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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net B - Domingo de Ramos
Primera: Is 50,4-7; Salmo 22; Segunda: Fil 2,6-11; Evangelio: Mc 14,1 - 15,47
B - Domingo de Ramos
Sagrada Escritura
Primera: Is 50,4-7 Salmo 22 Segunda: Fil 2,6-11 Evangelio: Mc 14,1
- 15,47
Nexo entre las lecturas
Nos encontramos en el umbral de
la semana santa. La liturgia de hoy, con la procesión
y la proclamación de la Pasión del Señor, nos introducen
en el misterio de Cristo, de su ingreso solemne a
Jerusalén y nos preparan para los eventos del triduo pascual.
La procesión inicia con la proclamación del evangelio de Marcos
y se continúa avanzando por el camino entre aclamaciones con
ramos de olivo y palmas, cantos y oraciones. Celebramos así
la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; la entrada del
“príncipe de la paz”, pero entrada que esconde también los
trágicos acontecimientos de la pasión. La procesión nos habla de
nuestro caminar por la vida, nos dice de un “avanzar”,
de un progresar” sin solución de continuidad. Nuestra vida pasa
y nosotros pasamos con ella. Hombres y mujeres “viatores”, peregrinos,
viajeros, que no tenemos aquí nuestra patria definitiva. En este
caminar nos precede y nos guía la cruz de Cristo.
Ella es la que da sentido a nuestro acontecer, porque
en ella está la salvación. La procesión de este domingo
posee, ciertamente, un carácter festivo. Festivos son los atuendos que
se tienden por el camino, festivos son los cantos de
los viandantes, festivos son los niños y monaguillos que
aquí y allá agitan sus ramos, a veces ajenos al
misterio que se esconde. Festivos y solemnes son los ornamentos
litúrgicos del celebrante. Festivo es, en fin, el
caminar de toda la asamblea “con cantos e himnos inspirados”.
La celebración eucarística que tiene lugar en el templo
posee un tono diverso: más solemne, más reposado, más misterioso,
más contemplativo. Explica claramente cuál es el reinado de ese
Cristo que acaba de entrar a Jerusalén. Se proclama la
pasión según san Marcos. Evangelio sencillo, claro, diáfano, esencial. Nuestra
contemplación va pues a Cristo que sufre, particularmente en el
huerto de los olivos. La lectura del profeta Isaías nos
introduce aún más en el misterio del siervo de Yahveh
que, humillado, sabe obedecer.
Mensaje doctrinal
a) Perspectiva cristológica del evangelio de
Marcos: el Cristo que padece es el que ha aceptado
la misión que el Padre le ha encargado y las
consecuencias de la misma.
Se han definido los evangelios como “relatos
de la pasión precedidos de una larga introducción”; si esto
se aplica a los evangelistas en general, de un modo
especial se aplica a Marcos. Toda la segunda parte
del evangelio de san Marcos, desde los acontecimientos de
Cesarea de Filipo, se orientan hacia la pasión. Aquí
encuentran lugar los tres anuncios de los sufrimientos que Cristo
debe padecer en Jerusalén. Así pues, en este ciclo B,
tenemos la oportunidad de contemplar el misterio de la cruz
de Cristo en sus rasgos más esenciales y profundos. El
lenguaje del evangelista no tiene tonos patéticos. Narra las cosas
con sencillez. Algunos pasajes que la tradición popular ha meditado
detenidamente como la flagelación y la fijación de los clavos,
son tocados sólo de paso. Su meditación se dirige más
bien a comprender las razones secretas que condujeron a la
condena de Jesús, y al misterio de que el Hijo
de Dios tuviera que aceptar aquel tormento.
“La dimensión profunda
de sus dolores se manifiesta sobre todo en el huerto
de los olivos, en el que Jesús atraviesa de antemano
los abismos de la agonía con un sacudimiento psíquico, y
se da a conocer una vez más en su última
palabra sobre la cruz que expresa su infinito desamparo y
su aparente lejanía de Dios”. (Schnackenburg Rudolf, El evangelio según
san Marcos Herder, Barcelona 3 ed. 1980, p.232),
El evangelio trata
de comprender lo que acontece a la luz de la
profecía bíblica que se cumple en Cristo, y que Cristo
mismo quiere libremente llevar a efecto. No se trata de
exponer la pasión como una narración histórica, aunque no falta
tampoco este elemento, sino más bien, se consideran los acontecimientos
desde la voluntad salvífica de Dios. Se ve la
pasión como un conflicto necesario en el que Jesús se
ha metido a causa de la fidelidad a su misión
y de las exigencias de la misma. Jesús no se
echa atrás. Era consciente de que su fidelidad al
Padre y a su amor a los hombres tendrían como
final la oblación total de sí mismo.
