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El tema de fondo de este
segundo domingo de Pascua es el de la fe firme
e inquebrantable que sabe superar la incredulidad y las adversidades
de la vida. En efecto, un clima de temor y
desconfianza reinaba en el grupo de los discípulos después de
los eventos de la pasión: se encuentran encerrados en una
habitación y con miedo a los judíos. Aquí, en este
lugar de desesperanza, se verifica un encuentro entre Cristo y
los suyos que los hace salir de su tristeza y
confusión: se encuentran nuevamente con Jesús, el Maestro que había
cautivado sus vidas. El encuentro, nos dice el Evangelio, los
deja gozosos y en paz.
Uno de ellos, Tomás, está
ausente y no hace la experiencia del amor y presencia
de Señor resucitado. Sin embargo, para él también el Señor
reserva una palabra de consuelo y una invitación a
vivir una fe más profunda. (EV) A partir de aquellas
experiencias y fortalecidos con la acción del Espíritu Santo, los
apóstoles inician un período de transformación que los conducirá al
misterio de Pentecostés, momento decisivo que los convertirá en apóstoles
valientes del Evangelio. La vida de la Iglesia naciente nos
muestra hasta qué punto aquellos hombres cumplieron cabalmente su misión
(1L). En ella, en la Iglesia de los orígenes, había
un modo de vivir admirable para los paganos: la enseñanza
de los apóstoles, la unidad, la fracción del pan y
la oración distinguían la vida cristiana. Sin embargo, la Iglesia
pronto tendría que enfrentar la adversidad de los discípulos de
Cristo Señor. La Primera carta de San Pedro es una
sentida exhortación a permanecer fieles en medio de las más
duras circunstancias de la vida (2L).
Mensaje doctrinal
1. El poder de
la fe. Uno de los mensajes fuertes de nuestra liturgia
de este segundo domingo es el poder de la fe
en Cristo resucitado. El Evangelio nos narra que los apóstoles
se encontraban encerrados por miedo a los judíos. Su situación
era precaria. Carecían de medios humanos y materiales para enfrentar
el actual estado de cosas. Cristo irrumpe en la escena
y da una nueva dimensión a la vida de aquellos
hombres: Ellos se llenan de alegría, reciben al Espíritu Santo,
son enviados por Cristo a una misión que ni siquiera
imaginan. En el momento de mayor abatimiento es cuando el
poder salvífico de Dios irrumpe con mayor fuerza. Es Cristo
resucitado quien da unidad a la Iglesia naciente, quien llena
el corazón de los discípulos de gozo, les da fuerza
en el Espíritu y los enardece de amor y valentía.
Para
el cristiano la invitación a descubrir el poder transformante de
Cristo resucitado es siempre actual. El cristiano se encuentra de
frente a un mundo complejo en el que la verdad
está en crisis. Su misión, por tanto, no es fácil,
como tampoco fue fácil la misión de los apóstoles. Él
es testigo del amor de Cristo, de su pasión muerte
y resurrección. Él tiene que proclamar con valor la verdad
sobre el hombre, sobre el mundo, sobre la vida, sobre
la eternidad. En cierto sentido él, el cristiano, debe proclamar
verdades que no siempre son gustosas, que no tienen siempre
buen mercado, pero que son palabras de verdad y salvíficas.
Sólo en la fe en Cristo resucitado lograremos, como los
primeros discípulos: “hacer la verdad en el amor”, ser sinceros,
plenamente sinceros en el amor a Dios y a los
hombres.
El ejemplo de Tomás, es aleccionador. Es uno de los
discípulos, pero no estaba allí cuando apareció el Señor. “Quería
ver”, no creía al testimonio de los condiscípulos. “Quería tocar”,
quería tener pruebas fehacientes de que efectivamente era Cristo. La
fe cuesta. La fe es abandono en un Dios que
pide sólo confianza absoluta. Tomás escucha de Cristo palabras de
gran profundidad: “No seas incrédulo, sino creyente”. Parece que ésta
es la invitación que Cristo hace nuevamente a cada uno:
“no seas incrédulo”, no te dejes llevar por raciocinios simplemente
humanos. Cree en Mí, confía en Mí, espera en Mí.
Estos son los cristianos. Estos son los santos: aquellos que
se confiaron a Dios de modo total. Pensemos por ejemplo
en el hospital del Padre Pío, pensemos en las obras
del Cottolengo, en la Reforma de Santa Teresa de Jesús,
o en el arrojo sereno de Edit Stein. No seas
incrédulo sino fiel.
2. La alabanza significa que el hombre reconoce
que la salvación viene de Dios y que Dios lo
precede en el esfuerzo de cada día. En la primera
carta de San Pedro se expone en pequeños sumarios el
credo de las primeras comunidades. Parece que se trata de
una catequesis bautismal que subraya de modo especial la alabanza
por la acción salvífica de Dios y exhorta a los
cristianos a permanecer fieles en las pruebas de la vida.
