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Este 5o. domingo de pascua desea
subrayar nuestra unión con Cristo Jesús, muerto y resucitado por
nosotros, y la necesidad de producir frutos en las buenas
obras. La primera lectura nos muestra a Pablo que narra
su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco.
La experiencia de Cristo lo llevaba a hacer una nueva
lectura de la Escritura y a descubrir el plan de
salvación. Su anhelo es el de predicar sin descanso a
Cristo a pesar de las amenazas de muerte de lo
hebreos de lengua griega (1L). En la segunda lectura, san
Juan continúa su exposición sobre la verdad del cristianismo de
frente al gran enemigo de la "gnosis". El amor no
se demuestra en bellas palabra o especiales iluminaciones, como pretendían
los gnósticos, sino en obras de amor (2L). No se
puede separar la fe de la vida moral. La parábola
de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo
podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la
vid verdadera, Cristo el Señor (EV).
Mensaje doctrinal
1. El amor
se muestra en las obras. La primera carta del apóstol
san Juan pone de relieve, de modo inequívoco, que no
se puede amar sólo de palabra, sino con las obras
y según la verdad. Si deseamos saber si nos encontramos
en la verdad, debemos atender a nuestras obras en el
amor. La caridad fraterna es algo propio y esencial del
cristianismo: Él ha dado su vida por nosotros; también nosotros
debemos dar la vida por los hermanos (1 Jn 3,16).
Ahora bien, no todos pueden dar la vida por los
demás mediante el martirio, es decir, en una confesión suprema
de fe. Sin embargo, todos podemos dar la vida por
nuestros hermanos mediante el ejercicio de la donación de nosotros
mismos. Es importante subrayar que el hombre puede vivir en
la dimensión del don (de la donación de sí). Más
aún, ésta es su verdadera vida, su forma más auténtica
de vivir. Juan Pablo II escribía a los jóvenes en
1985: "¡Sí, mis queridos jóvenes! El hombre, el cristiano es
capaz de vivir conforme a la dimensión del don (la
dimensión de la donación). Más aún, esta dimensión no sólo
es "superior" a la de las meras obligaciones morales conocidas
por los mandamientos, sino que es también "más profunda" y
fundamental. Esta dimensión testimonia una expresión más plena de aquel
proyecto de vida que construimos ya en la juventud. La
dimensión del don crea a la vez el perfil maduro
de toda vocación humana y cristiana." Juan Pablo II, Carta
a los jóvenes Dilecti amici, Roma 1985.
El mandamiento del
amor es el principal de todos y el que nos
ayuda a decidir qué es lo que se debe hacer
"aquí y ahora". Se puede vivir la dimensión del don
de sí mismo en la vida familiar y profesional, en
la vida religiosa y sacerdotal, en la escuela y en
la cosa pública, en el hospital y en la fábrica.
Si nuestro corazón nos amonesta porque no hemos vivido la
caridad, es inútil que nos desalentemos atrapados por los remordimientos.
El verdadero arrepentimiento no se encuentra replegándose en sí mismo,
sino volviendo a Dios para que Él, que es rico
en misericordia, nos perdone y nos conceda la suficiente humildad
para seguir adelante con entusiasmo. Bien lo supo san Pedro
cuando exclamó: Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que
yo te amo (Jn 21, 17). Dios es más grande
que nuestro corazón y sus planes y proyectos superan con
mucho nuestro pobre mente humana. San Agustín tiene un texto
que viene muy a cuento del tema que nos ocupa:
Si nuestro corazón nos acusa, es decir, si nos acusa
interiormente porque no obramos con la intención que deberíamos haberlo
hecho, Dios es más grande que nuestro corazón y conoce
todas las cosas. Puedes esconder a los hombres tu corazón,
pero a Dios no le puedes esconder nada. ¡Cómo esconderlo
a él a quien un pecador lleno de arrepentimiento y
temor decía: "Dónde iré lejos de tu espíritu? ¿Dónde huir
lejos de tu presencia?"
Buscaba huir para librarme del juicio de
Dios, y no sabía dónde. En efecto ¿dónde no está
Dios? "Si subo al cielo, allá estás tú, si desciendo
a los infiernos, allá te encuentro?" ¿Dónde ir? ¿Dónde huir?
Huye hacia
Él, confiesa a Él tus pecados y no te escondas:
en efecto, no puedes esconderte de Él. Dile: "Tú eres
mi refugio": y nutre en ti el amor que sólo
conduce a la vida" (San Agustín, Tratados sobre la primera
carta de Juan, Tratt. VI).
Vivamos, pues, en el amor.
Pero si algún día tenemos la desgracia de alejarnos de
Dios por el pecado, no huyamos de él. Por el
contrario acudamos al médico que puede salvar nuestras almas, acudamos
al Padre de las misericordias para que nos restituya la
vida de gracia y nos permita dar frutos de amor
y de vida eterna.
2. Dar frutos permaneciendo unidos a
Cristo. "Permanecer" es una palabra clave en el vocabulario de
san Juan. En el original griego (menein) lo encontramos 68
veces en los escritos de san Juan y 118 en
el Nuevo Testamento. En el sentido más fuerte expresa la
unión entre el Padre y el Hijo. En sentido más
amplio expresa la unión entre Dios y aquel que tiene
fe y observa sus mandamientos. La parábola de la vid
y lo sarmientos nos invita de modo particular a "permanecer
unidos a Cristo".
Es claro que un sarmiento, si no
permanece unido a la vid, no puede dar fruto. Se
seca y no sirve sino para lanzarlo al fuego. Para
el sarmiento no hay alternativa: o permanece unido a la
vid o es arrojado al fuego. No sirve para madera
u otra labor semejante.