Para san Marcos
el Cristo que padece es aquel que ha aceptado el
camino de sufrimiento que le ha sido asignado (14,21.41),
es el Hijo del hombre que vendrá una vez entre
las nubes del cielo (14,62) y el hijo obediente al
Padre (14,36), que después de su muerte será reconocido como
“Hijo de Dios” (15,39). Pero también en el relato de
la pasión Cristo es presentado como el justo perseguido y
como un mártir que sufre el tormento.
b) La dimensión profunda
del dolor de Cristo que se manifiesta en el huerto
de los olivos.
De entre los diversos temas que aparecen en
la pasión quisiéramos ahora centrarnos en los sufrimientos de Jesús
en Getsemaní. La oración de Jesús en el huerto
ha impresionado siempre profundamente a la Iglesia. Esto fue también
verdadero en la iglesia primitiva. Su terrible agonía la
describe ya la carta a los hebreos (5,7s), y hasta
Juan, que ve la pasión bajo el signo
de la glorificación, considera indirectamente la agonía de Jesús en
el huerto con un eco particular: Ahora mi alma está
turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta
hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!
(Jn 12,27).
Vemos a Jesús que se retira y en oración
a su Padre que llegue el momento del prendimiento. “Es
la hora de Jesús”. El Hijo del hombre entra
en absoluta soledad en la que ora al Padre. Su
actitud recuerda la oración en el desierto (1,13), y más
aún, recuerda su oración en un lugar solitario al inicio
de su ministerio público (1,35). Entonces oró de madrugada pidiendo
claridad para el camino, ahora en plena noche para hacer
frente al fin.
Toma a sus discípulos de más confianza. Le
invade una angustia pavorosa. Estos hombres, los más cercanos a
Jesús, deben tener conocimiento de este profundo abatimiento, así
como lo tuvieron de su glorificación en la transfiguración. Deben
dar testimonio a las futuras generaciones de la lucha, de
la tristeza, de la oración de Cristo en Getsemaní.
“La angustia
mortal de Jesús se expresa y reviste con la palabra
de un salmo: mi alma está triste Sal 46,6.12; Sal
43,5. Pero Jesús añade algo más hasta la muerte. No
porque quisiese morir, sino por lo intenso del dolor.
En
marcos no se dice que Jesús busque el consuelo humano.
Se afirma, en cambio, que sus discípulos deben velar. No
en el sentido de asechar, o de anunciar cualquier cosa
sospechosa, o de rechazar a un enemigo, como Pedro lo
haría más adelante. No. Deben velar, es decir, deben orar
y vigilar porque el enemigo está a las puertas. El
cristiano se debe preparar en la oración para el combate
espiritual. Se trata de la vigilancia interior a la hora
de la crisis.
Para Marcos Cristo ora, sufre y lucha
a solas, sin la compañía de sus discípulos, a solas
con su Padre. Por eso, Jesús se retira un poco
más, alejado incluso de los apóstoles de más confianza.
Se postra en el suelo y ora. Así lo habían
hecho también los grandes varones del Antiguo Testamento Abraham
(Gen 22,5) y Moisés (Ex 24,12-18).
Sugerencias pastorales
a) El camino del
cristiano: un camino que reproduce el misterio de Cristo.
Nuestra vida
es un caminar continuo. Estamos inmersos en el tiempo y
vamos ascendiendo hacia la “Jerusalén del cielo”. Dentro de la
existencia humana los padecimientos de Jesús son inevitables; pero en
el seguimiento de Jesús son también superables, pues nos invitan
a una profundidad y plenitud de vida a la que
el hombre íntimamente aspira. Todos aspiramos a una vida
plena, pero el paso del tiempo parece arrebatarnos esa plenitud.
Abramos los ojos y veamos que con Cristo y en
Cristo, ese avanzar por la vida se convierte en un
camino de plenitud, de íntima y alegre realización.
Hay momentos en
la vida en el que nos llega el cansancio ante
la lucha por el bien. Estamos por soltar las armas.
