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Tiempo de Pascua | tema
Autor: P. Octavio Ortíz
B - Domingo VI de Pascua
Primera: Hch 10,25-26. 34-35. 44-8; segunda: 1 Jn 4, 7-10; Evangelio: Jn 15,9-17
 
B - Domingo VI de Pascua
B - Domingo VI de Pascua

Sexto domingo de PASCUA

Primera: Hch 10,25-26. 34-35. 44-8
Segunda: 1 Jn 4, 7-10
Evangelio: Jn 15,9-17





Nexo entre las lecturas


El tema del amor de Dios concentra hoy nuestro pensamiento. La primera lectura nos muestra que el amor de Dios no tiene acepción de personas y que la salvación tiene un carácter universal, como bien lo demuestran los hechos sucedidos en la casa del centurión Cornelio. Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos les es ofrecida el perdón de sus pecados (1L). La segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, hace una afirmación sorprendente: Dios es amor. Quien no ama no ha conocido a Dios. Por lo tanto, conocer a Dios, escucharle, seguirle, es sinónimo de vivir en el amor, de experimentarlo vivamente y hacerlo propio (2L). El evangelio nos presenta un momento de intimidad entre Cristo y sus apóstoles: ya no os llamo siervos, sois mis amigos, permaneced en mi amor. El amor de Cristo es expresión del amor del Padre. Así como el Padre ha amado a Cristo, así Cristo nos ha amado a nosotros.


Mensaje doctrinal

1. Dios no tiene acepción de personas. La segunda lectura nos expone la parte final de la conversión al cristianismo de Cornelio y su familia. Cornelio era un centurión de la cohorte itálica que tenía su sede en Cesarea. Era un hombre que temía a Dios y hacía limosnas, pero no era judío. Cornelio tiene una visión en la que se le pide que llame a un tal Simón, llamado Pedro, que se encuentra en Joppe. Así, envía mensajeros en busca de aquel hombre. Mientras los mensajeros van de camino, Pedro tiene también una visión en la que una voz le invita a comer alimentos que eran retenidos como impuros por los judíos. La petición se repite hasta tres veces con la subsiguiente negativa de Pedro. La visión concluye con una afirmación taxativa: lo que Dios ha purificado, no lo llames tú profano. Después de esto, Pedro acude a Cesarea para encontrar a Cornelio y, después de escuchar la narración de éste, concluye: verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. El espíritu desciende sobre los presentes, como si se tratase de un segundo Pentecostés, el Pentecostés de los gentiles, y la escena concluye con el bautismo de Cornelio y toda su familia.

El pasaje es de máxima importancia para comprender el carácter universal de la salvación. Dios nos hace acepción de personas en relación con su amor salvífico. Al enviarnos a su Hijo nos ha expresado un amor que no conoce los límites de raza, de carácter o dignidades civiles. Dios, el Buen Pastor de nuestras almas, desea que todas las ovejas entren en su redil. Al encarnarse el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a todo hombre y lo ha invitado a la salvación. Éste es el descubrimiento que hace Pedro. Él no puede llamar a nadie impuro porque todos son hijos de Dios, todos son imagen de Dios, porque Dios ha creado a cada hombre por amor, más aún lo ha creado por una sobreabundancia de amor. La dignidad del hombre se revela en su vocación a la vida divina. "La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (Gaudium et spes 19,1).

En este texto de los hechos de los apóstoles (no anterior al año 80), Pedro asienta un principio fundamental: en Dios no hay acepción de personas. Principio que, a la vez, él ha recibido por iluminación divina en el caso de Cornelio. Ya san Pablo en la carta a los romanos (años 54-59) había establecido el mismo principio: "Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego; que no hay acepción de personas en Dios. Rm 2, 9-11. Así, los criterios de raza, temperamento y las distinciones humanas, quedan atrás para dar lugar a una nueva visión del hombre, del mundo, de la creación: "Todo aquello que ha sido creado por Dios es puro". Es el pecado el que introduce el desorden en la creación y en el ser humano. Por eso, todos estamos necesitados de salvación y de redención, todos hemos pecado, todos hemos contraído el pecado original y hay un desorden interior, una tendencia desordenada al placer.


2. Dios tiene siempre la iniciativa en el camino de la salvación. Nos amó primero. En la segunda lectura san Juan repite en dos ocasiones: Dios envió a su Hijo. Dios envía a su Hijo único para redimirnos del pecado que nos tenía sojuzgados. Nos encontrábamos en desgracia, como el "hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores" (cf. Lc 10, 30) y Dios, en su infinita bondad se apiadó de nosotros. El costo de esta piedad supera toda imaginación: el envío de su Hijo. Dios envía a su Hijo para que sea nuestra propiciación, para que nos rescate del pecado y de la "segunda muerte", la eternidad desgraciada, la pérdida definitiva de Dios. Por eso, debemos sostener firmemente que Dios nos amó primero. El amor no consiste, pues, en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él ha querido amarnos a nosotros cuando estábamos en desgracia.

Al inicio del catecismo de la Iglesia Católica encontramos un texto admirable: "Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada" (Catecismo de la Iglesia Católica 1).

"No somos, por tanto, nosotros los que primero observamos los mandamientos y después Dios venga a amarnos, sino por el contrario: si Él no nos amase, nosotros no podríamos observar sus mandamientos. Ésta es la gracia que ha sido revelada a los humildes y permanece escondida a los soberbios" (San Agustín, De los Tratados sobre san Juan 82, 2-3; 83).

