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Autor: P. Antonio Izquierdo B - Domingo 21o. del Tiempo Ordinario
Primera: Jos 24, 1-2.15-17; Segunda: Ef 5, 21-32; Evangelio: Jn 6, 60-69
B - Domingo 21o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Jos 24, 1-2.15-17; Segunda: Ef 5,
21-32 Evangelio: Jn 6, 60-69
Nexo entre las lecturas
En decidirse
está la clave de los diversos textos litúrgicos. Las tribus
reunidas por Josué en Siquén deben decidirse por servir o
a Yahvéh o a otros dioses. Ellas deciden por Yahvéh
(primera lectura). Los discípulos de Jesús, escandalizados por sus palabras
(comer mi carne y beber mi sangre) son situados por
Jesús ante una decisión: "¿También vosotros queréis marcharos?". Pedro, en
nombre de los demás discípulos, se decide por Cristo: "Señor,
¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Evangelio).
Finalmente, en la segunda lectura, la decisión irrevocable de Cristo
por su Iglesia sirve de ejemplo a la decisión mutua
de los esposos en el amor.
Mensaje doctrinal
1. Un decidir
responsable. Ser hombre con uso de razón es estar obligado
a decidir en las pequeñas y en las grandes cosas
de la vida. En otras palabras, vivir es tener que
decidir. Esto es ya algo muy importante, pues nos diferencia
de todas las demás criaturas del universo. Con todo, es
incompleto porque se puede decidir bien, pero también se puede
decidir mal. Más importante que decidir, es decidir bien. ¿Qué
implica una buena decisión? He aquí algunos aspectos significativos:
1)
Decidir bien implica dejar algo. Dejar ante todo aquello que
impide o al menos dificulta la buena decisión. Las tribus
de Israel tienen que dejar, renunciar a los dioses de
sus padres y a los dioses de los amorreos (primera
lectura). Los discípulos tienen que prescindir de sus prejuicios culturales
y religiosos ante el escándalo de la Eucaristía (Evangelio). Los
cónyuges tienen que renunciar a cualquier otro amor esponsal que
no sea el del propio cónyuge (segunda lectura).
2) Decidir
bien es preferir. Ciertamente, preferir el bien sobre el mal,
pero en muchas ocasiones será preferir lo mejor sobre lo
bueno. Se prefiere el bien y lo mejor, en conformidad
con la vocación y misión que cada uno ha recibido
en la vida. Todo aquello que se oponga a la
vocación cristiana se ha de dejar, y todo aquello que
la favorezca se ha de preferir. Lo que contribuya más
a vivir mi vida cristiana lo que he preferir sobre
otras cosas, por buenas que sean. Éste es el camino
de hacer una decisión responsable.
2. Un decidir creyente. Para que
una decisión sea responsable, ha de fundamentarse sobre bases sólidas.
Éstas no son ni los sentimientos, ni los gustos o
caprichos, ni las conveniencias personales, ni la fría y pura
razón, ni el voluntarismo a ultranza. Hay que decidir desde
la fe, desde la confianza total en la fidelidad y
en el poder de Dios. Los israelitas se sentían atraídos
por los dioses de los pueblos vecinos, pero tenían la
experiencia de que Yahvéh es el único Dios fiel, rico
en misericordia y piedad. Pedro y los discípulos han experimentado,
en la convivencia con Jesús, que sólo Él "tiene palabras
de vida eterna", por más que puedan sonar escandalosas a
los oídos. Cuando un hombre y una mujer se dan
un sí para siempre, lo hacen "en el Señor", es
decir, confiados en el poder de Dios que les ayudará
a mantener su decisión. Es la fe, una fe límpida,
firme, cierta, irrevocable, la que impulsa y pone en acción
la capacidad humana para tomar decisiones. Cuando las decisiones, en
lugar de basarlas en la fe o en la razón
iluminada por la fe, se fundamentan en cualquier otra cosa,
se corre un grandísimo riesgo de que la decisión se
tambalee y sucumba con el paso de los años, con
el cambio de las situaciones, con el desgaste diario de
la convivencia. La fe funda nuestras decisiones en la verdad
y en el bien, que son columnas inamovibles y que
aguantan todos los embates y todas las tormentas.
Sugerencias pastorales
1. No
decidir a la ligera. En nuestra sociedad no pocas veces
se toman decisiones a la ligera. Es verdad que hay
muchas pequeñas decisiones de cada día que ni se piensan,
y por lo demás no tienen importancia ni consecuencias notorias.
Por ejemplo, la hora de salir de compras, a qué
restaurante ir a cenar o qué menú elegir para la
comida del domingo. Aunque sería mejor pensar también antes de
esas pequeñas decisiones, a fin de formar la capacidad y
el hábito de hacer siempre decisiones maduras. Hay, sin embargo,
decisiones que afectan no sólo un momento o un aspecto,
sino toda nuestra vida. Por ejemplo, casarte o no, con
quién casarte, cambiar de religión, abortar o no abortar, ser
o no ser practicante, colaborar o no colaborar con la
parroquia, elegir uno u otro trabajo profesional, etc. Estas decisiones
jamás han de tomarse a la ligera. De ese modo,
se hace uno a sí mismo un gravísimo daño y
perjudica notablemente además a la sociedad en general y especialmente
a la sociedad familiar. Uno se pregunta cómo es posible
que en cosas de tanta trascendencia, se pueda decidir de
forma tan superficial. La respuesta que me doy a mí
mismo es que la gente, sobre todo los más jóvenes,
no han sido formados para decidir en conformidad con la
verdad y con el bien. Son hijos del presente efímero,
son hijos de la cultura usa y tira, son hijos
de las satisfacciones inmediatas. ¿Cómo van a estar capacitados para
tomar decisiones de toda la vida?
2. La decisión se forma.
Se sabe que hay personas que por temperamento son capaces
de decisión y otras que son menos decididas o indecisas.
Independientemente del temperamento que se tenga, hay que formar al
hombre para la decisión, de modo que ésta sea firme,
responsable y madura. El temperamento muy decidido tendrá que hermanar
la decisión con la prudencia para no arriesgar en exceso.
El temperamento indeciso tendrá que desarrollar su intrepidez y valentía,
a fin de dar oportunamente el paso a la decisión.
Tanto uno como otro tomarán las decisiones con plena conciencia
y libertad, a fin de que decidan de modo digno
del hombre. Una decisión bajo coacción, sea ésta psicológica, física
o moral, nunca será buena, como tampoco permitirá el crecimiento
del hombre en dignidad y en humanismo. Para que el
ser humano pueda llevar a cabo decisiones acertadas y enriquecedoras,
se requiere hermanar las decisiones con su objeto propio, es
decir, con el conocimiento del bien y de la verdad.
Una decisión buena madura al calor de la reflexión y
de la ponderación, ajenas por un lado a cualquier precipitación
y atolondramiento y, por otro, a toda dejación, pereza mental
o permanente estado de perplejidad. ¿Están formando los padres a
los hijos para tomar decisiones maduras? ¿Damos los adultos a
los jóvenes ejemplo de buenas decisiones, firmes y responsables? ¿Estamos
convencidos de que formar la capacidad de decisión es más
importante para el futuro de un hombre que saber mucha
informática o tener un título universitario?
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