Permanecer unido a Cristo es permanecer
unido a la gracia, porque sin ella nada podemos. Permanecer
unido a Cristo es permanecer unido a Él por la
oración, por la vida interior, por la elevatio mentis in
Deum (Por la elevación de nuestra mente hacia Dios). Es
hacer que todas nuestras obras y actos se hagan en
la presencia de Dios y ordenadas según Dios. Tamdiu homo
orat, quamdiu totam vitam suam in Deum. ordinat (El hombre
ora tanto cuanto a Dios ordena toda su vida) Santo
Tomás, Comment in Rom c.I lect 5. Quien se separa
de Cristo se pierde. Se aleja del camino, de la
verdad y de la vida. Se seca y es arrojado
al fuego.
Pero hay algo más. El que permanece unido
a Cristo es escuchado en su petición. Veamos las palabras
de san Agustín:
"Permaneciendo unidos a Cristo ¿qué otra cosa
puede querer los fieles sino lo que es conforme a
Cristo? ¿Qué otra cosa pueden querer permaneciendo unidos al Salvador,
sino aquello está orientado a la salvación? En efecto, una
cosa queremos en cuanto estamos en Cristo, y otra cosa
distinta queremos en cuanto estamos en el mundo. Puede suceder
que el hecho de demorar en este mundo nos impulse
a pedir algo que, sin darnos cuenta, no ayuda a
nuestra salvación. Pero si permanecemos en Cristo, no seremos escuchados
porque él no nos concede, sino aquello que nos ayuda
a nuestra salvación. Por lo tanto, permaneciendo nosotros en Él
y sus palabras en nosotros, pidamos lo que queramos que
lo obtendremos. Si pedimos y no obtenemos quiere decir que
cuanto pedimos no se concilia con su demora en nosotros
y no es conforme a sus palabras que moran en
nosotros..." (San Agustín, Del Tratado sobre san Juan, 81, 2-4,
82).
Permanezcamos unidos a Dios en nuestra vocación familiar, profesional
religiosa, sacerdotal para que demos frutos de vida eterna, para
que nuestra vida no se consuma infructuosamente en los avatares
mínimos de cada día. Habrá que dar fruto en el
propio hogar, en la formación de la familia, en la
educación de los hijos; habrá que dar fruto en la
vida social, en la construcción de un mundo mejor, en
el esfuerzo por aliviar los sufrimientos ajenos; habrá que dar
fruto en el apostolado, en el llevar las almas a
Dios, en la maternidad y paternidad espiritual. Pero todo esto
no es posible, si no permanecemos unidos a Cristo, vid
verdadera.
Sugerencias pastorales
1. Hacer lo que a Dios agrada. En
ocasiones uno se pregunta: ¿Qué debo hacer en este caso
que tengo enfrente, en esta circunstancia de mi vida? ¿Cómo
comportarme ante esta dificultad o problema? En verdad, el hombre
debe afrontar momentos graves de su existencia y tomar decisiones
concretas. En estas situaciones puede ser muy útil e iluminador
preguntarse: ¿Qué es aquello que a Dios más agrada? ¿Qué
es aquello que más consolaría a Cristo? ¿Qué esperaría Cristo
de mí en esta circunstancia? Son preguntas sustanciales que iluminan
de golpe el acontecer de nuestras vidas. Son preguntas que
robustecen el alma, que encienden el amor en el pecho
y dan la fuerza para afrontar lo que viniere por
amor a Dios y a las almas. Este domingo nos
invita a amar no sólo de palabras, sino con las
obras. Y las obras son las de cada día. Las
obras son nuestras tareas diarias, son nuestras responsabilidades en el
hogar y en el trabajo; en la escuela y en
la vida social. Efectivamente ahora ya no tenemos otro oficio,
como san Juan de la Cruz, sino el amar. "Al
atardecer se nos juzgará sobre el amor".
2. Buscar dar
frutos. Una fuerte tentación en el camino de la vida
es "el cansancio de los buenos". El cansancio de aquellos
que, por algún tiempo, se dedicaron a practicar el bien.
Es un cansancio que se puede traducir en cierto desencanto
ante tanta lucha y poco avance; es un cansancio que
se identifica con el abandono de los grandes ideales y
de los proyectos ambiciosos; es un cansancio que viene a
terminar en pereza, cobardía y esterilidad del alma. ¿Cómo huir
de tamaña desgracia? Renovar cada día el esfuerzo por "dar
frutos", por trabajar con empeño. El mundo, la Iglesia, mi
familia, las personas que más quiero y más me quieren
necesitan de mí, necesitan de mi aportación, están a la
espera de lo mejor de mí. No puedo dejar de
dar frutos so pena de morir espiritualmente. La vida espiritual
se convierte así en la permanente y total donación de
sí mismo por amor a Dios y al servicio de
los hermanos. Dar frutos es una ley de vida cristiana.
Es una exigencia para todo el que vive unido a
Cristo. Un modo hermoso de dar fruto es conducir las
almas a Dios. Y esto está a la mano de
todos nosotros. Quien más, quien menos, todos tenemos la posibilidad
de llevar a las almas a Dios. Decía la Madre
Teresa de Calcuta: "El servicio más grande que podéis hacer
a alguien -y ella hacía grandes servicios a los más
pobres- es conducirlo para que conozca a Jesús, para que
lo escuche y lo siga, porque sólo Jesús puede satisfacer
la sed de felicidad del corazón humano, para la que
hemos sido creados". Preguntémonos sinceramente: En este año ¿a cuántas
personas he acercado a Dios por mi palabra, por mi
testimonio, por mis obras? Si queremos llegar al cielo con
las manos llenas de frutos no dejemos pasar nuestro tiempo
sin trabajar.
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