Inicia con una hermosa alabanza a Dios Padre de Nuestro
Señor Jesucristo, en quien nacemos a una esperanza viva. La
alabanza es el fruto espontáneo por el evento fundamental cristiano:
la resurrección de Cristo. Ante la magnitud del amor de
Dios y del bien recibido el alma expresa espontáneamente
su júbilo en canto de alabanza. ¡A Yahveh cantaré por
el bien que me ha hecho! Salmo 13 .
Así, el cristiano está llamado a una nueva
vida, una vida que no se agota en la
salud corporal o en los avatares, muchas veces dolorosos de
la vida, ni en las relaciones interpersonales tan transidas de
penas y alegrías. El cristiano es, desde su bautismo, un
ciudadano de una nueva patria. Camina por la tierra
poniendo todo su esfuerzo en el quehacer diario, pero su
esperanza y su seguridad se encuentran en el cielo, en
la patria eterna.
Por eso, la vida cristiana es una vida
construida sobre la esperanza, sobre una esperanza que no defrauda
y que asegura el caminar por la vida. Se
eleva por encima de las realidades visibles y nos lleva
al pensamiento de Dios. La esperanza pone de frente a
nosotros una heredad, una herencia inmarcesible que el Señor ha
reservado para nosotros; y esta heredad cristiana está fuera de
peligro conservada en el cielo para nosotros. En el fondo
se trata de experimentar cuál es el propósito de Dios
para sus elegidos; propósito que se hace palpable en el
inmenso amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. El
cristiano no tiene el derecho de dudar sobre la seguridad
de esta heredad, porque su concepción y realización depende de
Dios. Esta heredad tiene su razón de ser en la
misericordia y en el amor de Dios.
Sugerencias pastorales
1. La paz
de los hogares cristianos. Cristo se aparece a sus discípulos
y les dice: “Paz a vosotros”. Quisiéramos detenernos en esta
palabra del Señor para hacer nuestra sugerencia pastoral. ¡Qué necesidad
tenemos de lograr la paz en nuestros hogares cristianos! Sabemos
que nuestro hogar es el lugar de las relaciones interpersonales,
el lugar en el que se cultiva el amor y
la entrega sincera de sí a los demás. Pero también
sabemos que nuestros hogares están asechados por muchos enemigos de
dentro y de fuera. En ocasiones se trata de incomprensiones
en las relaciones familiares: del esposo con la esposa, del
padre con los hijos, de los hermanos entre sí; a
veces se trata de situaciones coyunturales: una desgracia, una riña,
un malentendido que dan lugar a que se enfríen las
relaciones familiares y a que se rompa la paz. Sin
embargo, somos conscientes de que la paz del hogar es
un valor que debe salvaguardarse. La paz del hogar se
logra con la aportación de todos, con el sacrificio de
todos, con el perdón de todos. Sin perdón no puede
haber paz. Es elocuente el texto del Santo Padre en
la Jornada de la paz al inicio del año:
En realidad,
el perdón es ante todo una decisión personal, una opción
del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver
mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia
en el amor de Dios, que nos acoge a pesar
de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de
Cristo, el cual invocó desde la cruz: « Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34).
Así
pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas.
No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse
también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas.
La primera entre todas, es la que se refiere a
la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el
mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea
que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por
qué no tratar a los demás como uno desea ser
tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de
poder reemprender un camino de vida y no quedar para
siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias
culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia
el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y
compromiso.
Sepamos en nuestros hogares dar y recibir el perdón y
veremos que crecerá la paz y que caminaremos por sendas
de gozo y alegría, quizá, hasta entonces desconocidas.
2. La rapidez
del crecimiento de la primera comunidad como signo de la
bendición divina y de la fuerza del Espíritu Santo. Una
segunda sugerencia pastoral se refiere al fervor que se descubre
en las primeras comunidades por aumentar el número de los
prosélitos. La Sagrada Escritura nos dice que la primera comunidad
crecía con rapidez. Quizá es bueno preguntarnos si en el
corazón de cada uno de nosotros existe este anhelo de
invitar a otros a la fe. Si realmente me intereso
por llevar a los hombres al conocimiento y a la
experiencia de Cristo. Es esencial a la vida del cristiano
la tarea apostólica. El hacer crecer la comunidad. ¿Nos damos
cuenta del peligro de descristianización que afecta nuestras sociedades occidentales?
¿Sentimos como deber propio imbuir la cultura, la vida, el
pensamiento de los hombres de la verdad cristiana? Son preguntas
que deben movernos a una acción más decidida y generosa.
Recordemos, por lo demás que la fe se acrecienta dándola.
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