Es la gracia del amor de Dios que nos precede, prepara y acompaña nuestras obras. Sin Él o al margen de Él y de su amor, no podemos nada.


3. El amor de Dios se muestra en su Hijo Jesucristo.El evangelio nos muestra un momento de intimidad de Cristo con sus apóstoles: permaneced en mi amor. Es decir, permaneced en el amor del Padre que se expresa en el Hijo. Cristo es la revelación del amor del Padre. Y Cristo nos muestra el camino para llegar a la casa del Padre. Él es el camino, la verdad y la vida. Así como el Padre lo envía a Él, así Él nos envía a nosotros los cristianos al mundo para cumplir una misión de salvación. Esta misión sólo la podremos cumplir si observamos el mandamiento principal: el amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado.


Sugerencias pastorales

1. Saber esperar en la providencia de Dios. El mundo que nos circunda nos hace dudar de la providencia de Dios. Por una parte, estamos acostumbrados a "asegurar" de algún modo el futuro. No nos gusta dejar nada en manos de otro, ni siquiera de Dios. Nos cuesta confiarnos a sus designios amorosos y buscamos alguna confirmación de orden natural. Los grandes avances de la ciencia y de la tecnología han ampliado, casi sin límites, el deseo de dominar la materia y tenerla bajo estricto control. Todo se debe programar y nada puede quedar al arbitrio de alguna fuerza que no sea la del hombre mismo. Esta sed de dominio y poder sobre la materia no deja lugar en la sociedad humana a la providencia divina. Por otra parte, la presencia del mal es siempre un escándalo ante la providencia de Dios. Si Dios es bueno, ¿cómo es que existe el mal? Este domingo estamos invitados a ver la providencia de Dios a la luz de la fe. Es decir, estamos invitados a renovar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado que vence el pecado y vence el mal y nos muestra el amor del Padre y nos incorpora a su amor: como yo os he amado, así debéis amaros los unos a los otros. De frente a la tentación de querer dominar sobre mi propia vida o la vida de los demás, Jesús nos pide un abandono filial en la providencia de del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos. Aquel que nos dio a su Hijo, ¿qué no nos dará si se lo pedimos correctamente? No se trata ciertamente de una actitud ingenua e irresponsable de cara al futuro, no. Se trata de "buscar primero el Reino de Dios" sabiendo que todo lo demás no nos faltará. Se trata de saber que Dios es amor y que, por lo tanto, cuanto viene de Dios es amor, incluso el dolor o la enfermedad, incluso los trabajos y fatigas. ¡Cuántas veces los caminos ásperos de Dios nos han hecho mucho más bien que los valles tranquilos de la propia rutina! Dios sabe de qué tenemos necesidad. Cuando tengamos duda sobre qué hacer, cómo actuar, qué obra emprender, hagamos esta pregunta: ¿qué es aquello que Dios me pide más insistentemente? No temamos emprender las obras de Dios que no nos faltará la providencia que nos sostenga y acompañe.

Una oración de S¯ren Kierkegaard dice así: "Oh Dios Tú nos has amado primero. He aquí que nosotros hablamos de ello como un simple hecho histórico, como si una sola vez nos hubieses amado primero. Sin embargo, Tú lo haces siempre. Muchas veces, en cada ocasión, durante toda la vida. Tú nos amas primero. Cuando nos despertamos en la mañana y volvemos a Ti nuestro pensamiento, Tú estás primero. Tú nos has amado primero. Y si mi levanto al alaba y en ese mismo instante elevo hacia ti mi alma en adoración, Tú ya me has precedido y me has amado primero. Cuando recojo mi espíritu de una disipación y pienso en Ti, Tú has sido el primero. ¡Y así siempre! Y nosotros, ingratos, hablamos siempre como si sólo una vez Tú nos hubieses amado primero".


2. Saber amar a nuestros hermanos en la realidad concreta de la vida. Para amar a nuestros hermanos debemos practicar la pureza de corazón. Y esto no es cosa de poca monta. La pureza de corazón significa estar desprendido del amor desordenado de sí mismo. La falta de pureza de corazón es la que me lleva a pensar en mí, olvidándome de las necesidades de mis hermanos; la impureza de corazón hace surgir los celos, las envidias, los rencores, los afectos desordenados. ¡Cuánto mal se esconde detrás de esta impureza de corazón! Por el contrario, el que es puro de corazón ama con un corazón desprendido. Sabe negarse a sí mismo. No tiene acepción de personas. A todos trata con respeto y dignidad. Es universal en su amor y en su entrega a los demás. ¡Qué necesidad tan grande tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de esta virtud! La necesitan los padres de familia para mantener su fidelidad mutua y para educar a los hijos con tino olvidándose de sí mismos. Una madre, un padre, de puro corazón es una persona que irradia confianza, seguridad, es luz en su familia, mantiene encendido el fuego del entusiasmo. Ayuda a crecer a cada uno de sus hijos sin compensaciones personales. Se sabe "servidor de Dios y de su familia, de sus hijos". La pureza de corazón no conoce los afectos desordenados, desconoce la envidia y el egoísmo a ultranza. Los puros de corazón, según la bienaventuranza, "verán a Dios" ¡Qué premio! Ver a Dios ya en esta vida manteniendo el corazón desprendido.





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