Estamos a punto de rendirnos y abandonarnos al mejor postor. “¡No
puedo más. Me abandono!” Non ce la faccio più ,
Je ne peux plus. Que no nos sorprenda el
dolor y las dificultades de la vida: son camino de
salvación. Que no nos desanime la vejez, la enfermedad, las
desgracias naturales, las guerras... hemos de caminar e instaurar el
Reino de Cristo, a pesar del mal que parece rodearnos.
Por encima del mal y del pecado, está el amor
de Dios en Cristo Jesús. No dejemos de caminar.
Quizá en esos momentos nos conviene repetir la oración que
compuso Romano Guardini para aquellas horas que no pasan:
Dios viviente Nosotros
creemos en Ti. Enséñanos a comprender la hora en la que
parece que Tú nos has abandonado, Tú, que eres la fidelidad
eterna....
Dios viviente, nosotros creemos en Ti. Danos la fuerza para resistir
Cuando todo se hace vano a nuestro alrededor.
Padre, nosotros creemos
en Ti, Porque aquello que nosotros llamamos mundo, Es obra de tus
manos. Tú lo has modelado, Has querido que existiese y sólo
de Ti Recibe su duración y su esplendor. Tú guías todas las
cosas. Tú guías también nuestra pequeña vida. La guías en el
misterio de tu silencioso gobierno. Nosotros debemos confiarnos totalmente sólo de
tu amor. Tu magnanimidad ha querido tener necesidad de nosotros, Tú has
puesto el mundo que creaste, y es tuyo, en nuestras
manos, Tú quieres que pensemos con tus pensamientos Y que obremos de
acuerdo con tus decretos.
Cristo Jesús, Redentor del mundo, que volviste al Padre,
cuando "todo fue cumplido". Tú te sientas a la derecha del
Padre en el trono de la gloria, Y esperas la hora
en la que volverás con poder Para juzgar vivos y muertos. Nosotros
creemos en Ti. Enséñanos a ofrecer en el abandono, la fe
que esta hora espera de nosotros, Porque que parece que tu
luz ya no luce, Y, sin embargo, ella brilla más
que nunca en la obscuridad. Tú has redimido todo en el
misterio de tu amor, Lo has redimido todo en tu obediencia,
Que es tan grande como el mandato de tu Padre. Haz
que Tu amor por nosotros no sea vano.
Espíritu Santo, Enviado a
nosotros, Que habitas en nosotros, a pesar de que los espacios
hacen ecos vacíos, Como si Tú estuvieras lejano. En tus manos están
todos los tiempos. Tú ejercitas tu poder en el misterio del
silencio Y Tú llevarás a término todas las cosas. Por ello, nosotros
creemos en el mundo futuro, (en la vida eterna) ¡Y lo
esperamos! ¡Enséñanos a esperar en la esperanza! Haznos partícipes del mundo futuro A
fin de que en nosotros encuentre cabal cumplimiento la promesa
de la gloria eterna.
b) La oración en el momento de
Crisis: no dejar a Cristo solo.
En la carta Nuovo millenio
ineunte, el Papa dice: “Pasa ante nuestra mirada la intensidad
de la escena de la agonía en el huerto de
los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba
que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su
habitual y tierna expresión de confianza: « ¡Abbá, Padre! ».
Le pide que aleje de él, si es posible, la
copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece
que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver
al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo
asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del «
rostro » del pecado. « Quien no conoció pecado, se
hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia
de Dios en él » (2 Co 5,21).
Nunca acabaremos
de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la
aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito
de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz:
« "Eloí, Eloí, lema sabactaní?" —que quiere decir— "¡Dios mío,
Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" » (Mc 15,34).
¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa?
En realidad, el angustioso « por qué » dirigido al
Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando
todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con
el sentido de toda la oración en la que el
Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el
sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: «
En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste...
¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca,
no hay para mí socorro!».
Cristo nos devuelve el rostro del
Padre, ¡qué misericordia ha tenido el Señor con nosotros! ¡Que
nadie, pues, se quede sin recibir este abrazo del Padre.
En nuestras horas oscuras, cuando sintamos el cansancio de la
fe, cuando todo nos parezca obscuro y la angustia haga
presa de nuestros miembros, veamos a Jesús en Getsemaní, y
digámosle con sincero corazón: ¡no te dejo solo! ¡No, no
te dejo solo en tu lucha por la salvación de
las almas! Salgamos de esa oración con el alma ardiente
y dispuesta a seguir luchando por Cristo y sus intereses.
No reduzcamos nuestra misión cristiana a nuestras pobres miradas, cuando
Cristo nos pide estar con Él en lo más duro
de la batalla.
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