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No era posible que la muerte
lo retuviera bajo su dominio. Así se expresa Pedro en
su primer discurso a los israelitas reunidos en Jerusalén el
día de Pentecostés (1L). Pedro proclama de modo solemne que
Jesús de Nazareth, hombre acreditado por Dios con prodigios y
milagros, fue entregado según el plan misterioso de Dios, fue
clavado en una cruz, pero Dios lo resucitó de entre
los muertos, porque no era posible que la muerte lo
retuviera bajo su dominio. Como prueba de ello, cita el
bellísimo Salmo 15 que canta la esperanza de que el
justo no quedará olvidado en el sepulcro, ni conocerá la
corrupción. Esta solemne proclamación de Pedro funda la fe de
la Iglesia naciente y es también hoy para todos los
cristianos el fundamento de su fe en Cristo resucitado. El
Evangelio nos narra que los discípulos de Emaús comprendieron, después
de que el viandante les explicara las Escrituras, que era
necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su
gloria.(EV) En el fondo los dos de Emaús experimentaron con
fuerza que efectivamente no era posible que la muerte
retuviera a Jesús bajo su dominio. Comprendieron que la
muerte de Cristo era precisamente la victoria sobre el pecado
y sobre la misma muerte. Así pues, la muerte
de Jesús no era la última palabra sobre Él, sino
que esta última palabra sería su resurrección de entre los
muertos. Quien llega a comprender mejor el misterio del misterio
pascual de Jesús “toma en serio su proceder en
la vida”, como nos amonesta la primera carta de San
Pedro (2L). Se da cuenta de que “ha sido liberado
no con oro o plata, sino con la sangre preciosa
de Cristo.
2. MENSAJE DOCTRINAL
1. El misterio desconcertante de la muerte
de Jesús. El fin trágico que tuvo la vida de
Jesús, su pasión y muerte en manos de pecadores, era
para los fariseos y jefes del pueblo una clara muestra
de que Dios no estaba con Él. Ellos nunca
habían creído en Jesús y ahora se burlaban de Él:
Se ha confiado en Dios. Que ahora Dios lo libre,
si tanto lo quiere. “Si Dios hubiese estado de su
parte, lo habría liberado” -pensaban para sí mismos-. En verdad,
da la impresión de que Jesús se encuentra totalmente abandonado
y dejado a las manos de sus verdugos en los
últimos momentos de su vida. Misterio no fácil de comprender.
Pero la muerte de Jesús es también desconcertante para los
que creyeron en Él con amor sincero, como es el
caso de los dos discípulos de Emaús. Conversan por el
camino, se reproponen el tema del Maestro, hablan acerca de
los milagros de Jesús, piensan que era un hombre que
Dios había acreditado con palabras y obras y, sin embargo,
su muerte ha lanzado por tierra todas sus esperanzas: “nosotros
esperábamos, pero ahora la realidad nos ha desengañado, ya no
podemos esperar porque ha muerto en una cruz”. Aquí se
hace más intenso el misterio: ¿Cómo pudo Dios abandonarlo de
tal modo? ¿Acaso el Padre abandona a su Hijo
a quien tanto ama? ¿Acaso la omnipotencia divina es vencida
por la muerte? Sí, esta es la pregunta crucial. Esta
es la pregunta que todo cristiano debe afrontar y darle
una respuesta desde la propia experiencia de Cristo resucitado; porque
la fe proclama precisamente que Dios lo resucitó librándolo de
las angustias de la muerte, porque no era posible que
la muerte lo retuviese bajo su dominio. El cristiano
es el hombre de esta fe robusta. El hombre que
ha comprendido que Dios no abandona jamás, que Dios ha
sido fiel a su amor hasta el fin, hasta la
muerte y una muerte de cruz. Por eso, el cristiano
debe ser un hombre de esperanza, de esperanza viva; ningún
dolor, ninguna circunstancia, por más desesperada que parezca, tiene la
última palabra en su vida, porque Cristo ha resucitado y
es la primicia de su propia resurrección. La muerte, el
último enemigo, ha sido vencido. La última palabra está siempre
en el amor de Dios.
2. A Jesús le encontramos en
la comprensión de las Escrituras. Es decir, a Jesús lo
encontramos al comprender el Plan de Dios, el amor de
Dios que se nos ha entregado en su Hijo, muerto
y resucitado por nuestros pecados. ¡Qué necesidad tenemos de ser,
como los dos caminantes de Emaús, hombres y mujeres
que escuchan con atención y veneración la palabra de Dios.
