en nuestro
mundo y en nuestro medio ambiente hay quizá muchos que
se las dan de "liberadores", pero lo que liberan no
es al hombre en su grandeza y en su dignidad,
sino los potros desbocados de sus pasiones, sus egoísmos, sus
ambiciones, sus pesadillas, sus instintos. Digámoslo sin tapujos: el verdadero
liberador del hombre es Dios. El verdadero liberador del hombre
es Jesucristo que murió por nosotros y por nosotros resucitó.
¿Has aceptado, aceptas realmente y de todo corazón ser liberado
por Jesucristo? Si quieres ser liberado, no lo dudes, Él
te liberará. Habiendo experimentado a fondo la liberación de Cristo,
sentirás el aguijón de decir a otros quién puede otorgarles
la verdadera liberación que buscan.
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