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Tiempo de Pascua | tema
Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net
A - Domingo II de Pascua
Primera: Hch 2, 42-47; Salmo: 117; Segunda: 1 Pe 1,3-9; Evangelio: Jn 20,19-31
 
A - Domingo II de Pascua
A - Domingo II de Pascua

Sagrada Escritura:

Primera: Hch 2, 42-47
Salmo: 117
Segunda: 1 Pe 1,3-9
Evangelio: Jn 20,19-31






Nexo entre las lecturas

El tema de fondo de este segundo domingo de Pascua es el de la fe firme e inquebrantable que sabe superar la incredulidad y las adversidades de la vida. En efecto, un clima de temor y desconfianza reinaba en el grupo de los discípulos después de los eventos de la pasión: se encuentran encerrados en una habitación y con miedo a los judíos. Aquí, en este lugar de desesperanza, se verifica un encuentro entre Cristo y los suyos que los hace salir de su tristeza y confusión: se encuentran nuevamente con Jesús, el Maestro que había cautivado sus vidas. El encuentro, nos dice el Evangelio, los deja gozosos y en paz.

Uno de ellos, Tomás, está ausente y no hace la experiencia del amor y presencia de Señor resucitado. Sin embargo, para él también el Señor reserva una palabra de consuelo y una invitación a vivir una fe más profunda. (EV) A partir de aquellas experiencias y fortalecidos con la acción del Espíritu Santo, los apóstoles inician un período de transformación que los conducirá al misterio de Pentecostés, momento decisivo que los convertirá en apóstoles valientes del Evangelio. La vida de la Iglesia naciente nos muestra hasta qué punto aquellos hombres cumplieron cabalmente su misión (1L). En ella, en la Iglesia de los orígenes, había un modo de vivir admirable para los paganos: la enseñanza de los apóstoles, la unidad, la fracción del pan y la oración distinguían la vida cristiana. Sin embargo, la Iglesia pronto tendría que enfrentar la adversidad de los discípulos de Cristo Señor. La Primera carta de San Pedro es una sentida exhortación a permanecer fieles en medio de las más duras circunstancias de la vida (2L).


Mensaje doctrinal

1. El poder de la fe. Uno de los mensajes fuertes de nuestra liturgia de este segundo domingo es el poder de la fe en Cristo resucitado. El Evangelio nos narra que los apóstoles se encontraban encerrados por miedo a los judíos. Su situación era precaria. Carecían de medios humanos y materiales para enfrentar el actual estado de cosas. Cristo irrumpe en la escena y da una nueva dimensión a la vida de aquellos hombres: Ellos se llenan de alegría, reciben al Espíritu Santo, son enviados por Cristo a una misión que ni siquiera imaginan. En el momento de mayor abatimiento es cuando el poder salvífico de Dios irrumpe con mayor fuerza. Es Cristo resucitado quien da unidad a la Iglesia naciente, quien llena el corazón de los discípulos de gozo, les da fuerza en el Espíritu y los enardece de amor y valentía.

Para el cristiano la invitación a descubrir el poder transformante de Cristo resucitado es siempre actual. El cristiano se encuentra de frente a un mundo complejo en el que la verdad está en crisis. Su misión, por tanto, no es fácil, como tampoco fue fácil la misión de los apóstoles. Él es testigo del amor de Cristo, de su pasión muerte y resurrección. Él tiene que proclamar con valor la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre la vida, sobre la eternidad. En cierto sentido él, el cristiano, debe proclamar verdades que no siempre son gustosas, que no tienen siempre buen mercado, pero que son palabras de verdad y salvíficas. Sólo en la fe en Cristo resucitado lograremos, como los primeros discípulos: “hacer la verdad en el amor”, ser sinceros, plenamente sinceros en el amor a Dios y a los hombres.

El ejemplo de Tomás, es aleccionador. Es uno de los discípulos, pero no estaba allí cuando apareció el Señor. “Quería ver”, no creía al testimonio de los condiscípulos. “Quería tocar”, quería tener pruebas fehacientes de que efectivamente era Cristo. La fe cuesta. La fe es abandono en un Dios que pide sólo confianza absoluta. Tomás escucha de Cristo palabras de gran profundidad: “No seas incrédulo, sino creyente”. Parece que ésta es la invitación que Cristo hace nuevamente a cada uno: “no seas incrédulo”, no te dejes llevar por raciocinios simplemente humanos. Cree en Mí, confía en Mí, espera en Mí. Estos son los cristianos. Estos son los santos: aquellos que se confiaron a Dios de modo total. Pensemos por ejemplo en el hospital del Padre Pío, pensemos en las obras del Cottolengo, en la Reforma de Santa Teresa de Jesús, o en el arrojo sereno de Edit Stein. No seas incrédulo sino fiel.