Personas que nutren su mente y corazón con el Plan
de Dios. En este sentido, qué importante es la lectura
diaria y profunda de la Sagrada Escritura, la reflexión, la
repetición vocal de los parágrafos más profundos. La Sagrada
Escritura es la palabra de Dios, en ella se nos
revela Dios en su misterio y en su amor por
nosotros.
Preguntémonos, ¿lleno mi mente y mi corazón con la verdad
de la Sagrada Escritura? ¿La leo? ¿la medito? Ella es
lámpara para mis pasos, luz en mi sendero. Los padres
del desierto veían en la lectura y repetición de la
Escritura un modo de alejar los malos pensamientos. La Sagrada
Escritura es la Palabra de Dios, es la revelación de
Dios y toda ella nos habla del misterio de Cristo,
puesto que Cristo es el cumplimiento de las promesas, es
la revelación definitiva de Dios, es la salvación para los
hombres.
3. SUGERENCIAS PASTORALES
1. Muchas veces aquellos que siguen más de
cerca a Jesús pasan por momentos de mayor prueba y
dificultad. No se necesitan muchos argumentos para mostrar que los
hombres pasan por momentos muy duros en la vida. Es
una realidad que salta a los ojos. Más aún, parece
que aquellos que están más cerca de Dios y que
se han confiado de modo más total y absoluto a
Él, el Señor los prueba más duramente y da la
impresión que los abandona por momentos o temporadas. Pensemos en
esos grandes héroes de la fe del siglo pasado, como
el carmelita Titus Brandsman que sufre en el campo de
concentración malos tratamientos que deterioran su salud y lo conducen
a la muerte. Pensemos en el Padre Pío que tenía
experiencias tan místicas de Dios y, al mismo tiempo, sufría
físicamente por los estigmas y moralmente por la incomprensión humana.
En realidad ,ellos hacen la experiencia de Jesús: se abandonan
en las manos del Padre y saben que no quedaran
defraudados. Aceptan de Dios con gozo cuanto Él les quiere
enviar, porque no se detienen a considerar la dádiva, sino
el autor de la misma. Siempre y en todo miran
a Dios que es amor y eso les hace superar
cualquier obstáculo y dificultad. Dios es amor y Dios
es más fuerte que el mal y que el pecado.
No nos desalentemos, por tanto, cuando parezca que Dios nos
tiene un poco abandonados. En realidad, Él nunca nos abandona,
en todo caso se oculta por momentos para vernos luchar
y para robustecer nuestra fe. Animémonos como los primeros cristianos
a vivir nuestra fe por encima de cualquier adversidad. Vivamos
nuestra fe, no como un “minimum” necesario, sino como el
sentido que orienta y dirige nuestra vida.
2. El amor a
la Eucaristía. No podemos no citar aquí el admirable sermón
235,3 de San Agustín: ¿Cuándo se hizo conocer el Señor?
Al partir el pan. He aquí nuestra certeza: al
compartir el pan conocemos al Señor. Él ha elegido ser
reconocido de este modo por nosotros que, sin haber visto
su carne, comeríamos su carne. Quienquiera que tú seas, tú
que crees, que te reconforte la condivisión del pan. La
ausencia del Señor, no es una verdadera ausencia. Aquel a
quién tu no ves, está contigo. Cuando Jesús hablaba a
ellos (a los discípulos de Emaús), ellos no creían que
estuviese resucitado. Ellos mismos no esperaban el poder “revivir”: habían
perdido la esperanza. Caminaban, muertos, junto a la vida. Y
tú, ¿quieres la vida? Haz como los discípulos (de Emaús)
y reconocerás al Señor. El Señor era como un viandante
que debía ir muy lejos, sin embargo, han sabido retenerlo
junto a sí. En la condivisión del pan el Señor
se ha hecho presente. Aprende dónde buscarlo, aprende dónde encontrar
al Señor: es el momento en el que todos juntos
lo coméis (lo recibís en la comunión).
A Jesús lo
encontramos y lo experimentamos al recibirlo en la comunión. Se
trata de un momento íntimo y misterioso en el que
el Señor se nos revela con todo su amor y
nos invita a transformarnos en Él.
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