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Cristo es la piedra angular. En
esta frase encontramos el elemento unificador para nuestra homilía del
quinto domingo de Pascua. La primera carta de san Pedro
que nos ha acompañado a lo largo de estos cuatro
domingos pascuales ( 2L), nos ofrece al igual que los
sinópticos una interpretación cristológica del salmo 118, 22: La
piedra que los constructores desecharon se ha convertido en piedra
angular; ha sido la obra de Yahveh, una maravilla
a nuestros ojos. Para los creyentes se trata de una
piedra preciosa, para los incrédulos es piedra de tropiezo y
caída. En el Evangelio, Cristo, piedra angular, se nos muestra
como el camino, la verdad y la vida. Es Él
quien nos prepara un lugar en la moradas eternas, es
Él el camino que nos conduce al Padre. Cristo desea
que cada uno de nosotros llegue a la casa del
Padre, desea que donde Él esté, nos encontremos también nosotros.
¡Qué maravilla del amor de Dios que quiso hacernos hijos
suyos y que le llamáramos Padre y que tuviéramos un
lugar en la familia de Dios!
Mensaje doctrinal
1. No perdáis
la calma, creed en Dios y creed también en mí.
La exhortación de san Juan es muy oportuna en
este tiempo pascual en el que miramos a Cristo resucitado.
Los cristianos, nuevas creaturas en Cristo desde su bautismo, atraviesan
situaciones difíciles. El Señor se dirige a sus discípulos y
los invita: “creed en mí, tended confianza en mí pensando
que aquello que Yo hago en tu vida es lo
mejor para ti”. El cristiano debe pasar por momentos en
los que la cruz se hace presente. Precisamente en esos
momentos es cuando pueden descubrir misteriosamente que están tomando parte
en el misterio pascual de Cristo. En Cristo, ellos también
son piedras vivas que entran en la construcción del
templo del Espíritu. Cada cristiano, por el bautismo, incorporado e
injertado en Cristo, toma parte en ese camino pascual de
muerte y resurrección; pasa a formar parte de un sacerdocio
sagrado (sacerdocio de los fieles) para ofrecer sacrificios espirituales que
Dios acepta. Es importante que en su caminar, no deje
de mirar a Cristo, que no deje de creer en
Cristo con fe viva y operante, que Cristo sea para
él la piedra angular en donde se asienta todo su
edificio, toda su existencia.
2. Jesús es el camino al Padre.
Tomás pide a Cristo: muéstranos al Padre. Cristo responde sorprendido
de que no hayan descubierto en Él en esos años
de convivencia el Rostro del Padre: Tomás quien me ha
visto a mí, ha visto al Padre. Cristo es pues
la revelación del amor del Padre. Nadie va al Padre
sino por Cristo. Hemos de creer firmemente que Cristo está
en el Padre y el Padre en Cristo. Uno se
pregunta espontáneamente ¿cómo puede una persona estar en otra? Por
medio del amor, de la identificación de voluntades, con la
identidad en los pensamientos, teniendo los mismos sentimientos y emociones
que la persona amada. Él ha venido a cumplir la
voluntad del Padre. Las palabras que Él nos dice, no
las dice por cuenta propia, las pronuncia en nombre
del Padre. Con acierto dice Hans Urs von Balthasar: “En
Cristo, que es la palabra de Dios, Dios Padre habla
al mundo”. Cristo nos muestra en último análisis que él
está en el Padre mediante una obediencia absoluta a la
misión que le ha sido confiada, mediante el amor y
el cumplimiento de su voluntad por la salvación de los
hombres.
Este Cristo que nos muestra el rostro amoroso del Padre,
va a prepararnos un lugar en las moradas eternas. Él
con su muerte y resurrección nos abre la vida eterna
y nos reconduce a la casa del Padre.
Sugerencias pastorales
Ser piedra
viva del templo de la Iglesia. Muchos cristianos se han
alejado de su prática religiosa porque no se sienten “piedras
vivas” de la Iglesia. No perciben su pertenencia a Cristo
y a la Iglesia como algo existencial que toca las
fibras más íntimas de su alma. Su fe es un
apartado de su vida y no aquello que la informa
y le da sentido. Sin embargo, el hombre está siempre
necesitado de Dios y de la salvación que se nos
ofrece en Cristo a través de su cuerpo que es
la Iglesia. El hombre y mujer de hoy tienen necesidad,
como en otros tiempos, de sentirse “parte viva de esta
Iglesia”. De un modo analógico él y ella son
también piedras angulares, preciosas y necesarias para la edificación de
la Iglesia. Ayudémosles a re-descubrir su amor a la Iglesia.
Llevémosles a un compromiso apostólico que los responsabilice y
los mantenga abiertos a los demás. Ellos deben construir la
Iglesia con su amor, con su oración, con su sacrificio,
con su entrega generosa. ¡Todos somos piedras vivas de este
edificio y todos tenemos una misión que cumplir en esta
edificación! La aspiración de cada cristiano debería ser la de
llegar a ser “un hombre eclesiástico”, un hombre que ama
entrañablemente a la Iglesia. El texto de Henri de Lubac
ilustra apropiadamente esta idea:
«Eclesiástico», hombre de Iglesia, en nuestro lenguaje
actual este bello nombre está desgastado, por no decir que
está degradado. Se ha convertido en el título con que
se designa cierta profesión determinada en los registros de la
administración civil. Y en la misma Iglesia apenas lo usamos
sino en un sentido puramente exterior. ¿Quién le devolverá su
amplitud y nobleza? ¿Quién nos enseñará a conocer los valores
que evocaba antiguamente?
En cuanto a mí, proclamaba Orígenes, mi deseo
es el de ser verdaderamente eclesiástico. No hay otro medio,
pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El
que formula semejante voto no se contenta con ser leal
y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su
profesión de católico. Él ama la belleza de la casa
de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es
su patria espiritual. Ella es su madre y sus hermanos.
Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado.
Echa raíces en su suelo, se forma a su imagen,
se solidariza con su experiencia. Se siente rico con todas
sus riquezas. Tiene conciencia de que por medio de ella,
y sólo por medio de ella, participa de la estabilidad
de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir.
No la juzga, sino que se deja juzgar por ella.
Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad.
La
Iglesia es mi Madre, porque me ha dado la vida.
Yo la he visto, la he tocado de una manera
indudable, y puedo dar certeza de ello a todo el
mundo. Yo he escuchado todos los reproches que se han
lanzado contra mi Madre. Algunos días, mis oídos han quedado
sordos ante el clamor de las quejas, no me atrevo
a decir que carecen todas ellas de fundamento. Pero, contra
toda evidencia, lo cierto es también que esos reproches y
otros muchos que se podrían añadir no tienen ninguna fuerza.
¡Dichosos
aquellos que han aprendido de su madre, desde la infancia,
a mirar la Iglesia como una Madre! Ser piedra
viva del templo que es la Iglesia.
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