2. La alabanza significa que el hombre reconoce que la salvación viene de Dios y que Dios lo precede en el esfuerzo de cada día. En la primera carta de San Pedro se expone en pequeños sumarios el credo de las primeras comunidades. Parece que se trata de una catequesis bautismal que subraya de modo especial la alabanza por la acción salvífica de Dios y exhorta a los cristianos a permanecer fieles en las pruebas de la vida. Inicia con una hermosa alabanza a Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en quien nacemos a una esperanza viva. La alabanza es el fruto espontáneo por el evento fundamental cristiano: la resurrección de Cristo. Ante la magnitud del amor de Dios y del bien recibido el alma expresa espontáneamente su júbilo en canto de alabanza. ¡A Yahveh cantaré por el bien que me ha hecho! Salmo 13 . Así, el cristiano está llamado a una nueva vida, una vida que no se agota en la salud corporal o en los avatares, muchas veces dolorosos de la vida, ni en las relaciones interpersonales tan transidas de penas y alegrías. El cristiano es, desde su bautismo, un ciudadano de una nueva patria. Camina por la tierra poniendo todo su esfuerzo en el quehacer diario, pero su esperanza y su seguridad se encuentran en el cielo, en la patria eterna.

Por eso, la vida cristiana es una vida construida sobre la esperanza, sobre una esperanza que no defrauda y que asegura el caminar por la vida. Se eleva por encima de las realidades visibles y nos lleva al pensamiento de Dios. La esperanza pone de frente a nosotros una heredad, una herencia inmarcesible que el Señor ha reservado para nosotros; y esta heredad cristiana está fuera de peligro conservada en el cielo para nosotros. En el fondo se trata de experimentar cuál es el propósito de Dios para sus elegidos; propósito que se hace palpable en el inmenso amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. El cristiano no tiene el derecho de dudar sobre la seguridad de esta heredad, porque su concepción y realización depende de Dios. Esta heredad tiene su razón de ser en la misericordia y en el amor de Dios.


Sugerencias pastorales

1. La paz de los hogares cristianos. Cristo se aparece a sus discípulos y les dice: “Paz a vosotros”. Quisiéramos detenernos en esta palabra del Señor para hacer nuestra sugerencia pastoral. ¡Qué necesidad tenemos de lograr la paz en nuestros hogares cristianos! Sabemos que nuestro hogar es el lugar de las relaciones interpersonales, el lugar en el que se cultiva el amor y la entrega sincera de sí a los demás. Pero también sabemos que nuestros hogares están asechados por muchos enemigos de dentro y de fuera. En ocasiones se trata de incomprensiones en las relaciones familiares: del esposo con la esposa, del padre con los hijos, de los hermanos entre sí; a veces se trata de situaciones coyunturales: una desgracia, una riña, un malentendido que dan lugar a que se enfríen las relaciones familiares y a que se rompa la paz. Sin embargo, somos conscientes de que la paz del hogar es un valor que debe salvaguardarse. La paz del hogar se logra con la aportación de todos, con el sacrificio de todos, con el perdón de todos. Sin perdón no puede haber paz. Es elocuente el texto del Santo Padre en la Jornada de la paz al inicio del año:

En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34).

Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.

Sepamos en nuestros hogares dar y recibir el perdón y veremos que crecerá la paz y que caminaremos por sendas de gozo y alegría, quizá, hasta entonces desconocidas.

2. La rapidez del crecimiento de la primera comunidad como signo de la bendición divina y de la fuerza del Espíritu Santo. Una segunda sugerencia pastoral se refiere al fervor que se descubre en las primeras comunidades por aumentar el número de los prosélitos. La Sagrada Escritura nos dice que la primera comunidad crecía con rapidez. Quizá es bueno preguntarnos si en el corazón de cada uno de nosotros existe este anhelo de invitar a otros a la fe. Si realmente me intereso por llevar a los hombres al conocimiento y a la experiencia de Cristo. Es esencial a la vida del cristiano la tarea apostólica. El hacer crecer la comunidad. ¿Nos damos cuenta del peligro de descristianización que afecta nuestras sociedades occidentales? ¿Sentimos como deber propio imbuir la cultura, la vida, el pensamiento de los hombres de la verdad cristiana? Son preguntas que deben movernos a una acción más decidida y generosa. Recordemos, por lo demás que la fe se acrecienta dándola.



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